viernes, 20 de julio de 2007

Se siente



¿Qué se siente?

La sensación que se siente después de haber cometido una torpeza debe ser parecida o la misma a la que se siente cuando se siente una notable pérdida de suelo: casi todas las tarimas (o baldosas, si es el caso) desaparecen y se acaba por ver algo muy parecido a lo que dibuja Escher en alguno de sus famosos trampantojos: estás pisando un suelo blando y lo que hay detrás de esa huella con agua de lluvia no es agua de lluvia reflejando el cielo, sino el cielo mismo, o mejor en este caso, el mismo infierno al que ya te estás cayendo. Ay, que me caigo. Y antes del "qué" ya estás abajo. Cuesta decirlo y caerse casi lo mismo que cuesta cometer la torpeza bienintencionada (más torpe, por lo general, aún si cabe que la malintencionada, pues que esa al menos se agarra de la potencia de la mala intención y se medio aguanta, y casi se sostiene; la primera, no: cae redonda y sin pasamanos ni bastón, y parece vestida incluso de hipocresía). Mejor te hubieras callado. No. No lo has hecho, aunque no puedes decir que no pensaste durante una mínima fracción de segundo antes de cometerla que pudieras estar a punto de pisar la famosa huella de la condenación. Sé sincero: lo pensaste o lo barruntaste al menos. Y justo en el instante en que el pensamiento parecía adoptar la posición de prudencia, sin llegar al "no lo hagas", antes del "hagas" ya habías dado el paso, mientras tu huella, en lo alto, te veía caer.

lunes, 16 de julio de 2007

Gibbon y Mor de Fuentes

Ya venía leyendo a Gibbon (La Decadencia y caída, 1776-1788) en los tres bloques ladrillaceos de la edición Penguin(1994) desde que los Reyes del 2002 me los pusieran aquel enero. Después me hice con la versión de Carmen Francí del compendio- florilegio que fabricara Saunders sobre el original (reducidas las 3300 págs. que ocupa en la edición Penguin a las 480 en la española editada en Alba-Círculo de Lectores, 2001). Nada sabía por entonces de la versión de don José Mor de Fuentes (Bergnes, Barcelona, 1842) no hace tanto reimpresa en facsímil (Turner, 1984, 8 vols.), hasta que ahora la veo "reeditada" por la misma Turner (Madrid, 2006, 4 vols.) o, digamos, "reconstruida" por cuatro traductores o "calafateadores" que la han purificado de las adherencias indeseables del casticismo de don José hasta volverla aceptable a los oídos modernos. ¡Que odiosas transfusiones todas ellas, sí, desde la resumidora del Saunders hasta esta de "repintado" o desbastado y modernización! Dice la señora Francí en un comentario que don José tenía ese defecto como traductor, el del exceso casticista, por lo que, según parece, con esta "depuración" se le ha querido librar ahora de semejantes "vejeces" (¡ay! la lengua moderna, sigue la señora Francí, ha prescindido de tales antiguallas idiomáticas y ha derivado hacia un cierto "galicismo"; ese mismo que procuraba evitar don José en su versión). Que haya lectores, como Gimferrer, que gusten de leer a Gibbon en el original y, a la vez, que se deleiten con la traducción "castiza" del ilustrado Mor de Fuentes, a la señora Francí se le antoja una "rareza" (precisamente en un libro así titulado, Los raros, cataloga Gimferrer a Mor de Fuentes). Cuando leía esas tan juiciosas apreciaciones (que serán las mismas que han llevado al "arreglo" actual de la nueva versión que motiva estas líneas) pensaba para mí: "pues entonces ya somos dos: yo también hubiera querido tener la traducción de Mor auténtica (y quizá me la procure) antes que esta reparada que, en definitiva no es ni de la genuina carne casticista y aragonesa de don José Mor ni del pescado de la correcta traducción normalizada y contemporánea". Un híbrido.
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Edward Gibbon, The History of the Decline and Fall of The Roman Empire, edited by David Womersley, Penguin Books, 1995, 3 vols. [I-CXI+1114; 1009; 1353]. E.G. Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, edición abreviada de Dero A. Saunders, Traducción de Carmen Francí Ventosa, Círculo de Lectores, Barcelona, 2001, 479 págs. E.G. Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, Traducción original de José Mor de Fuentes [adaptación de Gonzalo Blanco, Liliana Cosentino, Conrado Ferre y Verónica Zaccari], Turner, Madrid, 2006, 4 vols.

Mor de Fuentes en la red:
Sobre El Bosquejillo y otras obras

http://www.saltana.org/1/tsr/57.html
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12362749710145940987213/index.htm
http://www.ucm.es/BUCM/revistas/fll/02122952/articulos/DICE9090110113A.PDF
Comentario de Carmen Francí a la versión de Gibbon (incluye un resumen biográfico de Mor)

http://www.saltana.org/1/tsr/51.html
Sobre Gibbon

http://es.wikipedia.org/wiki/Edward_Gibbon


Una muestra

It is incumbent on us diligently to remember that the kingdom of heaven was promised to the poor in spirit, and that minds afflicted by calamity and the contempt of mankind cheerfully listen to the divine promise of future happiness; while, on the contrary, the fortunate are satisfied with the possession of this world; and the wise abuse in doubt and dispute their vain superiority of reason and knowledge.
We stand in need of such reflections to comfort us for the loss of some illustrious characters, which in our eyes might have seemed the most worthy of the heavenly present. The names of Seneca, of the elder and the younger Pliny, of Tacitus, of Plutarch, of Galen, of the slave Epictetus, and of the emperor Marcus Antoninus, adorn the age in which they flourished, and exalt the dignity of human natures. They filled with glory their respective stations, either in active or contemplative live; their excellent understandings were improved by study; philosophy had purified their minds from the prejudices of the popular superstition; and their days were spent in the pursuit of truth and the practice of virtue. Yet all these sages (it is no less an object of surprise than of concern) overlooked or rejected the perfection of the Christian system. Their language or their silence equally discover their contempt for the growing sect which in their time had diffused itself over the Roman empire. Those among the who condescend to mention the Christians consider them only as obstinate and perverse enthusiasts, who exacted an implicit submissin to their mysterious doctrines without being able to produce a single argument that could engage the attention of men of sense and learning.

(Texto original. Chap. XV, ed. Penguin, vol. I, 510)
Lo tomo de http://www.saltana.org/1/tsr/53.html donde, por error, se atribuye al capítulo XIV.
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No cabe prescindir del recuerdo sublime de que fue prometido el reino de los cielos al escaso de alcances, y que los ánimos acosados por la desdicha y el menosprecio de las gentes escuchan placenteramente la oferta divina de una bienaventuranza venidera, al paso que, por el contrario, los dichosos se dan por satisfechos con la posesión de este mundo, y allá los sabios devanean sin término con sus dudas y contiendas por sobresalir con su agudeza y sabiduría.
Tenemos que acudir a estas reflexiones para rehacernos un tanto de aquel descarrío de personajes esclarecidos que, en nuestro concepto, eran sumamente acreedores del regalo del empíreo. Los nombres de Séneca, de entrambos Plinios, de Tácito, Plutarco, Galeno, el esclavo Epicteto y el emperador Marco Antonino hermosean el tiempo en que vivieron y realzan la excelencia de la naturaleza humana. Desempeñaron esclarecidamente sus peculiares cargos, ya en la vida activa, ya en la contemplativa; perfeccionó el estudio sus grandiosos entendimientos; había acrisolado la filosofía sus pechos de las vulgaridades de la superstición popular, y dedicaron sus días a buscar la verdad y practicar la virtud. Mas todos estos sabios (no es menos doloroso que extraño) se desentendieron o se desviaron de las sublimidades de la religión cristiana. Silencio u habla al par están demostrando su menosprecio de aquella secta asomante, que en su tiempo se había derramado por todo el imperio romano. Los que se allanaron a nombrar a los Cristianos los conceptúan como entusiastas pertinaces y malvados que se empeñaban en requerir un rendimiento rastrero a sus doctrinas misteriosas, imposibilitados de alegar una sola razón que mereciese el aprecio de sujetos sensatos e instruidos.

[Mor de Fuentes, 1842]
Copiado de http://www.saltana.org/1/tsr/53.html. Modernizo la grafía.
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Debemos recordar con diligencia que se prometió el reino de los cielos a los pobres de espíritu, y que los individuos afligidos por la desgracia y el desprecio de las gentes escuchan con alegría la promesa divina de felicidad futura; por el contrario, los afortunados quedan satisfechos con las posesiones que tienen en este mundo, y los sabios abusan de la duda y disputan por ser superiores en razón y conocimientos.
Estas reflexiones resultan necesarias para consolarnos por la pérdida de algunos personajes ilustres, que a nuestros ojos podrían haber parecido los más dignos de un regalo celestial. Los nombres de Séneca, de Plinio, tanto el Viejo como el Joven, de Tácito, de Plutarco, de Galeno, del esclavo Epicteto y del emperador Marco Antonino embellecen la época en que florecieron y exaltan la dignidad de la naturaleza humana. Cubrieron de gloria sus respectivos cargos, fuera en la vida activa o contemplativa; su excelente entendimiento mejoró con el estudio, y, después de que la filosofía purificara su mente de los prejuicios de la superstición popular, dedicaron sus días a la búsqueda de la verdad y a la práctica de la virtud. Sin embargo, todos estos sabios (cosa que resulta tan sorprendente como preocupante) despreciaron o rechazaron la perfección del sistema cristiano. Tanto su lenguaje como su silencio revelan el desprecio que sentían por aquella secta que en su época se había extendido ya por todo el Imperio Romano. Aquellos que se dignan a mencionar a los cristianos los consideran tan sólo unos entusiastas perversos y obstinados que exigían una sumisión implícita a sus misteriosas doctrinas sin ser capaces de producir un solo argumento que pudiera atraer la atención de los hombres sensatos y sabios.

[edición resumida de Saunders, versión de Carmen Francí, Círculo de Lectores,2001, p. 229]
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Nos incumbe recordar cuidadosamente que el Reino de los Cielos fue prometido a los pobres de espíritu, y que los ánimos acosados por la calamidad y el menosprecio de los hombres escuchan placenteramente la oferta divina de una bienaventuranza venidera; mientras que, por el contrario, los dichosos se dan por satisfechos con la posesión de este mundo, y los sabios devanean sin término con sus dudas y disputan su vana superioridad de razón y conocimiento.
Tenemos que acudir a estas reflexiones para rehacernos de la pérdida de algunos personajes ilustres que, en nuestro concepto, eran los más dignos a los dones celestiales. Los nombres de Séneca, de ambos Plinios, de Tácito, Plutarco, Galeno, del esclavo Epícteto y del emperador Marco Antonino adornaron la época en que florecieron y exaltaron la dignidad de la naturaleza humana. Llenaron de gloria sus respectivos cargos, tanto en la vida activa como contemplativa; el estudio perfeccionó sus excelentes entendimientos; la filosofía purificó sus almas de los prejuicios de la superstición popular, y dedicaron sus días a buscar la verdad y practicar la virtud. Pero todos estos sabios (no es menos doloroso que extraño) pasaron por alto o rechazaron la perfección de la religión cristiana. Su palabra o su silencio descubren igualmente su menosprecio hacia aquella secta creciente, que en su tiempo se había difundido por todo el Imperio Romano. Los que condescienden a nombrar a los cristianos los consideran como entusiastas obstinados y perversos que se empeñan en requerir una exacta e implícita sumisión a sus doctrinas misteriosas, sin ser capaces de alegar una sola razón que pueda llamar la atención de los hombres sensatos e instruidos.

[edición “reparada” sobre la versión de Mor de Fuentes, Turner, 2006, tomo I, p. 379]

domingo, 17 de junio de 2007

Tom Raworth

Interrumpo esta serie americana con un británico (aunque creo que, como poeta, no se empeña demasiado en ser británico y es muy amigo de algunos americanos de los que han ido saliendo en este blog, y especialmente de dos: Creeley y Edward Dorn). Tenía por ahí suelto ese borrador de traducción (una comprobación de que lo que se pierde en estos trasvases es casi todo).

Nacido (1938) y educado en Londres. Ha viajado durante los 70 por Estados Unidos y México. Desde el 1977 es "poeta residente" en el King's College de Cambridge. Autor de más de 40 títulos de poesía (desde pequeñas plaquettes casi inencontrables a libros, antologías, o colaboraciones varias con artistas gráficos o músicos tanto en Inglaterra y Estados Unidos como en Francia, Italia, etc.).

Los Collected Poems, Carcanet, Manchester, 2003 recopilan por primera vez el conjunto de su obra.


SIGNIFICADO

Soy mi propio sueño no el martillo
de libros con números
no el análisis
no la nada del futuro
niños cálidos
pupitres amarillos autobuses azules
racimos de semilla de estrella
sacadme de las cortinas y llevadme a los colores:
radios de madera
no seré
ningún stalin de la memoria
ningún hitler de la forma
escribiré por nada
más que la marejada sonora
primera noche roja estrella brilla
botas con agujeros en lugar de tacones.

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meaning

i am my own dream not the hammer
of books with numbers
not the analysis
not the nothing of future
warm children
yellow benches blue buses
star seed clusters
take me from curtains to colour
wooden radios
i will be
not the stalin of memory
nor the hitler of form
i will write for nothing
but the surge of sound
first night red star shines
boots with holes for heels

De la serie "Message Bottle" en Four Door Guide, Street Editons, Cambridge, 1979 (Collected poems, Carcanet, 2003, p.232)

miércoles, 23 de mayo de 2007

David Shapiro

Newark, New Jersey, 1947. Como el anterior pertenece al grupo neoyorquino en su segunda generación. Publicó su primer libro (January, 1965) a los 18 años. Kenneth Koch, Frank O'Hara y Ashbery son sus mentores iniciales (es autor del primer estudio monográfico sobre Ashbery). Profesor de historia del arte en la William Paterson University y crítico de pintura (es autor de estudios sobre Jasper Johns y el expresionismo abstracto).

Escojo un poema de su antología New & Selected Poems(1965-2006), The Overlook Press, NY, 2007, p. 40-41


Para la Princesa Hello

Puentes que, un tanto por motivo de ausencia,
como los circos, han cambiado de lugar,
y la madera pudre en razón de la circunstancia
y, así lo creo, por motivo de su compromiso
con la luz, y algo semejante a la luz,
cuyo voltaje acabará por agostarse,
estos puentes que llegan como todos los puentes
para cambiar y ser repintados.

La piedra llora cuando mide un vacío,
la madera piensa en el siglo pasado.
Ambas se odian por costumbre
y no alcanzan a contener su montañosa
dualidad, como pavo con dos plumas
arrastradas por el viento, cuando se vuelven
plumas de nada sin esfuerzo:
tal el cambio definido por un pavo.

Los puentes viejos se debilitan con caricias,
descubren la constante en un círculo
que rodea cuarenta y siete figuras planas
inventadas en puertos extranjeros;
¡el mentiroso y su mentira
se apoderan de la ciudad mezcla de razas!
Y estos puentes llegan como todos los puentes
para cambiar y ser repintados.

Es dulce seguir el rastro de un puente
y enfadarse sin saber por qué
cuál de los arquitectos tendrá éxito
en abovedado, distinción y enlucido.
¡Cuántas sesiones de nueve comités
ocupadas en los puentes de la ciudad!
Que cada uno ha sido repintado.

Los de piedra al igual que los de madera prometen
elevados sobre nosotros, separar
al estudiante empedernido de los suspiros
de la joven, con la boca abierta:
cada uno conserva la ventaja
de fuerzas que esquivan cuanto se te ocurra decir
en cada uno de tus falsos lenguajes:
a su tiempo será repintado.


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Debo agradecer a Jonathan Mayhew (poeta, hispanista, experto en jazz y buen conocedor de poesía española y norteamericana) que me llamara la atención desde su blog "Bemsha Swing" sobre estos tres poetas neoyorquinos (de Joseph Ceravolo sólo tengo lo que he ido picando en Internet: ya os pondré algo en cuanto me llegue la selección que he encargado).
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For the Princess Hello

Bridges that, a little because of absence,
Have like circuses changed their sites,
And the wood rots due to circumstance,
And, I believe, because of their engagement
To light, and something like light,
Whose voltage will run dry,
These bridges come like all bridges
To change and be re-painted.

Stone cries when it spans a void,
Wood thinks about the last century
Both hate each other by custom
And can't contain their mountainous
Duality, like a turkey with two feathers
Pushed by the wind, turning
Into feathers of nothing without sweat:
A turkey's definition of change.

The old bridges faint under caresses,
Discovering the constant in a circle
Around forty-seven plane figures
Which they invented in foreign ports;
The liar and his lie
Win over a racially mixed city!
And these bridges come like all bridges
To change and be re-painted.

It's sweet to follow the trace of a bridge
And get angry without knowing why
Which one of the architects will succeed
In vaulting, character, and facing.
All the days of nine committees
Have been concerned with city bridges!
Now you will see the proof
That each has been re-painted.

Both stone and wooden bridges promise
Elevated above us, to separate
The hardened student from the breaths
Of a young girl, mouth open:
Each conserves the advantage
Of forces despite everything you say
In each of your false languages:
In its turn will be re-painted.

domingo, 20 de mayo de 2007

Ron Padgett

En esta sección de bienvenidas a libros que llegan de lejos, nos toca esta noche saludar a Ron Padgett (Tulsa, Oklahoma, 1942), miembro de la 2ª generación de la Escuela de Nueva York (Kenneth Koch y Ted Berrigan le son especialmente cercanos).

Traduzco uno de los primeros poemas que me llama la atención al abrir la breve antología a que me refiero (New and Selected poems, David Godine, Boston, 1995; y cuya portada -sobre un gouache de Joe Brainard- reproduzco).


Hablando con Vladimir Mayakovsky

Vale, lo admito:
Fue sólo un sueño que tuve la noche pasada.
Pateaba un sendero embarrado,
uno más en la fila de los sin techo,
en los oscuros andurriales de Nueva York,
el crepúsculo sucio y derrengado,
el futuro sin esperanza
mientras seguíamos andando
con andrajos gastados de proletario.
A mi izquierda iba Mayakovsky, con la cabeza rapada,
y junto a él su amigo
con la barba gris y gorra oscura.
"Admitirás" -estaba diciendo
Mayakovsky-, "que éste es un bonito modo
de escribir un poema".
"Sí" -dije-, "el momentum
aguanta mientras caminemos,
el paisaje desolado se cuela en cada palabra,
y eres libre de decir lo que te parezca".
"Eso es porque estamos dentro del poema"
-dijo-, "no fuera". Charcas
de agua aceitosa brillaban pálidas bajo las nubes rasas.
"Por eso mis poemas eran tan grandes:
cabe más dentro".
La dura línea de su mandíbula se dobló
y los hombres se dispersaron. Seguí
a su amigo por detrás de un muro
para escuchar la marcha del poema
en la conferencia que el amigo daba sobre historia,
pero no, el verdadero poema había terminado.
Me volví al sitio
donde el poema había terminado.
Vladimir había dejado el poema.

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Talking to Vladimir Mayakovsky

All right, I admit it:
It was just a dream I had last night.
I was trudging along a muddy path
in a column of downcast men
on the blackened outskirts of New York,
the twilight dingy and ruined,
the future without hope
as we marched along
in our soiled, proletariat rags.
To my left was Mayakovsky, head shaved,
and next to him his friend
with gray beard and dark cap.
You've got to admit," Mayakovsky
was saying, "that this is a pretty good
way to write a poem."
"Yes," I said, "the momentum
is sustained by our walking forward,
the desolate landscape seeps into every word,
and you're free to say anything you want."
"That's because we're inside the poem,"
he said, "not outside." Puddles
of oily water gleamed dully beneath the low clouds.
"That's why my poems were so big:
there's more room inside."
The hard line of his jaw flexed and
the men dispersed. I followed
his friend behind a wall
to hear the poem go on
in the lecture the friend was giving on history,
but no, the real poem had finished.
I went back to the spot
where the poem had finished.
Vladimir had left the poem.

(New and Selected poems, p. 4)

domingo, 6 de mayo de 2007

Tiempo de cuneta

Yo, en cambio, no conduzco. Él sí lo hace, y debe de hacerlo muy bien, pues parece que le gusta. Y a ella. Siento envidia de la gente que conduce y disfruta de ese arte. Que vive los viajes, que siente la emoción física del paisaje móvil, del deslizamiento de árboles, tierras, trigos por la línea de fuga de la ventana.
A veces mira los restos de una estación abandonada. Esa es, para mí, una emoción de trenes, de viajes en tren y paradas lentas en apeaderos abandonados, derruidos, desolados (pasé no hace mucho por aquel de Soria -¿el de Cabrejas?- donde filmaron la escena del regreso a Varikino del Dr. Zhivago). La ruina reciente, tan habitual en la novela española del franquismo tardío (tiempos congelados). ¿Por qué ese angustioso anhelo de atarse al anzuelo del tiempo? ¿Por qué esa gana de fijarlo, de fotografiarlo, de patentizar su condición inestable y pasajera, de "patetizarla" así, por implicación?

Un pájaro suspendido, casi quieto, sobre algún árbol escuálido en cualquier carretera perdida.

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Don Pedro Romero es el autor de esa fotografía del apeadero de Cabrejas. Fue realizada el año 2003 como se indica en la web soriana de donde, agradecido, la tomo.

El lector alerta ya habrá detectado la contradicción: digo sentir la emoción del apeadero abandonado desde el tren y enseño una foto del de Cabrejas y le hago objeto reciente de la tal experiencia. "¡Mentira!" se dirá el lector avisado, y con razón, pues la línea Burgos-Calatayud, con parada en Cabrejas y San Leonardo, entre otras localidades, hace ya mucho tiempo que dejó de dar servicio (antes incluso de que se ofreciera como marco incomparable para la mencionada escena de la cinta de David Lean). Luego, si la contemplé hace poco sería desde un automóvil, en figura de paquete, y mientras se me trasladaba a la aldea cercana de Herreros, en una de cuyas casas rurales pasé la nochebuena última.

sábado, 28 de abril de 2007

Una incitación a la escritura

Hace años, cuando todavía confiaba en las posibilidades de nuestra reforma educativa (el modelo vigente), puse en marcha en mi centro unos talleres de escritura, con el (pareciera que) sano propósito de fomentar el hábito de escribir en mis alumnos, pues creía (así lo pensaba por entonces y lo sigo pensando) que el desarrollo de las capacidades de lectura y escritura, por sus implicaciones globales, debería ser el eje central de la enseñanza de la lengua. El progresivo deterioro de la educación secundaria en los últimos años hace, a mi juicio, más perentoria la necesidad de reforzar esas actividades desde los niveles de primaria. Pero no parece haber ni el más mínimo signo externo de que esto sea así, o de que si lo es, surta efectos positivos, sino más bien de lo que hay indicios firmes es de todo lo contrario: los alumnos que alcanzan los tramos finales del Bachillerato muestran carencias cada vez más graves en las capacidades que permiten, digamos, entender un texto de mediana complejidad (sus propios libros de estudio) y, por ejemplo, realizar tareas con él como la de resumirlo por su propia cuenta. No pueden. Ellos solos (sin una guía, el profesor, que les lleve de la mano y les diga qué es lo que sí y qué es lo que no hay que retener) no son capaces de resumir 6 páginas de un libro de texto y convertirlas en 2 páginas de escritura de elaboración personal, una vez escuchada una explicación no repetitiva de esas mismas 6 páginas. Llegan al Bachillerato con un utillaje tan primitivo para el empleo de la lengua como medio de conocimiento que hace diez años (no digamos veinte) sería considerado inaceptable en un alumno que empezara la educación secundaria. Así están las cosas y parece que van a seguirlo estando, si es que no empeoran. Pero lo peculiar del caso (lo que le da todo su sabor) es que, al constatarlo, y al indignarse uno tras sentir en carne propia los efectos de esa constatación, diríamos que se percibe entre los compañeros esa como peculiar sorna con que los apegados a la realidad jalean a quien no está dispuesto a aceptar lo irremediable.

El otro día una alumna de 3º de ESO me pidió colaboración para una pequeña revista mensual que editan en multicopia. Al buscar en mis ya viejas carpetas cierta "exhortación a la escritura" que recordaba haberles repartido, a manera de panfleto, en los años de la ilusión, me encontré con esto que ahora os pongo aquí y que el lunes le pasaré a esa mi alumna para su número de mayo.

LA AVENTURA DE ESCRIBIR: UNA INCITACIÓN (1)
Las palabras nos parecen algo ajeno, algo que aprendemos. Pero las palabras están ahí para ser usadas, para que hagamos algo con ellas; más aún, no son verdaderamente palabras hasta que no las decimos, hasta que no hacemos que encajen como guantes en nuestras ideas, en ese impulso de decirle algo a alguien. Este es el valor de las palabras: son, como quizá hayáis aprendido en la asignatura de Lengua, medios de comunicación. Pero también tienen otra función, sirven para algo más.
Las palabras pueden llegar a transformarse en eso que quizá os parezca que tan sólo hacen los escritores: convertirlas en literatura. Pues, aunque no lo creáis, cada una de vosotros podéis también ser escritores; modestamente, pero lo podéis ser. Las palabras pueden crear algo nuevo, algo que no había sido dicho antes y que vosotros decís con ellas, algo que solamente cada uno de vosotros puede decir con vuestras palabras propias, con esas con las que cada uno dice lo que ha pensado, sentido, o imaginado en un determinado momento. Aunque, claro, para eso primero necesitamos sentir, imaginar, pensar. Y sólo lo que imaginamos, sentimos o pensamos cada uno de nosotros en un determinado momento hace que determinadas palabras nos sean imprescindibles y que así pasen, de ser palabras corrientes de cada día, a convertirse en palabras nuevas o que se nos revelan nuevas, como distintas y recién estrenadas, para decir por primera vez lo que queremos decir, lo que imaginamos. Pero ¿qué es imaginar? ¿En qué consiste y cómo funciona la imaginación?
Seguramente todos habréis imaginado, es decir, habréis inventado mundos, seres, situaciones, aventuras imposibles o irreales (o no tan imposibles, pero que consideráis que son “sólo para vosotros” y no para traerlas por aquí, al Instituto, ni mucho menos comentárselas al profesor) y después de reíros un poca de vosotros mismos habréis pasado a ocuparos de cosas más útiles o más reales. Es posible también que, con cierta vergüenza, os hayáis considerado un poco ridículos por pensar o imaginar ese tipo de cosas “raras”. Uno puede, es muy libre de pensar e imaginar absurdos, cosas imposibles e inventadas: todos lo hacemos constantemente, pero también es posible que en ciertas ocasiones (aunque no fuera más que una vez de cada cien) aquello que hemos pensado imaginativamente, al menos por una vez, tuviera una especial fuerza, la intensidad de algo que brilla con luz propia, algo que nos arrastra mientras dura, pero que, al poco rato y tras olvidarlo y sustituirlo por algo más urgente o inmediato, ya lo hemos perdido para siempre. Sin embargo, esta vez, aunque sólo fuera en esta ocasión, lo que habíamos pensado o imaginado (y perdido) no era algo absurdo, no era una simple tontería; pero por desgracia lo hemos tratado igual que si lo fuera.
Lo hemos olvidado, hemos tirado a la basura quizá algo valioso de nosotros; posiblemente incluso lo más valioso de nosotros, eso que pudiera haber sido el principio de nuevos pensamientos e imaginaciones, de belleza o de idea nuestra y sólo nuestra. Y todo simplemente porque no hemos creído que valiera la pena coger un bolígrafo o un lápiz para tratar de contarlo, para tratar de conservarlo en palabras.
¿Por qué no nos hacemos una promesa, una promesa, si queréis, secreta y que nadie tiene que conocer? En el momento en que nos dejemos llevar por uno de esos “ratos extraños” en los que solemos quedarnos pensando vagamente en nuestras cosas, en esas cosas en que solemos pensar como sin querer; y cuando notemos que aquello en lo que pensamos o imaginamos nos resulta especialmente interesante, intenso, divertido, apasionante o terrible (es decir, nos parezca que “importa”, que tiene interés para nosotros) entonces y sólo entonces ¿por qué no hacemos el pequeño esfuerzo de echar mano del primer boli o lápiz que tengamos cerca e intentamos escribirlo, explicarlo, hacer algo con ello? Eso que imaginemos podrá ser muchas cosas: puede ser una idea que se nos ocurra, algo que hemos visto y nos ha llamado especialmente la atención y no acabamos de saber bien por qué. Pero si intentamos explicarlo y, para hacerlo, sí, para explicárnoslo a nosotros mismos, lo escribimos, entonces eso que no sabíamos muy bien qué o cómo era, esa idea más a menas oscura, es posible que empiece a aclararse o a transformarse o a crecer (literalmente en nuestras manos) o incluso todo ello junto y a la vez, y también es posible que se complique más (lo que no está nada mal); en fin, que es muy posible que se nos convierta en algo distinto, algo que no sabíamos antes y que va cambiando según lo intentamos explicar o contar o describir, y esa cosa se convierte, a su vez, en otra y esa en otra y así hasta llegar a algo que ni siquiera hubiéramos sospechado que podríamos descubrir al principio. Cuando nos encontramos a solas con las palabras pueden pasar muchas cosas, infinitas, y siempre inesperadas.
Aunque, claro, no siempre suele ser tan fácil. Si estamos poco entrenados en este juego es muy probable que las palabras se resistan a venir, o que las que nos llegan no sean exactamente las que necesitamos, etc. Un buen diccionario puede ayudarnos mucho. Y, de todas maneras, tampoco os preocupe demasiado si lo que escribimos no nos sale perfecto en el primer intento o lo que nos sale nos parece una tontería. Porque, en definitiva, nadie va a saberlo, nadie más que nosotros… Y siempre podremos intentarlo de nuevo o de otra manera. Podemos dejar descansar esas tentativas o borradores por un tiempo y volver más tarde sobre ellas. Quizá entonces los veamos desde otro punto de vista y todo de repente se aclare y lo que parecía difícil o imposible resulte fácil y sencillo. Nunca hay que desanimarse.
Y, sobre todo, nunca tengáis pereza por escribir. ¿Qué no nos sale a la primera? Los mejores escritores son los que más corrigen, los que escriben cuarenta veces la misma página. Sólo escribiendo una vez y otra aprenderemos a escribir. Esto mismo que yo os escribo, lo leí hace ya mucho en clase y, mientras lo leía, lo cambiaba, y ahora que lo vuelvo a leer lo vuelvo a cambiar y mientras lo paso al ordenador lo estoy cambiando de nuevo.
Si nos atrevemos a escribir lo que pensamos o imaginamos, nos tomamos a nosotros mismos en serio: damos valor a nuestro pensamiento, a nuestras ideas y a nuestra imaginación. Porque lo que pensamos, lo que sentimos e imaginamos somos nosotros mismos, es lo realmente nuestro. ¿No vamos, entonces, a cuidarlo? Cada vez que lo hacemos somos más nosotros mismos que antes, más dueños de nuestras ideas y de nuestras sentimientos. Y si al escribir tomamos conciencia de lo que somos y nos damos cuenta de lo que pensamos, de nuestros errores y aciertos, y tratamos de llevar nuestro texto hacia adelante, una y otra vez, y sin desanimamos; si hacemos eso, lograremos vivir de verdad nuestro mundo interior, habitarlo como “dueños” verdaderos, encontraremos nuestra verdad, esa que no existe hasta que no logramos hacerla, construirla, crearla, es decir, escribirla nosotros.
Si lo hacemos así, nos haremos también a nosotros mismos, seremos más nosotros mismos (sí, eso es posible), y, gracias al pensamiento y a la imaginación, podremos ser todos los demás, ser muchos otros, cientos de seres, y al tiempo, y por ello mismo, más nosotros que antes; pues nos hemos hecho conscientes de lo que somos y pensamos, ya lo dominamos, somos sus dueños, y ya no nos limitamos a pensar de prestado o a repetir lo que otros han dicho. Sólo así lograremos ser más libres, como sólo es libre de verdad el que ya sabe por qué y cómo vive, qué es lo que cree y lo que piensa. Escribiendo podremos pensarlo todo e imaginarlo todo para vivir así realmente, y desde dentro, nuestra propia vida.

______________
(1) Este panfleto, que iba dirigido a mis alumnos del Taller (y, de paso, a los demás), es el único fruto perceptible de mi trato, por entonces intenso, con la psicología cognitiva y procesual de la enseñanza de la escritura (en especial la norteamericana): los Brunner, Beaugrande, Flower, Graves y, sobre todo, aquel libro revelador, obra de la mágica pareja: Carl Bereiter y Marlene Scardamalia, The Psychology of Written Composition, Lawrence Erlbaum Associates, Publishers, Hillsdale, New Jersey, 1987. Tan escondida estaba la fotocopia que he revuelto toda la habitación hasta dar con ella.

lunes, 16 de abril de 2007

Confluencias: Robert Creeley (1926-2005)

Me llega el libro esta mañana (y lo hojeo de la misma manera casual que el tomo de Jiménez de mi entrada anterior) y resulta que me encuentro con este poema que apresurada y torpemente os traduzco:


Para J.D.

Ver es creer--
A veces hay cosas
que cambian cuanto
sabíamos.

Esas veces, lugares,
viejas, reiteradas
ropas, manos --herramientas,
casi andantes.

Tu corazón como un mundo de grande ...
donde crecen árboles,
una puerta
esperaba.

De Memory Gardens, [1986] en Robert Creeley, The Collected poems of R.C., 1975-2005, University of California Press, Berkeley, 2006, p. 248. (1)

Se puede leer una entrevista a Creeley en español aquí.
(Las iniciales de la dedicatoria también me sirven, al menos para empezar...) (2)
__________________________________
(1)

For J.D.

Seeing is beleiving--
times such things
alter all one
had known.

These times, places,
old, echoing
clothes, hands --tools,
almost walking.

Your heart as big as all outdoors...
where tree grows,
gate was
waiting.

(2) Refiero al lector que pretenda inquirir el sentido del término "confluencias" al magnífico texto de Pedro Santana recién leído este mediodía en su blog:

Sólo veo lo que creo
Así que lo que vemos es siempre un complejo de percepciones más simples y previamente catalogadas. Los primitivos del catálogo: no hay que por qué insistir en su búsqueda. Comenzamos siempre con el catálogo algo poblado. Pudiéramos sospechar que es éste un argumento que apoyaría a la metempsicosis: el alma dormida comienza a despertarse en un nuevo envoltorio mortal víctima de una amnesia casi perfecta, pero no del todo. Lo que no ayudaría a ninguna vía o camino de perfección, todo sea dicho.
Pero decía que sólo vemos lo que ya tenemos visto y las combinaciones de esto último. Ahora, sabemos -como nos advirtieron Coleridge, Poe y otros mistificateguis- que hay combinaciones previsibles y regulares y que lo novedoso está en la combinatoria en otra clave, una que no atiende a las reglas anteriores y que deshace las piezas para que éstas se reúnan de modo posiblemente asombroso.
De dónde procedan tales novedades es algo a lo que vamos a dar respuesta: Si es el mundo o si es el sujeto, uno acaba siendo el otro y los dos uno y el mismo, lo que no es de desear. Así que hemos de concluir que las cosas se ignoran unas a otras en gran medida, tal como nosotros, en nuestra humana limitación, las desconocemos. Que lo nuevo no es más que el síntoma de que hay muchas cosas y no sólo una.
(Todo esto venía a cuento de la ecolalia titular, a cuyas virtudes conversamente engañosas no renunciamos.)
(posted by Pedro Santana at 7:29 PM.)

Visítenlo en:

http://www.maedchenzeit.blogspot.com/

lunes, 9 de abril de 2007

Paisaje inesperado


























En la reciente edición de la Poesía Completa de Juan Ramón Jiménez[1], leo, del libro Melancolía, 1912, en la sección "En tren", el poema XIV que transcribo

XIV

UN indolente hastío de pálidas nostalgias
hacía blando y lánguido mi corazón sangriento...
era como una rosa que se fuera mustiando,
de no sé qué septiembres, en el cansado pecho...

Las torres imprevistas de tranquilas ciudades
surgían
, sobre rocas, en un llano, entre huertos,

y prados malvas, con idílicos rebaños,
nos daban, al pasar, su suave sentimiento...

Una nota de pájaro que no se oiría más...
un enredo de sol entre verdores frescos...
y horizontes azules, y horizontes violetas,
que tendrían detrás el amor y el misterio...

Toda la tarde de primavera caía
en el anhelo estéril de los pobres recuerdos,
como una promesa que no se iba a cumplir
o como la verdad imposible de un cuento...

Después de leído, y habiéndoseme producido ya el efecto de la lectura (que repetí varias veces para confirmar y desechar espejismos), se me ocurrió (manías algo vergonzosas de maestrillo) hacer con él un pequeño concurso o prueba: dárselo a los alumnos y pedirles que escogieran el verso que más les gustara de ese poema. Y así comprobar coincidencias o divergencias, hacer un mapa de inclinaciones, etc. Pero como gozo de asueto estos días, y no tengo alumnos a mano, y para cuando los tenga, ya se me habrá pasado la gana...[2] pues pasé a otra cosa. Por ejemplo a leer la paráfrasis o comento que en el volumen se añade a todos y cada uno de los poemas que se editan (y que son todos los de los libros íntegros que el poeta publicó en vida) y por tanto también a éste, obra del Sr. Javier Blasco, responsable además de la edición general y la coordinación de colaboradores. En ella se parafrasea el contenido del poema, contrastándose unas partes con otras desde la retórica a la distribución estrófica y así se alcanzan interesantes conclusiones (que no detallo pues no tengo el libro ante los ojos). Bueno. No me sirvió para nada, aunque supongo que será cierto lo que dice el Sr. Blasco. Pero ni lo compruebo.
Yo había leído el poema y (como me sucede con una gran cantidad de material juanrramoniano) tuve que aguantar los 16 versos para quedarme con uno. Ese uno merecía la pena, y merecía el esfuerzo de haberlo esperado y pasar, en cambio, por encima de los otros 15; de leer el poema entero, desechar 15 versos y quedarse con uno, sí, con el señalado.

Las torres imprevistas de tranquilas ciudades
¿Por qué? ¿Por qué ese verso se me pega de esa manera? ¿Por qué una vez leído no me lo puedo quitar de encima? ¿Qué es? No es nada más que una imagen. Vuelvo por enésima vez a leer el poema y vuelve de nuevo la experiencia del "palabreo", de nociones archisabidas, de caramelos de fresa rancia recalentados y chorreantes, pringosos, que hacen imposible ni tan siquiera el intento de elaborar el posible sentido del discurso que literalmente resbala y tan sólo tropieza en esa imagen: torres...ciudades.
¿Qué ha pasado? Y entonces hago ese otro esfuerzo consciente y secundario de explicación: me empeño y veo una bimembración de paralelismo invertido en los dos términos del sintagma versal que dispone enfrentados esos adjetivos especificativos que concentran una experiencia visual íntegra. ¿Será ese el misterio, la habilidad de la "dispositio" de dos adjetivos de valor antitético y su capacidad (potenciada de antítesis) para unificar la imagen, y así otorgarle una nitidez quizá producto ilusorio de una armonía en los polos visuales a partir de la tensión creada en su centro conceptual y verbal gracias al doblete sintáctico (¿quiasmo o así?)?. No sé. Intento ir hacia atrás, trato de entender por qué se me ha clavado esa imagen. ¿Qué objetos mentales tengo a mano, originados en mis lecturas, que pudieran pegarse con especial facilidad a esa imagen y que quizá, por gozar de algún realce que en mí ya está preformado, le otorgasen un prestigio añadido, gratuito, una prestancia, que, en cambio, pudiera no afectar de la misma manera a algún lector otro y cualquiera, teóricamente inmune a la tal intensificación?

Lo primero fue la pintura recordada, la de una ciudad italiana del Qattrocento, la figura de la ciudad, la figura ideal (casas, murallas, torres) que se repite en multitud de pinturas (tablas, frescos) de los siglos XIII al XV, ya se trate de Pavia, Siena, San Gimignano, Montemassi, etc.[3] Pero creo que no importa el camino privado para que el verso destacado brille. Su sencillez, su simple nombrar le otorgan un privilegio, por contraste, con relación al convencionalismo del resto, lo elevan; vemos elevarse esas torres "imprevistas" en la realidad del paisaje igual que en el poema.[4].

Y, claro, también me acuerdo de aquello de:

"la luz como tras una puesta de sol,
y junto a sus fuentes, los héroes,
Segismundo y Malatesta Novello,
los fundadores, la mirada fija en los cerros de sus ciudades." [5] (el subrayado es mío).

________________
[1] Juan Ramón Jiménez, Obra Poética, Biblioteca de Literatura Universal, edición de Javier Blasco y Teresa Gómez Trueba, Espasa Calpe, Madrid, 2005, Vol. I, tomo 1, p. 1159.
[2]. ...y, además, ahora caigo en el detalle de que, en lo que afecta a nuestro distrito universitario no "entran" en la Prueba de Selectividad poesías ni similares como posible materia objeto de examen más allá de los saberes teóricos o informativos, es decir, nunca nada que implique un contacto directo (quizá peligroso).... Así pues, entonces, mucho menos, me dije.
[3] En mi caso el libro del que se toma la reproducción copiada en segundo lugar es: Daniel Waley, Las ciudades-república italianas, Biblioteca para el Hombre Actual, Guadarrama, Madrid, 1969, pp. 168-169 y portada, es decir, el fresco de la Sala del Mappamondo del Palazzo Publico de Siena, obra de Simone Martini (1328) que retrata a Guidoriccio da Fogliano, jefe sienés en la campaña por la reconquista de Montemassi y Sassoforte del poder de Castruccio Castracane. Sólo en segundo lugar he pensado en España, primero en ciudades castellanas como Zamora (torre de la catedral) o Ávila o Madrigal, y en último lugar andaluzas (torres de Córdoba o Jerez) o, claro, el pueblo o ciudad cualesquiera que surge con sus torres por una esquina de los temblorosos y polvorientos cristales de una ventanilla de vagón (1ª clase, si la hubiera) de los ferrocarriles andaluces de hacia 1910.
[4] Frente al carácter tan abstracto como convencional del resto del poema parece chocante que sea precisamente una simple imagen (una transcripción de realidad) lo que se alce, se "arranque" del discurso trillado y sabido (presabido) y brille sola, exenta. Al menos esa es mi experiencia lectora. ¿O será precisamente el que aparezca en medio de esa pasta blanda y sentimental lo que la carga y la predispone a estallar con semejante eficacia?.

[5] Ezra Pound, Cantos, XVI:
"(...)the light as after a sun-set,
and by their fountains, the heroes,
Sigismundo and Malatesta Novello,
and founders, gazing at the mounts of their cities." [Ezra Pound, The Cantos, XVI, Faber & Faber, Londres, 1975, p. 69].

sábado, 31 de marzo de 2007

Cosas ajenas, cosas propias.

Propias quizá cuando nos vemos incluidos en ellas, somos parte de ellas. Casi nunca son "nuestras", ni nosotros de ellas. Qué pocas son las cosas que conocemos y con las que vivimos que, además, nos incluyan como una parte necesaria de lo que son y entonces nosotros también nos sintamos naturalmente implicados en ellas: decimos (en ese momento en que son nuestras) que las tenemos, que, en cierto modo, las somos, nos pertenecen y les pertenecemos. Somos ellas. Ellas son nosotros.Qué pocas veces sucede de verdad algo de eso. Cuando de lo que se trata es de algo más que de entender. Comprendo lo que tengo delante, sé para qué sirve y lo uso. Pero hay algo más cuando comprendo que eso que tengo delante sirve de una manera parecida a como yo sirvo cuando realmente sirvo para algo. Cuando se produce esa sorpresa de la verdadera utilidad para otro. Y entonces notas que estás siendo útil por algo (muchas veces por lo menos pensado: no por lo que hubieras creído, sino por alguna otra cosa o cualidad que se da a la vez que la que supones esencial y que es la que pasa desapercibida). Así las cosas verdaderas te implican y te incluyen naturalmente. Sin plan previo. Sucede y basta. Este suele ser el indicio: la naturalidad de la inclusión. De tal modo que entonces comprender, entender, etc. parece que tuviera alguna relación con esa naturalidad. Algo en principio que parece inevitable precisamente porque incluyera esa misma naturalidad. Inevitable porque fuera natural. ¿O es tan solo natural porque eres tú el que está comprendiendo? No lo sé. No sé si se trata de una mera consecuencia de la posición subjetiva. Como el agradable encuentro de uno consigo mismo y la posibilidad mayor entonces de apertura al otro. Si esa es la condición, bienvenida sea. No tengo a mano una posibilidad mayor de acceso en este momento que me importe tanto como ésa a la que me refiero, y esa funciona así. Es natural en esa forma mía o suya de serlo. Y sólo entonces dejo de ser yo también una cosa más. No algo que ha cumplido el papel trivial y convenido. Sino algo añadido, nuevo, verdadero y real. Sólo entonces.
Como cuando M. sintió la mirada que dirigías al aparato de la tensión, mirada de la que tú jamás hubieras sido consciente ni de que se interpretara o se sintiera como mirada distinguible por algo. Supones que mirarías como siempre, de pasada, al aparato de la tensión. Alguien estaba integrado allí de otra forma, la suya, en el mismo suceso. Habitamos posiblemente tiempos distintos aunque simultáneos, sintonías diferentes. La conciencia de mi mirada no estaba allí, en ese momento, o no estaba así o sencillamente no estaba y fue "utilizada" in absentia por M. a falta de un dueño responsable. Y me parece estupendo: mi mirada en el instante de ser usada por alguien mientras yo estoy pensando en cualquier banalidad o en ninguna.

viernes, 16 de febrero de 2007

Paseos higiénicos


Ya no fumo. Era el dato que le faltaba a la entrada anterior. Ahora que pienso, quizá aquellos sudores de mediodía tuvieran algo que ver con esas abstinencias. Seamos saludables. Al menos ese mínimo que aleje de nosotros experiencias como la de la noche triste de la neumonía. Paseemos.

Hace unos días (el viernes pasado) di un paseo de sobremesa por la orilla del Ebro. No había casi nadie. El lugar es agradable y la soledad habitual de esas horas se viste cerca del río Ebro de parque con hierba y caminillos para cultivadores de la salud muscular y dietistas de chándal. Dejas a un lado el Riojaforum, una mole egipcia que me evoca las construcciones futuristas de aquel arquitecto de la revolución francesa(1), un gigantesco cubo sin nadie y te adentras por los caminos de verdín junto a los árboles de la orilla. Jardines, parquecillos chinos de maderas, estanques japoneses, juguetes gigantes y solitarios para niños inexistentes (a esa hora, al menos). Amplias soledades y collados (sombra de Samaniego echando a volar un globo aerostático de papel). Retomas el camino junto a una plaza de toros o anfiteatro cubierto, una tarta herméticamente cerrada como un pastelón en su olla, y tienes ya el pretil de la orilla del río en que apoyarte y mirar, y miras y ves cigüeñas en los postes de la luz y en los setos de la orilla, cuervos y grajos y patos marrones y azules peléandose la zona de influencia (el azul gana porque es más grande y el marrón escapa aleteando).
El salto de agua, con su líquido de color café con leche borbotando, saltando, borborigmando. Más cuervos y mirlos y la cigüeña que faltaba, en otro nido, esta vez artificial que le habrán puesto allí los ecologistas del ayuntamiento.
El frío de la tarde y las nubes grises, esos celajes o cirros estirándose como banderas arañadas encima del puente de hierro, le dan a la estampa un aire de foto turística florentina, una de esas postales del puente sobre el Arno, toscana y delicada: Y estamos en Logroño. Cualquiera diría que me acompaña en el paseo don Rafael Sánchez Mazas. No. Paso a ver a Alfonso en su local y está cerrado. Vuelvo a casa.

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(1) Sobre Étienne-Louis Boullée, ver, por ejemplo,
http://expositions.bnf.fr/boullee/indexpo.htm

miércoles, 14 de febrero de 2007

Agitación



«La limousine recorría las calles sin que las cortinillas me permitieran ver el trayecto que seguíamos...»
Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta, II, iii, [28].




Daba una clase esta mañana, de esas de última hora. A última hora es raro que uno esté para demasiadas florituras; sobre todo cuando tanto ellos como tú lleváis ya cinco horas detrás de faena e interesante convivencia. Pero había que hacer una labor, una labor determinada. Esa labor. Ya sabéis: hay ocasiones en que hay que hacer una cosa, esa cosa precisamente y no otra y las circunstancias están ahí con su cara de ellas mismas; pero, guste o no, lo que importa es que la cosa es la cosa y está allí, con o sin, con esas o con otras circunstancias, sea primera o última hora, te apetezca o no: son las dos y tienes que comentar esa escena de Lepprince y el pobre Javier Miranda en el Casino de Barcelona cuando el primero tan eficazmente convence al segundo para que se case con María Coral en la secuencia 28 del capítulo III de la segunda parte de La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza, pues la novela es texto preceptivo de la prueba de Selectividad (Lengua y Literatura) que los tales alumnos habrán de afrontar en junio. Ése es el caso.

Bueno, pues, siendo ese el caso, y asimilada la necesidad de tener con él algún trato ecuánime y, si no dispendioso, al menos suficiente, me disponía a sortearlo como siempre a tales horas. El curso, digo, a última hora se muestra imposible. Bueno, seamos realistas: casi todos los cursos (incluido el famoso y platónico curso ideal) a última hora resultan imposibles. Se despliega una dinámica férrea en que, por mucha intensidad de voz que le adjudiques a la perorata (tiene que ser perorata, no vale la pizarra; comentas un texto, no desarrollas matrices ni obscenidades matemáticas similares, no: voceas comentarios con un texto en las manos), acabas manteniendo conectadas unas cuantas (pocas) caras próximas y el resto se diluye en sus asuntos cuando no inicia alguna partida de mus discreta en la esquina del fondo.

Siendo todo lo anterior algo ya sabido desde siempre y que se da por descontado, me disponía a comentar la escena con pocas ganas y para salir del paso. Pero no sé qué es lo que me ocurrió que, sin motivo aparente, me fui animando. Sin razón ninguna. Me fui animando porque sí. Sin más. No había razones a no ser que la sensación de desinterés que se mascaba ("a ver si pasa la hora y este pelmazo nos deja tranquilos") y que tú leías con grandes letras en las caras fuera una buena razón. Hay que ser masoquista o algún modélico franciscano de los de antes para seguir ese ping-pong. No. Fue un repente absurdo. Empecé a sudar y me animé.Ya sé que lo normal sería decir que me animé y empecé a sudar como fruto de la animación, de la hora que era y de ese sol bastante implacable que sacude directamente sobre la mesa del profe (o en su discreta calva) en esas clases y a esa hora sin hacer caso alguno de que fuera no haga calor (pues dentro hay calefacción y da el sol). Consecuencia: sudas. Obediente, me puse a sudar, y algo hubo en el detalle que me fastidió tanto que casi se diría que me propulsó a interesarme muchísimo en el texto del Savolta, muchísimo, tanto como si me importara, casi incluso como si lo hubiera escrito yo mismo y lo tuviera que defender ante una pandilla de incomprensivos críticos detractores. Y, claro, sudaba más y cuanto más sudaba más me picaba la situación y algunos alumnos ya ponían entonces cara divertida. (Me pregunto ahora: "¿ponían cara divertida ante mi aspecto de agitación sudorosa o porque les llegaban las ocurrencias, los ejemplos que se me ocurrían para acercarles las explicaciones y las observaciones al pasaje y a su arte de la composición, su retórica, su artilugio?" No lo sé. Quiero pensar que las dos cosas).

Oí la campana con la última exhalación. Ya no tenía fuelle. ¿Qué había pasado?

martes, 16 de enero de 2007

Neumonía y otras chispas de la vida.



"El aire pasa siempre fresco y se pueden hacer pelotas de viento frío en la palma de la mano."
Miranda.


El viento frío esta vez pasaba por dentro y dolía. ¿O picaba? ¿O ambos a la vez? Pero tampoco, pues ni siquiera hubo tiempo para enterarse de si dolía o no dolía. Un picor agudísimo entre confusos sueños, toses, más toses en el entresueño, toses y más, y al levantarte nuevas toses sobre el blanco lavabo. Sorpresa entonces, la de su perfección circular. Rojo, círculo rojo vivo y perfecto, planeta de una constelación de otros círculos menores; otra tos para comprobar lo evidente y nueva prueba en constelación roja solicitada y concedida. Entonces, lo temido como algo regalado sin explicación alguna. Sólo el hecho. Aquí está lo que es. Aquí lo tienes. ¿Te hace falta algo más a estas horas intempestivas? ¿Te vale con esto?

Terror. Confuso vestirse apresurado por el estupor. ¿Dónde estás? ¿En el sitio de siempre? ¿Dónde sucede lo que sucede y a quién? ¿Es a ti? Oiga, ¿es a mí?

Sala de urgencias del Hospital. Catacumbas. Luz espectral. Espera del médico, pues son las cuatro. Espera hasta las ocho, claro. Estarán echándose su sueñito. Como tú cuando pasó (¿Ellos también toserán entre sueños?). Estará durmiendo. Por fin vienen dos horas más tarde. Dos horas con esa telita (azul o verde) ridícula encima; parezco una puteja congoleña que espera a su bwana o algo aún peor (pienso en los tontitos del pueblo: les solían poner un mandilón para que no se les notaran las erecciones intempestivas). Por fin llega, pide placas y análisis. Bien. "Yo no veo nada". Veremos las placas. Algo hay.

Un amigo y vecino especialista en la materia (no en cosa literaria sino en los intríngulis de la carne) aparece oportuno en la calle. "Que se pase a las once". Me paso. A ver ahora lo que pasa.
En el otro Hospital. Scanner. Tac. Voz pregrabada: "Al oír la señal, inspire. Mantenga la respiración. Expire, por favor". Parece el círculo del túnel del tiempo en alguna serie borrosa de la tele. "Sentirás un calor. Es el contraste". Con los pantalones bajados. Cruzando el círculo mágico sobre la plataforma. Acaba. Ya está.

Entonces, espera y más espera. Pasillo y más pasillo. Y, por fin, "Tienes una neumonía".

Y tan sólo entonces respiras.

martes, 2 de enero de 2007

Las fiestas del querer.



No hay cosa mejor que la bondad. Ser bueno y aprovechar estas fiestas para ejercer con intensidad esas facultades de amor universal y cariño arrolladores. Querer a todo el mundo, querer a las hormiguitas y a los gatos, a los perros sin dueño y con dueño, a cada tía segunda bien afeitada. Querer sin tasa. Querer desmesuradamente. Lo malo es que siempre te coja distraído. No estabas en ese momento en lo que había que estar y entonces tocan a querer y no sabes cambiar a tiempo de postura y quedas mal. Quedas como el tipo borde de siempre, el borde natural de los días de trabajo, de los días normales y sin fiesta.
Esto de ser malo sin llegar a enterarse del todo (tan solo por los efectos) se acaba convirtiendo en segunda naturaleza. Debe tener que ver con lo del mundo nuevo que se estrena los días de fiesta y que es distinto porque es nuevo y tiene que ser maravilloso y no estamos nunca lo bastante preparados para construir las condiciones de la maravilla, no hemos ido a cursillos y así nos sale. Sale mal y entonces te preguntas si no sería mejor que todo fuera como lo de siempre, como los días feos de a diario, los día laborables y tontos en que la gente no está preparada para ninguna clase de maravilla. No quieren maravillas, no hay que ser buenos; son lo de siempre, así que no te agobian y no metes la pata. Se espera de uno que sea maravilloso y no aciertas a ser maravilloso a fecha fija. Y si pretendes corregir el error y te pones maravilloso a posta, te sale mal, te sale muy mal, y entonces casi es peor. Entonces eres un mal queda, un atravesado, un falso, eres el "famoso monstruo del egoísmo", la bicha de los manglares, la bicha de Balazote y qué sé yo qué más. No merece la pena empeñarse. Es peor. Lo mejor es mantener la figura tradicional del desganado, del aburrido, y dejar que las cosas sigan su curso. Su curso suele ser el previsto, el peor de los posibles; y por eso mismo a veces te sorprende agradablemente en alguna rara ocasión inusitada y encantadora algo no calculado que sale bien, que suena, que ajusta sin necesidad de empeñarse, casi sin querer y sin esfuerzo. Sale solo. Y hay unos segundos en que la conjunción de circunstancias, los factores, los fractales o sus primos se ponen de acuerdo en que algo vaya bien al menos un ratito o simplemente vaya (ni bien ni mal), sólo salga, sea y hop, qué delicia, qué gusto da entonces la sorpresa del acierto no premeditado, esa cara de bobo que se te queda ante lo que no te corresponde pero te da una bienvenida que no te mereces.
Así que uno casi desearía de todo corazón que las fiestas de la bondad no existieran, que fueran "fiestas móviles", fiestas-sorpresa, unas fiestas que celebraríamos en ese raro momento de la conjunción estelar, cuando todo, sin comerlo ni beberlo, a lo tonto, va y sale. Y sólo cuando sale, tan solo entonces, al salir, nos dijéramos: "hoy es fiesta".