jueves, 24 de febrero de 2011

Claveles


















Vencidos de luz, virados
 a fuerza de aroma; asidos
 ¡ah, sí!, pero no vencidos,
 sonríen transfigurados.
 Perdidos, extraviados
 de amor, deshechos en mieles, 
 son, sin embargo, ten fieles 
 a sí mismos, tan clavados, 
 que ¡aprendan enamorados
 -la clave- de los claveles!



[Décima inédita, al menos en libro. Se incluía como segundo poema de la sección «Desamor» en la versión previa a la presentación al Premio Adonais del libro Ángel Fieramente Humano. Noviembre, 1949]



Fue a la entrada del teatro Ayala. Mario me dijo que venías. Avisé a dos amigos por si querían acompañarme y se acercaron encantados y curiosos. Si me callo y no le aviso a nadie y me voy solo, la cosa hubiera resultado distinta. Te acercaste vacilante (yo te suponía más alto y me chocó la menuda persona de cabello blanco y aspecto frágil), mirabas a un lado y a otro en busca de rostros reconocibles. No me atreví a saludarte directamente. Una vez dentro de la cafetería, ya te rodeaba la gente que supuse del partido. El ambiente se iba poniendo un tanto ceremonial, casi sacrosanto. (Parabienes, melosidades). Quizá más bien en consideración a mis amigos, a quienes había prometido «un saludo personal», me dirigí a uno de los más ostentosos manoteantes, el que más bullía entre los grupos («Queríamos saludarle»). «Ah, sí, poneos un momentito, aquí mismo, en fila, y yo le aviso». Se acercó. Encantado. Silencio premioso. «...Bueno, nos vemos luego, en cuanto acabe el espectáculo». (Y a los demás) «Oye, vamos entrando, ¿no? que ya va a empezar». Miro a mis acompañantes: «¿Nos quedamos o nos vamos?». Era el año 77, a últimos de abril o primeros de mayo. Puedo concretar la fecha gracias a una noticia del estreno del espectáculoIrrintzi» del grupo Akelarre) que aún se puede rastrear por la red.

  Nos fuimos. Atosigaba un tanto el entorno de la persona y supusimos que al terminar seguirían a su alrededor como monjas y  nosotros resultaríamos un estorbo («Qué va... Si hubieseis esperado, si os hubieseis quedado, lo habríamos pasado bien. En realidad no nos hicieron ni caso. Nos dejaron allí solos. Estuvimos dando vueltas por la calle, y eso que llovía, para hacer tiempo hasta la hora del tren de Madrid. Qué pena que os fuerais»).

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Cariñosas las observaciones