jueves, 24 de julio de 2008

Tu rostro mañana


Una prosa "envolvente" (dicen) que da en hablar de todo pero hilvana las divagaciones con los ritornellos de motivos o citas que, por su recurrencia, se reaplican al tema nuevo a manera de fuga. También, si como dicen, en la novela cabe todo, pues entonces el procedimiento no está nada mal, y aceptamos este discurrir divagatorio, y si, además, el personaje de Jacques Deza es un trasunto parece que intencionadamente plano del propio autor y en ese sentido el de un alguien cualquiera, un hombre educado medio, un Sweeney, un "homme moyen sensuel" (ya que todo lo que entre en la tourmix de la ficción se vuelve literatura, sea lo que fuere), y entonces el que la prosa, por tanto, naturalmente divagatoria, ensayística, monologante, ejemplificadora de lo representativo, de lo que hay, se acerque a una especie de dietario reflexivo, literario, intelectual, una muestra de lo que somos, una tranche de vie interior, pues todo ello son procedimientos tan perfectamente naturales que los consideramos irreprochables o incluso ejemplares (posmodernos), con la ventaja adquirida de poderlos usar con la máxima libertad, ya que el "personaje" o voz monologante, en tanto que fictiva, supone todo cuanto quepa, y cabe mucho, en ese inmenso abanico que abarca desde una reflexión personal digamos "responsable", es decir, autorial, a la emisión sin prejuicios de patochadas (explicables en el personaje, claro, pues a partir de los monólogos del Ulysses ya todo cabe en una cabeza) como, por ejemplo (entre muchas otras, y alguna otra graciosa y afortunada), la crítica de los sufridos y despreciados usuarios de sandalias (y ahora ya no me acuerdo si se refiere a sandalias con calcetines, que entonces igual sí, o sin ellos, que en tal caso pues no sé por qué le molesta tanto, —o, perdón, que no, que a quien le molestan es al personaje).

Tiene gracia que, en esas circunstancias, se permita pasajes como por ejemplo ése contra los autores de diarios (del que barrunto a Trapiello como más probable referente) a quienes considera "mezquinos" por no ser capaces de superar el estrecho marco de lo personal frente a la creadora distancia, amplitud de mundo y objetivación artística del verdadero escritor, y que copio: "Me sentía como esos vacuos escritores de diarios que registran sus mezquinas vidas con gran detalle y además las dan a la imprenta, para tedio de lectores incautos o muy mezquinos y vacuos a su vez" (Rostro, 3, 204). Uno, al leerlo, no puede evitar que le venga a la cabeza algo así como: "hay que ser cínico".

La novela tiene páginas interesantes en ese registro monologal o de dietario, perspicaces observaciones psicológicas y reflexiones morales (que particularmente a mí me interesan bastante menos) y, sobre todo, algunos momentos de humor sobresalientes, como la deliciosa estampa paródica o divertido pastiche pickwickiano de Francisco Rico en la Embajada Española en Londres cuando Deza pretende disculparse ante el impresentable De la Garza.

Debo de estar muy anticuado pero entendía que una novela de fuste descansaba en la densidad de los personajes y su correspondencia con cierta trama que traslade un peso en consonancia. Pero cuando el nudo narrativo de un bloque de 1300 páginas (cerca de 1600 en la edición de Alfaguara) viene a bascular sobre un paralelismo entre la brutalidad ejemplar o profesoral de Tupra, el espía resabiado, para con el pobre tonto De la Garza, haciendo uso ostentoso e intimidatorio de su inverosímil espada de lansquenete, y la correspondiente práctica de la lección aprendida por Deza, o el espía discipular, (quien, tras desechar el estoque de torero, se conforma con un vulgar revólver) sobre la persona de Custardoy, el sádico "novio" de Luisa, su ex-mujer, pues es que ya entonces me siento perplejo y no sé qué pensar. ¿Para ese viaje hacían falta semejantes alforjas?

¿O es que todo es muy simbólico, tanto que hay que entenderlo como una lección, la de Tupra, no solo dirigida a Deza sino a todos nosotros que, sin pensárnoslo más, without lingering and delay, deberíamos hacer algo radical con nuestras vidas, y vivirlas, digamos, como Dios manda, peligrosamente, no?

En esas circunstancias las citas y comentarios del Eclesiastés, de Shakespeare, de Heine, o los interesantes análisis de pintura italiana en el Prado, etc., quizá sobran bastante o podrían haberse publicado aparte como artículos o ensayos. Demasiado envoltorio para tan parco regalo.

Lo que alguien consideraría una desproporción entre la forma (despliegue monologal del inquisitivo Deza) y la trama (lecciones de espías sobre la verdad de la vida) quizá otros lo juzguen un "tour de force" conseguidísimo y la gracia suprema de la novela. Yo, no.
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Javier Marías, Tu rostro mañana, Círculo de Lectores, Barcelona, 2003 [1. Fiebre y lanza], 2005 [2. Baile y sueño] y 2008 [3. Veneno y sombra y adiós].

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