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martes, 15 de diciembre de 2009

Primeras lecturas

El otro día un alumno de 12 años me dijo muy serio que aquel cuento que les di a leer (un monólogo sobre cazadores de Miguel Delibes) «no era nada apropiado para su edad», que era «una lectura para mayores y que no la entendían porque hablaba raro y repetía mucho las cosas» -«Ya, pues igual es cierto» -me disculpé-: «En los monólogos que imitan la conversación suele pasar que la gente diga frases y las repita con insistencia y las vuelva a repetir; es verdad, qué le vamos a hacer, ya lo siento». E insistí: «Procuraré no caer otra vez en semejante error y pondré más cuidado para que, entre los cuentos que os reparta, no se me cuelen cosas tan inadecuadas como esa». Recapacito entonces y pienso: «Qué razón tienen los niños estos y qué poco pedagógico soy al pasarles los tales monólogos de Delibes sobre cazadores; lo primero, porque en los monólogos, efectivamente, la gente se repite mucho, y lo segundo porque...¿qué narices les va a interesar a estos chavales un monólogo sobre cazadores castellanos de los años 40 y 50 del pasado siglo? Pues nada, pero nada de nada. En fin, Javier, a ver si espabilas». Y es en ese momento de responsabilidad didáctica cuando se me va por su cuenta el deslizadero mental de los recuerdos con todos sus pringues ya predispuestos a embadurnar la camisa cerebral más impecable y parece que no puedo remediar la evocación de mis verdaderas lecturas de los 12 años, que se me representan allí mismo plantadas: quiero decir que me voy en viaje extático a lo de aquel entonces por un breve segundo infinito mientras me quedo fijo, la mirada clavada en uno de esos interesantes murales de geografía o de oenegés y de la constitución que suele haber al fondo de la clase:
¿Por qué leo yo? ¿Por qué empecé a leer yo? (La pregunta es complicada y arrastra derivaciones implícitas y aparentemente inconexas como la de «¿Por qué he acabado aquí?», que, la verdad, se hacen bastante ociosas a estas alturas). ¿Qué fue lo primero que me envenenó por aquel entonces? ¿Por qué me enganché en lo de leer?
Dos escenas, dos, me vienen a la mente. Quizá alguna aludida en entradas de este blog, pero, bueno, las cuento ambas otra vez.

El veneno, la conciencia de veneno en estado puro, de vicio, la tengo desde que leí El extraño caso del Señor Valdemar de Edgar Allan Poe aquel curso en los jesuitas, el último, creo, que pasaba entre aquellas paredes y frontones. Aquella especie de cadáver viviente, de muerto levitante, tan muerto como oscuramente vivo (hablo de memoria, no he vuelto a leer el cuento desde entonces), la corrupción fosfórica, aquello sí que debía de ser magníficamente inadecuado para mi edad y por eso mismo materia digna de comunicación inmediata, noticia fresca palpitante que debía trasladar...¿a quién? Pensé en mi compañero de clase, uno de los pocos que compartía conmigo algún que otro rato del recreo (He de confesar que yo no era muy popular por allí, no participaba de los rituales del fútbol ni jugaba al tenis en los lugares adecuados; en fin, un desclasado). Sólo quedaba Santi como oyente (algunos pedantes de Radio Nacional le dicen a eso «escuchante» no sé por qué). Sólo Santi ponía la oreja los recreos cuando le resumía o le retransmitía las páginas subrepticiamente leídas la noche anterior del tomo de las Completas de Poe en Aguilar. Decoraba la retransmisión con detalles de mi cosecha para ocupar el recreo entero en el asunto. ¿Le interesaba a Santi el serial? Parecería que sí; recuerdo que por lo menos me escuchaba aunque, naturalmente, no le estuviera contando ningún cuento: aquello era una noticia, noticia de verdad.
El segundo veneno no fue compartido. Fue una parte del íntimo ritual de la iniciación erótica. En mi caso, la lectura dio el juego esencial. Jugó la parte contratante, la desencadenante...La curiosidad me acercó una tarde aquellos tomos rojos de la mejicana Ahrmex, es decir, la filial en México de la editorial barcelonesa AHR que reeditaba, supongo, la versión española de Vicente Blasco Ibáñez sobre la traducción francesa de Mardrus de las Mil y una noches. Hasta entonces mis propensiones a intensificar la imaginería erótica femenina se habían concentrado en algunos libros de arte de los que mi abuelo anticuario coleccionaba. Solía transformar aquellos grandes cuadros de los museos europeos en variantes interminables y monótonas del martirio de San Sebastián cuando predominaban en primer plano las más túrgidas vírgenes griegas de Rubens, Tiépolo y otros maestros: una lluvia de flechas sádicas realzaba sus encantos. Pero al entrar en la versión mardrusiana la cosa cambió, y cambió el género. El Zapatero remendón, Karalmazán y Budur, algunos de los episodios de los capitanes (cito de memoria) significaron, en contraste con mis costumbres coetáneas, fuego explícito, la realidad. Quiero decir, pornografía. Pero yo por entonces desconocía la palabra.

Ahora, vuelto en mí del lapsus, pienso en las lecturas adolescentes, en ese placer de la lectura (y en cómo podría interpretar yo mismo esa expresión tan socorrida), en los vicios de lector, en niños, inocentes y didascálicos de 12 años, como muchos de mis alumnos, que han adquirido esa temprana conciencia de que se debe leer lo que se debe leer, que sólo se debe leer lo que es «apropiado para su edad»; pienso también en sus pedagógicas madres y padres, que, solícitos y ansiosos de acertar, visitarán librerías, tras de asesorarse convenientemente en revistas de iniciación a la lectura, de acuerdo con todas las recomendaciones y con todo lo reecomendable. Y harán lo que es debido.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Padgett, para la lectura de mañana

Mañana celebramos la acostumbrada lectura de poemas en la Biblioteca. Con ella clausuramos las actividades de este curso. Será a las 11,30 en la media hora de recreo. Estáis invitados. Supongo que, como siempre, resultará un tanto caótica. Solemos leer todos mezclados y al buen tuntún, alumnos y profes. Los alumnos leen a veces sus propias producciones y nosotros leemos...pues lo que se tercia: clásico, moderno, nacional, extranjero. De todo un poco y ese todo, ya digo, muy revuelto: un popurrí lírico. Como se ha muerto hace poco Benedetti, pues habrá que leerlo..., digo yo. Así que esta mañana me ocupo de improvisar en el ordenador un material de lectura para lo que cuento con la ayuda sobrevenida de mi encantadora compañera Eunate, que se sienta a mi lado, a trabajar en sus cosas, y yo le doy la lata y entonces se me confiesa entusiasta de Benedetti, y pues, digo, ésta es la mía, y escogemos, o escoge ella una muestra, y yo la copio.

Entonces, ya de paso, y para poner algo de mi parte, se me ocurre, "colocaré algún americano" y eso hago aprovechando que tenía a mano la antología de Padgett y en ella me encuentro esto que os pongo (y entonces me pregunto: ¿cómo sonará mañana cuando lo lea después de Benedetti? No sé. Ya lo veremos mañana):


Damas y caballeros del Espacio Exterior

Esta es mi filosofía:
Todo cambia (la palabra "todo"
acaba de cambiar a la vez que
la palabra "cambio" cambia también: ahora
significa "sin cambio") tan
rápido que literalmente supera mis previsiones,
arrasa con ellas
como alguna de esas enormes
ideas de la especialidad.
No tuve principio ni tendré
final: el rayo de luz
se extiende por delante y por detrás
y yo cocino las verduras
unos minutos tan sólo,
cuantos menos mejor. Mantequilla
y a la mesa. Esa es mi filosofía: Mantequilla
y a la mesa.


_____________________
Ladies And Gentlemen In Outer Space

Here is my philosophy:
Everything changes (the word "everything"
has just changed as the
word "change" has: it now
means "no change") so
quickly that it literally surpasses my belief,
charges right past it
like some of the giant
ideas in this area.
I had no beginning and I shall have
no end: the beam of light
stretches out before and behind
and I cook the vegetables
for a few minutes only,
the fewer the better. Butter
and serve. Here is my
philosophy: butter and serve.

Ron Padgett, New & Selected poems, David Godine, Boston, 1995, p. 101.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Voces

Dietro i rossi vetri, voci rauche gridavano:
--Midolla e sangue per lunghe sorsate d'oblio!
Il prezzo è questo dei sogni più belli!--
Entrai allora coi miei Peccati nella bettola
della mia carne!...
Bettola araba? taverna indiana?... Chi sa?
Certo è che la foia affocava quell'antro
e il rimorso ne scrollava le mura!...

FT. Marinetti, Distruzione. Poema Futurista. 2

Esta mañana me escapé de mis casillas, me salí de las madres. Había enfocado el día con la mejor intención. La de aguantar el peso de la jornada más correosa de la semana: la del miércoles. Pasar por toda la serie de las horcas horarias sin hacer ruido, desapercibido, cataléptico, normal, "como lo de siempre". Pero debía tenerla jurada en alguna de las zonas; algún diabólico decano me había asignado la casilla mala y a la primera de cambio tropecé y caí. Alguien preguntó (pero ¿es que no se puede preguntar, es que la pregunta -seña de libertad- va a estar prohibida?) mal, la pregunta en mal momento salió desviada, peraltó y me crismó en la paciencia, me desencuadernó a resultas y las partes se me fueron solas por sus esquinas y un haz de luces rojas y latidos cerebelosos (bum, bum) aconteció y dije cosas, sí, las dije, alcé tonos, casi musiqué, me deslicé...

Deslizarse no está mal si la pista es la prevista. Pero yo me deslicé por un aire torvo y malsano, en el que la pasta blanda de las paredes hacía eco sordo, ensordecido, barato, enguatado, a cámara lenta chapoteando en el barro. Me oía desbarrar yo mismo como si estuviera desprendido y levitara. La pregunta tan solo había sido torpe y a trasmano. En otras épocas uno se podía sentir insultado por menos. Pero ahora ya no. No se lleva. Ahora suelen acorcharse muy oportunamente las entendederas para tales emisiones y longitudes de onda. No se oyen. Pero el ruido, la atención escasa... El texto lorquiano que se comentaba ya estaba preformado, precocinado y predigerido. Un sobreempuje, algo más allá de lo consabido (¡error!). ¿Por qué no? En medio de las reconvenciones dirigidas ya por hábito a un sector lateral, donde la pandilla de siempre trapicheaba noticias frescas de la víspera en poderoso bajo ostinato, y de los siempre vanos intentos por hacerse oír, tanteé una interpretación del fragmento (aquel de la madre de Adelaida y sus oscuros orígenes) que los apuntes al uso no recogían (era una posibilidad, una variación), pero entonces el puñetazo me alcanzó el mentón acústico con el pie cambiado; escuché algo sobre la utilidad de inventar explicaciones que a nadie interesan ni si al cuento que nos trae vienen o van ni a otro cuento cualesquiera... (¿Era ésa la pregunta? ¿La del a cuento de qué o para qué? ¿La pregunta utilitarista?).
No debí entender bien. Metí la marcha y dejé correr el vehículo (ὄχημα) con la velocidad famosa de Samotracia y...

¡Qué lento e inútil es todo eso de arrepentirse...!

sábado, 28 de abril de 2007

Una incitación a la escritura

Hace años, cuando todavía confiaba en las posibilidades de nuestra reforma educativa (el modelo vigente), puse en marcha en mi centro unos talleres de escritura, con el (pareciera que) sano propósito de fomentar el hábito de escribir en mis alumnos, pues creía (así lo pensaba por entonces y lo sigo pensando) que el desarrollo de las capacidades de lectura y escritura, por sus implicaciones globales, debería ser el eje central de la enseñanza de la lengua. El progresivo deterioro de la educación secundaria en los últimos años hace, a mi juicio, más perentoria la necesidad de reforzar esas actividades desde los niveles de primaria. Pero no parece haber ni el más mínimo signo externo de que esto sea así, o de que si lo es, surta efectos positivos, sino más bien de lo que hay indicios firmes es de todo lo contrario: los alumnos que alcanzan los tramos finales del Bachillerato muestran carencias cada vez más graves en las capacidades que permiten, digamos, entender un texto de mediana complejidad (sus propios libros de estudio) y, por ejemplo, realizar tareas con él como la de resumirlo por su propia cuenta. No pueden. Ellos solos (sin una guía, el profesor, que les lleve de la mano y les diga qué es lo que sí y qué es lo que no hay que retener) no son capaces de resumir 6 páginas de un libro de texto y convertirlas en 2 páginas de escritura de elaboración personal, una vez escuchada una explicación no repetitiva de esas mismas 6 páginas. Llegan al Bachillerato con un utillaje tan primitivo para el empleo de la lengua como medio de conocimiento que hace diez años (no digamos veinte) sería considerado inaceptable en un alumno que empezara la educación secundaria. Así están las cosas y parece que van a seguirlo estando, si es que no empeoran. Pero lo peculiar del caso (lo que le da todo su sabor) es que, al constatarlo, y al indignarse uno tras sentir en carne propia los efectos de esa constatación, diríamos que se percibe entre los compañeros esa como peculiar sorna con que los apegados a la realidad jalean a quien no está dispuesto a aceptar lo irremediable.

El otro día una alumna de 3º de ESO me pidió colaboración para una pequeña revista mensual que editan en multicopia. Al buscar en mis ya viejas carpetas cierta "exhortación a la escritura" que recordaba haberles repartido, a manera de panfleto, en los años de la ilusión, me encontré con esto que ahora os pongo aquí y que el lunes le pasaré a esa mi alumna para su número de mayo.

LA AVENTURA DE ESCRIBIR: UNA INCITACIÓN (1)
Las palabras nos parecen algo ajeno, algo que aprendemos. Pero las palabras están ahí para ser usadas, para que hagamos algo con ellas; más aún, no son verdaderamente palabras hasta que no las decimos, hasta que no hacemos que encajen como guantes en nuestras ideas, en ese impulso de decirle algo a alguien. Este es el valor de las palabras: son, como quizá hayáis aprendido en la asignatura de Lengua, medios de comunicación. Pero también tienen otra función, sirven para algo más.
Las palabras pueden llegar a transformarse en eso que quizá os parezca que tan sólo hacen los escritores: convertirlas en literatura. Pues, aunque no lo creáis, cada una de vosotros podéis también ser escritores; modestamente, pero lo podéis ser. Las palabras pueden crear algo nuevo, algo que no había sido dicho antes y que vosotros decís con ellas, algo que solamente cada uno de vosotros puede decir con vuestras palabras propias, con esas con las que cada uno dice lo que ha pensado, sentido, o imaginado en un determinado momento. Aunque, claro, para eso primero necesitamos sentir, imaginar, pensar. Y sólo lo que imaginamos, sentimos o pensamos cada uno de nosotros en un determinado momento hace que determinadas palabras nos sean imprescindibles y que así pasen, de ser palabras corrientes de cada día, a convertirse en palabras nuevas o que se nos revelan nuevas, como distintas y recién estrenadas, para decir por primera vez lo que queremos decir, lo que imaginamos. Pero ¿qué es imaginar? ¿En qué consiste y cómo funciona la imaginación?
Seguramente todos habréis imaginado, es decir, habréis inventado mundos, seres, situaciones, aventuras imposibles o irreales (o no tan imposibles, pero que consideráis que son “sólo para vosotros” y no para traerlas por aquí, al Instituto, ni mucho menos comentárselas al profesor) y después de reíros un poca de vosotros mismos habréis pasado a ocuparos de cosas más útiles o más reales. Es posible también que, con cierta vergüenza, os hayáis considerado un poco ridículos por pensar o imaginar ese tipo de cosas “raras”. Uno puede, es muy libre de pensar e imaginar absurdos, cosas imposibles e inventadas: todos lo hacemos constantemente, pero también es posible que en ciertas ocasiones (aunque no fuera más que una vez de cada cien) aquello que hemos pensado imaginativamente, al menos por una vez, tuviera una especial fuerza, la intensidad de algo que brilla con luz propia, algo que nos arrastra mientras dura, pero que, al poco rato y tras olvidarlo y sustituirlo por algo más urgente o inmediato, ya lo hemos perdido para siempre. Sin embargo, esta vez, aunque sólo fuera en esta ocasión, lo que habíamos pensado o imaginado (y perdido) no era algo absurdo, no era una simple tontería; pero por desgracia lo hemos tratado igual que si lo fuera.
Lo hemos olvidado, hemos tirado a la basura quizá algo valioso de nosotros; posiblemente incluso lo más valioso de nosotros, eso que pudiera haber sido el principio de nuevos pensamientos e imaginaciones, de belleza o de idea nuestra y sólo nuestra. Y todo simplemente porque no hemos creído que valiera la pena coger un bolígrafo o un lápiz para tratar de contarlo, para tratar de conservarlo en palabras.
¿Por qué no nos hacemos una promesa, una promesa, si queréis, secreta y que nadie tiene que conocer? En el momento en que nos dejemos llevar por uno de esos “ratos extraños” en los que solemos quedarnos pensando vagamente en nuestras cosas, en esas cosas en que solemos pensar como sin querer; y cuando notemos que aquello en lo que pensamos o imaginamos nos resulta especialmente interesante, intenso, divertido, apasionante o terrible (es decir, nos parezca que “importa”, que tiene interés para nosotros) entonces y sólo entonces ¿por qué no hacemos el pequeño esfuerzo de echar mano del primer boli o lápiz que tengamos cerca e intentamos escribirlo, explicarlo, hacer algo con ello? Eso que imaginemos podrá ser muchas cosas: puede ser una idea que se nos ocurra, algo que hemos visto y nos ha llamado especialmente la atención y no acabamos de saber bien por qué. Pero si intentamos explicarlo y, para hacerlo, sí, para explicárnoslo a nosotros mismos, lo escribimos, entonces eso que no sabíamos muy bien qué o cómo era, esa idea más a menas oscura, es posible que empiece a aclararse o a transformarse o a crecer (literalmente en nuestras manos) o incluso todo ello junto y a la vez, y también es posible que se complique más (lo que no está nada mal); en fin, que es muy posible que se nos convierta en algo distinto, algo que no sabíamos antes y que va cambiando según lo intentamos explicar o contar o describir, y esa cosa se convierte, a su vez, en otra y esa en otra y así hasta llegar a algo que ni siquiera hubiéramos sospechado que podríamos descubrir al principio. Cuando nos encontramos a solas con las palabras pueden pasar muchas cosas, infinitas, y siempre inesperadas.
Aunque, claro, no siempre suele ser tan fácil. Si estamos poco entrenados en este juego es muy probable que las palabras se resistan a venir, o que las que nos llegan no sean exactamente las que necesitamos, etc. Un buen diccionario puede ayudarnos mucho. Y, de todas maneras, tampoco os preocupe demasiado si lo que escribimos no nos sale perfecto en el primer intento o lo que nos sale nos parece una tontería. Porque, en definitiva, nadie va a saberlo, nadie más que nosotros… Y siempre podremos intentarlo de nuevo o de otra manera. Podemos dejar descansar esas tentativas o borradores por un tiempo y volver más tarde sobre ellas. Quizá entonces los veamos desde otro punto de vista y todo de repente se aclare y lo que parecía difícil o imposible resulte fácil y sencillo. Nunca hay que desanimarse.
Y, sobre todo, nunca tengáis pereza por escribir. ¿Qué no nos sale a la primera? Los mejores escritores son los que más corrigen, los que escriben cuarenta veces la misma página. Sólo escribiendo una vez y otra aprenderemos a escribir. Esto mismo que yo os escribo, lo leí hace ya mucho en clase y, mientras lo leía, lo cambiaba, y ahora que lo vuelvo a leer lo vuelvo a cambiar y mientras lo paso al ordenador lo estoy cambiando de nuevo.
Si nos atrevemos a escribir lo que pensamos o imaginamos, nos tomamos a nosotros mismos en serio: damos valor a nuestro pensamiento, a nuestras ideas y a nuestra imaginación. Porque lo que pensamos, lo que sentimos e imaginamos somos nosotros mismos, es lo realmente nuestro. ¿No vamos, entonces, a cuidarlo? Cada vez que lo hacemos somos más nosotros mismos que antes, más dueños de nuestras ideas y de nuestras sentimientos. Y si al escribir tomamos conciencia de lo que somos y nos damos cuenta de lo que pensamos, de nuestros errores y aciertos, y tratamos de llevar nuestro texto hacia adelante, una y otra vez, y sin desanimamos; si hacemos eso, lograremos vivir de verdad nuestro mundo interior, habitarlo como “dueños” verdaderos, encontraremos nuestra verdad, esa que no existe hasta que no logramos hacerla, construirla, crearla, es decir, escribirla nosotros.
Si lo hacemos así, nos haremos también a nosotros mismos, seremos más nosotros mismos (sí, eso es posible), y, gracias al pensamiento y a la imaginación, podremos ser todos los demás, ser muchos otros, cientos de seres, y al tiempo, y por ello mismo, más nosotros que antes; pues nos hemos hecho conscientes de lo que somos y pensamos, ya lo dominamos, somos sus dueños, y ya no nos limitamos a pensar de prestado o a repetir lo que otros han dicho. Sólo así lograremos ser más libres, como sólo es libre de verdad el que ya sabe por qué y cómo vive, qué es lo que cree y lo que piensa. Escribiendo podremos pensarlo todo e imaginarlo todo para vivir así realmente, y desde dentro, nuestra propia vida.

______________
(1) Este panfleto, que iba dirigido a mis alumnos del Taller (y, de paso, a los demás), es el único fruto perceptible de mi trato, por entonces intenso, con la psicología cognitiva y procesual de la enseñanza de la escritura (en especial la norteamericana): los Brunner, Beaugrande, Flower, Graves y, sobre todo, aquel libro revelador, obra de la mágica pareja: Carl Bereiter y Marlene Scardamalia, The Psychology of Written Composition, Lawrence Erlbaum Associates, Publishers, Hillsdale, New Jersey, 1987. Tan escondida estaba la fotocopia que he revuelto toda la habitación hasta dar con ella.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Agitación



«La limousine recorría las calles sin que las cortinillas me permitieran ver el trayecto que seguíamos...»
Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta, II, iii, [28].




Daba una clase esta mañana, de esas de última hora. A última hora es raro que uno esté para demasiadas florituras; sobre todo cuando tanto ellos como tú lleváis ya cinco horas detrás de faena e interesante convivencia. Pero había que hacer una labor, una labor determinada. Esa labor. Ya sabéis: hay ocasiones en que hay que hacer una cosa, esa cosa precisamente y no otra y las circunstancias están ahí con su cara de ellas mismas; pero, guste o no, lo que importa es que la cosa es la cosa y está allí, con o sin, con esas o con otras circunstancias, sea primera o última hora, te apetezca o no: son las dos y tienes que comentar esa escena de Lepprince y el pobre Javier Miranda en el Casino de Barcelona cuando el primero tan eficazmente convence al segundo para que se case con María Coral en la secuencia 28 del capítulo III de la segunda parte de La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza, pues la novela es texto preceptivo de la prueba de Selectividad (Lengua y Literatura) que los tales alumnos habrán de afrontar en junio. Ése es el caso.

Bueno, pues, siendo ese el caso, y asimilada la necesidad de tener con él algún trato ecuánime y, si no dispendioso, al menos suficiente, me disponía a sortearlo como siempre a tales horas. El curso, digo, a última hora se muestra imposible. Bueno, seamos realistas: casi todos los cursos (incluido el famoso y platónico curso ideal) a última hora resultan imposibles. Se despliega una dinámica férrea en que, por mucha intensidad de voz que le adjudiques a la perorata (tiene que ser perorata, no vale la pizarra; comentas un texto, no desarrollas matrices ni obscenidades matemáticas similares, no: voceas comentarios con un texto en las manos), acabas manteniendo conectadas unas cuantas (pocas) caras próximas y el resto se diluye en sus asuntos cuando no inicia alguna partida de mus discreta en la esquina del fondo.

Siendo todo lo anterior algo ya sabido desde siempre y que se da por descontado, me disponía a comentar la escena con pocas ganas y para salir del paso. Pero no sé qué es lo que me ocurrió que, sin motivo aparente, me fui animando. Sin razón ninguna. Me fui animando porque sí. Sin más. No había razones a no ser que la sensación de desinterés que se mascaba ("a ver si pasa la hora y este pelmazo nos deja tranquilos") y que tú leías con grandes letras en las caras fuera una buena razón. Hay que ser masoquista o algún modélico franciscano de los de antes para seguir ese ping-pong. No. Fue un repente absurdo. Empecé a sudar y me animé.Ya sé que lo normal sería decir que me animé y empecé a sudar como fruto de la animación, de la hora que era y de ese sol bastante implacable que sacude directamente sobre la mesa del profe (o en su discreta calva) en esas clases y a esa hora sin hacer caso alguno de que fuera no haga calor (pues dentro hay calefacción y da el sol). Consecuencia: sudas. Obediente, me puse a sudar, y algo hubo en el detalle que me fastidió tanto que casi se diría que me propulsó a interesarme muchísimo en el texto del Savolta, muchísimo, tanto como si me importara, casi incluso como si lo hubiera escrito yo mismo y lo tuviera que defender ante una pandilla de incomprensivos críticos detractores. Y, claro, sudaba más y cuanto más sudaba más me picaba la situación y algunos alumnos ya ponían entonces cara divertida. (Me pregunto ahora: "¿ponían cara divertida ante mi aspecto de agitación sudorosa o porque les llegaban las ocurrencias, los ejemplos que se me ocurrían para acercarles las explicaciones y las observaciones al pasaje y a su arte de la composición, su retórica, su artilugio?" No lo sé. Quiero pensar que las dos cosas).

Oí la campana con la última exhalación. Ya no tenía fuelle. ¿Qué había pasado?