lunes, 24 de julio de 2006

Se cuenta...


(página 3a del nuevo cuaderno. ¿Cuál? Son dos y los dos demasiado grandes para acabarlos alguna vez).

Alguna manera de trabajo. Como moverse entre piedras, retirar ladrillos, un modo de dureza, de rugosidad que te permita sentir las cosas rozándote, entorpeciéndote el andar, y, si empujas, notas el esfuerzo y notas el cambio. Las manos rojas, sudado, no ves nada más que lo que tienes delante y tú mismo estás donde está tu esfuerzo. No somos quizá mucho más. La presencia del empuje ejercida sobre los obstáculos y la necesidad y el placer de retirarlos dejando el sitio que ocupamos. Eso somos. El sitio que ocupamos. Que nos ocupa y nos preocupa.

Torpemente avanzar como si tuvieras que reconocer algún verbo árabe: 'contar', "hakà", "yahaka". Pero si dices "yahukaya" entonces no te encuentras en lo que buscaste. Pierdes 'contaría", 'contaríamos'. ¿Quién cuenta? ¿De qué contar estamos hablando? Perder la tarde buscando un verbo árabe en gramáticas incomprensibles, en diccionarios imposibles. "Hakà", "yahukaliya". Como si fuera sumerio. Afición por los imposibles. Aprender árabe. O inglés, alemán. Todo lo que te está negado. Podrías aprender un poco mejor tu propio idioma. Al menos jugar con él un poco más ligeramente. Esta pesadez. Estamos ante la página con la misma pluma rugosa de siempre, intentando dejar un rastro de leves ocurrencias que desaparecen de inmediato. Desaparece todo. Tú mismo ya posiblemente desaparecido.

Pero vuelves a las andadas. Dejarte llevar por el papel, pedir algún imposible, tentar esquinas. Olvidarte de toda razón. Despedirte de todo, sólo por estar aquí, por quedarte, y no llegar a parte alguna. Por no salir, por no dejarlo. Una y otra vez, siempre tanteando. El pintor llega y trabaja en la cocina (a una vecina: "ya estoy hasta aquí" y me señalo la frente, haciendo visera con la mano: "sí, pero ya verás lo bonita que va a quedar"). Pinta el techo de la cocina. La cocina parecía interminable. Como el corredor, todo parte del mismo viaje. Esta vida que se te da como el absurdo de las realidades cotidianas. Y volver a empezar siempre por el mismo vacío, preguntando: ¿cómo se dice en árabe, "hakà", "hukiya", "yakuliya", o es "yahakuliya" o "yahakaliya"? Seguramente ninguno y todos. Qué más da.

Puedes traducir la primera palabra de tu edición árabe popular impresa en Beirut (¡pobre Beirut!). ¿Será la edición expurgada de los jesuitas o la versión vulgata de Bulaq? No lo sé. Empieza, como todo, por un "se cuenta". Se dice. Alguien dice que algo se cuenta en alguna parte. Se cuenta la misma historia, la del pescador y el efrit o la de la niña franca Nur (¿o era Nur y la niña franca? No lo miro) o Rúnika, otra niña franca también. Nur y su amigo Zumurrud (No. Era Zumurrud y su amigo Alischar. Es igual). El de la sonrisa de gloria. ¿Cómo será el cuento en el árabe de mi edición beirutí? ¿Será como la que leí hace tanto en la versión Mardrus-Blasco Ibañez? Las niñas francas tenían siempre una "historia" delicada y rubia y el príncipe Zumurrud, disfrazado de pordiosero, accedía misteriosamente a la cámara de palacio y apartaba el mosquitero (¡qué feo eso del "mosquitero"). El mosquitero de gasa que nebuliza a la franca heroica bajo su baldaquino en esa misma nube. Y su "historia", mientras tanto, a la espera de la mano de nieve que sepa tañerla.

Historias que se cuentan. "Hakà", "hukiya".

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