domingo, 27 de febrero de 2011

No espantéis


Para acabar con la serie de las «albas», una clásica que sirva de contraste a aquellas otras modernas que os puse en las entradas de Juan Ramón, Eigner y Sobin.
En el lugar menos pensado y mientras, para preparar una charla, indagaba el origen del título de un poema de Blas de Otero («No espantéis al ruiseñor») en uno de sus libros más cargados hacia lo social y misionero: En Castellano (1959), pues me encuentro esta mañana con una bellísima alba de Lope de Vega que os traslado:

Si os partiéredes al alba, 
quedito, pasito, amor, 
no espantéis al ruiseñor.
Si os levantáis de mañana
de los brazos que os desean,
porque en los brazos no os vean
de alguna envidia liviana,
pisad con planta de lana,
quedito, pasito, amor,
no espantéis al ruiseñor.

Anota Antonio Carreño en Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Crítica, Barcelona, 1998, p. 813, que es de donde la tomo:

«De la comedia El ruiseñor de Sevilla. Parte XVII (Madrid, 1621), aunque escrita entre 1604 y 1609. Esta canción de alba (albada) describe bellamente la separación de los amantes al amanecer. El motivo del alba que con su llegada aparta a los amantes es recurrente, y está presente en un gran número de obras de teatro».
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(Y más moderno, también)
Ese tipo de situaciones me evoca siempre un perentorio recurso al sacrificado servicio público de taxis (a esas horas no te creas que eran tan fáciles de pillar...).


Claro que también es un «alba», aunque algo distinta, esta:

Indemne

Una vez más, amanece.
Pasó la guerra, pasó la enfermedad, el hambre, pasó la mano
por el muslo de Antonia y lo encontró semejante al alba,
jugoso como el alba,
abierto como el alba,
suave como el alba.
Una vez más, amanece.
Cayeron ciudades, cayeron B-12, zares, ciclistas
y la rueda quedó girando como la luna,
plateada como la luna,
redonda como la luna,
hollada como la luna.
Una vez más, amanece.
Sucedieron naufragios, sucedieron problemas, muertes, sucedieron los nietos,
y la humanidad siguió impasible refugiada bajo el alba,
invulnerable como el alba,
pálida como el alba,
indemne como el alba.

Una vez más, amanece.


Blas de Otero, Hojas de Madrid con La galerna, 2010, pág. 67.
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Re: la charla.
No sé muy bien lo que dije. «Contaste chismes». Pues, igual; me salieron solos: «no quieres decir esto: pues ya lo estás diciendo». Llevé una gigantesca carpeta de apuntes que casi ni acerté a consultar. Leí poemas (dicen que bien), comenté poemas. Proyecté alguna foto (la de la playa con la familia de don Armando y Mademoiselle; la de la verja del Espolón de soldado en el 38 con Bilbao Arístegui). Enarbolé originales y ni los enseñé, los agité solo como abanicos. Fui calurosa y vergonzosamente aplaudido. No tuve tiempo de nada.

jueves, 24 de febrero de 2011

Pequeño vals


A esta entrada le corresponde esta música. No me pregunten por qué, pero es la música del día. Bueno, si me lo preguntan les diré que es el resultado de un experimento escolar frustrado: leer y comentar a los alumnos de 2º de Bachillerato el «Pequeño vals vienés» de Poeta en Nueva York de Lorca y de inmediato conectar el ordenador de la mesa y proyectar las ondas sonoras de «Take this waltz» (su versión cantabile en la voz de Leonard Cohen) sobre los rostros atónitos de los tales y mismos alumnos... Lo que no sabía es que mientras este servidor andaba trasteando inútilmente, a Jazztel se le había caído el tal suyo, el local o de zona. Y, claro, no había conexión. Nada funcionaba. Doy unas cuantas voces por el pasillo en busca del responsable. No hay responsable. Sólo hay mala suerte. Te ha tocado la caída del servidor. No hay efecto pedagógico ni descubrimiento nocional integrado. No hay nada.
 
Ya desesperado, lo intento a última hora con los de 4º, venga o no a cuento. Sí, en los 5 minutos finales, en plan sorpresa. Para entonces ya ha vuelto la conexión. Jazztel ha reparado la avería. Lo pongo entonces y cuando empieza a sonar, muy bajo, y lo subo un poco más y...la campana de fin de jornada se me adelanta a su minuto asignado. Todos se levantan, movidos por el mágico resorte, imposibles de detener, recogen las mochilas, empiezan a salir y, justo ahora es cuando ya Leonard se pone a a bailar su vals en condiciones. Ya no hay más que tres en clase, con cara de circunstancia. Penoso. Desisto. Creo que no hay manera... Que lo escuchen en su casa, si quieren, y se vayan a paseo.

Claveles


















Vencidos de luz, virados
 a fuerza de aroma; asidos
 ¡ah, sí!, pero no vencidos,
 sonríen transfigurados.
 Perdidos, extraviados
 de amor, deshechos en mieles, 
 son, sin embargo, ten fieles 
 a sí mismos, tan clavados, 
 que ¡aprendan enamorados
 -la clave- de los claveles!



[Décima inédita, al menos en libro. Se incluía como segundo poema de la sección «Desamor» en la versión previa a la presentación al Premio Adonais del libro Ángel Fieramente Humano. Noviembre, 1949]



Fue a la entrada del teatro Ayala. Mario me dijo que venías. Avisé a dos amigos por si querían acompañarme y se acercaron encantados y curiosos. Si me callo y no le aviso a nadie y me voy solo, la cosa hubiera resultado distinta. Te acercaste vacilante (yo te suponía más alto y me chocó la menuda persona de cabello blanco y aspecto frágil), mirabas a un lado y a otro en busca de rostros reconocibles. No me atreví a saludarte directamente. Una vez dentro de la cafetería, ya te rodeaba la gente que supuse del partido. El ambiente se iba poniendo un tanto ceremonial, casi sacrosanto. (Parabienes, melosidades). Quizá más bien en consideración a mis amigos, a quienes había prometido «un saludo personal», me dirigí a uno de los más ostentosos manoteantes, el que más bullía entre los grupos («Queríamos saludarle»). «Ah, sí, poneos un momentito, aquí mismo, en fila, y yo le aviso». Se acercó. Encantado. Silencio premioso. «...Bueno, nos vemos luego, en cuanto acabe el espectáculo». (Y a los demás) «Oye, vamos entrando, ¿no? que ya va a empezar». Miro a mis acompañantes: «¿Nos quedamos o nos vamos?». Era el año 77, a últimos de abril o primeros de mayo. Puedo concretar la fecha gracias a una noticia del estreno del espectáculoIrrintzi» del grupo Akelarre) que aún se puede rastrear por la red.

  Nos fuimos. Atosigaba un tanto el entorno de la persona y supusimos que al terminar seguirían a su alrededor como monjas y  nosotros resultaríamos un estorbo («Qué va... Si hubieseis esperado, si os hubieseis quedado, lo habríamos pasado bien. En realidad no nos hicieron ni caso. Nos dejaron allí solos. Estuvimos dando vueltas por la calle, y eso que llovía, para hacer tiempo hasta la hora del tren de Madrid. Qué pena que os fuerais»).

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ivanhoe en el Actualidades


En cierta ocasión hablé de los cines y la relación que, en los primeros años sesenta, mantuvo el responsable de estas entradas con el séptimo arte en su versión tolerada y bilbaína (me entero de que hubo hasta 35 salas en la villa por aquel entonces o un poco después, algunas dotadas de pantallas más que modestas: acuérdense los habituales del ramo de algunas notables pantallas como las de los cines Olimpia, Astoria y Capitol o Buenos Aires, por ejemplo). Pero por una casualidad del tipo de las que propicia benemérita esta red pude saber en un foro el otro día que alguien  había compartido conmigo cierto gusto por un cine concreto y que, como consecuencia, coincidíamos y así se lo dije. 
No era un cine ostentoso; al contrario: era de los más pequeños que recuerdo haber frecuentado entonces. Se me hacía especialmente atractiva su baratura en relación con el programa doble que ofrecía en sesión continua, y además de propina un par al menos de episodios de unos 15 minutos cada uno de la serie televisiva de producción británica Ivanhoe con Roger Moore en el papel protagonista y otro actor con aspecto de bruto en el de su escudero de confianza. El vestuario y elementos de atrezzo del film parecían haber sido extraídos directamente de alguno de los cómics de temática medieval más frecuentados, como los del Príncipe valiente o el Guerrero del Antifaz, etc., y ese detalle importante realzaba el efecto de un aperitivo siempre bienvenido y exclusivo de aquel cine antes de su película principal. Ningún otro cine, ni tan siquiera los escolares, ofrecían algo así. No me solía quedar a las dos películas; escogía de las dos una, la que me interesaba, pero lo que nunca me perdía era la serie aquella de Ivanhoe que abría el programa, así que veía los episodios de Roger Moore y su escudero, me iba temporalmente del cine a dar una vuelta o, si quedaba algún dinero, a gastarlo en la pastelería aledaña al cine y volvía a entrar cuando el acomodador me informaba que ya había acabado la primera película o lo comprobaba yo mismo arreglándomelas para atisbar a través de aquel ojo de buey de la puerta giratoria de entrada a la sala. A veces entraba y salía del cine un par de veces o tres cada tarde y sin problemas y con perfecta indiferencia de la cobradora y los acomodadores (me supongo que se fijarían en mí o les enseñaba la entrada o ambas cosas). 
¡Qué arte el de Roger Moore o Ivanhoe (aquel aire que se daba haciendo tremolar las plumas de su yelmo) para enfrentar tan alegremente, tan ufano siempre, los peligros o combatir a los villanos o los felones que habían secuestrado a la chica! El escudero bruto del puñalito tenía un aspecto de boxeador bregado pero cumplía con su papel decentemente y se reía mucho al final de todos los episodios. Siempre terminaba por entablarse una pelea decisiva entre los caballeros y los escuderos de ambos bandos (los buenos y los villanos secuestradores), pelea en la que los combatientes aceleraban el ardor de sus espadas y se metían una buena tunda de mandobles a una velocidad que duplicaba la normal del resto del episodio.

NB
Esta mañana localizo un vídeo de la sintonía de la serie. Se lo comunico alborozado a mi compañero y paisano Ignacio (natural de Sanse pero recriado en la villa). Coincidimos en el aprecio de la voz infantil anunciadora de la presencia del héroe y su gran poder evocador.