domingo, 31 de octubre de 2010

con pocos, pero doctos libros juntos


Esta mañana (y en medio de otras labores perentorias) leo ese verso citado en un blog. Entonces, y, como gatilladas casi al unísono, dos circunstancias, dos tiempos diversos, se me representan en el mismo repente: la una de anteayer, de cuando mi compañera Marile me está enseñando orgullosa su flamante adquisición en la local feria del libro: el tomo de la Obra en Verso de Quevedo, en la edición de Luis Astrana Marín, Aguilar, Madrid, 1932. Me lo deja manosear (la encuadernación gastada, pronta al derrumbe, pero las páginas finamente craquelantes y nítidas como corresponde al papel biblia de la colección Aguilar de obras completas. Algo caro, bastante; le han pegado un palo, vamos, pero tengo idea de que los aguilares se cotizan así o más alto). Envidia. Yo ya dispongo de la poesía de Quevedo en otras ediciones y casi completa o en la medida que cabe, pero la primera de Astrana es la primera de Astrana (¡Pobre hombre, cómo le pusieron a caldo o hecho un verdadero «tugurio de piropos» sus doctos sucesores los quevedistas modernos por ser tan sólo un pobre profe de colegio, un aficionado, sin la adecuada especialización filológica, cuando él, solito, y a su manera si quieres un tanto casera, sí, se desenterró más de medio Quevedo desconocido!). Me acuerdo de haber fotocopiado en Deusto la descripción bibliográfica de los impresos y manuscritos que figura como apéndice a su volumen para mis labores con el Caballero de la Tenaza. La segunda circunstancia es más remota, de hacia la primavera del 75: alguien nos llevaba enlatados en un 600 desde la Uni a casa, y ya no sé por qué, pues los alumnos automovilizados no eran tan corrientes por aquel entonces, y menos lo era que aquellos compañeros se ofrecieran a llevarte en el autito... ¡ah, pero, claro!, íbamos con la doña, con la novia de Quevedo a bordo («hay que saber bien quién es quién en nuestra profesión»), y eso ya era muy otra cosa: «¿Te quieres venir conmigo a Michigan?»...«Yo me voy a ir este verano». Encantadora mujer.

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Cariñosas las observaciones