viernes, 22 de abril de 2011

Tamacún (Gabriela Quintero)


Algo que no se explica, que está en el baile de las manos, de los brazos, en el exacto vaivén de cada miembro, en la alegría que barniza brazos y ojos y arde en los mismos cabellos, algo que no se ve, que tiene la perentoriedad de lo imposiblemente exacto y lo queremos atraer y no podemos, porque no se ve, no está, y lo atrae un ritmo de momentos sobrevenidos (ni previstos ni pensados, sólo sidos ahora, cuando es ahora y tiembla ilusoriamente el tiempo, pero tiembla y vive) en este tiempo del momento que tan solo es, que quiere seguir siendo y no puede prolongarse, alargar su marejada, y no alcanza más allá de una ilusión viva y vibrante y arrancada a la miseria de lo que tenemos, pero que es lo único que nos salva: ese aliento repartido entre las bocas que lo exhalan, que se lo piden entre ellas para seguir estando en este mundo.


2 comentarios:

  1. Quiero decir, claro, que es Gabriela la que me provoca el comentario. Mi mayor homenaje al arte de Rodrigo. Pero la entrada quiere indicar por qué no consigo dejar de sentir pasmo ante la imagen de Gabriela y su arte de tocar la guitarra y de vivir la música. Estas cosas no hace falta explicarlas, pero...

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  2. Siempre he envidiado el don de los buenos músicos. Expresarse con un instrumento! Una vez dije en una tertulia que si eso pudiera comprarse, pagaría cuanto tenía por ello. Me contestaron que era el único don artístico que podía comprarse: que cualquiera con dinero podía comprarse un buen instrumento y comprar una buena (aunque larga) instrucción. Quien piensa así, quizá puede entonar una canción o tocar una melodía, pero dudo que pueda emocionarse realmente. ¿Qué nos hace más humanos, la razón o la emoción?

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Cariñosas las observaciones