miércoles, 22 de septiembre de 2010

La afición pétrea (Litofilia teluriana)

«...The stone is alive in my hand...» E.P., Cantos, VI

...por ejemplo, al pedernal de color gris oscuro y aceitoso o al negro, y no tanto al sílex, que es un pedernal de segunda. Ha habido veces en que, sospechando impropiedad o exceso subjetivista, les he preguntado a las geólogas amigas (Inés, maja, que ya no te veo), y no me aceptan la distinción que hago aquí entre pedernal y sílex, porque la consideran, supongo, «acientífica» y muy caprichosa: ellos y ellas los emplean como términos prácticamente sinónimos. Miro en el diccionario inglés y me encuentro con que dos de sus palabras, chert y flint, ostentan características respectivas de lo que, tan solo armado de intuición y tacto, yo siempre he llamado sílex y pedernal. Vaya usted a saber quién lleve razón. Pero así está la cosa. Bien, y se preguntará alguien, «¿pero esto a qué viene?» Pues no viene a nada. ¿O es que algo tiene que venir a algo? «Pues sí», se me dirá. «Pues aquí no», le contestaré y se acabará la discusión. Y ¿cómo aparece la cosa? Yo mismo, quizá el más interesado en el problema, no lo sé muy bien. Supongo que empezó hace ya mucho, en la infancia (donde suelen aparecer las cosas interesantes), y que una vez puestos a la faena, y en este blog, di cuenta de él en una entrada que aprovechaba cierto viejo relato-reportaje traspapelado (¿o que fue publicado antes? Ya no lo sé). Allí se hablaba del origen del interés por pedernales y otras piedras o «minerales», y que era algo que acababa por concretarse en el pedernal y sus circunstancias. Verdad es que el coleccionismo de minerales no dejaba de ser una inclinación habitual y perfectamente natural en una cierta época de la vida (los bellos cuarzos polares, las maclas de pirita, alguna blenda ferrífera sobre cuarzo formando cuevas de colores, las cuevas de las joyas, aquellas que aparecían en Viaje al centro de la tierra de Verne o Las Minas del Rey Salomón de Ridder Haggard, para citar los ejemplos sobresalientes y sus películas, claro), pero allí, en aquel relato, lo que se intentaba explicar era ese carácter monográfico del pedernal como la «piedra en sí». Su absolutismo. Y eso era y es ya lo inexplicable. Sólo recuerdo haber sugerido alguna de las sensaciones que me trasladaba (y eso sólo cuando era pedernal verdadero) como un algo intermedio entre lo animalescamente dormido y lo céreo, lo óseo y lo pétreo inerte. Esa cosa. 

Otra distinta es que se haya utilizado como una imagen en este blog: en alguna rara entrada meditativa, y también que se me hubiera aparecido en algún poema americano que he traducido (juro que ni lo busqué: me salió el verso en aquel poema de Berrigan y entonces lo vi, y caí en la cuenta después de haberlo escogido).

Pero de qué sea realmente imagen la piedra es algo mucho más oscuro,y sobre lo cual disienten los filósofos, tal y como dice el dicho, más aún incluso que las olas de la mar.

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Nota a la foto. Los viejos trillos (como algunos, que ya inútiles, decoraban a manera de mesas rústicas, los tránsitos de cierto castillo o casa rural de que se habló en algún momento) usaban como ingrediente mascador pedacitos de pedernal iguales a los pequeños que se dejan ver en la foto (el grande es un pedazo de sílex, cariñoso regalo de mi gran amiga, compañera y geóloga, Inés Moreno).

sábado, 11 de septiembre de 2010

Un león en Venecia

Aquel año me senté en la escalinata de la Dogana,
pues las góndolas resultaban muy caras,
y no estaban “aquellas chicas” , sólo un rostro,
y el Buccentoro a veinte yardas, aullaban “Stretti”,
y aquel año los travesaños iluminados, en el Morosini,
y pavos reales en la casa de Koré, o que pudiera haberlos.
Dioses flotan en el aire azur,
dioses relucientes y toscanos, regresan antes de que cuaje el rocío.
Luz: y la primera luz, antes de que rocío alguno se formara.
Paniscos , y la del roble, dríade,
y la del manzano, mélide,
por todo el bosque, y las hojas están llenas de voces,
susurran, y se inclinan las nubes sobre el lago,
portan dioses,
y en el agua, nadadoras blancas como la almendra,
el agua de plata barniza sus erguidos pezones,
tal como Poggio dejó indicado.
Vetas verdes sobre turquesa:
o: ascienden las gradas grises a la sombra de los cedros.

Mío Cid cabalgó hasta Burgos,
hasta la puerta tachonada entre dos torres,
dio un golpe con el cabo de la lanza...


Ezra Pound Cantos, III

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I sat on the Dogana's steps
For the gondolas cost too much, that year,
And there were not "those girls", there was one face,
And the Buccentoro twenty yards off, howling "Stretti",
And the lit cross-beams, that year, in the Morosini,
And peacocks in Kore's house, or there may have been.
Gods float in the azure air,
Bright gods and Tuscan, back before dew was shed.
Light: and the first light, before ever dew was fallen.
Panisks, and from the oak, dryas,
And from the apple, maelid,
Through all the wood, and the leaves are full of voices,
A-whisper, and the clouds bowe over the lake,
And there are gods upon them,
And in the water, the almond-white swimmers,
The silvery water glazes the upturned nipple,
As Poggio has remarked.
Green veins in the turquoise,
Or, the gray steps lead up under the cedars.

My Cid rode up to Burgos,
Up to the studded gate between two towers,
Beat with his lance butt, (...)

Ezra Pound, The Cantos, III, Faber & Faber, 1975, p. 11

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León de plata y premio al guión.
Merecías el oro que cortésmente
has cedido a Sofía Coppola.
Ahora, Toronto y las verdaderas estrellas.

Fuerte abrazo y enhorabuena 
Javi 

miércoles, 8 de septiembre de 2010

una llamada telefónica

Reciente la publicación de Hojas de Madrid con la galerna, último libro y hasta ahora parcialmente desconocido, de Blas de Otero, encuentro, entre los 161 poemas «rigurosamente inéditos» de que se informa en p. 28, el siguiente


Elogio de la hipocresía

El envenenamiento de la verdad
nada hay más amargo que una verdad a medias
dije el cielo está vacío
dije mi perro es triste a la madrugada
dije la historia camina en zig-zag
dije dame un trozo de página para ocultar la nostalgia
una llamada telefónica
un vendaval en las olas también mentira las palabras
verdades a medias
quién soportaría el peso de un soneto de Quevedo
la maldición de una niña
una palabra en mitad de la cara
la verdad desnuda
su cadáver envenenado
salgamos de este mundo a la alta claridad de las estrellas.


[13.3.1974]

Blas de Otero, Hojas de Madrid con la galerna, edición de Sabina de la Cruz y prólogo de Mario Hernández, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2010, p. 377.

Lo relaciono por su tono y su vocabulario con un «diagnóstico» cultural y sociopolítico del que el poeta se sirve a menudo, a partir de un cierto momento de su obra, primero para distanciarse y pronto ya para enterrar definitivamente los restos de un pasado (por si aún quedara en 1974 alguna duda de su posición frente a la persona que pudo haber sido antes de 1949 ó 1952), los de un ambiente y unos amigos; un rechazo, digo, del que las descripciones que cito a continuación parecen cumplir la función de rastros fieles aunque quizá, para mi gusto, un tanto en exceso peraltados hacia la retórica «heroica»:

1.
«En pocos años, su entorno social -la burguesía del Bilbao de la posguerra, con sus claudicaciones, la moralidad gazmoña, la encubierta podredumbre- se convierte en una opresión insoportable para este buscador de la autenticidad. En varios de los poemas de Bilbao escritos entre 1949 y 1951 aparece la acusación de hipocresía como huella de este rechazo, pero también son la prueba de su rebelión (la del «ángel fieramente humano») contra una vida falseada que no responde ya al hombre nuevo nacido del dolor y del desarraigo. El joven Blas de Otero se abre a la realidad de un tiempo histórico marcado por las guerras y la muerte de millones de seres humanos en una hecatombe sin sentido. Para ellos será su canto, ya olvidado de las propias desdichas.»

Sabina de la Cruz en la introducción «Vida y Poesía», en Blas de Otero, Poemas Vascos, Fundación B. de O., Bilbao, 2003, p. 13.

y 2.
«Su entorno social, sin embargo, no ha variado, y es bien sabido que la burguesía fija sus estrictas normas y ampara solo a quien se doblega a ellas. Los deberes religiosos y los familiares, los amores, la profesión, constituyen un todo indisoluble que no permiten que la ruptura del inadaptado pueda ser parcial. No hay elección posible, o salvarse perdiendo cuanto había constituido su vida anterior, o perderse y aceptar la norma establecida.»

Sabina de la Cruz y Lucía Montejo en la introducción «La Vida de un Poeta» a Blas de Otero, Poesía Escogida, Vicens Vives, Clásicos Hispánicos, Barcelona, 1995, p. XIV [por razones de estilo atribuyo a la primera de las dos autoras el fragmento citado].

Pero es que, independientemente de cualquier explicación ideológica de la actitud -algo ya bastante obvio a estas alturas para el conocedor medio de la obra oteriana-, esta tarde, tras releer los versos me pregunto: «El poeta rechaza ese pasado; bien, sí, pero...¿por qué otra vez en 1974? ¿Tan tarde y todavía seguía haciendo falta?» (Lo de tarde, claro, es relativo al punto de vista temporal porque en 1974 nadie podría suponer su muerte repentina en 1979).

Leo el poema (1) en dos fases paralelas y, en la primera, entiendo que me dice que una verdad a medias es peor que una mentira porque es una verdad envenenada, es decir, que es lo más amargo; de manera que entonces también el cielo está amargo, lo está el perro triste a la madrugada, y es que la historia camina en zig-zag (quizá aluda a circunstancias que «vuelven», que parecieran olvidadas, pero que, en realidad, no es así, pues que inopinadamente regresan según su irregular, azarosa y dialéctica costumbre). Frente a todo ello se pide, se dice dame y quizá eso que se haya pedido se obtiene, pongamos por ejemplo, una pagina para ocultar la nostalgia, quizá eso sea lo que haya permitido la vuelta en zig-zag del pasado, su huella, esa página que es nostalgia o produce nostalgia o que ya llevaba ella en sí la nostalgia a cuestas, una página que era y que estaba hecha de nostalgia. Pero una página así también es distancia, sustituye una presencia inmediata, la persona misma que en su instantaneidad nos acerca el teléfono («el mar en teléfono» de su querido Juan Ramón) desde las distancias más remotas (incluidas las que separan Madrid de Bilbao), como diciendo: «si querías hablar conmigo, ¿por qué no me llamaste, para qué está el teléfono?», entre otras infinitas posibilidades. 

El segundo embate parece querer añadirme que ni tan siquiera entonces hubiera habido ocasión de diálogo porque un  vendaval en las olas, la galerna o la historia, la tuya y la mía, lo hubieran hecho imposible, y fueran cuales fuesen esas palabras, tanto las de la página como las del teléfono, tanto las distantes como las directas, todas ellas, en su esencia y por su naturaleza y en cualquier circunstancia verosímil, siempre hubieran dado en mentira como todo aquello que nace de una naturaleza corrompida es siempre mentira, o, en el mejor o «peor» de los casos, una verdad a medias, porque ¿qué puede hacer una verdad a medias frente a la pura verdad? Y aquí esa verdad, la verdad verdadera, digamos, se presenta en tres formas: la del arte, como el  poema quevediano que soberanamente insulta y al tiempo es arte (contrapuesto como página él también, pero esta vez artística y de verdad, a la otra página, la de la mera nostalgia, y que en tanto la primera es alta verdad del arte, tritura y define porque al hacerlo, y haciéndolo ya como arte, y por eso mismo, se instala como verdad); en segundo lugar, surge la niña, la que siendo inocencia y desde esa misma inocencia maldice inexorable e inocentemente, y siendo esta verdad inocente es por ello también poderosamente maldiciente en cuanto más verdadera y tanto más verdad en su inocencia, como siempre lo será (inocente y verdadera) la palabra directa y en la cara, la hiriente verdad arrojada al rostro. Todo lo demás, el nostálgico resto, será mentira, operación artificial, subterfugio y más mentira: como la de desenterrar a un muerto, algo imposible y perturbadoramente enfermo, pese a todas las nostalgias, y más muerto en cuanto falso y también más muerto aún, y más cadáver aún ese cadáver que tan vanamente se quiere resucitar tan sólo con la nostalgia...Malsana y penosa la operación. Pues no hay otra verdad que la verdad limpia y palpable, la única que nos ofrece garantía de claridad, la de un mundo no falsificado como éste, aquel que nos acerque a las verdaderas y dantescas estrellas.
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(1) Quiero leerlo a modo de «carta personal» y, por tanto, y si así os parece, de una manera muy arbitraria y nada literaria.