jueves, 8 de enero de 2009

Cajones

Sí, hay épocas de recambio, de grandes limpiezas generales. Muy de tarde en tarde, cuando no hay otra salida, reconozco que la cosa se pone fea y yo también hago limpieza y tiro muchas cosas. Después me arrepiento de haber tirado según qué cosas, pero ya no suele haber remedio ("¿No te acuerdas de que la o lo tiraste?" "Ya, pero en realidad no quería... ¿...y por qué no me dijiste que no la tirara o...?" etc.). Mientras tanto, acumulo. Sí. Sólo un poco, sin exagerar, pero acumulo. Quiero decir que no soy un Diógenes de esos que salen en los reportajes o en alguna película. Lo mío no es tan grave. Pero sí que tengo (¿ y quién no tiene?) uno (o más de uno) de esos cajones donde empiezas por guardar un clip y un día ves 500 clips de todos los colores y tamaños; un día dejas una pluma de bambú rota y, al final...Bueno, si soy honrado y digo lo que me parece de verdad el primer cajón de mi mesa a la izquierda de estas teclas pues debo reconocer que es, en pequeño, un auténtico basurero. Si lo viérais cualquiera de vosotros (sí, cualquiera) me diríais seguramente: "Pero es que...¿no te da vergüenza? ¿Cómo puedes tener un cajón así? ¿Por qué tienes un cajón así? ¿Es alguna ofrenda, algún muestrario de exvotos, como esos llenos de brazos de cera u otros órganos de cera que se ponen en agradecimiento de los favores recibidos?". Pues pondría cara compungida y no admitiría que se moviera ni un solo papel de fumar (no fumo, pero cuando fumaba no usaba papel de fumar, y, sin embargo, ahí siguen los papeles de fumar y los mecheros viejos y estropeados: los zippos y los eléctricos que siempre se les escacharraba el mecanismo del encendido y los sacapuntas de guillotina y una brocha de afeitar y jeringuillas para trasvasar tinta y papeles de colores y abrazaderas de folios y un botafumeiro pequeñito que no es de plata aunque lo parece y pilas de todos los tamaños y papelillos sueltos para libros y cortauñas y clavos y tornillos raros y lupas y recambios de tinta y tizas usadas para chupar tinta de borrones y navajas y depósitos de piedras de mecheros y boquillas de plástico de esas mentoladas y...).
El segundo (porque, sí, hay otro) es algo diferente: quizá un poco más conmemorativo: es el cajón de las entradas de cine y los resguardos del banco. Es el cajón del "por si acaso". Este papel no lo tiro porque apunté un teléfono y lo dejo aquí para que se pierda y porque nunca se sabe cuándo te puede hacer falta...Esta tarjeta de un hotel de Madrid la guardo para que no se me olvide cómo se llamaba y por si vuelvo...Hay de todo pero en un formato pequeño, acartulinado o plastificado, algo documental (pues casi siempre hay fechas o teléfonos o signos de haber estado en algún sitio y hay carnets viejos y monedas extranjeras, insignias y bonos de autobús) y recordatorio; hace un papel de agenda arbitraria y revoltijada.
Por eso cuando leo que alguien tira un libro, como si se limpiara la cabeza por dentro,...pues me fastidia un poco. Yo no tiro ningún libro jamás. Dejo que se me pierdan. Pero tirar libros, nunca. A veces me imagino la desesperación absoluta como el acto de tirar todos los libros (lo de quemarlos me parece demasiado ostentoso, como el Kien de Canetti). No eso de unos sí y otros no, haciendo con ello una especie (¡qué horror!) de crítica literaria y autocrítica retrospectiva (¡más horror aun!). No. Todos y no volver a leer nunca más. Digo, en todo caso...

25 comentarios:

  1. Ay qué bien Javi, qué bien hecho qué bonito, como me gusta y además me reconozco.
    Un abrazo enorme.

    M.

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  2. Le habla el hombre que no sólo ha tirado libros sino que una vez llegó a pisotear un libro recién regalado delante de la regaladora (antes se lo expliqué, que era un acto ritual, y lo comprendió y hasta celebró. También hay que decir que el libro era de Paulo Coelho). Una vez, por cosa de una mudanza, dejé en el suelo de la calle, junto al contenedor de papel, una colección entera de libros de bolsillo, enorme, perfectamente apilada. Cuando bajaba con la segunda pila, me encontré con una pareja joven interesadísima mirando los libros, eligiéndolos y llevándoselos encantaos. Y me dije «ole qué bien, qué gusto». No por la cosa de la difusión de la cultura (soy contrario a la difusión de la cultura y esas campañas institucionales para que la gente lea, Quién quiera leer que lea; quién no, que no lea), sino porque vi que era un acto útil. O, al menos, divertido. Hay que tirar libros, pero dejándolos bonitos, apilados, resultones, esperando. Un día le describo el cajón de aquí al lado del ordenador, que también es para verlo. Pero ojo, es mi cajón. Es un cajón lleno de mecheros irrellenables gastados, pulseras de mercadillo viejas y rotas, rotuladores secos, tarjetas viejas, destornilladores, reglas y cartabones, pinceles viejos y sellos con la cifra en pesetas. Me da la sensación de que el día que tire todas esas cosas inútiles que guardo desapareceré, chac, de un plumazo, y por eso están ahí, conformando.

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  3. Seguramente estará muy bien eso de hacer limpieza de libros obsoletos y tirarlos. Yo no lo hago. Claro que si se trata de un libro de Coelho o de algún creacionista intenso, y en su caso, la cosa sería perfectamente explicable: el placer del pisoteo lo justifica todo. Pero "¿Yo no lo hago?", "¿no lo has hecho nunca?" pienso ahora y me compongo mi jesuístico examen de conciencia al efecto: miento, porque, sí, lo hice una vez a eso de los 12 años, si no recuerdo mal. Se trataba de un par de novelas de la colección Reno y de un tal Sven Hassel. Ya no sé qué hacían entre mis libros o en sus cercanías, pero leí una escena que me pareció vulgarmente pornográfica y, consiguientemente indignado, rompí, rasgué con furibundia, justiciera e inquisitorialmente ambas novelas, arrrojando de seguido los restos troceados al patio interior de mi casa. Tal hice. Y no lo acabo de entender porque hacia esa misma época, o quizá (razono ahora) compensatoriamente y un poco después, investigaba concienzudo el erotismo decadentista del Dr. Mardrus en las versión Blasco Ibáñez de las Mil y una Noches (y conservo, claro, los dos ejemplares rojos de la edición Ahrmex de aquel mágico libro iniciatorio).
    No sé qué clase de carga de resonancia numinosa sea lo que, aparte del polvo, se acabe por depositar en mis libros y tenga así la fuerza o el "vade retro" que me impida tirarlos al tacho de la basura (ah, la patumiera) y así cometer esas razonabílisimas limpiezas justicieras o ilustradas o neoideológicas o científicas o rectificativas o vergonzantes o etc..(que a veces hasta parecen "didácticas" y todo). Y no porque no comparta o sí o viceversamente deje de compartir o bien me abstenga en tan justificados motivos, sino por la misma e inexplicable razón por la que sigo conservando ese cúmulo de virutas varias y cachivaches infinitamente depositados en mis dos cajones testamentarios.

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  4. Qué bien descrito, a mí tampoco se me ocurriría tirar jamás un libro, al menos los libros que tengo en mi estantería ya forman parte de mi historia, sería como arrancar un pedazito de mi ser y tirarlo a la basura, ¡qué horror¡

    Un abrazote,

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  5. Bienvenido, David. Otro abrazo

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  6. ¿Rompiste libros de Sven Hassel? Caray, yo no rompí ninguno pero desparecieron en el agujero negro que va desde mis trece o catorce años hasta ahora. Recuerdo que un personaje se llamaba Porta, eran soldados alemanes de un pelotón de castigo durante la segunda guerra mundial, me gustaban mucho, sí, los recuerdo perfectamente, aquellas tapas blandas que se despegaban muy pronto de la editorial Reno.

    Sobre cajones de papeles, cosas y revoltijos los que me inquietan a veces son los números de teléfono que apunté apresuradamente sin datos de ninguna clase en el borde de una propaganda, en la esquina de un folio, de esa manera, ya sabes. Veo teléfonos de Barcelona, de Madrid, móviles desconocidos, y me pregunto quién contestaría ahora si los marcase, qué era tan importante hace quinientos o dos mil años, cuando los guardé en esta sima de los huesos, qué podría decirles yo esta tarde, qué podrían decirme esas personas.

    Un abrazo.

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  7. Vaya, otro blog con moderación de comentarios :-) No sé... con lo bonito que es comprobar en el momento que tu comentario se ha grabado.

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  8. Me aprovecho de nuevo de tu blog para recordar esta cita de J.L. Borges sobre 'el libro':

    "De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación."

    J.L. BORGES

    P.D. Saludos maños desde La Laboral, y recuerdos a Javi, que seguro le va muy bien en sus estudios.

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  9. Sí, Jesús, los rompí. Sólo recuerdo "mi escándalo". Creo que no llegué a leerlos propiamente. Después de aquello ya no volví a sentir curiosidad, y es muy probable que me perdiera un buen escritor, o al menos interesante.

    Delia, recibí la visita insistente de un Anónimo que me regalaba ristras de vídeos alusivos no sé bien a qué, seguramente a algo. Me pareció demasiado pelmazo y coloqué la moderación que no es el ideal pero evita latosos.

    Gracias, David, había leído la cita en tu blog.

    Abrazos a todos.

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  10. Javier, pero yo ayer le dejé un comentario casi eterno... seguro que no lo ha recibido? Un abrazo.

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  11. Pues no. No me ha llegado, Delia. Vuelve a ponerlo.
    Eso ya habrá sido cosa del blogspot y cía. Abrazos domingueros.

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  12. Pues mira, Javier, abro el borrador del gmail, que es como un cajón de los que hablas pero en mucho peor, y aquí lo tenemos. Como para tirar nada...

    Muy sugerente :-) Andaba yo queriendo comentarte algo, pero que se me iba alargando...

    Yo esperé durante años a que el espacio fuera infinito; o a que lo fuera el espacio de la casa de mis padres, en su defecto. Recuerdo mudanzas pesadísimas cargando hasta con los suplementos dominicales de los que era incapaz de deshacerme. Despues, confié en que alguien me quisiera tanto que aprendiera a separarme las cosas que valían de las que no, sin que yo me diera cuenta, sin dolor y sin que volviera a echarlas de menos. Por amor, por ejemplo :-) Hasta que comprendí que no, que nadie lo haría por mi. Desde entonces, cada cierto tiempo y en días en los que me encuentro especialmente fuerte o resolutiva y, por supuesto, envuelta en ese toque de cabreo típico de los autosuficientes, hago limpieza de algunos de los espacios. De los mios y de los de las personas que quiero Y he aprendido a encontrarme mucho mejor después de hacerlo. Creo que es la teoría del fensui la que dice que cuando tiras cosas y ordenas un espacio de la casa estás resolviendo partes de tu cerebro o de tu vida, algo así :-)

    Pero los libros no, sigo siendo incapaz de tirar un libro por muy horroroso que lo haya encontrado. Lo que sí que me vengo observando ultimamente es que cada vez soy más cabezota prestando libros que me han gustado mucho. Lo hago de una forma tan insistente e impulsiva que corro el riesgo de que ni los lean ni me sean devueltos. "No importa", me relajo, "los dejo en buenas manos" :-)

    Para lo que queremos siempre encontramos tiempo. Perdón, espacio :-)

    Mete el contenido de tu cajón (incluido el botafumeiro pequeñito) en una bonita caja y regálasela a alguien que quieras mucho. Quédate con la sensación de dejarlo en buenas manos. Y empieza con uno nuevo. Para el segundo cajón, el método puede ser el mismo. A fin de cuentas, todos los teléfonos, las direcciones y las fotos ya los encontrarás en internet. No me digas que no es... duro?

    Ay, acabo de abrir (para mirarlo) mi cajón de la izquierda. El primero. Diosmio. El tercero está lleno de cintas de cassette que por supuesto hace años que no uso. Ni siquiera recordaba que estuvieran aquí. En una pone: Lou Reed y no tiene tapa o carcasa o como quiera que se llamaran entonces.

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  13. Harry, para que vea las bonitas conjunciones que se producen en el prado estelar: anoche (sábado), cuando ya me disponía a ir a la cama y le hacía la convencional revista o "zapping" al televisor, distraídamente caí en un canal del plus y contemplé una escena que me chocó: dos señoritas mantenían un diálogo absurdo (eso es normal en todas las cadenas, ya lo sé) pero, aparte de absurdo, era un diálogo como intencionadamente soso y frío y las señoritas añadían, por su cuenta, una languidez algo más que tonta al asunto..."¿Y esto qué será?", me dije. Y sólo me respondí "¡Anda, claro!" al comprobar que la señorita dialogante rubia estaba leyendo, al ser interrumpida en su lectura por la señorita dialogante morena de poderosos pectorales y morrillo escueto y perfilado, digo, que estaba leyendo un libro abierto ostentosamente como si fuera más bien una partitura, leía...¿a qué no se lo figura? Pues sí, lo hacia, leía un libro forrado con pláastico transparente de...

    ¡¡¡¡¡¡¡ Paulo Coelho !!!!!!

    Y entonces, me dije: claro, es el canal de porno.

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  14. Deia, ya veo que compartimos aficiones. En mi caso las limpiezas, al ser tan de tarde en tarde, pueden acabar resultando peligrosas.
    Recuerdo la última limpieza general de hace un par de años: los exámenes, los trabajos, los folios de apuntes, fotocopias sobrantes, materiales descabalabos o incluso certificados o documentos oficiales "muy necesarios" mezclados con todo el resto se habían ido acumulando en las estanterías hasta llegar a taparlas (éstas tienen como supuesta virtud que es defecto la de ser muy hondas y caber las dos columnas de libros ya ocupadas más aquellas montañas de folios). La cosa es que me hice con unas grandes bolsas negras para bajar todo aquello al contenedor de papeles y cartón.
    El primer viaje con la primera bolsa gigante negra no fue mal: sorteaba los coches con cierta habilidad y entre las sonrisas de los conductores hacia mi evidente esfuerzo; pero ya la segunda bolsa, la más ambiciosa, la gigante, no llegó...Sí, fue en medio de la misma carretera concurridísima a aquella hora de salida de niños del colegio. Hizo rasss y se abrió en medio de la circulación y de los coches. Allí las hojas, alegres por la compañía del viento que las animaba a bailar inauguraron una fiesta: todo eran exámenes, trabajos, documentos y apuntes volando a placer por entre los coches. Los conductores se carcajeaban ya, aquello era un espectáculo al que en ese mismo momento se daban cita todas mis amistades y conocidos de la ciudad como si acabaran e invitarlos: "Hola, Javi, ¡qué es lo que te pasa?" La pregunta era malvadamente retórica. Las manos (os lo juro) me sangraban de tanto lijarlas contra el asfalto para recoger papeles voladores. La fiesta empezó a las 5 y acabé de recoger la mayor parte a eso de las 11 de la noche.

    Fue toda una experiencia.

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  15. Bolsas no, cajas de cartón y bien fuertes :-) De cajones a cajas.

    Menudos bordes los que te preguntaban y no te ayudaron a recoger. Vamos, digo yo.

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  16. Pues sí, un poco bordes (pero no se darían ni cuenta: todo parecía tan gracioso...).

    Efectivamente, nada de bolsas para semejantes transportes; o en vez de tres bolsas, cincuenta y cuatro.Todo eso se piensa después.

    Ahora que me acuerdo, sólo me ayudó una persona: una señora, más bien mayor, y, por el acento, emigrante sudamericana.

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  17. Que yo pensaba que había comentado pero que como no aparece, insisto:
    yo sí que he tirado algún libro, aunque sobre todo los he recogido de la calle: libros insospechados que llegan a mis manos. A veces, después de leídos, entiendo que los tiraran (me ha pasado en Gólgota, de Román Piña, que me encontré en una bolsa, leí y quise devolver a la calle: aún no lo he hecho, pero al tiempo).
    De Sven Hassel me leí en la colección Reno, como Jesús, casi todo: eran una cuadrilla que iba menguando según morían, y creciendo según llegaban nuevos condenados. Pero Porta, Hermanito, Barcelona, eran personajes que dieron forma a la guerra en mi adolescencia. Ya no los tengo.
    Por lo demás, tiendo más a acumular que al vacío japonés.

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  18. Pues sí, debí perderme algo bueno por culpa del eczema puritano aquel que me dio. Me gustaría recuperar el pasaje, saber ahora qué escena concreta me pudo escandalizar hasta ese extremo...Debió de ser alguna convencional descripción de una casa de putas o similar.

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  19. ¿Paulo Coelho y porno a la vez? eso sí que es una mezcla rara... Ay qué sudores.

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  20. Me llamaron la atención dos extremosidades como radicalmente compatibles: su aversión, don Harry, hacia el susodicho autor y el aire casposo de una charleta previa a un número de señoritas lánguidas.
    Ése fue el caso, el de la conexión estelar, la potra circunstancial de un sábado noche.

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  21. Hola,

    He leido tu entrada "Mario Santiago", y la he tomado para reproducirla en mi blog y tal vez en la pagina infra.
    Te falta un libro de Mario, que recien aparecio en una editorial Cartonera ya agotado y dificilmente aparecera pronto en una editorial grande.
    Respiración del Laberinto.
    Si me das tu correo te envio algo.
    http://ealtamir.blogspot.com
    http://infrarrealismo.com
    Edgar

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  22. Gracias, Edgar, por tu interés.
    Envíame lo que quieras a
    jdelaig@gmail.com
    Un abrazo

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  23. A lo mejor ya lo conocéis, como sois tan asquerosamente leídos... :-)


    EL AÑO DE LA GALLINA

    Éste es el año para ordenar,
    para tirar, para devolver,
    cribar los montones, los cúmulos de objetos,
    los ventisqueros, dunas, sedimentos,

    o, de forma menos poética, las estanterías, baúles,
    armarios, cajas, las esquinas
    del sótano, los rincones y armarios

    -los trastos, en una palabra-,
    que se han colgado aquí, atesorados,
    se han arremolinado alrededor, depositados
    por olas invisibles.

    Por ejemplo: dos abultadas filas
    de tarros de cristal para la mermelada
    de aquellos veranos
    volatizados; una austera pila
    de bolsas de plástico; un paraguas partido, de color granate,
    tan apreciado cuando estaba nuevo;

    una caja de bombones con pinturas de cera
    guardadas para niños fantasma;
    zapatos con marcas mugrientas
    de dedos que un día me pertenecieron.
    Fotos de chicos cuyos nombres se han perdido
    (posando airosos frente a coches
    cromados), muchos de ellos
    están ahora muertos, otros son viejos

    -objetos sucios y desgastados-, se mezclan
    -digamos- como ese bol de
    guijarros misceláneos reunidos,
    una y otra vez, en playas hoy
    erosionadas o perdidas; pero los exhumamos,
    manoseando su belleza,
    y los guardamos en el bolsillo como recuerdos puros
    de un día que en otro tiempo fue imborrable.

    Margaret Atwood, del libro "La puerta", traducido por MP Somacarrera Iñigo, Bruguera...

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  24. Pues no, no conocía ese poema (que está muy bien) de Margaret Atwood. Ni tan siquiera he leído nada de esa señora (seguramente para mi vergüenza).

    ...Y no soy ningún "leído", oiga. Quizá algo curioso, pero leído-leído, no creo.

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Cariñosas las observaciones