viernes, 17 de abril de 2009

Masas

Leo en Canetti la vívida descripción de la masa vengadora en la jornada del incendio del Palacio de Justicia de Viena el 15 de julio de 1927 tras la liberación judicial de los asesinos de unos sindicalistas. La identificación con la masa. La imagen inolvidable del ciudadano con los brazos alzados y gritando "¡Se queman las actas!". La descripción de la represión policial (90 muertos) contestada por una multitud enardecida que incendia el Palacio de Justicia. La electricidad en el aire que le arrastra. Canetti destaca esta jornada como fuente de una inquietud personal e insoslayable que le duró años y le llevaría a investigar los fenómenos de masa y escribir tiempo después el ensayo Masa y Poder.
La lectura, por otra parte, de la reciente versión española de Blasting and Bombardiering (1937), el libro de memorias de la Primera Guerra Europea de Wyndham Lewis, impulsor con Pound del Vorticismo, pintor, novelista, teórico y analista social, cuando describe las jornadas de julio de 1914 en Londres: el entusiasmo patriótico y pro-belicista de la multitud y su descripción irónica, satírica, en lo que denomina un "experimento con la masa". Qué contraste de actitudes.
La vienesa masa vengadora frente a la británica masa entusiasta. La actitud absolutamente contrapuesta de ambos autores. La identificación de Canetti y el rechazo de Lewis.
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Lewis:
"UN EXPERIMENTO CON UNA MASA

¿En qué consistiría el experimento? Bien, no solo se mezclaría con la masa, sino que se entrenaría para comportarse como ella; así podría hacer que los sentimientos de la multitud penetrasen en él del modo más adecuado. Hasta cierto punto, podría guardarlo todo ahí. Luego, de cuando en cuando, se precipitaría a salir. En ese estado de aislamiento, se examinaría a sí mismo del modo en que lo hacen las masas.

Ni qué decir tiene que este experimento requeriría de una enorme flexibilidad. Salió de la masa para volver a introducirse en ella. Se hundió en la masa como un buzo. Aseguró su cuerpo lo mejor que pudo, se encorvó y fijó su mirada en lo que tenía frente a él. Pronto se convirtió en un médium en trance, o en algo muy similar.(...)
De repente experimentó lo que a su modo de ver era un claro y auténtico shock. ¡Solo podía proceder de la masa! Resultaba evidente que había logrado introducirse en la mente colectiva: ¡en la mismísima actividad cerebral de esta medusa! ¡De ahí la picadura! Acababa de recibir su primera sensación auténticamente novedosa. ¿Qué era exactamente... cómo podría definirlo? Bien, parecía como si fuera un hombre casado.
Era innegable que percibía, de forma extremadamente inesperada, ese sentimiento de estar casado. Nunca antes lo había sentido (por tanto supo que debía ser un sentimiento genuino). Se salió de la masa de inmediato. (...)
Se decepcionó. Volvió a la Masa. Durante algún tiempo siguió caminando, de la manera más mecánica posible. Llegó a Charing Cross, luego hasta el final del Strand. Trafalgar Square era como un vasto lago humano. Se adelantó hasta la columna de Nelson. Si la escalaba, por encima del pedestal, podría obtener un valioso apunte. Voces afónicas murmuraban a su alrededor. Sintió la presión de los fantasmas visibles a los que estaba invitando a inscribir sus ideas en la tabula rasa que les ofrecía.
Los mensajes seguían siendo extremadamente confusos. Se dio cuenta de que incluso había perdido el control. Se sentía cada vez más solo. Luego libre... soltero; por tanto divorciado. (...)
La Masa inglesa es un dragón estúpido. ¡No se debería permitir que fuera por ahí sola! He estado dentro durante varias horas seguidas y no he percibido sensación alguna que valiese algo. Como Masa, es un desastre.

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Wyndham Lewis, "Las masas de la guerra, 1914", en Estallidos y Bombardeos, trad. Yolanda Morató, introd. Juan Bonilla, Impedimenta, Madrid, 2008. págs. 141-144. La versión es bastante deficiente en ocasiones; conviene contrastar con el original: Wyndham Lewis, Blasting and Bombardiering. An Autobiograpy (1914-1926), John Calder, Londres, 1967, pp. 81-83.

Como curiosidad bibliográfica y ya algo vieja llamada de atención en un patio recogido, véase "Wyndham Lewis, Reventador y bombardero (1937)" Selección, traducción y notas de Javier de la Iglesia, Calle Mayor, número seis, Logroño, 1987, págs. 33-54 [traduce la introducción y los capítulos sobre "Marinetti", "La Guerra y Mr. Ford", "Hulme, el del Pecado Original", "Matan al Mesías Salvaje", "Primer encuentro con Ezra Pound", "Eliot en el Triángulo", "Hacia una Sociedad sin Arte" y citas significativas de Hitler, 1931, The Wild Body(Inferior Religions), The art of Being Ruled, Time and Western Man, y añade referencias de Pound, Eliot, y otros autores más una presentación]. La reciente versión de Blasting en Impendimenta, añadida a la, ésa sí, estupenda de Miguel Temprano García, Dobles Fondos en Alfaguara, Madrid, 2004 (la novela española de Lewis Revenge por Love (1937) de la que se recupera el título originario, False Bottoms) ha propiciado la sensación del "genio recién descubierto" por aquí en las notas críticas y en internet. En fin. 



Canetti:


A los pocos meses de instalarme en mi nueva habitación ocurrió algo que dejaría huellas muy profundas en mi vida ulterior. Fue uno de aquellos acontecimientos públicos, no demasiado frecuentes, que conmueven tanto a una ciudad que después deja de ser la misma.
La mañana del 15 de julio de 1927 no estaba yo, como de costumbre, en el Instituto de Química de la Wáhringerstrasse, sino que me quedé en casa. En el café de Ober-St. Veit leí el diario de la mañana. Aún recuerdo la indignación que me embargó al coger el Reichspost y descubrir un titular gigantesco que decía: Una sentencia justa. En Burgenland había habido tiroteos de resultas de los cuales murieron varios obreros. El tribunal había absuelto a los asesinos, y ese veredicto era calificado de "sentencia justa", pero qué digo calificado: ¡pregonado! Este escarnio a cualquier sentimiento de justicia, más aún que el veredicto mismo, fue lo que provocó una irritación terrible en la dase obrera vienesa. Desde todos los barrios de Viena, los obreros se dirigieron en filas cerradas al Palacio de justicia, cuyo simple nombre personificaba para ellos la injusticia. Hasta qué punto fue una reacción totalmente espontánea pude comprobarlo yo también en mi persona. Bajé a toda velocidad al centro en mi bicicleta y me uní a una de esas filas.
La clase obrera, en general bien disciplinada, confiaba en sus líderes socialdemócratas y estaba contenta de que el Ayuntamiento de Viena fuese ejemplarmente administrado por ellos; pero aquel día actuó sin esos líderes. Cuando los obreros prendieron fuego al Palacio de justicia, el alcalde Seitz, con el brazo derecho en alto, les salió al encuentro en un coche de bomberos. Su gesto no surtió ningún efecto: el Palacio de justicia ardió. Pero la policía recibió orden de disparar y hubo noventa muertos.
Han transcurrido cincuenta y tres años y aún siento en mis huesos la emoción de aquel día. Es lo más próximo a una revolución que he vivido jamás en carne propia. Ya entonces supe perfectamente que no necesitaría leer una palabra más sobre el asalto a la Bastilla. Me convertí en parte integrante de la masa, diluyéndome completamente en ella sin oponer la menor resistencia a cuanto emprendía. Me asombra comprobar que, pese a mi estado de ánimo, fuese capaz de registrar todas las escenas concretas que, en forma aislada, fueron desfilando ante mis ojos. Quisiera mencionar aquí una de ellas.
En una calle lateral, no lejos del Palacio de justicia en llamas, aunque sí un tanto apartada, había un hombre que, distanciándose muy claramente de la masa y con los brazos en alto, palmoteaba desesperado sobre su cabeza, sin dejar de gritar en tono lastimero: -i Las actas se queman! ¡Todas las actas! --. Por suerte no son hombres! -le dije, pero mis palabras no le interesaron: sólo tenía esas actas en mente. Pensé que tal vez tuviera algo que ver con ellas, que acaso trabajase en el Archivo. Su aspecto era inconsolable y, pese a la situación, lo encontré divertido. Pero al mismo tiempo me enfadé.
-¡Han matado gente a tiros! -le grité furioso- ¡y usted piensa en las actas!
Él me miró como a un ser inexistente y repitió en voz lastimera:
-i Las actas se queman! ¡Todas las actas!
(...)Es posible que la sustancia del 15 de julio se haya integrado plenamente en Masa y poder. En ese caso, una remisión a la experiencia original, a los elementos concretos de aquel día, sea cual fuera su grado de precisión sería algo imposible.
El trayecto en bicicleta hasta el centro de la ciudad fue largo. No puedo recordar qué camino seguí. Ignoro dónde encontré a los primeros grupos. No me veo muy bien a mí mismo aquel día, pero aún siento la emoción, la carrera desenfrenada salvando obstáculos, la fluidez del movimiento. Al comienzo todo estuvo dominado por la palabra "fuego", después, por el fuego mismo.
Un zumbido en la cabeza. Quizá por casualidad no me tocó presenciar ningún ataque contra la policía misma. Pero sí pude ver que disparaban sobre la multitud y que la gente caía. Los disparos parecían latigazos. El gentío echaba a correr por las calles laterales para reaparecer en el acto y formar nuevas masas. Vi muertos en el suelo y gente que caía, aunque no muy cerca de mí. Esos muertos me inspiraban un miedo terrible. Me acercaba a ellos, pero los evitaba en cuanto los tenía al lado. En medio de mi emoción creía verlos crecer. Hasta la llegada del Schutzbund -el servicio de orden de la izquierda-, que los recogió del suelo, solía quedar un espacio vacío en torno a ellos, como si se esperaran nuevos disparos justamente en esos sitios.
(...)
Esto era quizás lo más siniestro: ver y oír gente que apartaba a otros con gesto enérgico y de pronto desaparecía de la superficie. Todo el mundo cedía y por todas partes se abrían agujeros invisibles. Pero la cohesión del conjunto no se resquebrajaba; aunque uno se viera de improviso solo en algún sitio, sentía que algo lo impelía y arrastraba, y eso porque en el aire se oía una especie de ritmo, algo así como una música maligna. Podemos denominarla música, pues uno se sentía transportado por ella. No tenía la impresión de correr con mis propias piernas. Era como dejarse llevar por un viento sonoro. Delante de mí avanzaba una cabeza roja que se alzaba y se hundía alternativamente en diversos sitios, como si nadara en medio de un oleaje: yo la buscaba con la mirada como si tuviera que seguir sus directivas, creía que era una cabellera rojiza, pero luego distinguí un pañuelo rojo y dejé de buscarla.
No encontré ni reconocí a nadie; cuando interpelaba a alguien, siempre era un desconocido. Pero fueron pocos. Escuchaba mucho, siempre había algo que oír en el aire; los ruidos más estridentes eran los gritos de odio que se alzaban cuando la policía disparaba contra la multitud y abatía gente. Aquellos gritos eran implacables, sobre todo los de las mujeres, que se distinguían claramente del resto. Tuve la impresión de que las salvas eran provocadas por esos gritos. Pero advertí también que no era cierto, pues las salvas continuaban aunque nadie gritara. Los disparos se escuchaban por todas partes, incluso a gran distancia, como latigazos recurrentes.
Perseverancia de la masa que, no bien se disipaba, resurgía otra vez desde las callejuelas laterales, en un instante. El fuego no daba tregua a la gente: el Palacio de justicia ardió por espacio de varias horas que fueron a su vez las de máxima intensidad emotiva. Era un día muy caluroso, y el cielo se veía rojo hasta el horizonte aun allí donde ya no se divisaba fuego: Olía a papel quemado, de miles y miles de expedientes.
(...)Yo mismo no vi prender fuego al Palacio de justicia, pero un cambio en el tono de voz de la masa me lo comunicó antes de que divisara las llamas. La gente se gritaba lo que había ocurrido, al principio no les entendía: el tono era festivo, no estridente ni ávido, un tono de liberación.
El fuego era el elemento unificador. Uno lo sentía, su presencia era avasalladora, y aunque no llegara a verlo, lo tenía en mente: su fuerza de atracción y la de la masa eran una y la misma cosa. Las salvas de la policía provocaban gritos de odio, y éstos, a su vez, nuevas salvas, pero dondequiera que uno se cobijase, aparentemente, de las salvas, la estrecha cohesión con los demás, secreta o evidente según el lugar, mantenía su vigencia y uno era atraído nuevamente hacia la zona dominada por el fuego, dando rodeos, claro está, ya que en definitiva no había otra posibilidad.
Aquella jornada, que transcurrió bajo el signo de un sentimiento unitario -una ola única y monstruosa que se abatió sobre la ciudad, anegándola: cuando bajó la marea, parecía increíble que la ciudad aún siguiera en pie-, aquella jornada estuvo compuesta de un sinnúmero de detalles que se grabaron en mi memoria: ninguno se me escapó, todos han permanecido allí, claramente evocables y reconocibles, aunque cada uno estuviese integrado en esa ola gigantesca fuera de la cual todo parecería hueco y absurdo. Lo que habría que entender es la ola, no esos detalles; yo lo intenté varias veces aquel año y lo he seguido intentando posteriormente, sin conseguirlo nunca. Y no hubiera podido, pues nada es más enigmático e incomprensible que la masa. De haberla comprendido totalmente, no habría empleado más de treinta años en descifrarla, presentarla y reconstruir sus mecanismos con el máximo de exactitud posible, al igual que otros fenómenos humanos.

Elías Canetti, La antorcha al oído, Trad. Juan J. del Solar, Muchnik Editores, Barcelona, 1982, págs. 244-251. Es curioso que en los Apuntes, Galaxia Guternberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2006, pág. 263, se atribuya el origen del impulso de la investigación de Masa y Poder a la manifestación tras el asesinato de Rathenau en Berlin ("su verdadero germen era todavía anterior: una manifestación obrera en Frankfurt con motivo de la muerte de Rathenau; yo tenía diecisiete años").

6 comentarios:

  1. Anda que no nos has puesto deberes. Y encima el Canetti... que no sé yo... Un beso.

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  2. Pues sí: Wyndham Lewis y Canetti. El gran Canetti. Dos simpáticos muchachos. Del libro de reciente traducción del primero me piden urgente reseña. Ay. Y por eso la entrada. Lo traduje y publiqué algunas muestra en revista allá por el 85. Hace un rato. Ahora es el descubrimiento. Vaya. Añado algo sobre eso en la nota al pie de la cita.

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  3. Yolanda Morató8:02:00 p. m.

    Lamento que encuentres deficiente la versión que damos en Impedimenta. Quizás has pasado por alto la nota de la traductora (hay muchas personas que lo hacen, qué le vamos a hacer). En ella se explica que la edición que empleo para la traducción es la primera (1937) y no la que tú citas (1967), publicada póstumamente y con bastantes modificaciones realizadas por su viuda, Gladys Anne Wyndham Lewis. Te recomiendo, como es obvio, la del autor. Sé que no es tan fácil de conseguir como la que tienes, pero merece la pena.
    Un saludo,
    Yolanda Morató

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  4. Siento no tener a mano ahora el ejemplar de Impedimenta que me prestaron y he devuelto. La segunda edición (la de Calder & Boyars del 67, supongo) contiene algunos capítulos añadidos ("Cantleman's Spring-Mate" etc., como indica el "Preface" de Anne Wyndham Lewis), y quizá algún que otro ajuste, párrafo o frase eliminada. No. No me refería a eso. Eso no afecta al texto fundamental que básicamente supongo que es el mismo en la segunda y en la primera. Leí las cien páginas iniciales del texto traducido con el original al lado
    y, porque me entretuve en tomar alguna nota, puedo referirme ahora a unos cuantos pasajes (en el propio libro que ahora no tengo aquí anoté la mayoría) de lo que me parecen casos de mala comprensión del texto original que se traduce, lo que, por otra parte, en un autor como Lewis, que despliega un estilo especialmente concentrado y figurativo, es algo que fácilmente nos puede suceder a todos.

    Reproduzco algunas notas de mi cuaderno:

    En pág. 44 observo que el párrafo donde ironiza por inversión sobre el tópico de que los vivos son mejores y más brillantes que los muertos, en el texto de Impedimenta se traslada con un sentido contrario al del original:
    Pág. 13 de Calder:
    "But I, for a change, will stake out a modest claim in the "living". Let there of course be no misunderstandig; it will not be in order to show you how contemptible they are, and how inferior to yourself. On the contrary, if anything I shall contrive to suggest an even deeper cleavage than you had, in your most pessimistic moments,supposed. If I do not succeed in doing this, it will not, at all events, be through any fault of mine. For I am myself of the company."
    Que se podría traducir así:
    "Yo, por el contrario, estoy dispuesto a romper una modesta lanza en favor de los "vivos". Pero me gustaría no ser malentendido. No pretendo haceros ver cuán despreciables son, y cuán inferiores a vosotros mismos. Todo lo contrario. Si algo voy a intentar sugerir por todos los medios, es, precisamente, la más profunda distancia que os hayáis podido imaginar en los momentos más pesimistas. Si fracaso en la tarea no será, en absoluto, por falta de voluntad. Pues yo mismo soy miembro del grupo".

    En el pasaje correspondiente de Impedimenta creo se malentiende a Lewis y, o no se entiende o lo que se entiende es contrario a lo que dice el párrafo original,a pesar de sus advertencias (lamento no poder reproducir el texto porque no lo tengo a mano).

    En p. 46. "Mientras duraba la contienda"
    Original: "While it was going on".
    El "it" no se refiere a la contienda sino a la "época" que se ha mencionado antes, es decir, a la posguerra.
    En p. 61 "Hombres embutidos" no refleja el sentido del original "pressed men" de "alistados forzosos".
    En p. 98 se dice que "Asquith habitaba la frontera misma que separa la Ley de la Divinidad".
    La frontera, en todo caso, que Asquith habitaba es la que separa el derecho (Law) de la teología (Divinity).

    No tengo anotada la página pero en un momento se habla de alguien como
    "piloto de vuelo con título de master"
    El OED (sky9, cita de 1893) dice que " sky-pilot in sailor's parlance is a clergyman generally, and specially a clergyman who has a spiritual charge among seamen". Es un piloto celeste o de lo celestial.
    Así que se podría buscarse alguna variante del "capellán castrense" y el título, en todo caso, sería, para ese entonces del que se habla, el de un "maestro" sin más requilorios.
    "Capellán castrense con título de maestro".

    A partir de ahí me limité a señalar con lápiz mis "molestias" con la versión, que sólo compulsé de manera continua en las primeras 100-120 páginas. Casi todas las divergencias, que ahora no puedo detallar, no siendo inexactitudes o imprecisiones, tienen más que ver con las opciones de vocabulario que me parecían en muchos casos imprecisas. Pero, claro, en muchos de esos mismos casos la discusión sería de gustos y estilo. Después (en la parte de la guerra)empiezo a notar que la traducción mejora e incluso resulta ágil.

    En fin, mi impresión personal es la que indiqué en la entrada. A ella naturalmente le acompaña ("quien lo probó lo sabe") mi rendida admiración por el arrojo que supone traducir a un escritor como Wyndham Lewis que si ya es bastante difícil y elíptico en "sencillos" libros de memorias como "Blasting" y "Rude Assignment", cuál no podría ser el caso de tener que enfrentarse a
    complejos alardes de la caricatura y el sarcasmo como "Apes of God" o, incluso, "Tarr".

    Un saludo
    Javier.

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  5. Yolanda Morató5:38:00 p. m.

    Estimado amigo:
    es una pena no haberte tenido como corrector de pruebas de la traducción: he de reconocer que hubiera mejorado. Y mejorará, espero, si conseguimos llegar a la segunda edición. Porque tus “correcciones” me parecen buenas en todos los casos, salvo en el primero, que también es buena, pero no por culpa mía, sino de una errata que eliminó el “no” con el que mi versión no contradice el original de Lewis. O sea, que decía: “no lo haré para demostrar lo despreciables que son y lo inferiores. Por el contrario, urdiré, de hecho, una…”. Con ese simple no, se le devuelve el sentido, que de hecho se puede apreciar en el “por el contrario” con el que comienza la frase siguiente.
    Así que gracias por tu minuciosa lectura, lamento que una serie de errores como los que citas te hagan considerar deficiente un trabajo que, como sabes bien, es de una complejidad que puede explicar el hecho de que Wyndham Lewis haya tardado tanto en asomarse a las librerías españolas. No sé si me paso de susceptible, pero pareces estar molesto por el hecho de que, habiendo traducido tú una serie de fragmentos de las memorias de Lewis, que yo desconocía (tenía 11 años cuando aparecieron en una revista difícil de conseguir hoy) hayan pasado veinte años desde entonces hasta el momento en que por fin se publica completo el libro. Si es así, sólo permíteme que aproveche para recordar que siempre hay alguien que se nos adelanta o nos descubre algo, y si en 1987 ya hablabas de la necesidad de descubrir a Lewis, vale recordar que en 1980 Kevin Power tradujo algunos fragmentos lewisianos en la revista Poesía, que Lewis se asomaba a las novelas de Julián Ríos, que se traducían algunos fragmentos suyos en biografías de Pound o Eliot en las que, naturalmente, se hablaba mucho de él. Creo que no importa tanto quién se asomó a una posibilidad, como el hecho de que esa posibilidad –traducir Estallidos y Bombardeos, o Dobles Fondos, o, próximamente, Los monos de Dios y Blast- se convirtiera en realidad.
    Muchas gracias por todo,
    Y.M.

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  6. Yolanda, amiga,

    No. Se trata, en todo caso, de una leve molestia retrospectiva conmigo mismo.

    Encontrarme ahora con tu versión me recordó que en aquel momento quizá debí haberme empeñado en llevar a término la mía de "Blasting" que había iniciado, no con el propósito de traducir el libro, sino tan sólo con el de esbozar una selección representativa de estampas para presentar al autor y su ambiente literario en aquella nuestra esforzada y para aquel entonces casi "heroica" revista logroñesa. Mi mayor interés en aquellos momentos no era tanto Lewis
    como su colega Pound. Años después empecé, por entretenimiento, a tantear algunas versiones de las poderosas viñetas del "Wild Body". Pero pasó lo mismo: qué pereza la de reunir 20-30 folios de traducción y pasearlos por las editoriales a ver si alguna se interesaba y eso permitía prolongar la labor. Ni vivía ni vivo de la traducción, así que la cosa fue languideciendo...

    Lo que decía en la nota a mi entrada era una suave broma con muy concretros destinatarios: los amigos lectores de este blog que fueron compañeros de "Calle Mayor". Mujer, sé de sobra que no era ningún descubrimiento. Vivo en la provincia, pero no tanto. Es curioso que, debiéndole a Kevin Power la instigación que me acercó a Pound y a los americanos, no mencionara nunca a Lewis o yo no lo recuerde...

    En la solapa del libro leí que la editorial proyecta la versión de "Apes of God" y "Tarr". Confieso que, así de pronto, no me lo creí mucho... Pensé: menuda tarea para el traductor, sobre todo la de los inmensos "Monos..."
    En fin, te agradezco mucho tu amable y comprensiva respuesta.

    Un abrazo de tu amigo
    Javier

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Cariñosas las observaciones