domingo, 25 de junio de 2006

Las locas



[h. 1995]

No he vuelto a conocer locas como aquellas. Ya sé que en el País la locura es lo corriente y que, con un poco de curiosidad, cualquiera podría ofrecer un catálogo profuso; pero las limitaciones de la propia experiencia y de la memoria (que suele tener razones para el olvido) me dejan con un cuadro en que sólo aquellas dos mujeres parecen llenar una imagen medianamente nítida. Me refiero a que hay formas de locura en las que el desarreglo mental, la discordancia, toma los caracteres esperables del caos: un revoltijo amargo y rechinante; y hay otros, en cambio, en los que se dibuja con elegante nitidez no sólo "la manía" (el conjunto de actividades desviadas con las que el loco hace tema de su locura) sino la "figura" (un gesto, un motivo, una especie de cita en el espacio con la que se rubrica el tema, algo así como una firma). Son estas figuras casi siempre las que hacen de los locos seres identificables, y ellas suelen ser el camino que escogen los cuerdos (parece que el loco se lo pusiera en bandeja) para marcarlos como tales. No deja de coincidir en su forma con lo que entre los cuerdos se entiende por capricho o rareza: la distingue, sin embargo, la obsesividad reconcentrada con que se viste, se practica o se vive (o las tres cosas a la vez).

La loca de Arriquivar era una señora que se sentaba en la plaza del mismo nombre todos los días y con un horario estricto de mañana y tarde: a cualquier hora a la que pasaras, por allí estaba; la podías ver sentada en un banco, el mismo siempre, con los ojos puestos en "Ultramarinos Alonso".. Vestía de modo particularmente ostentoso, con el ánimo evidente de gustar, de alcanzar por medio de su atuendo la atención de algún observador preseleccionado. Había días en que venía con sombrero: un sombrero rojo de grandes alas, una especie de pamela o algo intermedio entre ésta y una teja de cura rural del siglo XVIII. Un bouquet de flores coronaba el edificio: a qué botánica pertenecieran no sabría decir, mas conjeturo que no venían en los manuales. El rojo chillón figuraba lánguidos colgantes que iban cayendo sobre amarillos aplatanados. Verdes frutales se daban de codazos por allí para aportar un contorno de selva virgen. Lo maravilloso de la construcción era que desafiaba con elegancia las leyes de gravedad. Tal desparrame aún tenía arrestos como para sostenerse con estilo y concretar en el espacio su forma irrepetible. No imponía a la cabeza un margen limitado de movimientos, no, la cabeza se movía con hierática desenvoltura y cada torsión ponía en funcionamiento un caleidoscopio deforme previamente estudiado. Una tarde la miré y vi que llevaba una cesta de la compra de las de plástico verde sobre el peinado.

El resto del vestuario lo componían grandes pendientes a lo Dama de Elche y complicadas ajorcas y pulseras que abarrotaban de carnes congestionadas los brazos, anillos de bisutería episcopal en casi todos los dedos, zapatos de plataforma pintada de rojo con la barca amarillenta prolongándose más allá de lo necesario hasta dar en una proa chata. La falda variaba según la temporada: los días de frío solía lucir ajustada minifalda verde de punto de lana y medias de cristal naranja, y reservaba para el mes de agosto una falda de tubo en cuero negro sobre leotardos a listas tutti-frutti.

Y el perrito, claro. Siempre llevaba un perro diferente. No sé de dónde los sacaba, pero los san bernardos, caniches y chihuahuas alternaban a su lado. A los caniches daba la impresión de que los pintaba (recuerdo caniches rojos y, quizá, hasta verdes) y les cortaba el pelo en busca del punto adecuado de elegancia hasta llegar a rozar en ocasiones la exótica calvicie de algún budismo canino.

Sus operaciones en la Plaza de Arriquivar, aparte la de sentarse a contemplar extática durante horas el establecimiento de Ultramarinos Alonso, eran difícilmente conjeturables. Parece que algunas tardes conversaba con usuarios adventicios a su puesto fijo en el banco frontero al punto focal. No recuerdo haberla visto hablar con nadie, excepción hecha de los vagabundos que pasaban la noche en la plaza los días de verano. Adoptaba una postura selectiva, quizá clasista, lo que la obligaba a acompañar estas escogidas conversaciones de una gestualidad casi pontificia: alzaprimaba el perfil para irlo depositando suavemente en apoyo del argumento. Algunas viejas, movidas del resorte religioso, se le allegaban con arrumacos y la, al parecer, bienintencionada disposición cristiana de confortarla. No sé lo que pasaría, pero poco duraban a su lado: casi siempre se retiraban con hoscos gestos de indignación a otro banco o dejaban la plaza con mucho ringorrango. Los niños se atrevían a más: solían jugar cerca de ella y a veces la sacudían un balonazo certero en las piernas desde prudencial distancia. En tales casos la respuesta no era la esperable. Adoptaba un gesto de angustia dolorida y abandonaba la plaza hasta el día siguiente.
Se movía lenta y ceremoniosa. Cada uno de sus ademanes locomotores se dijera participar de algún complejo sistema de reglas entretejidas que lo hacían digno de una detenida consideración. Aun con todo, su conjunto armonizaba como unos pasos de ballet. El perro mismo atendía con respeto sus indicaciones misteriosas, sus recogimientos de falda, arreglos de peinado, cuidadosa disposición de peinetas (hubo temporada en que exhibió varias docenas de peinetas de distintos colores), dijes y abalorios. Poco a poco y con extremosa dignidad se iba alejando, ya cumplida la jornada.

Me contó mi abuela que Alonso, dos veces viudo en corto lapso, había rechazado años atrás sus insinuaciones matrimoniales. Desde entonces contemplaba la tienda sentada en aquel triste banco de la Plaza de Arriquivar.
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La loca de las maderas era, sin embargo, una loca popular. Con aires de pescadera de Santurce paseaba por la calle Licenciado Poza y adyacentes una cesta repleta de maderas y tablas de vallas y obras de la construcción. Solía discurrir con inquieta y atareada desenvoltura hasta el momento mismo en que algo o alguien despertara su airado interés. Entonces se dejaba llevar por súbito trance. Una ristra petardera de insultos en cadena reventaban sincopados en la cara del sujeto, quien se veía convertido en centro burbujeante de una pasión rabiosa sin comérselo ni bebérselo. Que el viandante pudiera entonar graciosa indiferencia o dispusiera una cara de no ir con él la cosa para abandonar cuanto antes el campo de maniobras, de bien poco servía. Escogido un blanco, lo mantenía enfilado largo trecho, decorando la persecución con música gargarizada (al final ya no eran palabras sino roncos borborigmos lo que encendía su garganta, demasiado bullente de santa ira como para traducirla a vocablos convencionales). Un corro de cariacontecidos se iba arremolinando en torno suyo y precisamente esa afluencia de público fresco era lo que renovaba el espectáculo. El primer enemigo, ya viejo, se diluía en la masa y ahora los culpables eran todos aquellos mirones con su cara insultante de pazguatos comprensivos. Ellos eran los perseguidores, el mundo en general en figura de corro de curiosos. Si hasta aquel momento había sido la furia vengadora, ahora le tocaba el papel de bruja dispuesta para verse arrastrada a la pira por la turba soez.

No podía haber locas más diferentes que aquellas en la manera de llevar su mal.

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Cariñosas las observaciones