Mostrando entradas con la etiqueta Cita. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cita. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de septiembre de 2011

Alejandra Pizarnik


Flora Alejandra Pizarnik nació el el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires, Argentina. Estudió filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires y pintura con Juan Battle Planas. Vivió en París desde 1960 hasta 1964, en donde trabajó para la revista Cuadernos y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesaire, e Yves Bonnefoy, y estudió Historia de la Religión y Literatura Francesa en la Sorbona. De regreso a Buenos Aires, publicó tres de sus principales libros: Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura y El infierno musical, así como su trabajo en prosa La condesa sangrienta. El 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, murió de una sobredosis intencional de psicofármacos.



Fronteras inútiles

un lugar
no digo un espacio
hablo de
qué

hablo de lo que no es
hablo de lo que conozco


no el tiempo
sólo todos los instantes
no el amor
no

no

un lugar de ausencia
un hilo de miserable unión.

*
La mesa verde

El sol como un gran animal demasiado amarillo. Es una suerte que nadie me ayude. Nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda.
 
Pero a mi noche no la mata ningún sol.

¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?

Me pruebo en el lenguaje en que compruebo el peso de mis muertos.

El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo tiene que quedar abajo.

*
La única herida

¿Qué bestia caída de pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse?

He aquí lo difícil:
caminar por las calles
y señalar el cielo o la tierra.

*

Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

*

Solamente

ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida

*

Tiempo

                                              A Olga Orozco

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.


*
CONTINUIDAD
   
 No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío --dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que ya no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame --dije.

La extracción de la piedra de la locura, 1968.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Hidra del Nilo y cocodrilo (Charbonneau-Lassay)

 Según un Bestiario ilustrado de la Biblioteca del Arsenal de París, siglo XIII.

«1. El papel del cocodrilo en la antigua simbología cristiana
    Desde que los griegos hubieron imaginado la ficción que hizo de Hércules el vencedor de la Hidra de Lerna, reptil espantoso cuyas siete cabezas iban creciendo una tras otra a medida que se las cortaban, el solo nombre de aquel monstruo fue tema de espanto y repulsión, y las hidras entraron a formar parte de los animales malditos que el hombre de entonces execraba.
¿Cómo llegaron los simbolistas cristianos anteriores al reino de san Luis a hacer de la Hidra del Nilo, y con este mismo nombre, un emblema del Redentor del mundo? Encontramos la razón de ello en los asombrosos relatos de los antiguos naturalistas griegos y romanos referentes al cocodrilo, cuyos hábitos parecían no conocer bien. El Physiologus, y luego sus derivados, nuestros Bestiarios de la Edad Media, ampliaron todavía más las fantasías antiguas, pues leemos en ellos que el cocodrilo es el único animal cuya garganta mira al cielo, mientras que sus fosas nasales, sus ojos y sus orejas están abiertos en la parte de debajo de la cabeza. Los imagineros del siglo XII y XIII que ilustraron con miniaturas los relatos de sus contemporáneos, al estar mal documentados, representaron además al cocodrilo con más aspecto de paquidermo que de gran saurio de varios metros de longitud.
Mejor informados estaban los medalleros romanos, pues lo representaron perfectamente, sobre todo en las monedas de Nimes y en la de Augusto en la que personifica el Egipto conquistado, Aegypto capta.
Los Bestiarios lo llaman la cocodrila e incluso la cocadriz, y el nombre de cocatrix, como hemos dicho anteriormente, se da todavía en algunas zonas rurales francesas al huevo particular del que se decía antaño que nacían los basiliscos.
En el Egipto antiguo, donde era el terror de los ribereños del Nilo, tenían formulas mágicas para preservarse de él. En la emblemática, representaba a Set Tifón y a su hijo Mako, personificaciones del Mal, como nos dice Plutarco. Por eso los monumentos nos muestran al cocodrilo bajo los pies de Horus; sin embargo, hubo tribus que lo honraban como uno de los dioses (no como Dios), con el nombre de Sebek, sin duda en prolongación de un papel heráldico y tal vez totémico en lejanos ancestros.
Todavía hoy el culto al cocodrilo existe excepcionalmente en algunos puntos del Sudán y la Nigeria meridional, más particularmente en Ibadán, ciudad principal de este último país. Allí, en un estanque situado en el centro de la aglomeración urbana, se venera a un enorme saurio que según dicen vive allí desde hace ciento cincuenta años.
La emblemática cristiana, que nunca tuvo simpatía por aquel animal maléfico, le hizo personificar el mismo Infierno, sin duda a causa de las enormes dimensiones de sus fauces, en las que engulle pequeños peces y los animales de los que se alimenta. Los pintores vitraleros, los miniaturistas y los primeros grabadores en madera anteriores al Renacimiento representaban a menudo la entrada del infierno mediante las fauces abiertas de un monstruo dragonado, en las cuales los demonios meten a los condenados. Pues bien, el dragón es tan sólo el cocodrilo al que se han puesto alas.

2. El papel emblemático de la hidra del Nilo en el arte cristiano
Al cocodrilo infernal, la emblemática cristiana le opuso un enemigo terriblemente peligroso; es la Hidra del Nilo, a la que convirtió en uno de los emblemas de Cristo, vencedor del Infierno.
El Bestiario de Pierre le Picard describe la Hidra del Nilo como un reptil largo y delgado, o más bien como una especie de dragón menudo que vive en el agua. Otros, confundiéndolo con la mangosta icneumón, ¡lo pintan como un pequeño cuadrúpedo terrestre! Pudiera ser que, a fin de cuentas, el prototipo de la Hidra del Nilo fuese el varano, un gran lagarto que vive al borde de las aguas africanas, desde el Sudán francés hasta las orillas del Nilo, pero que en la realidad tiene que dejar tranquilos a los fuertes cocodrilos.
Esta hipótesis puede apoyarse en que, desde los confines de la Nubia egipcia hasta la región sahariana de Tombuctú, se considera que el varano es un animal sagrado. Los tuaregs, dice Benhazera, rindieron y rinden todavía culto al varano, al que los árabes llaman «urán» y los tuaregs «ar úta». Los nobles de este pueblo nunca comen ni matan a este animal.
Conocido desde la más alta antigüedad, el varano aparece representado en los monumentos de Egipto; Herodoto lo llamaba cocodrilo terrestre; si bien es un pariente mucho más próximo de los lagartos que de los cocodrilos...
Sea como fuere, he aquí lo que nos dice de la hidra -él en lenguaje mucho más antiguo Guillermo de Normandía, que escribía a finales del siglo XII: La Hidra es un animal muy sabio y que sabe dañar al Cocadriz. El Cocadriz es ese fiero animal que vive en el río Nilo. Tiene veinte codos de largo, cuatro patas armadas de zarpas, y dientes agudos y cortantes. Si encuentra un hombre, lo mata, pero queda desconsolado para el resto de su vida. La Hidra, que odia mortalmente al Cocadriz, ve a éste dormir al sol con la boca abierta: se revuelca en el limo y, cuando está bien embadurnada, se va directamente al Cocadriz, se arroja en sus fauces, entra en su vientre, le desgarra «las entrañas, los intestinos y las vísceras», y luego sale alegremente agujereando el costado de su enemigo. Y éste muere, «pues tales heridas no se pueden curar». ¡Se muere por mucho menos!
El cocodrilo tifónico. Escultura de los últimos tiempos del Egipto antiguo.


Volvemos a encontrar aquí la leyenda del icneumón embadurnándose de lodo para atacar al áspid, fábula que Aristóteles y Plinio acogieron en sus célebres obras.
El relato de Pierre le Picard es algo distinto. Cuando el cocodrilo, dice, distingue a la hidra en las proximidades, se precipita sobre ella y se la traga, «La deglute totalmente viva», pero la hidra le desgarra inmediatamente las entrañas y sale a través de su vientre, aún «totalmente viva», hiriéndolo mortalmente.
Ni Guillermo de Normandía ni Pierre le Picard, como tampoco el autor del Physiologus, del que se hacían eco, se preocuparon de saber si lo que contaban de los dos extraños habitantes del Nilo era imaginario o real: lo único que necesitaban, lo único que les importaba, era sacar de ello una imagen del triunfo de Jesucristo sobre el Infierno y la muerte, a fin de tener un emblema para poner de relieve las palabras del apóstol san Pablo: Ubi est, Mors, victoria tua? ¿Dónde está, oh Muerte, tu victoria? De ahí, tal vez, las proverbiales «lágrimas de cocodrilo».
Por eso concluye así Guillermo de Normandía:
«El Cocadriz significa muerte e infierno, no lo dudéis en absoluto; ahora bien, así como lo mata la Hidra, así mismo hizo Nuestro Señor Jesucristo, que envolvió su divinidad en la carne de un cuerpo humano (igual que la Hidra se envuelve de arcilla), entró en el infierno para liberar a sus amigos, y puede decir con el profeta: «Oh muerte, yo seré tu muerte».
Pierre le Picard, por su parte, dice también que la hidra significa: Nuestro Salvador Jesucristo, que se hizo carne en la Virgen María, padeció suplicio en la cruz, entró luego en la cocodrila, es decir, descendió a los infiernos, de donde salió liberando a todos sus amigos, tal como habían dicho las Escrituras: O mors, ero mors tua, Oh infierno, seré tu muerte.
Este es, pues, el simbolismo crístico de la hidra teóricamente bien establecido en los tiempos de nuestros reyes capetos.
En el campo de la iconografía, el frontal de altar de Narbona que hay en el Louvre, y que se atribuye el pincel de Jehan de Orleans, del siglo XIV, representa a Jesús, con la cruz en la mano, que está de pie en la abertura de las enormes fauces llameantes de un saurio -la cocadriz de los Bestiarios-, de donde está sacando a Adán, antes que a los demás justos.
Mejor todavía, una miniatura separada de un libro manuscrito del siglo XIII nos muestra a Cristo que parece salir, como la hidra, del costado del cocodrilo alado.
Así pues, el combate victorioso de la hidra contra el cocodrilo es la ilustración del descendit ad inferos que se lee en el Símbolo de los Apóstoles, y que en la Edad Media tan a menudo se interpretó mediante composiciones artísticas más teatrales y más complicadas.»


Louis Charbonneau-Lassay, El bestiario de Cristo, El simbolismo medieval en la Antigüedad y la Edad Media, Volumen II, Sophia Perennis, Olañeta editor, Palma de Mallorca, 1997, págs. 761-764.

sábado, 7 de mayo de 2011

σπαραγμός


«Líber era el hijo de Jove, un rey de Creta. Considerando que había nacido fuera del matrimonio, las atenciones de su padre hacia él fueron excesivas. La es­posa de Jove, cuyo nombre era Juno, llena de una cólera de madrastra, buscó to­dos los medios para lograr con engaños la muerte del niño. Una vez el padre se disponía a salir de viaje, y porque conocía el secreto disgusto de su esposa, y a fin de impedirle actuar traidoramente en su furia, confió el cuidado del hijo a guardianes que en su opinión eran de confianza. Juno, contando así con un mo­mento oportuno para su crimen, y atizada su cólera porque el padre, a su parti­da, había delegado en el niño el trono y el cetro, primeramente corrompió a los guardianes con regias larguezas y regalos, luego estacionó a sus secuaces, llama­dos Titanes, en el interior del palacio, y con ayuda de sonajeros y un espejo de ingeniosa construcción de tal modo distrajo la atención del niño, que éste dejó el asiento real y fue conducido al lugar de la emboscada, llevado por el irracio­nal impulso de la infancia. Allí llegado, fue cogido y muerto, y, para que ningún rastro del crimen pudiera descubrirse, la banda de secuaces le cortó los miem­bros en trozos y se los repartieron entre ellos. Después de esto, añadiendo cri­men sobre crimen, debido al extremo temor que tenían de su amo, cocieron los miembros del niño de diversas maneras y los consumieron, nutriéndose de car­ne humana, hasta entonces nunca visto festín. El corazón, que había tocado a Juno, fue salvado por la hermana del niño, cuyo nombre era Minerva, la cual había ayudado en el crimen, con el doble propósito de valerse de ello como ine­quívoca prueba al delatar a los otros, y de tener algo con que mitigar la cólera paterna. Al retorno de Jove, su hija le expuso el relato del crimen. El padre, al enterarse del fatal desastre del asesinato, quedó agobiado por su amargo dolor. En cuanto a los Titanes, proveyó a su ejecución tras varias formas de tortura. En venganza de su hijo no dejó sin probar forma alguna de tormento o castigo, si­no que agotó, en su furia, toda la escala de penas, uniendo a los sentimientos de padre el incontrastado poderío de un déspota. Luego, como no podía soportar ya los tormentos de su apenado corazón ni consuelo alguno lograba aliviar el do­lor de la separación, hizo construir por arte de modelador una estatua de yeso del muchacho, y el corazón (el instrumento por el cual, cuando fue traído por la hermana, se había descubierto el crimen) fue colocado por el escultor en aque­lla parte de la estatua donde estaban representados los lineamientos del pecho. Hecho esto, construyó un templo en vez de tumba, y designó al ayo del niño (cuyo nombre era Sileno) como sacerdote. Para suavizar los transportes de su ti­ránica ira, los cretenses hicieron del día de la muerte una fiesta religiosa y fun­daron un rito anual con una dedicación trienal, representando en su orden todo lo que el niño había hecho y padecido en su muerte. Descuartizaban con los dientes un toro vivo, recordando el cruel festín en la conmemoración anual, y lanzando disonantes gritos por lo profundo de los bosques imitaban los delirios de una mente en desorden, a fin de que pudiera creerse que el crimen atroz no había sido cometido por astucia sino por demencia. Delante se llevaba el cofre donde la hermana había hurtado secretamente el corazón, y con sonido de flau­tas y percusión de címbalos imitaban las matracas con que se había engañado al niño. Así, para rendir honor a un tirano, un populacho obsequioso convirtió en dios a quien no había podido hallar sepelio».

en Fírmico Materno, Sobre los errores de las religiones paganas (s. IV) citado en W.K.C. Guthrie, Orfeo y la religión griega, trad. De Juan Valmard, Siruela, Madrid, 2003, págs. 162-163.
(...) «El fruto de la unión entre el Zeus-Serpiente y Perséfone  fue el Dióniso Zagreo (Cazador), niño cornúpeta que tre­paba al trono de su padre y se divertía en lanzar rayos. Un viejo marfil nos hace ver cómo fue entronizado en la misma cueva de Sicilia: Dos Coribantes o Curetes danzan en torno a él, espada en mano, mientras una mujer arodillada le acer­ca un espejo, en que él se contempla con deleite. Sus jugue­tes son los símbolos órficos: dados, pelota, trompo, unas manzanas de oro, una zambomba (o mejor, una bramadera), y una madeja de lana. Estos dos últimos objetos figuran en las iniciaciones.

Contra este Dióniso Zagreo conspiran los Titanes. Dos de ellos, al menos, se cubren la cara de yeso para disfra­zarse, y vienen desde el mundo inferior, espíritus de la muerte, a luchar contra el nuevo dios, el heredero de Zeus, "el futuro quinto amo del mundo".(...)

Hera los había instigado contra Dióniso. Éste, sor­prendido en sus juegos, se defendió cuanto pudo, asumiendo sucesivamente la semejanza de Zeus, de Cronos, de un mu­chacho, de un león, de un caballo y de una serpiente; y al fin cayó bajo los cuchillos enemigos en forma de toro. Desde aquí se incorpora el toro al culto dionisíaco.

El relato se completa con el descuartizamiento del niño, partido en siete trozos que fueron hervidos en un caldero puesto sobre un trípode, y luego asados en siete estacas; y como el niño tenía cuernos, según cuadra a un auténtico hijo de Perséfone, los más piadosos pretenden que aquí no se trata de una criatura humana, sino de un cabrito que ocupó su lugar. El olor atrajo a Zeus, quien nuevamente precipitó a los Titanes en el Tártaro con una descarga de rayos. Zeus dio los trozos de la criatura a Apolo, el cual primero los llevó al Parnaso y luego los depositó junto a su trípode en Delfos: El número siete, el fuego, el caldero, el trípode, todo tiene aquí sabor mágico. Si, como algunos quieren, Deméter juntó y enterró los miembros del niño, de aquí pudo brotar la vid, creación o perfeccionamiento de Dióniso-Oinos, Dios-Vino.

Para que la historia pueda continuar, hay que seguirla por otra vereda y aceptar que, cuando Zeus intervino, ya los Titanes habían devorado al niño, con excepción de un miembro. El rayo de Zeus dejó cenizas, de que más tarde, como sabemos, había de fabricarse el primer hombre, según una de las leyendas corrientes. (Ver la fábula de Prometeo.)

En el festín de los Titanes estaba presente una diosa, que luego resulta ser Atenea. Ésta pudo salvar el único miembro de la criatura no devorado por los Titanes, y que, por equívocos de palabras difíciles de explicar aquí, ya puede ser el atributo sexual o ya el corazón de Dióniso. Zeus lo recibió de Atenea y lo entregó a la diosa Hipta (una Rea del Asia Menor), quien había de trasportarlo en un cesto, sobre la cabeza, como se hace en las procesiones. Este ces­to era un líknon o criba de trigo. El dios Líknítes, el Dióniso del líknon, será así llevado al Parnaso y cunado en la criba como criatura de campesino, donde las Tíades se encargarán de "despertarlo": otra vez el juego de palabras, y otra vez el tema de las nodrizas.

Para reducir el cuento a los contornos que permiten con­tarlo, pues de otra suerte se nos deshace en un reguero de especies inconexas, digamos, con la mejor versión, que Zeus tragó el corazón vivo del niño Dióniso, salvado por Atenea cuando el banquete de los Titanes. De este modo, Zeus podrá engendrar nuevamente al dios en el seno de Semele. Y aún se nos quedaba en el tintero otra versión, conforme a la cual no hubo verdadero encuentro amoroso entre Zeus y Semele, sino que Zeus preparó una poción en que disolvió el cora­zón (o lo que sea) de Dióniso y lo dio a beber a Semele, quien pudo así concebir por segunda vez a la criatura. Tal es el Dióniso de segunda instancia. El tercero es el que aparecerá brotado del muslo de Zeus según ya antes se ha contado.

 Dióniso, desde los tanteos iniciales, es, como se ve, un dios que muere y resucita, ondición de numen agrícola o, si se  prefiere generalizar el concepto, de numen vital.

Respecto a la relación del Zagreo con el mundo subte­rráneo, ella es tan importante que Heráclito, dado siempre a las conclusiones extremas, dice rotundamente: "Hades y Dióniso son idénticos." De este parentesco subterráneo pudo traer Dióniso ese poco de dón profético que ya hemos visto en sus oráculos».(...)

Alfonso Reyes, "Mitología griega", en Obras completas de AF., tomo XVI, FCE, México, 1964, págs. 510-512.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Al alba


(....) «A treinta o treinta y cinco metros de diferencia altitudinal res­pecto a la fuente de La Salud y a unos cincuenta en línea recta descubro, coronando la pequeña colina, un círculo de piedras, pe­dazos de sillares de algún edificio defensivo o de vigilancia, sobre los que se vierten los cadáveres de ovejas y cabras. Un muladar sorprendente, especie de altar tibetano que permite un cómodo acceso a los buitres y demás necrófagos alados. La reciente llu­via y el calor han puesto en maceración los restos y al moverse el aire se han delatado. Comienzo a bajar -está oscureciendo ­mientras medito sobre la calidad del agua de la fuente, sobre el tiempo que llevará funcionando la instalación -algunos huesos son ya indiferenciables de las piedras-, sobre el esfuerzo que le supone al pastor -ta los pastores?- verter las reses muertas en ese enclave pudiéndolo hacer en cualquier otro sitio, sobre quién par­tió los sillares y quién los distribuiría en círculo, cuando reparo, junto a una mata de boj, en una caja de cartón, grande, mayor que una de zapatos, atada con una cuerda y que con la falta de luz y la predisposición del momento me parece más notable por su olor que por otros aspectos. La abro sin pensar, un acto me­cánico que en otras circunstancias jamás hubiera llevado adelan­te: rompo la cuerda con una fuerza que normalmente no poseo. Estoy seguro de lo que voy a encontrar. Y no tengo la más mí­nima reacción de rechazo cuando extraigo la bolsa de plástico transparente que contiene no un feto sino un recién nacido de grandes proporciones empapado en líquidos orgánicos. La vuel­vo a meter. Tapo la caja. Y a saltos desciendo por la pendiente, olvidando lo tortuoso del terreno, la casi oscuridad y el riesgo de que se viertan los humores. Frente al aparcamiento un pro­montorio se recorta en el cielo estrellado. Lo escalo. A gran ve­locidad. Con una agilidad desconocida. Y en la cima, vuelvo a abrir la caja, saco la bolsa, la coloco con la abertura hacia abajo, y el crío muerto queda allí, sobre un suelo de piedra y hierba, con la cara borrosa hacia arriba y ahora mojado también por mi orina que ahuyentará a los mamíferos para que así no den cuen­ta de él durante la noche. (Las aves se guían por la vista para lo­calizar la carroña mientras que zorros y perros lo hacen, princi­palmente, por el olfato.)
El alba. He dormido bien y mientras como y bebo algo com­pruebo que el cierzo que sopla con fuerza permitirá una buena observación de aves. Son cuervos, los primeros. Dos ejemplares que brillan a la luz de la mañana realizan vuelos acrobáticos in­dicando así su alegría al descubrir la carne. Pico al viento, tanto sus graznidos como el modo de posarse -breve, sin cerrar las alas, casi de puntillas- reflejan la sorpresa. Antiguos devorado­res de soldados en batallas medievales, hoy deben conformarse con míseros despojos. Ni ellos, ni ninguno de sus cercanos an­tepasados, pasaron por el trance de consumir restos humanos. Siento ahora un escalofrío. Son horas de inmovilidad en un es­pacio pequeño y la soledad es inmensa: no se ve a nadie en este lugar perdido. Me entran ganas de salir, de andar, pero aguanto, pienso que mi presencia asustaría a los pájaros. De pronto, oigo un ruido en la parte posterior del coche, como si rozaran ropas; me vuelvo hacia la derecha pero es en la parte izquierda donde alguien golpea; miro por mi ventanilla y la cara del pastor, gro­tesca, con una risa dibujada a base de polvo, sol y frío, aparece pegada al cristal. Un susto de muerte. Se separa y señala con el bastón hacia el promontorio. Miro. Y dos aves muy grandes. Blan­cas. Posadas. Parecen devorar con saña al niño. Cojo los prismá­ticos y veo un acto espeluznante. Un macho y una hembra de alimoche -Neophron percnopterus-, con movimientos muy rápi­dos, picotean y arrancan grandes trozos, tragan -ya tienen el bu­che hinchado-, y siguen desgarrando con violencia hasta que con el pico repleto de vísceras levantan el vuelo, se remontan, y desaparecen tras la cresta de la montaña; los dos cuervos se posan ahora y atacan la pitanza. El pastor ya no está. Bajo el cris­tal de la ventanilla. Saco la cabeza. Pero no se le ve. Ya circulan coches. Varios buitres leonados, como suspendidos en el aire, se hallan en la vertical del festín. Es la hora de partir. Pongo en mar­cha el motor. Entro en la carretera. Acelero cuesta abajo. Desa­parezco de la escena.
Montaña abajo. Me dirijo al norte y los montes áridos, los barrancos secos, no presagian lo que espero encontrar. Llego al río Guarga. Lo cruzo. Y a partir de aquí inicio el ascenso, largo, sin sobresaltos hacia el puerto de Somport, el Summus Portus, para entrar en Francia. Crucifijos. Grandes crucifijos flanquean la carretera. Poblachos míseros de esta parte extrema del Bearne y, en uno de ellos, ¿Sarrance?, he de detenerme: un rebaño impor­tante -muchas ovejas, algunas cabras, tres pollinos, varios perros ­ocupa la calzada, la calle principal. Gritan los pastores. Un len­guaje burdo, desagradable, nada de aquel francés parisino de mi infancia. Pronuncian las consonantes finales de las breves y gu­turales palabras, y silban, unos silbidos que rompen el tímpano pero que resultan efectivos: hasta un enorme mastín, de pesada estructura, cabalga de un lado a otro. Pasan. Y queda el olor a orines y el volar complejo de las moscas. Arranco, y veo, tapo­nando el final de la calle, la salida del pueblo, como si de otro rebaño se tratara, una muchedumbre oscura, apiñada, sin mover­se apenas pero que viene hacia aquí. Avanzo lentamente y en un solar, en el lugar donde hubo hasta hace poco una casa -están amontonadas las piedras, los ladrillos y las losas del techo- apar­co el coche y, sin bajarme, sin moverme, casi con miedo, asisto al paso de una singular comitiva: seis plañideras, seis hombres cargando con un minúsculo féretro, un cura obeso, dos mona­guillos tañendo las campanillas, y el grueso del cortejo con los desaforados padres a la cabeza. Me escurro en el asiento. Me en­cojo. Intento que no se me vea. Pero no me atrevo a subir la ventanilla para no llamar la atención. Al zumbido de las moscas que revolotean dentro del coche se suman los llantos, las plega­rias, las voces entrecortadas, el chasquido de las suelas, todo en una atmósfera negra y acre donde el sudor y la ropa teñida, vie­ja y sucia hacen añorar el tufo de las bestias» (...)

Francisco Ferrer Lerín, Familias como la mía, Tusquets, Barcelona, 2011, págs. 94-96.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Alcobas italianas, etc.

«Había vivido alcobas italianas cubiertas con una cortina de terciopelo con revés rígido, como parche de tapiz; había buscado al médico de guardia para salvar a la mujer que se muere y había esperado a que se vistiese el doctor viendo cómo se echaba al bolsillo el aparato para reconocer a los muertos y había pasado con él por la calle del alba en que se está tostando el pan de la vida, mientras en el descote de la moribunda se amasaba el pan de la muerte; había recogido la lección de los trenes que se meten en la casa condescen- dientemente y piden auxilio porque vienen huyendo de los fríos de los puertos nevados y mientras están en casa la mujer de la oscuridad no es la misma que estaba, sino que la suplanta la que dormía en el vagón turbio de vaho inocente. Él había tocado trompetas de cementerio paseándose muchas noches como un viajero de panteones entre tiendas cerradas y buzones irónicos.
-¿Quién da la medalla de haber vivido? Las cosas, las estatuas halladas en las ruinas, las botellas de un anís viejo e invendible con la etiqueta moteada por las moscas, se hacían las desentendidas y no querían encargarse de tener que decir si habían visto a alguien.
Sólo cuando reunía sastrería, callejón y tienda de venta de pájaros, lograba saber que se arrastró por este mundo buscando la mujer hermosa y honesta que supiese como él que hay un viento que quiere barrernos y que sale de los sótanos de las sombrererías. Quería haber vivido pero no sabía que eso nadie lo iba a saber porque iban a morir todos los que podían haberlo sabido.
Recordaba esa evasión bajo las cortinas y los muebles del automóvil de cuerda que se pierde y deja al niño desconcertado.
Se acordaba que en el costurero de su madre había una cinta de seda de tonos metálicos -como los aceites de máquinas que quedan en el suelo eliminados por las máquinas después de haberlos acerado y atormentado- que era como un luto de arco iris y como la cinta de su presentida corona.
Cuando él encontrase a la mujer sosegadora un cambio de su peinado haría variar su vida.
Sería esa mujer que dice «Basta» y la mala suerte acaba, brotando de la magia de su plumero el Diccionario Enciclopédico que dice lo que los demás no contienen.
Sólo en coro con la mujer se puede decir hasta creerlo: «La conspiración es un robo»... «El porvenir no existe»... «La inmortalidad es una tortilla bien hecha»... «Vayamos confiados a la sala de operaciones»... «No lo podemos pagar el mes que viene»... «Convengamos el silencio para no abrir la puerta a nadie»..., etc., etc.
El diálogo con la nonata reaparecía súbito... 

-Me dio sus retratos, sus pulideces, sus senos sensibles en los que conseguí el horóscopo gracias a la vorágine en la vórtice, pero no eras tú.
-Yo soy aún el maniquí azul.
-¿Llevabas pelo rubio y medias de lana el jueves por la tarde?
-Soy sólo el maniquí azul.
-Tengo velocidad de anillo cósmico alrededor de tu maniquí azul.
-Siento tu delirio, pero no puedo encontrarte... Celebro aún los cumpleaños de hermanitos muy pequeños y mi madre me busca un marido.
-Yo podría ser ese marido.
-Hay muchas casas y jardines entre tú y yo...
Se oponen gabinetes y hay una marina en el hall que quiere primero mi naufragio.
-Sabré cuáles son tus huesos entre los de todas las mujeres.
¿Vivir, qué era? Ver caer los zapatos del cajón en que se guardan cuatro pares oyéndolos caer como desprendimiento de nicho, con reconvención de que llegó tarde.
¿Cómo iba él a creer que vivir pudiera ser hacer una tuerca en la fábrica de las tuercas como quieren los simples obreros?»



Ramón Gómez de la Serna, ¡Rebeca!, José Janés editor, Barcelona, 1947, págs. 185-187.

domingo, 27 de febrero de 2011

No espantéis


Para acabar con la serie de las «albas», una clásica que sirva de contraste a aquellas otras modernas que os puse en las entradas de Juan Ramón, Eigner y Sobin.
En el lugar menos pensado y mientras, para preparar una charla, indagaba el origen del título de un poema de Blas de Otero («No espantéis al ruiseñor») en uno de sus libros más cargados hacia lo social y misionero: En Castellano (1959), pues me encuentro esta mañana con una bellísima alba de Lope de Vega que os traslado:

Si os partiéredes al alba, 
quedito, pasito, amor, 
no espantéis al ruiseñor.
Si os levantáis de mañana
de los brazos que os desean,
porque en los brazos no os vean
de alguna envidia liviana,
pisad con planta de lana,
quedito, pasito, amor,
no espantéis al ruiseñor.

Anota Antonio Carreño en Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Crítica, Barcelona, 1998, p. 813, que es de donde la tomo:

«De la comedia El ruiseñor de Sevilla. Parte XVII (Madrid, 1621), aunque escrita entre 1604 y 1609. Esta canción de alba (albada) describe bellamente la separación de los amantes al amanecer. El motivo del alba que con su llegada aparta a los amantes es recurrente, y está presente en un gran número de obras de teatro».
_____________________

(Y más moderno, también)
Ese tipo de situaciones me evoca siempre un perentorio recurso al sacrificado servicio público de taxis (a esas horas no te creas que eran tan fáciles de pillar...).


Claro que también es un «alba», aunque algo distinta, esta:

Indemne

Una vez más, amanece.
Pasó la guerra, pasó la enfermedad, el hambre, pasó la mano
por el muslo de Antonia y lo encontró semejante al alba,
jugoso como el alba,
abierto como el alba,
suave como el alba.
Una vez más, amanece.
Cayeron ciudades, cayeron B-12, zares, ciclistas
y la rueda quedó girando como la luna,
plateada como la luna,
redonda como la luna,
hollada como la luna.
Una vez más, amanece.
Sucedieron naufragios, sucedieron problemas, muertes, sucedieron los nietos,
y la humanidad siguió impasible refugiada bajo el alba,
invulnerable como el alba,
pálida como el alba,
indemne como el alba.

Una vez más, amanece.


Blas de Otero, Hojas de Madrid con La galerna, 2010, pág. 67.
_______________________
Re: la charla.
No sé muy bien lo que dije. «Contaste chismes». Pues, igual; me salieron solos: «no quieres decir esto: pues ya lo estás diciendo». Llevé una gigantesca carpeta de apuntes que casi ni acerté a consultar. Leí poemas (dicen que bien), comenté poemas. Proyecté alguna foto (la de la playa con la familia de don Armando y Mademoiselle; la de la verja del Espolón de soldado en el 38 con Bilbao Arístegui). Enarbolé originales y ni los enseñé, los agité solo como abanicos. Fui calurosa y vergonzosamente aplaudido. No tuve tiempo de nada.

jueves, 24 de febrero de 2011

Claveles


















Vencidos de luz, virados
 a fuerza de aroma; asidos
 ¡ah, sí!, pero no vencidos,
 sonríen transfigurados.
 Perdidos, extraviados
 de amor, deshechos en mieles, 
 son, sin embargo, ten fieles 
 a sí mismos, tan clavados, 
 que ¡aprendan enamorados
 -la clave- de los claveles!



[Décima inédita, al menos en libro. Se incluía como segundo poema de la sección «Desamor» en la versión previa a la presentación al Premio Adonais del libro Ángel Fieramente Humano. Noviembre, 1949]



Fue a la entrada del teatro Ayala. Mario me dijo que venías. Avisé a dos amigos por si querían acompañarme y se acercaron encantados y curiosos. Si me callo y no le aviso a nadie y me voy solo, la cosa hubiera resultado distinta. Te acercaste vacilante (yo te suponía más alto y me chocó la menuda persona de cabello blanco y aspecto frágil), mirabas a un lado y a otro en busca de rostros reconocibles. No me atreví a saludarte directamente. Una vez dentro de la cafetería, ya te rodeaba la gente que supuse del partido. El ambiente se iba poniendo un tanto ceremonial, casi sacrosanto. (Parabienes, melosidades). Quizá más bien en consideración a mis amigos, a quienes había prometido «un saludo personal», me dirigí a uno de los más ostentosos manoteantes, el que más bullía entre los grupos («Queríamos saludarle»). «Ah, sí, poneos un momentito, aquí mismo, en fila, y yo le aviso». Se acercó. Encantado. Silencio premioso. «...Bueno, nos vemos luego, en cuanto acabe el espectáculo». (Y a los demás) «Oye, vamos entrando, ¿no? que ya va a empezar». Miro a mis acompañantes: «¿Nos quedamos o nos vamos?». Era el año 77, a últimos de abril o primeros de mayo. Puedo concretar la fecha gracias a una noticia del estreno del espectáculoIrrintzi» del grupo Akelarre) que aún se puede rastrear por la red.

  Nos fuimos. Atosigaba un tanto el entorno de la persona y supusimos que al terminar seguirían a su alrededor como monjas y  nosotros resultaríamos un estorbo («Qué va... Si hubieseis esperado, si os hubieseis quedado, lo habríamos pasado bien. En realidad no nos hicieron ni caso. Nos dejaron allí solos. Estuvimos dando vueltas por la calle, y eso que llovía, para hacer tiempo hasta la hora del tren de Madrid. Qué pena que os fuerais»).

lunes, 22 de noviembre de 2010

Reírse de un gato joven...


«(...)¿Qué ocurrirá con esta humanidad antes de que desaparezca? El mundo aún puede rodar un millón de años más como lo ha hecho hasta ahora, y cinco mil años serían exactamente un trimestre en la vida de un hombre de cincuenta años, apenas una duodécima parte de lo que duran nuestros estudios universitarios. ¿Qué he hecho yo este último trimestre? He comido, bebido, experimentado con la electricidad y redactado el calendario, me he reído de un gato joven y he jugado con varias niñitas, y así han transcurrido cinco mil años de este pequeño mundo que soy yo mismo.» [F541].

Lichtenberg, Aforismos, Trad. Juan José del Solar, Edhasa, Barcelona, 1990, p. 119.

(Experimentar con la electricidad, redactar el calendario..., bueno; incluso «jugar con unas niñitas»...;pero «reírse de un gato joven»..,ése sí que es un encuentro que no sucede en todas las encrucijadas).

lunes, 8 de noviembre de 2010

Everibodi cabrones

Por favor, sólo estilo; sólo quiero estilo. «¿A qué te refieres?». A libros como el último de Mendoza, la Riña de gatos(1) que ando leyendo (por la mitad). A veces Azúa, cuando hila fino en lo oscuro y sólo entonces, es también el mejor, en artículos como ése de Ensor de hoy mismo. Cosas así.

Una perla, una viñeta cualquiera. ¿Que qué es delicia? Pues cosas como ésta:


-Soy inglés -dijo respondiendo a la pregunta del parroquiano-. Y he de apresurarme si no quiero perder el expreso de Madrid. Si no es molestia, dejaré aquí la maleta mientras voy al estanco para ir más ligero.

Dejó la copa sobre el mostrador y salió por una puerta lateral que comunicaba con el vestíbulo de la estación. Dio varias vueltas sin dar con el estanco hasta que un factor le señaló una ventanilla cerrada. Llamó con los nudillos y al cabo de un rato se abrió la ventanilla y asomó la cabeza un hombre calvo con expresión alelada. Al explicarle el inglés su propósito, cerró los ojos y movió los labios como si estuviera rezando. Luego se agachó y al volver a incorporarse puso en la repisa de la ventanilla un libro enorme. Lo estuvo hojeando con detenimiento, se fue y regresó con una pequeña balanza. El inglés le entregó la carta y el funcionario de correos la pesó cuidadosamente. Volvió a consultar el libro y calculó el monto del franqueo. El inglés pagó y regresó corriendo a la cantina. El mozo miraba el techo con un trapo sucio en la mano. A la pregunta del inglés respondió que su consumición había sido pagada por el otro cliente, conforme a lo convenido. La maleta seguía en el suelo. El inglés la recogió, dio las gracias y salió corriendo.  


Riña, págs. 12-13


-Yo no hablo inglés, ¿sabe usted? -prosiguió diciendo ante la aparente aquiescencia del inglés a su pregunta inicial-. No Inglis. Yo, espanis. Usted inglis, yo espanis. España muy diferente de Inglaterra. Different. España, sol, toros, guitarras, vino. Everibodi olé. Inglaterra, no sol, no toros, no alegría. Everibodi kaput.

Guardó silencio durante un rato para dar tiempo al inglés a asimilar su teoría sociológica y añadió:

-En Inglaterra, rey. En España, no rey. Antes, rey. Alfonso. Ahora no más rey. Se acabó. Ahora República. Presidente: Niceto Alcalá Zamora. Elecciones. Mandaba Lerroux, ahora Azaña. Partidos políticos, tantos como quiera, todos malos. Políticos sinvergüenzas. Everibodi cabrones.

 Riña, pág. 9

Me pregunto si habrá leído cosas como los relatos españoles del Wild Body [1909-1917] de Wyndham Lewis. Eso explicaría algunos detalles. Pero quizá no. No le hace falta. Agujas en cada ojo, bien clavadas sin faltar una.
Algún enterado decía por ahí en la red que la novela le sonaba a «lo de siempre». Si lo de siempre es como lo que llevo leído sobran todas las posibles novedades(2).



___________
(1). Eduardo Mendoza, Riña de gatos. Madrid 1936, Círculo de Lectores, Barcelona, 2010, págs. 9, 12-13.


(2) Pero tampoco creo que hiciera falta «decorar» la promoción de la novela con las declaraciones sobre Kafka. Ningunearle como mal escritor parece un tanto fuera de lugar si hemos de aceptarlo en serio. O al menos proyecta una idea tan «totalitaria» de la lectura y la escritura como para que la misma imagen entusiasta del «estilista del humor» que había pretendido sugerir en mi entrada se me resquebraje, y deba olvidarme de ella y tenga que verme obligado, según el autor, a aceptar que la suya es, ante todo, una profesión de mero novelista o «narrador entretenido» tal y como el propio responsable de los títulos de Mendoza (debo suponer) se empeña en hacerme asumir en correspondencia con lo que en otro lugar llamaba «lectura inocente» y, por supuesto, la única y verdadera. Pero la dificultad, en mi caso, está que a mí no me apetece seguir el dictado de ningún credo que me predisponga el tipo de lectura que debiera hacer del libro que tengo entre manos. Si Kafka es un mal narrador desde la particular perspectiva del «Stendhal» de Mendoza, pues muy bien, de acuerdo: así entiende Mendoza la literatura  y el oficio de escribir. Debo deducir que habla entonces desde su «taller». Y que trabaja en él para que la gente le lea tal como él pretende que hay que leerle. Por mi parte, y en ese  caso, siento decirle que yo NO le leo (ni a él ni a Kafka) como un hábil narrador de tramas entretenidas (n i es ese aspecto el que que me importa de sus libros...ni tampoco de los de Kafka). 
Alegar, por otra parte, como prueba de su interpretación y condena el sentido de fracaso del autor (sea éste Kafka o quien fuera...) resulta algo tan fácil, tan a mano...

 Dicho todo esto, sigo manteniendo en el mismo estado saludable la admiración que dije sentir por el estilo y la prosa del autor de La verdad sobre el caso Savolta y El Misterio de la Cripta Embrujada antes de conocer sus declaraciones sobre Kafka.

domingo, 31 de octubre de 2010

Larry Eigner y Juan Ramón



Nuevo amanecer

el cielo dejó caer
su blancura invisible

vimos salir de
la nada

vacías las azules

estrellas

nuestro verano
por tierra

como la última noche otra
vez

deshecho.
_______________________
Again dawn


the sky dropped
its invisible whiteness


we saw pass out
nowhere


empty the blue


stars


our summer
on the ground


like last night another
time


in fragments

_________________
Lo tomo de aquí.
_________________

No sé si lo entiendo ni medianamente bien, pero, por un momento, de quien más pronto me acuerdo es... ¿de quién te crees?, sí, del menos pensado, de JRJ que arranca de una parecida manera, salvadas las distancias, su Segunda Antología Poética en 1923. Las azules estrellas de Eigner, las verdes de Juan Ramón, ¿o no?:

ALBA
Se paraba
la rueda
de la noche....

Vagos ángeles malvas
apagaban las verdes estrellas.
Una cinta tranquila
de suaves violetas
abrazaba amorosa
a la pálida tierra. (....)

Juan Ramón Jiménez, Segunda Antología Poética [1923], Espasa Calpe, Universal, Madrid, 1949, p. 11.


(Escribo esto hace tiempo; no sabía que la nota andaba por ahí tirada. Ahora quizá sé algo más de Eigner: la reciente edición de sus Collected Poems en cuatro volúmenes editados por la Universidad de Stanford, su enfermedad, etc.)
Más información aquí y aquí.


__________
Vagos ángeles malvas.
 «Blancura invisible» en vez de «vagos ángeles malvas». Claro. Es la diferencia fundamental. La semejanza quizá derive de que ambos poetas evocan el mismo género, el alba, y su tradición. Eigner no tiene tan cerca la mitología cristiana...ni ese color. El colorismo de JRJ. Hasta el exceso, ¿verdad? ¿Será exacto? (ser exacto también con lo subjetivo, recomendaba el maestro). No lo sé. Ese color lo que es un poco es «cursi». Ya se lo debió decir en persona su amigo Gómez de la Serna: -Juan Ramón, eres magníficamente cursi, y escribió un interesante ensayo sobre el particular. Cuando he pensado en el color -por asociación USA y quizá inconsciente deseo de equilibrio- no he podido evitar acordarme de esas tartas que a veces se dejan ver en las fiestas americanas de las películas o reportajes: tienen una supongo que deliciosa costra malva, indefectiblemente todas ellas; sin la costra de ese color no la sacan a la mesa. Aquí son ángeles. «Ay, Señor».

sábado, 11 de septiembre de 2010

Un león en Venecia

Aquel año me senté en la escalinata de la Dogana,
pues las góndolas resultaban muy caras,
y no estaban “aquellas chicas” , sólo un rostro,
y el Buccentoro a veinte yardas, aullaban “Stretti”,
y aquel año los travesaños iluminados, en el Morosini,
y pavos reales en la casa de Koré, o que pudiera haberlos.
Dioses flotan en el aire azur,
dioses relucientes y toscanos, regresan antes de que cuaje el rocío.
Luz: y la primera luz, antes de que rocío alguno se formara.
Paniscos , y la del roble, dríade,
y la del manzano, mélide,
por todo el bosque, y las hojas están llenas de voces,
susurran, y se inclinan las nubes sobre el lago,
portan dioses,
y en el agua, nadadoras blancas como la almendra,
el agua de plata barniza sus erguidos pezones,
tal como Poggio dejó indicado.
Vetas verdes sobre turquesa:
o: ascienden las gradas grises a la sombra de los cedros.

Mío Cid cabalgó hasta Burgos,
hasta la puerta tachonada entre dos torres,
dio un golpe con el cabo de la lanza...


Ezra Pound Cantos, III

_________________________
I sat on the Dogana's steps
For the gondolas cost too much, that year,
And there were not "those girls", there was one face,
And the Buccentoro twenty yards off, howling "Stretti",
And the lit cross-beams, that year, in the Morosini,
And peacocks in Kore's house, or there may have been.
Gods float in the azure air,
Bright gods and Tuscan, back before dew was shed.
Light: and the first light, before ever dew was fallen.
Panisks, and from the oak, dryas,
And from the apple, maelid,
Through all the wood, and the leaves are full of voices,
A-whisper, and the clouds bowe over the lake,
And there are gods upon them,
And in the water, the almond-white swimmers,
The silvery water glazes the upturned nipple,
As Poggio has remarked.
Green veins in the turquoise,
Or, the gray steps lead up under the cedars.

My Cid rode up to Burgos,
Up to the studded gate between two towers,
Beat with his lance butt, (...)

Ezra Pound, The Cantos, III, Faber & Faber, 1975, p. 11

__________________________

León de plata y premio al guión.
Merecías el oro que cortésmente
has cedido a Sofía Coppola.
Ahora, Toronto y las verdaderas estrellas.

Fuerte abrazo y enhorabuena 
Javi 

viernes, 2 de julio de 2010

In meine Heimat


Al discípulo en Sais, al bravío liróforo in partibus In Meine Heimat...


Brahms, Tercera simfonía, tercer movimiento "Poco Allegretto"
Filarmónica de Nueva York, dir. Leonard Bernstein.

(ya mencionado en alguna ocasión, y recordado esta tarde gracias a una sugerencia de lectura).



Siempre ha habido una realidad secreta en el universo, más preciosa y más profunda, más rica en sabiduría y alegría que todo cuanto ha hecho ruido en la historia. Esa realidad está muy cerca del fondo mismo del hombre, de modo que los contemporáneos no pueden percibirla nítidamente; pero la historia, en su verdad suprema, da a la posteridad unas imágenes de ella que son claras y cargadas de advertencias...
Achim von Arnim

____________________
Ilustración: Cecilia Gallerani, "Dama del armiño", según Leonardo da Vinci.
_______
Esta entrada contiene un par de comentarios que no quieren dejarse ver. Donde dice "0 comments" debiera decir "2 comments". Hay que desenterrarlos. Misterios egipcios de la técnica.