sábado, 31 de marzo de 2007

Cosas ajenas, cosas propias.

Propias quizá cuando nos vemos incluidos en ellas, somos parte de ellas. Casi nunca son "nuestras", ni nosotros de ellas. Qué pocas son las cosas que conocemos y con las que vivimos que, además, nos incluyan como una parte necesaria de lo que son y entonces nosotros también nos sintamos naturalmente implicados en ellas: decimos (en ese momento en que son nuestras) que las tenemos, que, en cierto modo, las somos, nos pertenecen y les pertenecemos. Somos ellas. Ellas son nosotros.Qué pocas veces sucede de verdad algo de eso. Cuando de lo que se trata es de algo más que de entender. Comprendo lo que tengo delante, sé para qué sirve y lo uso. Pero hay algo más cuando comprendo que eso que tengo delante sirve de una manera parecida a como yo sirvo cuando realmente sirvo para algo. Cuando se produce esa sorpresa de la verdadera utilidad para otro. Y entonces notas que estás siendo útil por algo (muchas veces por lo menos pensado: no por lo que hubieras creído, sino por alguna otra cosa o cualidad que se da a la vez que la que supones esencial y que es la que pasa desapercibida). Así las cosas verdaderas te implican y te incluyen naturalmente. Sin plan previo. Sucede y basta. Este suele ser el indicio: la naturalidad de la inclusión. De tal modo que entonces comprender, entender, etc. parece que tuviera alguna relación con esa naturalidad. Algo en principio que parece inevitable precisamente porque incluyera esa misma naturalidad. Inevitable porque fuera natural. ¿O es tan solo natural porque eres tú el que está comprendiendo? No lo sé. No sé si se trata de una mera consecuencia de la posición subjetiva. Como el agradable encuentro de uno consigo mismo y la posibilidad mayor entonces de apertura al otro. Si esa es la condición, bienvenida sea. No tengo a mano una posibilidad mayor de acceso en este momento que me importe tanto como ésa a la que me refiero, y esa funciona así. Es natural en esa forma mía o suya de serlo. Y sólo entonces dejo de ser yo también una cosa más. No algo que ha cumplido el papel trivial y convenido. Sino algo añadido, nuevo, verdadero y real. Sólo entonces.
Como cuando M. sintió la mirada que dirigías al aparato de la tensión, mirada de la que tú jamás hubieras sido consciente ni de que se interpretara o se sintiera como mirada distinguible por algo. Supones que mirarías como siempre, de pasada, al aparato de la tensión. Alguien estaba integrado allí de otra forma, la suya, en el mismo suceso. Habitamos posiblemente tiempos distintos aunque simultáneos, sintonías diferentes. La conciencia de mi mirada no estaba allí, en ese momento, o no estaba así o sencillamente no estaba y fue "utilizada" in absentia por M. a falta de un dueño responsable. Y me parece estupendo: mi mirada en el instante de ser usada por alguien mientras yo estoy pensando en cualquier banalidad o en ninguna.

2 comentarios:

  1. Cuanto cuanto se te quiere...

    Beso.

    M.

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  2. Es impresonante la calidez de este contexto.
    Chapó.
    Un beso.

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Cariñosas las observaciones