sábado, 26 de julio de 2008

Barcelona, ayer


Viaje relámpago bajo un sol de justicia (catalana, por supuesto).

Trámites académicos de un hijo. Autobuses del Norte. ¿Por dónde se va a Bellaterra? No lo sabe nadie. Un guardia de seguridad con uniforme mostaza y prusiano bigote me aconseja que "no me ponga nervioso". Sonrío antes de que saque la maquinita de electrocutar y me voy. Pregunto a una ancianita renqueante en medio de unos desmontes de obras de las inmediaciones de la estación (la ciudad entera está patas arriba de obras) y me da toda clase de explicaciones con la precisión de un guía turístico (el metro que tengo que coger, dónde está, a quién preguntar...¡Estos son los catalanes que yo quiero!).
Arco de Triunfo (no lo sabía pero a lo largo de la jornada será centro de mis andadas y desandadas por la ciudad). Metro. Encantadora empleada colombiana (intuyo) de Renfe nos da todas las explicaciones. Cerdanyola. Bellaterra. Vila Universitaria. Esperar la hora de la cita. Solventamos trámites con rápidez gracias a listísima y desenvueltísima jefa de negociado (¡Qué meneo, qué ringorrango, qué espabile, qué manejo del público, qué gracia y qué guasa catalanas; quizá me nota cómo la miro embobado de admiración y me ayuda con el papeleo).
Bueno. A Barcelona a comer, ¿no? Me pierdo por los vericuetos de las facultades y las puertas y las escaleras. Salgo por lugar desconocido. Sigo a una pareja que desaparece por una puerta que también desaparece. Escalera estrambótica que no da a ninguna parte. Se me reconviene mi afición a perderme. Parada de autobús bajo un puente. Llega un autobús que resulta gratuito y nos deja en "la otra parada" de Renfe. Sin pretenderlo acierto. Respiro aliviado. Barcelona.
El hijo se queda a comer con sus amistades de la ciudad. Nos espera en el Arco de Triunfo a última hora. Vale.

Barrio gótico.

Dando un paseo desde el Arco inopinadamente nos encontramos en el barrio gótico. "!Dios mío, esto era civilización!", pienso: callejas estrechísimas, recovecos, rincones increíbles, esquinas imposibles, recodos con un árbol y sillas para sentarse a mirar. Dios santo. Qué delicia. Esto era vida. Qué casas. Qué portales y portaladas. Entraban con los caballos. "Museo Picasso". Nube de turistas. Japonesas, alemanes, guiris a granel. Muy movidos y eso, con el calor que hace. Pero qué casa la del Museo. En el siglo XV me metía por este patio (sin japoneses, claro; mentalmente los borro), venía a casa con mi caballo y entraba por este patio, quizá bajando levemente la cabeza, me apeaba y bebía un cazo de agua del pozo de la derecha, Dios, qué delicia de pozo, quizá mi mujer me saludara desde las escaleras (¡qué escalinata lateral!). Sabían vivir. Lo sabían bien. Y lo hemos perdido todo, malvendido...¿Quién tiene la culpa? En fin. Olvido las meditaciones sobre el tiempo que no vuelve y seguimos el paseo. Pum, la alta fachada de una mole con sus piedras perfectamente juntas. La Catedral. Pero nos desviamos. Busco la tienda de antigüedades de mi abuelo en la calle de la Paja, recuerdo algo así, pero no aparece ningún nombre catalán de calle que lo traduzca o no la encuentro (habrán renombrado las calles, los carreres..., me digo. Ahí tenía su tienda, cerca de la Catedral, a veces, según me contaba, pasaba Dalí y compraba algo y le dejó aquella dedicatoria con dibujos de hormiguitas y uno de esos horizontes suyos. ¿Qué habrá sido de aquel dibujo dedicado que me enseñó?).

El italiano de los gestos

Terminamos, claro, agotados. Calor insoportable. Las turistas van ligeritas de ropa y eso acentúa los perfiles y es agradable a la vista. Nos sentamos, agobiados de sed, frente a la fachada de la basílica de Santa María del Mar. Contemplo la fachada. Simétrica. ¿Simétrica del todo? No: hay dos vanos más a este lado. Los quitarían o lo harían así para evitar geometrismo monótono. Niño inglés rubísimo juguetea, algo pelmazo, con un familiar que le sigue la gracia. Las turistas (y los, pero me fijo más en ellas) hacen fotos con móviles o minicámaras de la fachada y en ese momento adoptan una postura estática, estatuaria (como las estatuas que hacían frente al tren las niñas del cuento de Cortázar). Algunas estatuas, claro, son mejores que otras. Algunas son muy, muy buenas (¿lo sabrán ellas cuando confeccionan o se les confecciona la estatua? No sé). Mira ésa, por ejemplo. Qué potencia y qué elegancia. El río, esa torrentera de miembros culebreantes. Bueno, hay sed.
Un granizado de limón. Con pajita. Casi de un trago (es el ritual, en estos casos de necesidad) o de dos. Empieza por entrar el frío puro y la cabeza o el cerebelo literalmente se te parte en dos como una sandía y la sensación se concentra, como un taladro en la frente, en el ojo pineal. La cosa entonces es que, además de frío, haya limón. Sólo en ese caso se puede decir que estamos ante un granizado de calidad. "¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara? Claro, te lo bebes de un trago..." Placer. Calor. Frío. Limón. Estatuas. Barrio Gótico. Maravillosa Barcelona.


Y en ese mismo momento aparece...
Viene con la bici y me ve (directamente, y hay mucha gente, los turistas ingleses del niño, pero no: viene a por mí porque sonrío). Empieza a hablar a gran velocidad (me doy cuenta, por fin: es italiano) y hace gestos. Directamente habla de algo así como la vida: "Ho dimenticato la vera strada", ¿dice eso? Entonces yo, como un idiota, le cito el primer verso de la Commedia. Error. Me engancha en ese mismo instante en un discurso velocísimo e interminable, algo así como napolitano, sobre el mismo tema de la vida al que respondo, o lo intento, en mi chapurreo italiano, como puedo; me empareja implícitamente con él en una especie de entente hispano-italiana contra los turistas (¿querrá dar a entender lo de que nos une la cosa mediterránea y latina frente a los anglos y nórdicos aquellos?). Me pide "sigarette" y le digo que no fumo "due anni fa", exagero, y pide perras, le doy. Y durante todo el discurso hace gestos: no son gestos normales, son contorsiones faciales, caras de Popeye, como la caras del concurso del hombre más feo del mundo, y entonces se pone amenazante, además de alcohólico, y habla de "gettare qualcuno nella pattumiera" (reconstruyo ahora, pero no fue "pattumiera" la palabra, dijo otra por "contenedor de basura") por si yo lo consideraba como un italiano de para poco, es decir, que podía ser expeditivo como un Tupra de la vida y llevarse por delante al más pintado ¿o qué es lo que me había creído? Entonces le vi una señal de escoriaciones en la cabeza. Y seguían los gestos... Por fin se aburrió y acabó por irse sólo después de dedicarle una muda muestra de todo su repertorio gestual al anciano británico de la familia del niño rubio.

Despedida

Comimos estupendamente en un restaurante "Donosti" de la calle o avenida Sant Joan o San Juan después de larga búsqueda ("¿Es que por aquí no les gusta comer bien?"). Por la tarde, con el bajón de la sobremesa, recorremos toda la zona y contemplamos todas las grandes tartas arquitectónicas, los grandes pastelones modernistas de la Expo barcelonesa de fines del XIX y primeros del XX con los monumentos a su alcalde, los pabellones de hierro con minaretes (hay minaretes de hierro, con volutas, Dios, con qué volutas, y cristal azul, azul, qué delicia maravilllosa). Hay que hacer tiempo hasta la hora del autobús. Busco una librería. Un poco de libros, por lo menos. Andamos por la avenida esa(1) que da a la Plaza de Cataluña y después a la de España, creo(2), y por fin, cruzando, la librería Catalonia. Vaya, la única en toda la zona y no es más que una librería de ésas con los libros por temas y por géneros y secciones. Igual que en Logroño. Quería, al menos, una que tuviera todo Pla en castellano y no está, tienen algo pero en catalán y para Wilkie Collins ya lo tengo en casa. Otra cerveza de La Estrella para combatir el calor en el bar junto a la editorial Norma: salen los trabajadores, bajan al bar, se divierten, me dan envidia, me veo como un trabajador de la editorial, supongo que conocerán a mi hermano, pienso, por las aficiones comunes pero no me atrevo a preguntarles. Llega Javi con su amiga, nos despedimos y nos encaminamos a la estación del Norte, que ya va a ser la hora.
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(1) Ronda de Sant Pere
(2) No. Plaza de Urquinaona y después la de Cataluña.

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