
Después vinieron ya las discotecas, o, no, tampoco aún; algo menos: tan sólo bares con discos y música de ambiente. Éramos pocos, dos exactamente y salíamos de caza. Íbamos primero a documentarnos en alguna película de Rocío Durcal o Marisol y, ya equipados de imágenes poderosas, nos aproximábamos hacia aquella zona de bares con música donde solían aparcar las niñas finas de la ciudad. Acontecían conversaciones absurdas en las que mi compañero Juan Carlos hacía de interlocutor experto y este servidor de misterioso recién llegado. Las conversaciones no solían llegar nunca a casi nada. A veces nos sentábamos con alguna de ellas o con varias a la vez o nos dábamos una vuelta con un par de amigas, en tácita doble pareja, para regresar un rato más tarde al mismo local. Y la música sonaba siempre. Nadie bailaba. Tomábamos, tan serios, nuestras consumiciones con la esperanza de que semejante aburrimiento desencadenara un «algo, qué sé yo qué, misterioso». Y nunca pasaba nada.
Por fin llegaron las discotecas de verdad. ¿O no llegaron? ¿Hubo alguna vez en la que entraras a una discoteca a bailar o a simular que bailabas para intentar alguna conversación casual y lo pasaras bien por esa o por otra cualquiera razón sobrevenida?
La música moderna casi nunca te gustaba. O si es que te gustaba lo hacía de un modo utilitario, porque servía para propiciar musicalmente alguna clase de fetichismo, de fijación e intensificación de imágenes sentimentalmente queridas, obsesivas, que se adherían a la melodía o al ritmo como lapas y eran, si escuchadas en la apropiada circunstancia, disparadas por ella (¡Aquella Pop corn psicodélica en el último verano del pueblo!).
No sé por qué, pero la otra noche sentí que me ahogaba allí, en medio de la gente y de la música.