viernes, 29 de enero de 2010

La cocina de doña Nieves

 (Como no sé esperar a que mi amigo y compañero David actualice su blog dando paso a mi comentario a su última entrada, lo copio a aquí sin más).


Para ambientar, reproduzco el texto que motiva la entrada de David y mi comentario:

Respecto a los saberes, sería necesario desterrar un currículo heredado del siglo XX, y reescribirlo a la luz de (...)las competencias imprescindibles en el XXI. Sin olvidar el cimiento de las humanidades, es necesario abordar la adquisición de habilidades de pensamiento crítico y solución de problemas, aprendizaje e innovación, junto al desarrollo de patrones intuitivos y holísticos de pensamiento que permitan al alumno la creatividad necesaria para su desempeño y éxito profesional.(...)
Los estudiantes de hoy son esencialmente distintos a los de hace apenas media generación. Son nativos digitales que no han conocido un mundo desprovisto de tecnología (...) Trabajan en contextos multitarea, por lo que su estructura cognitiva es paralela, no secuencial. Son colaborativos, están expuestos a numerosos estímulos de ocio y entretenimiento que les permiten cultivar habilidades superiores del pensamiento. Son  rápidos e inteligentes. No observan, participan (...) No es de extrañar, por lo tanto, que el modelo educativo que les ofrecemos -estandarizado, unidireccional, jerárquico y uniforme-, no responda a ninguno de los rasgos que les caracterizan. (...) Les hemos acostumbrado a aprender de la manera en que les enseñamos, en vez de educarles del modo en que aprenden. Los estudiantes de hoy necesitan una educación que emplee sus códigos de comunicación, en idénticos soportes, y en cualquier lugar y momento del día. El mundo del entretenimiento lo ha entendido. El de la educación, todavía no.

                                                                            Nieves Segovia, en El Mundo de ayer.



Creo que ya es tarde, que ya no hay salida. Soy más bien pesimista, sobre todo cuando parece que no les basta con un examen mínimamente sincero de la situación de la enseñanza ahora mismo: el punto al que hemos llegado. El tono facilón de lo que la tal señora Segovia vocea resuena con la música misma de la vieja canción Logse de entonces, pero, claro, confrontada con el desastre que estamos viviendo. "Aprendizaje secuencial versus aprendizaje en paralelo". ¿Pero quién se niega a reconocer eso? Sobre todo, ¿quién es tan primario como para reducir el problema a la fácil dicotomía entre dos modos perfectamente complementarios y mutuamente necesarios de acceso al conocimiento? El tema no es ése. El tema es ocultar, bajo batallas ficticias, una receta de trivialidad enmascarada en nuevas técnicas, nuevos modelos de acceso adolescente a la realidad que la industria del entretenimiento ya ha entendido y que usa para "maximizar beneficios". Como no es posible luchar o ir en contra de la todopoderosa industria del entretenimiento, démosles a los niños trivialidad, enganche barato, ludismos baratos de "cuelgue" y llamemos a esa pastilla mágica "Siglo XXI". Y es gente que está en posiciones de poder y de decisión, gente que te vuelve a vender la vieja moto imbécil más averiada todavía (como ya lo hizo a mediados de los 90) de falsas dicotomías para que te apuntes a la basura todopoderosa y dominante. ¡Por favor, no nos tomen tan descaradamente el pelo! ¡Somos bobos, pero quizá ya no tanto y, sobre todo, tan reduplicada y continuadamente! Vale ya. Basta ya. ¿Quién con dos dedos de frente se niega a usar cualquier medio a su alcance para transmitir conocimiento real a sus alumnos? ¿Es que el verdadero conocimiento depende del formato en que se presente o es aquel que permite que el alumno acceda de verdad a nuevas capacidades intelectuales? ¿Es que hay alguien que se niegue a servirse de cuanto haga falta: internet, videojuegos, libros electrónicos, clases audiovisuales, etc., etc., es decir, de todos los posibles modos de acceso y transmisión de conocimiento?
A lo que nos negamos muchos es a la falacia de creer que el medio, el juego, ES el mensaje. Los nuevos medios electrónicos pueden servir de instrumento para acceder a  un saber que podría ser trivial o no serlo, que puede ser falsamente lúdico o entontecedor y juguetonamente falsificable en forma de placebos mentales, o no serlo, que puede estar fundamentado en verdaderas experiencias y asentado o no estarlo, construido en niveles sucesivos de complejidad, realmente orgánico y organizado, y que entonces funcionará secuencial y paralelamente y en combinación de ambos modos, y a la vez de ninguno de los dos porque, si se integra en verdadera formación de capacidad, ya habrá alcanzado un nuevo nivel, una madurez que asimilará lo paralelo y lo secuencial en nuevas posibilidades de verdadera transformación de conocimiento.
A nada nos negamos. Lo que ya no soportamos más es que nos sigan tomando por idiotas. Ya no aguantamos recetas de modernidad vacua. Por favor, entérense, de verdad, los que tengan que enterarse, entérense del siglo en que estamos y que para estar en el XXI en serio hay que haber rozado al menos algunos rastros no triviales de los anteriores.
Lo que me indigna en este tipo de mensajes modernos (y que se parecen unos a otros, en cada etapa histórica, tal como si los hubieran fabricado en serie, y que además aparentan esa buena intención, ponen esa carita mental de inocencia primitiva), es su asunción implícita de que el auditorio (es decir, los profesores, nosotros) al que van dirigidos se compone básicamente de tontos de nación. Y lo peor será que, a efectos prácticos, acaben acertando.
Por favor, ya vale. Basta ya. Las ruedas de molino ya no sirven; búsquense camelos, por favor, al menos un poquito más elaborados.

(De acuerdo, David, con todo lo que dices. Pero hace falta poner algún freno al timo, al gato por liebre, a la basura permanente como receta).

miércoles, 27 de enero de 2010

Grosny

"Tsar... Ivan... Vasilievich... Grosny". Iván el Terrible. Prokofiev. La película de Eisenstein, sí, las caras recortándose despacio con la cuchilla de sus perfiles. Cine Zorrilla creo que se llamaba (el de la Plaza Mayor, el cine pequeñito y de "arte y ensayo" como les decían por entonces, en Valladolid). Esta tarde solitaria la aprovecho (sólo en las tardes solitarias puede uno permitirse estos lujos, esta atmósfera reventada, explosiva de sonido ambiente de Prokofiev en espacio exiguo, chispas desprendidas de algún viejo pleroma que recopilo cuidadoso acostando la atención despacio sobre cada una de sus migajas para que no se me escabulla o se me pierda entre la desidiosa polvareda y sus ácaros añosos) para escucharme así todo el álbum completo. "Zarriom Buddu" parece decir ahora, en un momento, el tipo ese que lleva la voz cantante cuando suenan las campanas de Kiev, Kazán o de Móscova o un lugar cualquiera semejante. Escucha ahora ese tal coro, ese que parece de segadoras frescachonas y rollizas de los Urales. Sigue un tío anunciador ("Zariom Maskovskiu", otra vez). 

Es un placer, amigo mío, sólo placer o ante todo placer el de recordar una música que tuvo y retiene cierta potencia de remoción, o llámala como quieras, de subyugación. Apellidadla como queráis. ¿Es cosa de nombres? ¿Resulta que te quedas tranquilo porque les pones nombres a la maldita o, por encima de todo, a la cosa misma cuando es bendita cosa? Estos movimientos animados, reiterativos, se acompañan de algo que suena en este mismo instante como una chalaparta de todas las rusias. Pero sigo escuchando porque quiero dar con lo que el azar del disco me vaya descubriendo (Prokofieff, Iwan Der Schreckliche, Coro Ambrosiano y Orquesta Philharmonia de Londres y Ricardo Muti de batuta, EMI,Colonia 1978). ("Ichá i pasmaia" o algo parecido y pasmoso, y entonces la música sagrada y ceremonial apoderándose de todo, arrebañando con sus tamboriles, una vez, claro, que la vecina preocupada porque no se ve la tele de su casa y aprovechando que soy el vecinal responsable temporal y comunitario interrumpe descarada mi viaje ruso y vallisoletano con todas sus pormenorizadas chinchorrerías. Vaya por Dios, no hay manera. Ni solo ni acompañado.  "A la porra" le digo mentalmente): "¡Na Kazán!" ("¡A Kazán!" todo el mundo).

sábado, 2 de enero de 2010

Ramón y Magda en el Luxemburgo (con Gourmont al fondo)


El otro día, cuando Harry me llamaba la atención sobre Christine Kerf como algo por mí sabido, durante un rato me quedé atónito: ¿Quién? ¿De qué Kerf sé yo? Es curioso cómo lo que hemos sabido desaparece pasado un tiempo mínimo, sin necesidad de Alzheimer (toquemos madera). Bien, pues como a la Kerf se la  vinculaba con la entrada aquella de Colette y Ramón Gómez de la Serna, enseguida eché mano de mi tomo de los Retratos ramonianos para comprobar si es que era ése el libro aludido y por mí citado o no lo era y, al ponerlo en la mesa, se me abrió por las páginas del retrato de Rémy de Gourmont, en las que, además de biografiar al autor francés (muy gustado de Ramón y otros modernos de principios del veinte, por ejemplo Pound), se concentra en el comentario de uno de sus libros: Una noche en el Luxemburgo

 porque, dice,«es su obra más pura y desinteresada» (Retratos Completos, Aguilar, p. 420). Hasta ahí todo bien; es decir, hasta ahí el hilo de las observaciones sobre el azaroso discurrir de las cosas que es la ley que rige su habitual comportamiento (cuando dejamos a un lado la ingeniería de sus detalles). Pero entonces me  fijo (y el lector del citado retrato ramoniano lo puede hacer conmigo si así lo desea) en que, tras unas breves observaciones convencionalmente laudatorias sobre el libro de Gourmont (que, por cierto, desplaza al resto de sus libros), Ramón pasa directa y un tanto descaradamente a comentar su propia experiencia del jardín, a ofrecernos una breve «guía» personal del mismo y las correspondientes apreciaciones estéticas sobre el conjunto de las obras escultóricas y arquitectónicas que jalonan su paseo (por ejemplo, las del primer paseo que dio por sus senderos en el viaje de 1909-10, objeto de la citada entrada sobre Colette que, con otras dostres, motiva ésta).
  Omito la información que cualquiera se puede agenciar fácilmente en la red sobre el palacio Médicis y  sus jardines, obra de Salomon de Brosse, concluidos hacia 1624, incluida la fuente que es motivo de la casi exclusiva atención ramoniana. Y aquí viene lo intrigante. Pues, aunque yo personalmente no he tenido aún el placer de transitar por los senderos que pintó el aduanero Rousseau (o nocturnizaba con profusión en procura de interesantes experiencias el gran escritor cubano Severo Sarduy), las fotos que contemplo de la fuente, más allá de no inspirarme excesivo entusiasmo, se me hacen agradables (ese barroco francés proitaliano con su tira rectangular de agua estancada), decorativas, gustosa y un algo empalagosamente francesas.
  ¿Por qué Ramón se empeña en mostrarnos la especial molestia que siente (o que sintió) hacia ese monumento?
  Si por una parte, la experiencia del jardín es inolvidable, casi predestinada («Las calles tiran de nosotros. Las esquinas nos empujan...»), enseguida se percibe el tono dominante («siempre tiene entornamientos de otoño y hay en él hasta rincones de invierno en pleno verano») que parece corresponder a una de sus funciones principales: la de hacer de lugar en que «las divorcidas se pasean por él buscando un nuevo marido», como el primer ejemplar de una colección de mujeres en busca de complemento erótico (Retratos, p. 421).
  Tras el elogio de la serie de retratos escultóricos femeninos («estas estaturas de mujer provienen del parque Sceaux, destruido por la Revolución»), del David «con su espada enorme sostenida como un estandarte» y la Venus saliendo del baño, la atención de Ramón pasa a concentrarse en la fealdad y melancolía que le despierta la fuente de Médicis misma:
  La fuente es «pesada y enorme»(?), algo que se levanta con «incongruencia» en unos de los rincones del jardín y que hace que el transeúnte se quede «parado» ante una fuente semejante «llena de nichos sucios, con estalactitas, entre columnas dóricas y mujeres con los ojos tristes y tíos barbudos» (¿en alusión al Neptuno de uno de sus laterales?), en definitiva, una «fuente monstruosa», un «gran aparador de piedra», en la que la «friolencia» húmeda de sus desnudos revela su carácter de «gran tumba del agua», todo, pues, «triste, más triste que todo el reflejo en el agua de ese monumento arrinconado y como tope final en la ría muerta», una expresión que recuerda inevitablemente ciertas fuentes machadianas de Soledades (1904), aquella «agua muerta» de las fuentes sevillanas y quizá también francesas.
  Y es entonces cuando la «divorciada» genérica de la entrada al Parque toma cuerpo, y se nos hace anunciar por una extraña conjunción de imágenes: la de un Jesús «dando en todos los rincones la escena del "Noli me  tangere"», es decir, una sugestión oscuramente religiosa de tentación erótica tan sugerida como convencional y cristianamente evitada y que aquí quiere consagrar una supuesta y previa curación del deseo insatisfecho a lo que ya nos estaría predisponiendo la ominosa tristeza de la fuente: «allí huye el varón de la mujer que le enternece, pero que a lo largo del día le abruma, y allí va la mujer a la que le pasa lo mismo con el hombre». ¿Y todo esto para qué?
Pues para revelarnos una anécdota personal especialmente clavada en la memoria: el encuentro amoroso entre Magda, la divorciada con el cochecito de niño, y el melancólico Ramón varado junto a la Fuente de Médicis:
«Aquella mujer, a la que conocimos aquí, aquella divorcia­da que nos echó el cochecito de su niño para recibir la palabra escrita al margen de un periódico, no la he vuelta a encontrar nunca, pero siempre sé que está en el jardín, está con su niño rubio y con una capita azul con capuchón, por otros parajes del jardín.
Aquella mujer siempre estará, en el Luxemburgo, notándose más en su hijo que en ella las variaciones del tiempo.»

La misma que no se olvida en Automoribundia (1948):

«Me sentía solo, helado como un pájaro en la nieve, desheredado de camiserías y sastrerías, alma en pena del jardín Luxemburgo, cuando un día encontré una bella dama rubia de ojos azules que, con una niña de dos años jugando a su vera, llevaba un niño de meses en su cochecito. Nuestras miradas se enredaron como si no pudiesen separarse, y como ella viese mi timidez desesperada, escribió unas palabras en un periódico que tenía en la falda, y como si moviese un correo echó hacia mí el cochecito del niño. Yo paré el tope de su agarradero, tomé el diario, leí rápidamente que en él me decía que «ella era divorciada», y le devolví niño, coche y diario, acercando mi silla de hierro a su silla de hierro.
Desde ese día París tenía objeto, y volví a ser niño para llegar a ser hombre. ¡Abnegadas mujeres francesas para el amor muerto!
Las fuentes comenzaron a echar agua brillante, las hojas secas cobraron vida y se pegaron a sus ramas sin querer caer, y la nieve prendida en el aire enguató de algodón el día gris.
Magda -la que en mis últimos viajes a París será Magda la de los domingos, como la superviviente de un amor antiguo- me entregaba sonrisas tristes, sin pedido alguno, (esos besos en público que sólo admite París sin sorpresa de nadie).
Llegamos así a la primavera, tuvimos hasta alguna tormenta de parque, y estuvimos en el refugio de los guardianes del jardín viendo llover la esperanza de mejores felices días.
 Pero mi sino de español se presentó -mayo de 1911- impensadamente, comunicándoseme que había sido dejado cesante y que debía volver a Madrid.
Los ojos azules de Magda lloraron cristales de reloj pulsera, es decir lágrimas que sólo cubrían sus ojos y no caían en mostacilla sino que se quedaban prendidas a sus ojos cubriéndolos brillantes y resignadas.
 Nuestra despedida en el Luxemburgo fue algo que dejó tristes a los árboles, a las estatuas y a los niños. Para mí, París ya era ella saliendo de la Rue Servandoni con su preciosa niña -que se había de morir años más tarde- y su niño, que es hoy un joven rubio y francés.»

RGS, Automoribundia, Guadarrama, Madrid, 1974, tomo I, p. 223-224.
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RGS. Retratos Completos, Aguilar, Madrid, 1961, págs. 420-427.