martes, 8 de septiembre de 2009

Árabes

¿Quién será el responsable de que yo salga a la calle, esta tarde, acelerado y procurando soslayar los controles habituales, a comprarme una gramática árabe de tamaño regular, tirando a voluminosa y que no estaba mal de precio...? Al final pues no ha sido así, tal y como me digo a mí mismo con el aliento entrecortado por el sprint de 10 minutos de aquí al centro y del centro aquí; y no ha sido así gracias a la desidia habitual en algunos comerciantes (con crisis o sin ella). Ya estuve el otro día, y puse cara de poco interés al preguntar (es lo preceptivo) y, quizá por eso, la encargada se lo debió tomar en plan literal, y me habló, desganada también ella y por contagio, de que tenía que buscar en un almacén lejano («está en un pueblo», «pásese mañana», etc.). Me paso esta tarde y no «lo había encontrado», no estaba donde debía, etc.  
No sé por qué me pasan estas cosas. O sí sé. Aunque también se me ocurren un par de circunstancias colaterales a la afición desmedida por la gramáticas y las lenguas imposibles. En este caso quizá fuera la lectura de un bonito artículo en el que se aludía a los lectores «románticos» de Los Siete Pilares de la Sabiduría del coronel T.E. Lawrence, insensatos admiradores de tipos árabes del estilo de los tan diestramente retratados en ese «inmortal reportaje». Bien. Sí. Es posible que fuera el disparadero remoto de la ocasión concreta. En el caso de los Pilares no sólo recuerdo haber leído con mucho gusto (pese a las abundantes erratas) el libro de Júcar en la estupenda versión de Alberto Cardín, sino que algo tuve que ver con la publicación de una introducción (que se debió perder y no llegó al libro o al menos no en esa edición de 1989) y de algunos capítulos como adelanto del mismo.
Quizá también haya creado «ambiente» la lectura, desde julio pasado, de la Muqadimma (o Introducción a la historia universal) de Ibn Jaldún. Otra delicia. ¿Qué sería eso de la «assabiyyah» (عصبيّﺔ), me repetía mientras leía los perspicaces análisis del nomadismo árabe primitivo (o simplemente «ruralismo» como quiere el traductor francés)? Ser de «pueblo», ser «nómada», hombre del desierto, tiene virtudes de las que carece la «civilización», pero no es exactamente lo de Horacio o Fray Luis, es, más bien, otra cosa: es el propio desierto y la vida del desierto lo preferible. Un árabe cultísimo de familia sevillana de Carmona, aunque nacido en Túnez en 1332, escribe entre 1375-80 en la fortaleza beréber de Ibn Salama las 1200 páginas de la Muqadimma y funda con ello una nueva ciencia de la cultura, una «física social» (Carlos Moya) o una sociología de las costumbres, una mirada a la sociedad y a la historia que cuesta creer que fuera escrita a finales del siglo XIV. Ibn Jaldún prefiere la vida nómada porque no está sujeta a la decadencia segura de la vida de lujo y «progreso» de las ciudades. El hombre civilizado carece de «assabiyyah», de solidaridad, de sentido de grupo, del sentimiento «familiar» de pertenencia...

Mejor que explicárselo, lean el libro (y en especial esos sabrosos capítulos sobre el nomadismo, la civilización, la «educación» y la «assabiyyah» en I, ii, 6-11 y siguientes).

Por ejemplo:

«Que trata de que los miembros de un grupo con fuerte cohesión poseen 'casa' y nobleza reales y con viejo arraigo, mientras que otros poseen estas cosas de manera ficticia y aparente.

Esto es así porque la nobleza y el prestigio se adquieren sólo con las cualidades. Poseer una 'casa' quiere decir que entre sus antepasados hubo hombres conocidos por su nobleza, y esto supone un timbre de gloria que se transmite a él por ser su descendiente y estar relacionado con ellos; y en los espíritus de las gentes de su tribu se mantiene grabado el prestigio y la nobleza que sus antepasados adquirieron por sus cualidades. Las gentes, en lo que atañe a su origen y a su descendencia, son como los veneros, tal como dijo el Profeta -Dios lo bendiga y salve-: «Las gentes son veneros: los mejores antes del Islam son los mejores en el Islam, si entienden». Y la esencia del prestigio siempre está radicada en los antepasados.
Ya hemos explicado que el fruto y la ventaja de pertenecer a una noble estirpe es la fuerte cohesión en el afecto y en la ayuda mutua. En la medida en que esa cohesión es capaz de infundir respeto, y su origen es noble y sin mancha, la ventaja de tener una estirpe es más evidente y más intensa, y lo será tanto más cuanto mayor sea el número de antepasados nobles. El prestigio y la nobleza son dos elementos fundamentales en las personas que forman un grupo fuertemente cohesionado, porque su existencia era consecuencia natural de su pertenencia a su estirpe. Las diferencias entre las 'casas' en lo referente a nobleza se corresponden con las diferencias de cohesión, porque ése es su sentido profundo.
Los que viven individualmente en las poblaciones no pueden tener una 'casa' más que en sentido figurado, y si dicen poseerla es para lucirse con tal pretensión. Cuando se analiza el prestigio de las gentes de las ciudades se encuentra que consiste en que el hombre al que se tiene por antepasado suyo se distinguió por hacer el bien y por formar parte de los buenos manteniendo un comportamiento íntegro tanto como le fue posible. Pero esto es diferente del sentido profundo del espíritu tribal, que es el fruto de la estirpe y del número de antepasados. Y aunque se usen los términos de prestigio y de 'casa', se hace en sentido figurado, por la relación que también en este caso existe con el número de antepasados que de manera continuada han mantenido una actitud constante en el bien y en sus sendas. Pero esto no es verdaderamente prestigio en sentido propio, y aunque está bien establecido en el uso lingüístico que su empleo es correcto en ambos casos, se puede mantener que uno de estos usos resulta preferible.
La 'casa' posee una original nobleza debido a la cohesión del grupo y a las cualidades de sus miembros. Pero luego se ven privados de ella cuando esa cohesión desaparece como consecuencia de la vida sedentaria, como hemos dicho anteriormente, y se mezclan con la masa de la población. En sus espíritus queda entonces un sentimiento de nostalgia que los lleva a seguir considerándose miembros de las más nobles 'casas' y a mantener la unión, pero ya no hay tal cosa, porque el espíritu de clan ha desaparecido totalmente. Muchas gentes de la ciudad, cuyos orígenes provienen de 'casas' árabes y no árabes, mantienen esa nostalgia; y los que en mayor número conservan arraigada esa nostalgia de su pasado son los judíos. Realmente ellos poseyeron una de las más nobles 'casas' del mundo. En primer lugar, por su origen, ya que entre sus antepasados se cuenta un gran número de profetas y enviados, desde Abraham -sobre él la paz- hasta Moisés, fundador de su religión y de su ley; y en segundo, por la fuerte cohesión y lo que, debido a ella, Dios les otorgó prometiéndoles el dominio.
Pero luego los desposeyó de todo aquello y los castigó con la humillación y la miseria, y los condenó a vivir como exiliados en la Tierra, y los marcó con la esclavitud durante miles de años por su incredulidad.»


Ibn Jaldún, Introducción a la historia universal (al-Muqqaddima), Ed. y trad. de Francisco Ruiz Girela, Almuzara, Córdoba, 2008, págs. 228-229.

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