lunes, 1 de febrero de 2010

Epipolae

En un lejano comentario a una entrada de Pedro (Santana), escrita la víspera de nochevieja de 2005 en su blog Seguro Azar y en la que, a vueltas de un cuadro de Richard Dadd, se citaban los "ignorant armies" del poema de Matthew Arnold Dover Beach [1] que alude con esa expresión a la descipción tucidídea de la batalla de Epipolae en Sicilia, un episodio de las guerras del peloponeso, le decía:

"Como en la batalla de Epipolae uno no sabe lo que ve (¿la niebla?): si a compañeros atenienses o desalmados espartanos o sólo estorninos, los "ignorant armies". ¿Qué se ve? ¿Qué le habían dicho a Dadd que vería las burbujas del narguilé del Cairo cuando diera el golpe? ¿Avellanas? ¿A su propio padre?
"Al mundo...ni se le espera" dices, Pedro; yo me inclinaría, en todo caso, a esperarle, como esperábamos en el colegio: "Mundo, te espero a la salida" o, en palabras del magnífico "montañero negro" Edward Dorn: "No me fío del Universo. Le partiría los dientes si se me acercara".


Cuatro años más tarde vuelvo a la batalla de Epipolai o la batalla vuelve a mí, se me aparece, y lo hace, por lo visto, casualmente; pero resulta chocante que vuelva en contexto muy alejado en apariencia a la guerra o lo que solemos entender por guerra. Me refiero al "tango" o poema XXV, que hojeo esta tarde, del libro de Anne Carson The Beauty of the Husband: A Fictional Essay in 29 Tangos, Knopf, 2001[Anne Carson, La belleza del marido: un ensayo narrativo en 29 tangos, Lumen, Barcelona, 2003, versión de Ana Becciu, p. 197-199] en el que, después de un tenso diálogo con Ray, el tal marido, se describe a éste precisamente en particular faena:
(...)
El marido estaba preparando un plano de la batalla de Epipolai que deseaba transportar a una pared de su casa usando pintura acrílica y banderitas.
¿Por qué Epipolai? Esa sangrienta derrota ateniense comenzó con una acción sorpresiva nocturna en el 413 a.C. Borrando una raya entre valor y locura los atenienses atacaron cuesta arriba en la oscuridad las posiciones fortificadas de las tropas de Siracusa. Su originalidad al principio
hizo que el plan tuviera éxito, pero los siracusanos reaccionaron y cargaron y reinó el desorden por todas partes. La visibilidad la daba la luna,
podían ver contornos pero no quién era quién. Los hoplitas se revolvían
en un espacio más reducido que el hueco de una escalera pues los atenienses que ya bajaban por los acantilados
se cruzaron con otros que llegaban de refuerzo listos para atacar y los tomaron por enemigos; además,
al gritar constantemente la contraseña
se la revelaron al enemigo y por culpa de esa palabra
que oían erróneamente en la oscuridad los atenienses fueron
presa del pánico. Los amigos atacaban a sus amigos.
Era como una hermosa danza del fuego en la que tu compañero
se da la vuelta
y te mata de una cuchillada,
caldero de roja luna siciliana y blancos labios griegos. Tarareaba mientras trabajaba.
Rectángulos para las posiciones siracusanas, líneas quebradas para el valiente ataque ateniense, triángulos para los probables lugares de la pelea,
motas negras de distinto tamaño para las previsibles bajas en el camino de la derrota.
En su cabeza
está escribiendo una carta
para explicarle a ella (de nuevo)
el fragor de la batalla y la necesidad de resistencia y esplendor lo conseguirán al final.
Necesitamos una nueva contraseña murmuró él sonriendo, Y se ve a sí mismo llegando exhausto y ronco,
cubierto de polvo del camino, conduciendo un tanque una hermosa tarde.
Tarde de junio.

_______________________
(…)
The husband was making a plan of the Battle of Epipolai
 which he hoped to transfer to a wall of his house using acrylic paint
and small flags.
Why Epipolai? This bloody Athenian defeat
began with one surprise night move in 413 B.c.
Blurring a line between courage and folly

the Athenians attacked uphill in the dark
against fortified Syracusan positions.
Its originality at first
brought success to the plan,
then the Syracusans grasped it
and charged and disorder flowed everywhere.
Visibility was by moonlight,
they could see outlines but not who was who.
Hoplites got churning
in a space no bigger than a stairwell

for those Athenians who were already routed and descending the cliff

met others arriving fresh to the attack
and took them for enemies - moreover,
constantly shouting the password
they revealed it to the enemy and with this word

coming at them wrongly in the dark the Athenians panicked.
Friend fell upon friend.
It was like a beautiful boiling dance where your partner
turns
and stabs you to death,

cauldron of red Sicilian moon and white Greek lips.
He hums as he works.
Rectangles for the Syracusan outbuildings,
broken lines for the brave Athenian assault,
triangles for likely places of confrontation,

black dots of varying sizes for estimated casualties along the path of the rout

In his mind
he is composing a letter
to explain to her (again) about the fog of war and need for endurance and splendor
they will come to in the end.
We need a new password he whispers with a smile,
as he imagines himself arriving exhausted and hoarse,
dusty from the road, riding a tank one fine evening.
June evening.

______________________________
[Batalla nocturna de Epipolae. Asalto a las murallas de Siracusa, 413 a.C.]
Después, queriendo los atenienses marchar adelante y sin orden como gente que ya tenía por sí la victoria, y también porque se recelaban que, si no se apresuraban a ejecutar su empresa y derrocar por el suelo los muros y reparos, que los enemigos ternían espacio de se juntar a tornar, y por esto se apresuraban lo más que podían a romper y derrocar los muros, mas antes que del todo hubiesen alanzado los enemigos fueron resistidos primeramente por los tebanos que sostuvieron los primeros su ímpetu, y después por los otros, de tal manera que fueron desbaratados y puestos en huida y en la cual rota hubo muy gran desorden y pérdida y muchos males y dificultades que no se podían veer por ser de noche, porque aun de las cosas que se hacen de día no se puede saber bien la certidumbre de la verdad por aquellos que allí se hallaron, que apenas puede contar alguno lo que se ha hecho, dónde él está o cerca dél, por lo cual querer saber contar por menudo lo que ha sido hecho en un encuentro de noche entre dos grandes ejércitos es cosa imposible y aunque hubiese luna clara aquella noche. Empero la claridad no era tan grande que se pudiesen bien conocer dos hombres, el uno al otro, aunque se viesen las personas o juzgar cuál era amigo o enemigo, cuanto más que había muchos y en gran número cercados en poco trecho de lugar así de la una parte como de la otra. En efecto, que siendo los atenienses alanzados por una parte de los otros que seguían su primera victoria, los unos subían sobre los fuertes y reparos de los siracusanos y los otros venían en socorro de los suyos y no sabían dónde habían de ir, porque estando los primeros de huida, y al ruido grande no sabían entenderse los unos a los otros ni lo que habían de hacer. Porque los siracusanos, por la parte que tenían la victoria, daban muy grandes voces mandando los capitanes lo que habían de hacer, que otramente no se podían ver ni entender por señas a causa de la noche, y ansí mismo cuando alanzaban los enemigos que encontraban alzaban grita. De la otra parte, los atenienses buscaban los suyos, y porque iban de huida sospechaban que todos aquellos que encontraban eran enemigos y no teniendo otro medio para reconocerse sino el apellido [contraseña], de noche preguntando el uno al otro hacían gran ruido, de lo cual se seguía gran turbación, y se manifestaban por este medio a los enemigos en la voz, los cuales porque tenían la victoria y no estaban turbados como los atenienses se conocían mejor. A esta causa, si algunos de los enemigos se hallaban en poco número entre mucha copia de atenienses nombraban su apellido, y por este medio se escapaban, lo cual no podían hacer los atenienses, porque no respondían al apellido propio de los enemigos, y donde quiera que se hallaban más flacos de fuerzas eran muertos o perdidos.(...)

[Historia de Thucydides que trata de las guerras de los peloponeses y atenienses(...), traducida de lengua griega en castellana (...) por el secretario Diego Gracián, criado de su Católica y Real Majestad el Rey don Felipe. En Salamanca, 1567. Folio clxxiiii](1)
___________________________________

PD.
Añado la estrofa final del poema de Arnold Dover Beach (Google reproduce el poema en abundancia):
(...)
Ah, love, let us be true
To one another! for the world, which seems
To lie before us like a land of dreams,
So various, so beautiful, so new,
Hath really neither joy, nor love, nor light,
Nor certitude, nor peace, nor help for pain;
And we are here as on a darkling plain
Swept with confused alarms of struggle and flight,
Where ignorant armies clash by night


que alude a la batalla en su verso final. Recuerdo que a su vez todo ello combinaba con la pintura de Richard Dadd The fairy-feller Masterstroke y su historia en la biografía del pintor. Compruebo esta tarde que la dirección del cuadro en el blog de Pedro ya no funciona. Puede verse alternativamente aquí y aquí. Que las divinidades tutelares de este pequeño laberinto fueran Osiris y el Dioniso desmembrados es algo que dejo a cargo del lector curioso y atrevido, sin mayores aclaraciones.
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(1) Una versión más moderna y en prosa menos castiza nos da la escena quizá sin nieblas supletorias:
«Sin embargo, cuando los atenienses avanzaron más indisciplinadamente por creerse ya vencedores y porque querían pasar lo antes posible por entre la totalidad de las tropas enemigas que aún no habían intervenido en la lucha, con el fin de que los enemigos no se reagrupasen de nuevo si ellos cedían en su ímpetu, los beocios empezaron por aguantarles, luego les atacaron y les hicieron ceder, y enton­ces les obligaron a huir.  44. En ese momento los atenienses se encontraban ya en un grave desorden y aprieto, siendo difícil que tanto unos como otros supieran detalladamente cómo sucedió. De día, con verse las cosas más claras, ni siquiera los presentes en los hechos lo saben todo, sino que con dificultad se dan cuenta cada uno de lo que tiene ante sí; así que en un combate nocturno, ya que ese fue el único que hubo en esta guerra entre dos grandes ejércitos, ¿cómo lo hubieran sabido con certeza? Desde luego brillaba la luna, pero se veían entre ellos como es normal verse a la luz de la luna: se veía un cuerpo delante, pero no se estaba seguro de distin­guir el del amigo. Además, los hoplitas de ambos bandos, que no eran pocos, se revolvían en un espacio reducido.
Entre los atenienses, mientras unos ya empezaban a sufrir la derrota, otros proseguían invictos llevados de su primer impulso. Por otro lado, gran parte de las tropas acababa de subir mientras otras aún estaban trepando, de modo que no sabían a dónde debían ir, ya que, como se produjo la derrota, toda la vanguardia se encontraba desorganizada y resultaba difícil distinguirla por culpa del griterío.
Los siracusanos y sus aliados, a su entender, vencedores, se alentaban con no pocos gritos, pues era imposible emplear señales de noche, al tiempo que resistían a sus atacan­tes. Por su parte, los atenienses se buscaban entre ellos y creían enemigo todo lo que viniese de enfrente, aunque resultasen ser amigos que volvían huyendo. Como se preguntaban frecuentemente la consigna, pues no existía otro  modo de reconocerse, causaban un gran alboroto al preguntarse todos a la vez, y hasta la dieron a conocer a sus enemigos. Por el contrario, no sabían la de los enemigos, ya que esos eran los vencedores y no se habían desperdigado, de modo que si un grupo más numeroso de atenienses se encontraba con algunos enemigos, éstos escapaban gracias a que sabían la consigna de ellos, mientras que los propios atenienses eran aniquilados si no respondían».
Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, Cátedra, Madrid, 1988,  trad. de Francisco Romero Cruz, págs. 605-606.
Para el lector curioso, el original correspondiente al fragmento marcado en 7.44.1-3 reza así:
Καὶ ἐνταῦθα ἤδη ἐν πολλῇ ταραχῇ καὶ ἀπορίᾳ ἐγίγνοντο οἱ Ἀθηναῖοι, ἣν οὐδὲ πυθέσθαι ῥᾴδιον ἦν οὐδ' ἀφ' ἑτέρων ὅτῳ τρόπῳ ἕκαστα ξυνηνέχθη. ἐν μὲν γὰρ ἡμέρᾳ σαφέστερα μέν, ὅμως δὲ οὐδὲ ταῦτα οἱ παραγενόμενοι πάντα πλὴν τὸ καθ' ἑαυτὸν ἕκαστος μόλις οἶδεν· ἐν δὲ νυκτομαχίᾳ, ἣ μόνη δὴ στρατοπέδων μεγάλων ἔν γε τῷδε τῷ πολέμῳ ἐγένετο, πῶς ἄν τις σαφῶς τι ᾔδει; ἦν μὲν γὰρ σελήνη λαμπρά, ἑώρων δὲ οὕτως ἀλλήλους ὡς ἐν σελήνῃ εἰκὸς τὴν μὲν ὄψιν τοῦ σώματος προορᾶν, τὴν δὲ γνῶσιν τοῦ οἰκείου ἀπιστεῖσθαι. ὁπλῖται δὲ ἀμφοτέρων οὐκ ὀλίγοι ἐν στενοχωρίᾳ ἀνεστρέφοντο.
  ____________

[1]

La playa de Dover.
Dover Beach, Matthew Arnold (1822-1888)

El mar está en calma esta noche.
La marea alta, la luna duerme hermosa
Sobre el estrecho – en la costa francesa la luz
Resplandece y se ha ido; los acantilados de Inglaterra alzan,
Tenues y vastos, allá en la plácida bahía.
Ven a la ventana, el aire nocturno es dulce,
Soñoliento, desde la larga línea de espuma
Donde el mar besa la tierra empalidecida por la luna,

¡Escucha! Puedes oír el rugir de las piedras
Que las olas agitan, arrojándolas
a su regreso allá en el ramal de arriba,
Comienza y cesa, y luego comienza otra vez,
Con trémula cadencia disminuye, y trae
La eterna nota de la melancolía.

Sófocles, hace mucho tiempo
Lo escuchó en el Egeo, y trajo
A su mente el turbio flujo y reflujo
De la miseria humana, nosotros
También encontramos una idea en el sonido,
Cerca de este remoto mar del norte.

El Mar de la Fe
También era uno, en su plenitud,
Y rodaba en las orillas de la tierra,
Yacía como los pliegues de una gloriosa diadema.
Pero ahora sólo escucho
su rugir lleno de tristeza, largo y en retirada,
alejándose hacia el sereno de la noche
Hacia los extensos bordes monótonos.
Oh, mi amor, ¡seamos fieles el uno al otro!
Pues el mundo, que parece yacer ante nosotros
Como una tierra de sueños,
Tan variada, tan bella, tan nueva,
No posee en realidad ni gozo, ni amor, ni luz,
Ni certeza, ni paz, ni alivio para el dolor;
Estamos aquí como en una llanura sombría
Envueltos en alarmas confusas de fugas y batallas,

donde los ejércitos, ignorantes, se enfrentan por la noche.

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