
"El aire pasa siempre fresco y se pueden hacer pelotas de viento frío en la palma de la mano."
Miranda.
El viento frío esta vez pasaba por dentro y dolía. ¿O picaba? ¿O ambos a la vez? Pero tampoco, pues ni siquiera hubo tiempo para enterarse de si dolía o no dolía. Un picor agudísimo entre confusos sueños, toses, más toses en el entresueño, toses y más, y al levantarte nuevas toses sobre el blanco lavabo. Sorpresa entonces, la de su perfección circular. Rojo, círculo rojo vivo y perfecto, planeta de una constelación de otros círculos menores; otra tos para comprobar lo evidente y nueva prueba en constelación roja solicitada y concedida. Entonces, lo temido como algo regalado sin explicación alguna. Sólo el hecho. Aquí está lo que es. Aquí lo tienes. ¿Te hace falta algo más a estas horas intempestivas? ¿Te vale con esto?
Terror. Confuso vestirse apresurado por el estupor. ¿Dónde estás? ¿En el sitio de siempre? ¿Dónde sucede lo que sucede y a quién? ¿Es a ti? Oiga, ¿es a mí?
Sala de urgencias del Hospital. Catacumbas. Luz espectral. Espera del médico, pues son las cuatro. Espera hasta las ocho, claro. Estarán echándose su sueñito. Como tú cuando pasó (¿Ellos también toserán entre sueños?). Estará durmiendo. Por fin vienen dos horas más tarde. Dos horas con esa telita (azul o verde) ridícula encima; parezco una puteja congoleña que espera a su bwana o algo aún peor (pienso en los tontitos del pueblo: les solían poner un mandilón para que no se les notaran las erecciones intempestivas). Por fin llega, pide placas y análisis. Bien. "Yo no veo nada". Veremos las placas. Algo hay.
Un amigo y vecino especialista en la materia (no en cosa literaria sino en los intríngulis de la carne) aparece oportuno en la calle. "Que se pase a las once". Me paso. A ver ahora lo que pasa.
En el otro Hospital. Scanner. Tac. Voz pregrabada: "Al oír la señal, inspire. Mantenga la respiración. Expire, por favor". Parece el círculo del túnel del tiempo en alguna serie borrosa de la tele. "Sentirás un calor. Es el contraste". Con los pantalones bajados. Cruzando el círculo mágico sobre la plataforma. Acaba. Ya está.
Entonces, espera y más espera. Pasillo y más pasillo. Y, por fin, "Tienes una neumonía".
Y tan sólo entonces respiras.
Terror. Confuso vestirse apresurado por el estupor. ¿Dónde estás? ¿En el sitio de siempre? ¿Dónde sucede lo que sucede y a quién? ¿Es a ti? Oiga, ¿es a mí?
Sala de urgencias del Hospital. Catacumbas. Luz espectral. Espera del médico, pues son las cuatro. Espera hasta las ocho, claro. Estarán echándose su sueñito. Como tú cuando pasó (¿Ellos también toserán entre sueños?). Estará durmiendo. Por fin vienen dos horas más tarde. Dos horas con esa telita (azul o verde) ridícula encima; parezco una puteja congoleña que espera a su bwana o algo aún peor (pienso en los tontitos del pueblo: les solían poner un mandilón para que no se les notaran las erecciones intempestivas). Por fin llega, pide placas y análisis. Bien. "Yo no veo nada". Veremos las placas. Algo hay.
Un amigo y vecino especialista en la materia (no en cosa literaria sino en los intríngulis de la carne) aparece oportuno en la calle. "Que se pase a las once". Me paso. A ver ahora lo que pasa.
En el otro Hospital. Scanner. Tac. Voz pregrabada: "Al oír la señal, inspire. Mantenga la respiración. Expire, por favor". Parece el círculo del túnel del tiempo en alguna serie borrosa de la tele. "Sentirás un calor. Es el contraste". Con los pantalones bajados. Cruzando el círculo mágico sobre la plataforma. Acaba. Ya está.
Entonces, espera y más espera. Pasillo y más pasillo. Y, por fin, "Tienes una neumonía".
Y tan sólo entonces respiras.