miércoles, 3 de septiembre de 2014

Ultima ratio

Precisamente porque ya va faltando esa gracia veraz, ese empeño en llegar, en permanecer dentro mientras crece el tormento suave que te encamina al final tembloroso, ávido coleóptero, tentacular, aleteante como la libélula en la poza verdinosa.
Precisamente, aquí, en este instante en que te gustaría instalar tus tiendas árabes y seguir estando, erguido, complaciente y dadivoso como viejo príncipe todavía autoritario y condescendiente, con la gana puesta al aire, al deseo intocable que se rebela y toca los extremos de las anclas de una nave en la procela, tormentosa el agua que te envuelve una y otra vez, rabioso de los viejos enlaces de marinero trabado entre los cabos y las jarcias tensos y alzados a la cima enmarañada que se agita en una búsqueda siempre inacabada, siempre insatisfecha de salvación por el exceso, el derroche de sangre o linfa o resto de veneraciones postergadas, repetido el juego, pedido el permiso, cumplida la letra del contrato, elevando a la altura del perdón todos los desperdigados columpios del ansia.
Cuando nada te espera y todo pide algún milagro del querer tan simple, del empeño en ti. Cuando no tienes dónde huir, cómo justificarte arteramente en las circunstancias, los lamentos baratos, la cosa triste de que te tocó, sí a ti, como a todos toca.
Agarrarse del aire, tentar las orillas mudas, los vacíos entrantes del desespero, ponerse a tristear en las esquinas, en la oscura tienda de las trampas, en la tétrica cara del hambre, deseoso inmóvil, querencioso apaleado.
Volver a encender la cerilla perdida para encontrar la dirección sin señas, el remite sin sobre, la culpa cierta de estar siendo el culpable menesteroso de las tardes lánguidas.
Imponer una lección falsa de aprendizaje, de sabiduría, de latente entendimiento en el puro sinsaber, adorador de morbideces, de latencias, de inexistencias. ¿Dónde el latido cierto de lo que está aquí ofrecido por entregado, por dado, por real? Porque ya es tarde y se están poniendo todos los soles de la alegría.
Sí, la alegría se inventa rabiosamente aunque no exista. No existe nunca la alegría verdadera que se trabaja inventándola, dándole fuelle para que estalle en carcajada, en risa veloz, en vida querida.
Como la vieja libélula de los pantanos, elitrosa, chisporroteo de ruidos atronadores, carraspeo perpetuo que no se piensa a sí mismo, sólo se afirma contra el caliente hálito de lo podrido.
Alas de la libélula arrancando su fuerza del calor mismo que niega el movimiento, en tu oído gritan su terror de no seguir viviendo.
Alas que quieren seguir, que piden más espacio, ámbitos anchos, instauraciones imperiales nuevas, territorios no habidos ni habitados, hechos de sólo querer hacerlos, habitarlos en la nada, fabricarlos de todo lo que hubo y desearías. Tenlo. Quiérelo. Acaricia la salamandra viuda que se envenena de sus colores, que se desliza donde haya húmeda tierra de acogida.
Donde se reciba el deseo, y se le dé la oportunidad de afirmarse, clavar las garras en el nudo de su vacío. 
Donde ese vacío mismo, y de su negación, aliméntate, come gusanos, arráncate como la rana propulsa las extremidades en la desesperación de la huida.
Desea y pide y da y quiere y no quieras, pero hazlo con ganas, con la veracidad del animal que se rebela contra el cazador, inútilmente, con esa rabia misma. 
Vive lo que te toca convencido de su poder, su fuerza suficiente, su justicia entera.

Quieras lo que la vida te de y que te niegue.

lunes, 7 de julio de 2014

Fisiognómica

The apparition of these faces, etc.
E.P.


En la estación las caras, avergonzadas de parecerse a sí mismas, te querían recordar, y, como que se hubieran apercibido de que te estuvieran debiendo algún recuerdo, hacían entonces y por un instante un empeñoso y meritorio esfuerzo por parecerse a ti, o a esa tu frente y a tu ceja fina y tu párpado dulce y...no lo conseguían del todo.

Pero, pese a la imposibilidad, se les agradecía igualmente la molestia, ese obstinado esfuerzo que antes solía aplicar el caballero rumboso y adinerado cuando, paseante, se encontraba frente a los mendigos del muñón: una particular torsión significativa y momentánea del gesto hacia alguna de las variantes o figuras de entre las consideradas de La Piedad.




domingo, 15 de junio de 2014

Latiendo

Sólo quisiera que no te volvieras a enterrar definitivamente, aunque tan sólo hubieras llegado a sacar esa cabeza y la sonrisa y una cierta ojera perceptible, pero muy bien maquillada: los años naturales, una vida que pesa y ese rubio cabello partido en dos por el centro, como siempre. 

La elegante figura otra vez contemplada al entreabrir aquella puerta de electricidad y cables del teléfono, aquella tan sucinta indicación de que en algún lugar, en dos calles (los veranos, el invierno, el trabajo, los padres, los hijos y el marido posibles) alguien incluso ahora seguía existiendo. 


martes, 10 de junio de 2014

Abismos de sensatez (una solapa)

Si todo anda tan mezclado que hasta la nieve es negra, como barruntaba Anaxágoras el clazomenio, cuál no sería entonces el desconcierto ante el mundo de nuestro amigo Rubén Ondarra, ese editor chungo en horas bajas que busca desesperadamente a su historietista atrasado en las entregas, el dibujante genial y algo uruguayo Bruno Kossovsky, engullido del mundo real por alguna potencia inextricable. 
 ¿Qué ha sido de Bruno y dónde está? Para averiguarlo acudirá en su ayuda Satrústegui, verdadero héroe romántico y poeta loco de Bilbao, recién huido del sanatorio de Mondragón donde bienvive y con todos sus recursos a punto, y, entre otros, una interpretación más ajustada a la realidad que la clásica de Panofsky de ese enigma de la iconología: el grabado Melancolía I de Alberto Durero, clave de los misterios que acongojan a Rubén, pues no le basta con uno: para él son múltiples como el universo. 
 Ramón y Cajal, Durero, Panofsky, el anciano Croce, y tantos otros otros sabios que en el orbe han sido, aportarán indicios e interpretaciones de lo existente sobre las que nuestro héroe irá saltando, como Dorothy en la tierra de Oz, hasta dar con la clave verdadera...
 ¿O no era ésa la verdadera? ¿Hay sólo una clave? ¿Hay alguna otra clave-maestra de los misterios del mundo? Averígüelo el lector que siga a nuestros personajes en su periplo hasta llegar al Paraíso que resuelve las intrigas y sosiega las inquietudes. ¿Que dónde está? Está en París. Siempre lo bueno está en París. Y hasta van a buscarlo en AVE.


martes, 29 de abril de 2014

Camino nocturno


(de Onteruela a Saldaña, circa 1969)


Íbamos por el páramo pisando las grandes piedras descolocadas, grandes y chicas, como panes benditos maldecidos y profanados una y otra vez. Era de noche. Se nos había hecho la noche: piedras encontradizas y tropezonas, sobrevenidas en la espesura de la oscuridad.
Vimos a lo lejos una luz débil, parpadeante, un destello que se movía en semejante ruta del desvarío. Nos creíamos salvados al fin de aquel perderse uno entre los peligros de la tierra gótica, aquel campo tan infinito y tan de la noche.

lunes, 22 de julio de 2013

Champa y unos amigos

Entre Algorta y Sopelana, hacia 1949. Foto de Ángel de la Iglesia.

La reciente publicación de la Obra Completa nos lo vuelve a a acercar. En algún momento (hace diez años ya de ello) quise cumplir con la solicitud que Juan José Lanz, como coordinador de un monográfico de la revista Ínsula, me hizo para que situara el ambiente y las relaciones de amistad establecidas entre los responsables de la revista bilbaína Champa y el autor. No sé si cumplí con acierto el encargo (que entendí básicamente evocativo). Vinculo ahora el presente pie de página a una reproducción que corrige cierto dato equivocado. Con suerte puede que satisfaga la curiosidad de algún lector de este Añalejo que por oscuras razones pudiera interesarse en detalles vaga e ignorantemente rememorados por quien escribe de un cierto ambiente del Bilbao de finales de los 40 y principios de los 50 del que no habría más testimonio si es que nos atenemos a las biografías habituales del poeta. Valga entonces como una simple «curiosidad».

Quizá con todo ello no haga más que insistir, por desgracia y una vez más, en otra de las muy olvidables variaciones de ese género vitando contra el que prudentemente ya nos avisa la Introducción a la Obra Completa, y que es aquel de «los chismes, las anécdotas o las leyendas»; pues contra él siempre conviene precaverse.

______________
Blas de Otero, Obra completa, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2013. 

miércoles, 18 de julio de 2012

Leviatán

George Oppen


Leviatán


La verdad es también su propia búsqueda:
Como la dicha, y nunca será firme.

Hasta la poesía comienza a carcomerse
en el ácido. Búsqueda, búsqueda;

¿Cómo decirlo?
En lenguaje ordinario-

Ahora debemos hablar. Y ya no estoy seguro de las palabras,
La mecánica del mundo. Lo inexplicable

Es el  "predominio de los objetos".  Luce el cielo
Cada día con ese predominio

Y nos convertimos en el presente.

Ahora debemos hablar. El miedo
Es el miedo. Pero nos entregamos el uno al otro.

_______
Leviathan

Truth also is the pursuit of it:
Like happiness, and it will not stand.

Even the verse begins to eat away
In the acid. Pursuit, pursuit;

A wind moves a little,
Moving in a circle, very cold.

How shall we say?
In ordinary discourse—

We must talk now. I am no longer sure of the words,
The clockwork of the world. What is inexplicable

Is the ‘preponderance of objects.’ The sky lights
Daily with that predominance

And we have become the present.

We must talk now. Fear
Is fear. But we abandon one another.

**


De George Oppen, [The Materials, 1962] New Collected Poems, New Directions, edición y notas de Michael Davidson y prólogo de Eliot Weinberger,  Nueva York, 2002, p. 89.

«En un borrador previo, al poema le preceden como epígrafe atribuido a "Steven S[chneider],"escritor amigo de los Oppen desde su estancía en México, las palabras siguientes: "La felicidad es su búsqueda" ["Happiness is the pusuit of it"], de la que procede el primer verso. Leviatán: El monstruo bíblico. Thomas Hobbes usó ese título para su famoso tratado sobre "La Materia, Forma y Poder de un Estado Eclesiástico y Civil (1651)». Nota en pág. 370.

El final del 2º verso no se anota, quizá por considerarla cita bíblica familiar al lector: Isaías, 8, 10: «Determinad parecer, y no será firme» [sigo la versión de Casiodoro de Reina, como siempre en este blog].

(La ilustración es cortesía de Istefel von K)

martes, 29 de mayo de 2012

Mundos de recambio (que ya van con la garantía)

No pensar en nadie. Ponerte ante un mundo sin gente. Así no atiendes a las miserables rencillas de la pandilla ratonera. Te hace falta un verdadero mundo vacío. Es lo que pides en este momento. Un mundo de viejos tranvías de cuando antes había tranvías en general, como había flores o árboles. Un mundo, pero no como el de ayer, como el de anteayer: el que tan sólo sale por defecto cuando arranca el programa después de aparecido el cartel de Error Irrecuperable. El mundo de recambio que se guarda en la recámara o en el altillo. El que no se sacó al escaparate porque el representante lo entregaba sólo de muestra o como referencia o a manera de vínculo especial con la empresa para clientes de confianza. ¿Un mundo de pequeñas unidades cómodas para funcionar (para 'fungir') como pruebas de realidad aducibles en discusiones, en esas argumentaciones de salón francés, o las de convenciones muy intelectuales? No, para eso no vale. Es un mundo que no se ofrece al público, pero que dejamos en reserva, por si acaso, debajo del mostrador, un tanto oculto, no vaya a ser que se estropee por mal uso el de verdad y nos veamos obligados a echar mano de este otro, el que quedaba, el de repuesto.
Sus casas son casas sencillas, sin vericuetos ni torceduras ni esos arrequives que siempre llevan ya de fábrica las casas de la realidad en curso, la que venden por ahí, empeñadas en dar el pego de lo real y lo efectivo (lo eficaz; ya digo, lo que 'funge', vamos), pero que en definitiva acaba resultando tan molesto, tan atosigante por sus exigencias aparatosas y de puesta a punto y todo en definitiva nada más que para quedar bien con las visitas, con ese fisgoneo de señoras husmeantes en los rincones del mobiliario, comprobadoras de si el vestuario es el que se lleva, el de curso legal (alguna cita de Kant, el lacito en el moño...). 
Pero estas no, estas otras casas son más bien como las de los trenes en miniatura, de esos que ocupan un salón entero y casi desalojan a la familia. No precisan de citas comprobatorias del Leviatán, no hay que vestirlas con los trajes del monstruo de la cultura o, peor, de la verdad. Si quieres las usas, pero sólo muy de tarde en tarde y cuando venga a pelo. Y eso que se está a gusto en ellas e, inventadas y todo, funcionan también perfectamente y puedes preguntarle, por ejemplo, al guardagujas por la hora que es y por la dirección de la farmacia al amable jubilado del perrito lanudo. Es cierto que, cuando lo hagas, te pondrán cara de extrañeza, de estar vagamente allí sin saber muy bien por qué, quizá porque les han mandado hacerlo: estar decorativamente instalados allí mismo, en mitad de la calle, una calle que también es la de todos, y, si se les pregunta por la realidad comprobable de su papel, de su función, etc., consideran que las preguntas, todas y cualquier clase de preguntas, sobran. Si de algo están seguros es de que toda pregunta, toda inquisitiva justificación documental, allí está fuera de lugar. Al menos estos personajes, estos muñecos parientes de las miniaturas,  de las casas de muñecos y de trenes, no exigen pedigree de raza ni certificado de penales o de buen comportamiento expedido por el cura de la parroquia. No hay que andar sacando esos papeles engorrosos para, a su lado, balbucear un momento, un rato, pedir un vino en la barra, pasear distraído junto al tranvía, el almacén de víveres, la escuela del pueblo. No hay que ser del club.

lunes, 30 de abril de 2012

«Qué más dará»

De vez en cuando parece que las cosas, nuestras cosas o (si fuera necesario concretar) mis propias cosas, se desfondaran, carecieran -como probablemente sea, en efecto- del menor motivo de interés para nadie. Así que entonces dejamos que el peso caiga y que las cosas caigan, y nos retiramos para no obstaculizar su caída, nos dejamos de ocupar, nos desentendemos.

No sé si hacemos mal o bien: quizá bien si se atiende a cualidades o al atractivo de las tales cosas que, en el mejor de los casos, podrá ser marginal, escaso o el propio de un mero capricho para curiosos; pero creo que es entonces también, y cuando nos dejamos arrastrar por ese humor negro, por esa melancolía, cuando es muy posible que hagamos mal, y hasta muy mal, en un sentido relativo, y seamos injustos para con nosotros y lo nuestro (pero no un «nuestro» de positivas proyecciones, de presencias o valiosas realizaciones, sino ese otro «nuestro» más decididamente personal: el del cuidado que precisa lo de uno mismo para consigo mismo, el interés que nos despertamos por lo específico de la propia labor o el que me despierto yo por mi tarea, por «lo mío» en cuanto que ocupación y que equivaldría, en definitiva, a lo único que hay). El mundo que debiéramos vigilar, nuestro mundo; pues si él se hunde, nosotros vamos detrás con él.

Que ese descuido pudiera verse como una prefiguración de la muerte no es difícil conjetura. Esa desgana que te va carcomiendo el edificio y se extiende como una lepra. Algo que empieza por justificarse en la sospecha del natural desinterés ajeno: «total, si esto no le importa a casi nadie». Y es irónico que sea entonces cuando surjan aquí y allá, esporádicos pero insistentes, los desmentidos de un cierto aprecio y seguimiento: «Te solía leer, pero últimamente como lo has dejado...». «Vaya, ahora aparece el público», te dices. Porque había público y no te habías dado cuenta.

En otro orden de situaciones pasa algo parecido, y, en concreto, también nos vamos descolgando de las personas; y nos empiezan a resultar desconocidos incluso aquellos que hasta hace poco nos fueran más próximos, o por milagro a veces recuperamos también y simultáneamente una vieja familiaridad que ya creíamos perdida. Pero quizá es que somos nosotros los que cambiamos. Todos lo hacemos. Sin notarlo casi, nos vamos alejando de antiguos hábitos, de la costumbre o adoptamos otras mal compatibles con aquellas abandonadas: y una noche contemplamos al amigo, que ahora es capitalino de adopción y desconoce ostentoso los rituales de la provincia, así que, por eso mismo, nos desconoce, y le vemos hacer tales alardes de mundanidad mientras se pavonea y estira el desplegado estro de una sorna experta de connaisseur... «Antes era distinto», te dices. Ya. Pero antes también lo éramos nosotros.

Distintos e iguales, habituados o desacostumbrados, nos vamos alejando poco a poco. La máquina de la vida nos devora y las dentelladas que nos enseñamos en la conversación no acaban nunca de casar bien entre sí.


viernes, 28 de octubre de 2011

Deriva lateral

Quienes sigan este blog y no deseen estancarse interminablemente en el homenaje a Alejandra Pizarnik encontrarán con más facilidad entradas que el responsable atribuye al mes de octubre de 2011 y posibles  sucesivas entre los Peces de ocasión.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Alejandra Pizarnik


Flora Alejandra Pizarnik nació el el 29 de abril de 1936 en Buenos Aires, Argentina. Estudió filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires y pintura con Juan Battle Planas. Vivió en París desde 1960 hasta 1964, en donde trabajó para la revista Cuadernos y algunas editoriales francesas, publicó poemas y críticas en varios diarios, tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesaire, e Yves Bonnefoy, y estudió Historia de la Religión y Literatura Francesa en la Sorbona. De regreso a Buenos Aires, publicó tres de sus principales libros: Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura y El infierno musical, así como su trabajo en prosa La condesa sangrienta. El 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, murió de una sobredosis intencional de psicofármacos.



Fronteras inútiles

un lugar
no digo un espacio
hablo de
qué

hablo de lo que no es
hablo de lo que conozco


no el tiempo
sólo todos los instantes
no el amor
no

no

un lugar de ausencia
un hilo de miserable unión.

*
La mesa verde

El sol como un gran animal demasiado amarillo. Es una suerte que nadie me ayude. Nada más peligroso, cuando se necesita ayuda, que recibir ayuda.
 
Pero a mi noche no la mata ningún sol.

¿Tendré tiempo para hacerme una máscara cuando emerja de la sombra?

Me pruebo en el lenguaje en que compruebo el peso de mis muertos.

El mar esconde sus muertos. Porque lo de abajo tiene que quedar abajo.

*
La única herida

¿Qué bestia caída de pasmo
se arrastra por mi sangre
y quiere salvarse?

He aquí lo difícil:
caminar por las calles
y señalar el cielo o la tierra.

*

Mendiga voz

Y aún me atrevo a amar
el sonido de la luz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay.

*

Solamente

ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida

*

Tiempo

                                              A Olga Orozco

Yo no sé de la infancia
más que un miedo luminoso
y una mano que me arrastra
a mi otra orilla.

Mi infancia y su perfume
a pájaro acariciado.


*
CONTINUIDAD
   
 No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío --dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que ya no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame --dije.

La extracción de la piedra de la locura, 1968.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Ritualidad electrónica

(...esta mañana; me despierto temprano. Desayuno; hago tiempo para acudir al Mercadona mientras miro distraído la tele; sale uno de esos canales teletienda)

Es una bolita ovoide con lucecillas azules como las de mi controlador de la persiana o un mando de la tele. También se parece a un pequeño Huevo de Pascua. Se ve, en el anuncio de la tele, el parpadear azul de los leds. Rayitos dorados que parten de su centro lo decoran y hablan metafóricamente de su función. Una voz en off se deja oír y anuncia que otra voz salida de la bolita se dejará oír para la paz y edificación del orante. Se ve, a modo de ejemplo, a unos cuantos orantes que sostienen el aparato y hacen parpadear los leds azules. Es un modelo de rosario electrónico con la voz incorporada de la Autoridad Suprema.


martes, 20 de septiembre de 2011

Sin garantía

Ah, la perfección. Ah, el acierto seguro y confiable. Qué belleza congruente la de la certeza conseguida. Ese acorde puntual y riguroso. Llegar a esa satisfacción de ver cómo una fijeza confirma principios deletreadamente cumplimentados y nos vuelve merecedores de pública aquiescencia. Satisfecho todo.

A veces, sin embargo, es el «error», la absoluta ausencia de garantías, lo que se presenta con una inevitabilidad tan fulgurante que nunca podríamos ni queriendo abandonarla. ¿Será el demonio de la sinrazón el que nos visita con toda su parafernalia de tentaciones egoístas, esteticistas o fatalmente equívocas y quiméricas?
¿Egoístas? Lo dudo. Casi siempre esa otra realidad errada (y así tan repudiable y prescindible) suele tomar forma humana, la que deriva de la presencia de los otros, los otros seres, vivos y vibrantes, que la revelan, que la llevan consigo, que la arrastran como un viento suyo, que son ella sin serlo, que se la adueñan. No hacemos más que estar al lado y reconocerlo y aceptarlo porque reconocemos algo nuestro ahí, algo que nos visita, que nos conoce y en lo que nos reconocemos. ¿Esteticismo? Parece que tampoco. Sencilla realidad de lo que está siendo. Verdad de lo diario y cotidiano, tan excepcional y simple como ese momento de presencia y testimonio.

Nada cierto. Nada perfecto. Ni congruente. Ni razonable. Ni autosuficiente. Ni serio. Ni bueno. Ni bello porque serio, congruente y así bueno. Nada que prescinda ni necesite de cosa alguna ajena a ello mismo. Nada que prescinda de algo como tú porque te admite sin necesidad ninguna. Nada que no sea la presencia de lo que está siendo ahora contigo y vive en ti si es que tú lo estás viviendo.

martes, 23 de agosto de 2011

Chispas, partículas...

«Partículas infinitas del sol divino, ahora
veneradas en los baratillos de la noche».

John Wieners, de "Actos de Juventud".



«La idea común a estas doctrinas es la siguiente: a causa de su naturaleza, la Luz brilla en la Oscuridad inferior. Esta iluminación parcial de la Oscuridad o es comparable a la acción de un simple rayo, por el hecho de proyectar un resplandor tal, o, si surgió de una figura divina indi­vidual como la Sophía o el Hombre, es una forma proyectada en el me­dio oscuro, que aparecería allí como imagen o reflejo de lo divino. En ambos casos, a pesar de no haberse producido ningún descenso o caída real del original divino, algo de éste se ha visto inmerso en el mundo inferior, e igual que la Oscuridad lo trata como a un preciado botín, la dei­dad que no cae se ve envuelta en el destino ulterior de esta emanación. La Oscuridad es atrapada con ansia por el resplandor que aparece en me­dio de ésta o en la superficie de las aguas primordiales, y, al tratar de mez­clarse con ésta y de retenerla de manera permanente, la arrastra hacia aba­jo, la envuelve y la rompe en innumerables pedazos. Desde entonces, los poderes superiores trabajan para recuperar estas partículas de Luz robadas. Por otro lado, las fuerzas inferiores son capaces de crear este mundo con la ayuda de estos elementos. Su presa original queda dispersa por toda la creación en forma de «chispas», es decir, de almas individuales. En una versión ligeramente más sofisticada de esta idea, las fuerzas inferiores crea­rían el mundo o al hombre con la ayuda de la imagen proyectada de la for­ma divina, es decir, como imitación del original divino. Sin embargo, ya que así la forma divina se encarnaría también en la materia de la Oscuri­dad y que la «imagen» es concebida como una parte substancial de la deidad misma, el resultado obtenido es el mismo que en el caso anterior en el que la luz es digerida y rota en pedazos.»

Hans Jonas, La religión gnóstica, Siruela, Madrid, 2000, págs. 189-190.

«Cuando atraviesa el bosque disonante y armonioso del mundo, cuando sigue las huellas de la Shekhina [el rostro femenino de Dios] errabun­da, el jasid [iniciado] trata de librar las chispas divinas prisioneras de las fuerzas del mal, trata de volver a reunirlas y de restau­rar la perdida unidad de la luz. Su tarea es inmensa. No lo olvida nunca, ni siquiera por un instante, ni siquiera cuan­do parece estar viviendo sin pensar en la superficie de la Tierra. Lo intenta cuando escruta con atención vertiginosa las letras de la Tora; cuando reza; cuando narra apólogos y cuentos en los que se sugiere, como Najman de Breslav, una parte de la inalcanzable verdad; cuando intenta liberar de la envoltura del mal a las almas unidas a él por una especie de afinidad electiva. Todos sus gestos, hasta los más insig­nificantes y cotidianos, son gestos de redención. Si trabaja con afanoso amor la piedra, libera chispas divinas prisione­ras de la piedra; si, sentado a su banco de zapatero, maneja con precisión el cuero, libera las chispas prisioneras de las pieles; si come según el rito, libera las chispas prisioneras de las carnes y de las verduras; si toma con santidad el baño ritual, libera las chispas prisioneras de las aguas; si barre cuidadosamente su casa o su mesón, libera las chispas prisioneras de las paredes y del sorgo; y si, estando en la cama, enfermo, toma las medicinas, cura las chispas escondidas en las hierbas venenosas. Ninguna teología había revelado nunca que podamos nosotros salvar las formas desfallecidas de Dios, ni nos había enseñado una tan ardiente par­ticipación religiosa en las incidencias de la vida cotidiana. Por decreto divino Israel sería dispersado por toda la Tierra: por Egipto, por Roma, por España, por los innu­merables y míseros guetos de Rusia y de Polonia. El jasid comprende que ha sido expulsado de su patria, disgrega­do y convertido en siervo de los gentiles para encontrar las chispas esparcidas en los corazones de todos ellos. No debe temer nada, ni siquiera el mal, la oscuridad, las tinie­blas. Valeroso e inflexible, debe arrojarse a los abismos, a los «reinos de la otra parte», para liberar las almas y las lu­ces que Dios ha escondido en ellos. Sabe que corre un terri­ble peligro, porque las fuerzas del demonio pueden, tam­bién a él, hacerlo prisionero. Muchos ha habido que no han vuelto del viaje a los abismos; pero si a la paciencia añade el amor; a la prudencia, el ardor; a la discreción, la astucia, si gobierna su alma «con riendas suaves», puede descubrir el punto en que el mal es semejante al bien y rodearlo, do­blarlo y transformarlo en su opuesto».

Pietro Citati «El exilio de la Shekina», en La luz de la noche. Los grandes mitos en la historia del mundo, Acantilado, Barcelona, 2011, págs. 413-414.

jueves, 18 de agosto de 2011

Tío Paco


Trasteando esta tarde por ahí, por la red, me topo con unos juveniles artículos de tono evocador e ideas machadianas y noventayochistas sobre la vida rural, y en concreto la manchega. Nada especial. Los escribía un veinteañero abogado quizá de vacaciones en Valdepeñas y el periódico donde se publican (algún compromiso, relaciones de amistad) se editaba en el cercano Almagro con la sonora cabecera de La Tierra Hidalga (julio, diciembre de 1923; el periódico no llega más allá de mediados del año siguiente, o el coleccionista que escanea los ejemplares no tenía la colección completa...). Os pongo un par de ellos porque acierto a convertirlos en fotos... y tampoco pretendo aburriros. No tienen nada de particular. Bueno, sí. Era mi tío; de quien hoy resulta que me acuerdo y entonces lo busco en la red y aparecen esos artículos... Y todo esto porque hoy, precisamente hoy, se celebra el 75 aniversario del asesinato de Federico García Lorca, lo que, claro, constituye una inmensa tragedia por sí mismo, pero que tuvo la desgracia añadida de verse acompañada antes y después por otras muchísimas muertes violentas... y una de entre ellas, una más, fue la de mi tío y es de él de quien me acuerdo esta tarde, y precisamente por eso mismo también da la casualidad de que aparezcan esos artículos.

Fue una historia muy corriente en aquel agosto del 36 y de la que seguro que todos tendréis algún (o más de un) ejemplo próximo e igualmente brutal e injusto. Sirva, pues, este detalle, este improvisado recuerdo de homenaje a todos los muertos, a todas las víctimas del odio y la intolerancia en ambos bandos...

Encuentro la colección del periódico aquí y su nombre en una lista de asesinados en la localidad manchega de Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real).

_______________________________



















Mi tío Paco (abogado y notario en 1936, el mismo año de su muerte) era dibujante aficionado, incluso pintor ocasional, e ilustrador. Aquí abajo ilustra en 1922 la novela de su padre, Pulpareja.




domingo, 31 de julio de 2011

Diálogo de sombras

 ...Pero incluso habría quizá la posibilidad de un diálogo que nunca fuera explícito (pues precisamente la formulación concreta de los términos de intercambio con ese alguien destruiría su infinita cualificación), y de la misma manera que se suele producir un silencio al contemplar (por algún instante casi ajeno al tiempo) un objeto bello que la palabra nunca agotará, la cuestión a mano entonces sería tanto el momento mismo infinitamente determinable del contemplador como, a la vez, el objeto en sí y su inagotable carga de matices que habrían de irse determinando en cadena sin fin, pues de ese mismo modo también pudiera sostenerse un diálogo (mejor que diálogo, llámesele 'conexión en fase n') o eso que tanto se parece a un juego adolescente con una novia imposible cuyo asedio nunca logrará alcanzar el plano de la realidad palpable (se destruiría el hechizo) sino que se produce siempre en algún silencio tan inconsciente e irreal y de concreción tan ilimitadamente postergada («¿qué estará pensando?») por una de las partes como denso y dramatizado por la otra, y tanto que cualquier fácil caída en la tierra ('de ti lo que pensaba es esto') obtendría respuesta siempre decepcionante fuese cual fuese el signo que lograsen perfilar sus preámbulos. Y por eso lo de seguir un tanto en vilo, en el aire, un aire nocturno, por eso el juego que se sostiene en una ignorancia relativa, por eso esta ciega esgrima o abrazo o combate en ring imaginario ('teatro de sombras') que parece que fuera a postular un cierto e hipotético resquicio en el telón del mundo (siempre hay más).

lunes, 4 de julio de 2011

John Wieners. 2


ACTOS DE JUVENTUD

Y con espanto habito en medio de la noche
¿Qué ruinas de la mente me esperan, qué drogas
turbarán mis sentidos, qué poco me queda,
cuánto más puede perderse?

El miedo al viaje, al futuro sin esperanza
o salvavidas. Debo salir de aquí y ver
que el miedo no está fuera: está dentro
a no ser que algún acto o calamidad repentina

me arrastre al hospital, destruido, sin
recuerdos ya; o peor incluso, tras las rejas. Si
pudiera sólo irme del país. Cualquier sitio
en el que puedas comerte el loto en paz.

Pues en este país el terror y la pobreza me esperan; o
soy hombre marcado, mi vida una lección
o experiencia para jóvenes que sigan
mis pasos, sin Dios

a no ser un Dios de justicia, para tomar venganza
por actos cometidos de joven bajo in-
justa influencia de las circunstancias. Ah, he visto
siempre mi vida como drama, modelada

según aquellos que hallaron desastre o condenación.
Es mi mente lo que se me arrebata.
He estado frente al abismo antes. Qué
timbre en los oídos es el que me dice

que todo se acerca, casi ya el rugido del viento del invierno.
Ay de los que viven en la calle a merced de la noche.
Ay de aquellos crímenes cometidos y de los que podemos
salir indemnes.

Así que enciendo la luz
y hago aros de humo en el aire.
No pienses en el futuro; no lo hay.
Sólo en la fórmula de que el gran arte deriva.

Dolor y sufrimiento. Dadme fuerzas para
aguantarlo, para entrar en los lugares donde
enjaulan a los grandes animales. Y que podamos vivir
en paz a su lado. Una novia del agobio

que ningún dios impone pero nos sabe capaces de 
soportar su carga hasta el final de nuestros días.
Pues de eso estamos hechos; para eso hemos
sido creados. Hasta que las horas oscuras concluyan.

Y nos levantemos al amanecer.
Partículas infinitas del sol divino, ahora
veneradas en los baratillos de la noche.

De Ace of Pentacles (1964).
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Algunos datos biográficos sobre el autor en la primera entrada que le dediqué.
Una lectura de este poema se puede escuchar, con acompañamiento musical, al abrir la página de la revista Jacket, y pinchar al final del tercer párrafo (donde dice: "here it is"), página que incluye un par de lecturas más, algo diferentes, y un comentario y diálogo sobre el poema con Robert Creeley en Harvard (1972).
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THE ACTS OF YOUTH


And with great fear I inhabit the middle of the night
What wrecks of the mind await me, what drugs
to dull the senses, what little I have left,
what more can be taken away?

The fear of travelling, of the future without hope
or buoy. I must get away from this place and see
that there is no fear without me: that it is within
unless it be some sudden act or calamity

to land me in the hospital, a total wreck, without
memory again; or worse still, behind bars. If
I could just get out of the country. Some place
where one can eat the lotus in peace.

For in this country it is terror, poverty awaits; or
am I a marked man, my life to be a lesson
or experience to those young who would trod
the same path, without God

unless he be one of justice, to wreak vengeance
on the acts committed while young under un-
due influence or circumstance. Oh I have
always seen my life as drama, patterned

after those who met with disaster or doom.
Is my mind being taken away me.
I have been over the abyss before. What
is that ringing in my ears that tells me

all is nigh, is naught but the roaring of the winter wind.
Woe to those homeless who are out on this night.
Woe to those crimes committed from which we
can walk away unharmed.

So I turn on the light
And smoke rings rise in the air.
Do not think of the future; there is none.
But the formula all great art is made of.

Pain and suffering. Give me the strength
to bear it, to enter those places where the
great animals are caged. And we can live
at peace by their side. A bride to the burden

that no god imposes but knows we have the means
to sustain its force unto the end of our days.
For that is what we are made for; for that
we are created. Until the dark hours are done.

And we rise again in the dawn.
Infinite particles of the divine sun, now
worshipped in the pitches of the night.


John Wieners, «Acts of Youth», Ace of Pentacles (1964), Selected Poems, 1958-1984, Black Sparrow, Santa Barbara, 1986, pp. 62-63.

Una colección de lecturas poéticas de Wieners y un vídeo en la página de PennSound

sábado, 25 de junio de 2011

Ezra Pound. XVII de Los Cantares



XVII

Así que las vides brotan de mis dedos,
Y las abejas cargadas de polen
se mueven pesadas entre los pámpanos
       chirr-chirr-chirr-rikk- ronroneo
y los pájaros soñolientos entre las ramas.
                        ¡ZAGREUS! ¡IO ZAGREUS!
Con la primera claridad del cielo
y las ciudades engastadas en sus colinas,
y la diosa de bellas rodillas
que ahí se mueve, con los robledales detrás,
la verde ladera, con los lebreles blancos
                        que saltan a su lado;
y más allá la foz, hasta el atardecer,
aguas plácidas ante mí,
                        y los árboles que surgen del agua,
troncos de mármol salidos de la quietud,
al otro lado los palazzi,
                        en la quietud,
la luz ahora no es la del sol.
                        Crisoprasa,
y el agua verde clara, azul clara;
Más allá, los grandes cantiles de ámbar.
                        Entre ellos,
Cueva de Nerea,
                        ella como una gran concha curva,
y la barca se desliza en silencio,
sin olores a brea,
ni chillido de aves, ni sonido de oleaje,
dentro de la cueva, Nerea,
                        ella como gran concha curva
en la suavidad de la roca,
                        cantil gris verdoso a lo lejos,
cerca, los cantiles, como puertas de ámbar,
y la ola
                        verde claro, y azul claro,
y la cueva blanca como la sal, su brillo púrpura,
                        fresca, con la  suavidad del pórfido,
                        la roca gastada por el mar.
Ningún chillido de gaviota, ni sonido de marsopas,
arena como de malaquita, ni hace frío,
                        la luz no es la del sol.


Zagreo alimenta sus panteras,
                        claros prados como sobre colinas iluminadas.
Y bajo los almendros, dioses,
                        con ellos choros nympharum. Dioses,
Hermes y Atenea,
                        como aguja de brújula,
Entre ellos, temblando-
a la izquierda está el lugar de los faunos,
                        sylva nympharum;
setos, arbustos,
la cierva, el cervato moteado
saltan entre retamas
como la hoja seca entre amarillas.
Y hacia una nava en las colinas,
                        la gran avenida de los Memnones.
Más allá, el mar, crestas de olas atisbadas entre dunas,
mar nocturno que agita las piedras,
a la izquierda, la avenida de los cipreses.
                        Una barca arribó,
un hombre le sostenía la vela,
la guiaba con los remos recogidos, decía:
                        "Ahí, en el bosque de mármol,
                        "los árboles de piedra, surgidos del agua,
                        "las pérgolas de piedra,
                        "una hoja de mármol sobre otra,
                        "plata, acero sobre acero,
                        "picos de plata se alzan y cruzan,
                        "proa dispuesta frente a proa,
                        " piedra, capa sobre capa,
                        "las vigas doradas relumbran al atardecer"
Borso, Carmagnola, hombres de talento, i vitrei,
por allá, cierta ocasión, vez tras vez,
y brillan las aguas más que el cristal,
oro broncíneo, fulgor sobre la plata,
vasos de tinte en la luz de la antorcha,
bajo las proas resplandece la ola,
y los picos de plata se alzan y cruzan.
            El blanco, rosa pálido de los árboles de piedra en la oscuridad,
cipreses allí junto a las torres,
            a la deriva, bajo la amura, por la noche.

            "En la oscuridad el oro
            absorbe la luz cercana..."
Ahora supino en el cubil, bajo cúpula de ramas,
un ojo hacia el mar, por aquel atisbadero,
luz gris, con Atenea.
Zothar y sus elefantes, con la tanga de oro,
el sistro, se agita y se agita,
            las cohortes de sus bailarinas.
Y Aletha, donde tuerce la playa,
            los ojos hacia el mar,
            y en sus manos las algas,
brillo de la sal en su espuma.
Koré cruza el prado luminoso,
            polvo gris verdoso en la hierba:
"Sólo en esta hora hermana de Circe".
Vi el sol tres días, el sol fúlgido,
como alzada de león sobre llano de arena;
                                   y aquel día,
fueron tres días, y ninguno más,
esplendor, como el esplendor de Hermes,
y embarcado de allí
                                   al lugar de piedra,
blanco pálido, sobre el agua,
                                   aguas conocidas,
y el blanco bosque de mármol, las ramas inclinadas unas sobre otras,
la entretejida pérgola de piedra,
hacia allí Borso, cuando le dispararon la flecha dentada,
y Carmagnola, entre las dos columnas,
Segismundo, tras el naufragio en Dalmacia,
            puesta de sol como el saltamontes cuando vuela.
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XVII


So that the vines burst from my fingers
And the bees weighted with pollen
Move heavily in the vine-shoots:
   chirr - chirr - chir-rikk - a purring sound,
And the birds sleepily in the branches.
     ZAGREUS! IO ZAGREUS!
With the firt pale-clear of the heaven
And the cities set in their hills,
And the goddess of the fair knees
Moving there, with the oak-wood behind her,
The green slope, with white hounds
                     leaping about her;
And thence down to the creek's mouth, until evening,
Flat water before me,
                 and the trees growing in water,
Marble trunks out of stillness,
On past the palazzi,
               in the stillness,
The light now, not of the sun.
                Chrysoprase,
And the water green clear, and blue clear;
On to the great cliffs of amber.
                   Between them,
Cave of Nerea,
         she like a great shell curved,
And the boat drawn without sound,
Without odour of ship-work,
Nor bird-cry, nor any noise of wave moving,
Nor splash of porpoise, nor any noise of wave moving,
Within her cave, Nerea
                                      she like a great shell curved
In the suavity of the rock
                                       cliff green-gray in the far,
In the near, the gate-cliffs of amber,
And the wave
                                  green clear, and blue clear,
And the cave salt-white, and glare-purple,
                              cool, porphyry smooth,
                              the rock sea-worn.
No gull-cry, no sound of porpoise,
Sand as of malachite, and no cold there,
                       the light not of the sun.

Zagreus, feeding his panthers,
                         the turf clear as on hills under light.
And under the almond-trees, gods,
                           with them, choros nympharum.
Gods, Hermes and Athene,
                           As shaft of compass,
Between them, trembled--
To the left is the place of fauns,
                            sylva nympharum;
The low wood, moor-scrub,
                 the doe, the young spotted deer,
                 leap up through the broom-plants,
                            as dry leaf amid yellow.
And by one cut of the hills,
                    the great alley of Memnons.
Beyond, sea, crests seen over dune
Night sea churning shingle,
To the left, the alley of cypress.
                                                     A boat came, 
One man holding her sail,
Guiding her with oar caught over gunwale, saying:
"             There, in the forest of marble,
"              the stone trees-out of water-
"              the arbours of stone-
"              marble leaf, over leaf,
"              Silver, steel over steel,
"              silver beaks rising and crossing,
"              prow set against prow,
"              stone, ply over ply,
"              the gilt beams fiare of an evening."
Borso, Carmagnola, the men of craft, i vitrei,
Thither, at one time, time after time,
And the waters richer than glass,
Bronze gold, the blaze over the silver,
Dye-pots in the torch-light,
The flash of wave under prows,
And the silver beaks rising and crossing.
                Stone trees, white and rose-white in the darkness,
Cypress there by the towers,
                Drift under hulls in the night.

"In the gloom the gold
Gathers the light about it."...

Now supine in burrow, half over-arched bramble,
One eye for the sea, through that peek-hole,
Gray light, with Athene.
Zothar and her elephants, the gold loin-cloth,
The sistrum, shaken, shaken,
                 The cohorts of her dancers.
And Alethe, by bend of the shore,
                 with her eyes seaward,
              and in her hands sea-wrack
Salt-bright with the foam.
Koré through the bright meadow,
                      with green-gray dust in the grass: 
"For this hour, brother of Circe"
Arm laid over my shoulder,
Saw the sun for three days, the sun fulvid,
As a lion lift over sand-plain;
                                                and that day,
And for three days, and none after,
Splendour, as the splendour of Hermes,
And shipped thence
                                     to the stone place,
Pale white, over water,
                                      known water,
And the white forest of marble, bent bough over bough,
The pleached arbour of stone,
Thither Borso, when they shot the barbed arrow at him,
And Carmagnola, between the two columns,
Sigismundo, after that wreck in Dalmatia.
Sunset like the grasshopper flying.

Ezra Pound The Cantos, Faber & Faber, Londres, 1975, pp. 76-79.