jueves, 22 de mayo de 2008

De bronce

Sicut aquae tremulum labris ubi lumen aënis
sole repercusum aut radiantis imagine lunae
Aeneidos, VIII, 22-23


El vaso de agua roza unos labios encendidos y entre la lluvia nos ilumina con su sed: bebemos para apagar un ansia de aire, el deseo, el hueco cada vez más hondo, y el vaso de agua que bebemos no se consume, cae al pozo otra vez, y el aire que nos ahoga pide más sed, más aire, más agua. El aire que bebemos y el que nos falta, el agua en el vaso que nos ahoga, pide más hondo, más dentro échalo hasta que ya nos apague y se gaste; y llueve, otra vez llueve, se oye en los cristales como el freírse en la sartén del agua y sus chispas en el aceite. Quiero vivir de un aire que no arda en los labios, beber de un simple vaso de agua clara.

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El sábado pasado puse algo que no era exactamente eso, pero se le parecía bastante. Después fui a un concierto (atendía aficiones ajenas pero próximas; la cosa es que fui). Andrei Gavrielov debió ejercer su virtuosismo a conciencia, y el programa (Chopin, sonata 2, op. 35; Rachmaninov, Preludios 12, 6, 5 y Prokofiev Sonata 8) lo favorecía según un amigo experto ("Es un monstruo, aunque siempre buscan el repertorio efectista"). A mí me pareció que aporreaba en exceso, pero yo no sé nada de pianistas. Mientras tanto, situado en las alturas proscénicas de una localidad de preferencia del Riojaforum, a unos cuantos o bastantes metros del patio de butacas, como subido en algún globo y ante una minimalista tira de acero frente al vacío y contemplando muy a lo lejos al pianista en miniatura, sentí vértigo, un vértigo enloquecedor que me pedía volar sin alas por aquel gigantesco cubo de aire ocupado en aquel momento por las notas rusas. En vez de eso, me limité a consumir una cerveza carísima en el entreacto y resistí hasta el final. Vuelto a casa retiré el texto (quizá por el vértigo) que ahora repongo. Entre que lo quitaba y lo ponía, lo copié en un cuaderno donde había recogido un pasaje de Virgilio que habla de que la incertidumbre de Eneas se parece a "como cuando, en un vaso de bronce, la superficie iluminada del agua removida refleja el sol o la imagen de la luna radiante y esos reflejos recorren toda la estancia y hieren los altos artesonados del techo" (versión de Vicente López Soto).
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Nota a la nota:
Pues sí, ahora caigo. Que la imagen de Virgilio me llamara la atención no es tan casual. Véase la entrada Luces de hará un par de años.

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