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jueves, 12 de marzo de 2015

Lobañas

Las Lobañas. Ciento y Muertos.


Internet no identifica ninguna localidad como Las Lobañas. Tampoco hay reseñado ningún título Ciento y Muertos. Parece que se trataba de una novela inédita de Pérez Galdós, quizá una primera versión de El Terror de 1824 o más probablemente una prolongación de ésta y previa a Un voluntario realista.

Debería transcurrir en una región poco transitada de Extremadura, conocida como Las Lobañas. El pueblo existe porque lo visité y, aunque venido a menos, todavía contaba con algunos vecinos: una señora bastante grande salió a un balcón que le quedaba pequeño a saludarme y a inquirir sobre mi presencia mientras deambulaba por sus calles. El pueblo parecía orgulloso de haber protagonizado un episodio galdosiano un tanto sangriento y hasta disponía de una versión de sí mismo en miniatura: en un prado aledaño, y a modo de belén navideño, habían construido una aldea diminuta de unas veinte casas dispuestas en círculo irregular, pero cuidadas en la exactitud realista de la reproducción. Visité también la aldea en miniatura y comprobé su deterioro, fruto de la desatención y el abandono desidioso. La novela galdosiana estuvo en mi poder, en un ejemplar mal impreso y con medio volumen sin imprimir (así se podían tomar apuntes, pensé), algo borroso y feo de tipografía (parecía mezclar diferentes tipos, como si les hubieran faltado en la linotipia) y carecía de cubierta. Me paseé por el pueblo con el tomo en las manos para identificar los lugares de la acción.


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Juan de Zabaleta en El día de fiesta por la mañana[1654], en el capítulo sobre «El Pretendiente», observa: «La Gentilidad, entre otras maneras de sacrificios, tenía una, que era la más copiosa: esta era llevar animales de ciento en ciento, todos de una especie, que matassen al pie del Ara». La cita se usa para ilustrar la voz «ciento» en el Diccionario de Autoridades, tomo 2º, 1729, pág. 346.


El pueblo en miniatura
(Erigido en homenaje a los mártires del absolutismo, hacia 1834, y sufragado por suscripción popular entre los lugareños, su autor fue un belenista napolitano: Fabrini, de paso por la región).


Las casas del pueblo diminuto son blancas, pero sus ventanas resultan oscurecidas o como quemados sus marcos hasta la pared que las rodea que, de blanca de cal, pasa a gris o negruzca. Todo ello se ha realizado con suma destreza en el arte belenista a fin de que el efecto de pueblo quemado no desdiga de un cierto tono general bucólico.
Se disponen sobre la ladera de un montecillo o, mejor, una pequeña serranía, pues que se prolonga en altura en toda la extensión del caserío hasta cerrar el círculo o, quizá mejor, óvalo si queremos ser fieles al recuerdo del monumento. El centro o plaza del pueblo lo ocupa un terreno vacío de tierra húmeda.
Hay algunas casas de un tamaño respetable (dentro de su pequeñez) y otras más menudas, pero todas ellas tienen en común ese rasgo desastrado y ruinoso, como el de algún tipo de ruina que no obedeciera a los naturales efectos del mordisco del tiempo (demoledor en el país) sino a cierta violencia demencial e incendiaria. 


Declaraciones de D. José Manuel del Regato, al exministro Calomarde en Tolosa de Francia (de un Memorial más extenso, adjunto de una carta fechada el 3 de mayo de 1840 en Jaro, Hoylo, isla de Panay, Filipinas).

«Como habrá sabido vuecencia por las noticias de Carnerero, mi conocimiento de los hechos de Extremadura es baldón que me acongoja hasta en este rincón tan alejado de la Patria donde sufro las penalidades imaginables con que me castiga este gobierno. Todo sea por Dios y el Rey. (Se me ha concedido al fin una pensión pequeña que al menos suaviza mis estrecheces -Dios sea loado).
Fui yo el que puse en movimiento la máquina secreta de su interés tras recibir, por mediación de Carnerero, el billete de Su Majestad y del que le di noticia así como de su ejecución: recordará lo que ya le dije en la cena de embajadores en aquel breve momento de comunicación que tuvimos: «Lo de Extremadura ya está hecho a satisfacción».
Avisé a los agentes del Conde de España por entonces en Madrid y supe después que el Conde se lo había tomado a pechos y era cumplidor como vuecencia ya sabe. Con ayuda de Carnerero hicimos llegar órdenes confidenciales a Jerez para que se encargara a una compañía de escopeteros (guardias) a que acudieran a un lugar cercano, donde esperarían la llegada de los miembros de la partida de El Moreno, un gitano catalán muy de la confianza del Conde. Los gitanos no fueron notados por estar muy bien disimulados bajo un traje talar que en Solsona les había provisto dél un chantre que recibía órdenes del Obispo, ya informado de la necesidad por -según dicen, esto yo no lo sé cierto- una sociedad de netos o quizá una cofradía a la que le dicen «el Ángel Exterminador».
Todo lo que resta ya vuecencia lo sabe. Se hizo escarmiento, por la Gloria de Dios y el Rey.» 


Lo de Riego

«El pueblo contaba con varios notorios masones que a su vez eran propietarios benévolos de sus tierras y miembros destacados de la benemérita Real Sociedad Extremeña de Amigos del País. Las tropas de Riego, no tan bien recibidas en los pueblos de Andalucía como habían supuesto tras el pronunciamiento, fueron, sin embargo, acogidas con entusiasmo en Lobañas, alojadas en las casas labriegas y mantenidas todo el tiempo que necesitaron «a pan y manteles». Esta fue la causa directa de la matanza vengativa ordenada por el Rey Fernando.»

[Traducción de un comentario en hoja volandera entre las páginas de unas memorias de don Blas Ostolaza, a propósito de una frase en las mismas: «…y Dios con mano certera los castigó» junto a un resumen de los sucesos de Lobañas. Papeles españoles de Joshua Huntington en La Biblioteca del Congreso de Washington. Se transcribe el texto original de la nota manuscrita].  


The village had a number of well-known masons who happened to be both benevolent estate owners and outstanding members of the distinguished «Real Sociedad Extremeña de Amigos del País» (Extremaduran Royal Society of Friends of the Country). Riego's troops, not so welcomed in Andalusian villages as they expected after the uprising, were enthusiastically accepted in Lobañas, housed and pampered in farmhouses all the time they needed, or «a pan y manteles» as they say. This was the direct cause of the vindictive carnage ordered by King Ferdinand. 


martes, 29 de mayo de 2012

Mundos de recambio (que ya van con la garantía)

No pensar en nadie. Ponerte ante un mundo sin gente. Así no atiendes a las miserables rencillas de la pandilla ratonera. Te hace falta un verdadero mundo vacío. Es lo que pides en este momento. Un mundo de viejos tranvías de cuando antes había tranvías en general, como había flores o árboles. Un mundo, pero no como el de ayer, como el de anteayer: el que tan sólo sale por defecto cuando arranca el programa después de aparecido el cartel de Error Irrecuperable. El mundo de recambio que se guarda en la recámara o en el altillo. El que no se sacó al escaparate porque el representante lo entregaba sólo de muestra o como referencia o a manera de vínculo especial con la empresa para clientes de confianza. ¿Un mundo de pequeñas unidades cómodas para funcionar (para 'fungir') como pruebas de realidad aducibles en discusiones, en esas argumentaciones de salón francés, o las de convenciones muy intelectuales? No, para eso no vale. Es un mundo que no se ofrece al público, pero que dejamos en reserva, por si acaso, debajo del mostrador, un tanto oculto, no vaya a ser que se estropee por mal uso el de verdad y nos veamos obligados a echar mano de este otro, el que quedaba, el de repuesto.
Sus casas son casas sencillas, sin vericuetos ni torceduras ni esos arrequives que siempre llevan ya de fábrica las casas de la realidad en curso, la que venden por ahí, empeñadas en dar el pego de lo real y lo efectivo (lo eficaz; ya digo, lo que 'funge', vamos), pero que en definitiva acaba resultando tan molesto, tan atosigante por sus exigencias aparatosas y de puesta a punto y todo en definitiva nada más que para quedar bien con las visitas, con ese fisgoneo de señoras husmeantes en los rincones del mobiliario, comprobadoras de si el vestuario es el que se lleva, el de curso legal (alguna cita de Kant, el lacito en el moño...). 
Pero estas no, estas otras casas son más bien como las de los trenes en miniatura, de esos que ocupan un salón entero y casi desalojan a la familia. No precisan de citas comprobatorias del Leviatán, no hay que vestirlas con los trajes del monstruo de la cultura o, peor, de la verdad. Si quieres las usas, pero sólo muy de tarde en tarde y cuando venga a pelo. Y eso que se está a gusto en ellas e, inventadas y todo, funcionan también perfectamente y puedes preguntarle, por ejemplo, al guardagujas por la hora que es y por la dirección de la farmacia al amable jubilado del perrito lanudo. Es cierto que, cuando lo hagas, te pondrán cara de extrañeza, de estar vagamente allí sin saber muy bien por qué, quizá porque les han mandado hacerlo: estar decorativamente instalados allí mismo, en mitad de la calle, una calle que también es la de todos, y, si se les pregunta por la realidad comprobable de su papel, de su función, etc., consideran que las preguntas, todas y cualquier clase de preguntas, sobran. Si de algo están seguros es de que toda pregunta, toda inquisitiva justificación documental, allí está fuera de lugar. Al menos estos personajes, estos muñecos parientes de las miniaturas,  de las casas de muñecos y de trenes, no exigen pedigree de raza ni certificado de penales o de buen comportamiento expedido por el cura de la parroquia. No hay que andar sacando esos papeles engorrosos para, a su lado, balbucear un momento, un rato, pedir un vino en la barra, pasear distraído junto al tranvía, el almacén de víveres, la escuela del pueblo. No hay que ser del club.

martes, 20 de septiembre de 2011

Sin garantía

Ah, la perfección. Ah, el acierto seguro y confiable. Qué belleza congruente la de la certeza conseguida. Ese acorde puntual y riguroso. Llegar a esa satisfacción de ver cómo una fijeza confirma principios deletreadamente cumplimentados y nos vuelve merecedores de pública aquiescencia. Satisfecho todo.

A veces, sin embargo, es el «error», la absoluta ausencia de garantías, lo que se presenta con una inevitabilidad tan fulgurante que nunca podríamos ni queriendo abandonarla. ¿Será el demonio de la sinrazón el que nos visita con toda su parafernalia de tentaciones egoístas, esteticistas o fatalmente equívocas y quiméricas?
¿Egoístas? Lo dudo. Casi siempre esa otra realidad errada (y así tan repudiable y prescindible) suele tomar forma humana, la que deriva de la presencia de los otros, los otros seres, vivos y vibrantes, que la revelan, que la llevan consigo, que la arrastran como un viento suyo, que son ella sin serlo, que se la adueñan. No hacemos más que estar al lado y reconocerlo y aceptarlo porque reconocemos algo nuestro ahí, algo que nos visita, que nos conoce y en lo que nos reconocemos. ¿Esteticismo? Parece que tampoco. Sencilla realidad de lo que está siendo. Verdad de lo diario y cotidiano, tan excepcional y simple como ese momento de presencia y testimonio.

Nada cierto. Nada perfecto. Ni congruente. Ni razonable. Ni autosuficiente. Ni serio. Ni bueno. Ni bello porque serio, congruente y así bueno. Nada que prescinda ni necesite de cosa alguna ajena a ello mismo. Nada que prescinda de algo como tú porque te admite sin necesidad ninguna. Nada que no sea la presencia de lo que está siendo ahora contigo y vive en ti si es que tú lo estás viviendo.

domingo, 31 de julio de 2011

Diálogo de sombras

 ...Pero incluso habría quizá la posibilidad de un diálogo que nunca fuera explícito (pues precisamente la formulación concreta de los términos de intercambio con ese alguien destruiría su infinita cualificación), y de la misma manera que se suele producir un silencio al contemplar (por algún instante casi ajeno al tiempo) un objeto bello que la palabra nunca agotará, la cuestión a mano entonces sería tanto el momento mismo infinitamente determinable del contemplador como, a la vez, el objeto en sí y su inagotable carga de matices que habrían de irse determinando en cadena sin fin, pues de ese mismo modo también pudiera sostenerse un diálogo (mejor que diálogo, llámesele 'conexión en fase n') o eso que tanto se parece a un juego adolescente con una novia imposible cuyo asedio nunca logrará alcanzar el plano de la realidad palpable (se destruiría el hechizo) sino que se produce siempre en algún silencio tan inconsciente e irreal y de concreción tan ilimitadamente postergada («¿qué estará pensando?») por una de las partes como denso y dramatizado por la otra, y tanto que cualquier fácil caída en la tierra ('de ti lo que pensaba es esto') obtendría respuesta siempre decepcionante fuese cual fuese el signo que lograsen perfilar sus preámbulos. Y por eso lo de seguir un tanto en vilo, en el aire, un aire nocturno, por eso el juego que se sostiene en una ignorancia relativa, por eso esta ciega esgrima o abrazo o combate en ring imaginario ('teatro de sombras') que parece que fuera a postular un cierto e hipotético resquicio en el telón del mundo (siempre hay más).

miércoles, 22 de septiembre de 2010

La afición pétrea (Litofilia teluriana)

«...The stone is alive in my hand...» E.P., Cantos, VI

...por ejemplo, al pedernal de color gris oscuro y aceitoso o al negro, y no tanto al sílex, que es un pedernal de segunda. Ha habido veces en que, sospechando impropiedad o exceso subjetivista, les he preguntado a las geólogas amigas (Inés, maja, que ya no te veo), y no me aceptan la distinción que hago aquí entre pedernal y sílex, porque la consideran, supongo, «acientífica» y muy caprichosa: ellos y ellas los emplean como términos prácticamente sinónimos. Miro en el diccionario inglés y me encuentro con que dos de sus palabras, chert y flint, ostentan características respectivas de lo que, tan solo armado de intuición y tacto, yo siempre he llamado sílex y pedernal. Vaya usted a saber quién lleve razón. Pero así está la cosa. Bien, y se preguntará alguien, «¿pero esto a qué viene?» Pues no viene a nada. ¿O es que algo tiene que venir a algo? «Pues sí», se me dirá. «Pues aquí no», le contestaré y se acabará la discusión. Y ¿cómo aparece la cosa? Yo mismo, quizá el más interesado en el problema, no lo sé muy bien. Supongo que empezó hace ya mucho, en la infancia (donde suelen aparecer las cosas interesantes), y que una vez puestos a la faena, y en este blog, di cuenta de él en una entrada que aprovechaba cierto viejo relato-reportaje traspapelado (¿o que fue publicado antes? Ya no lo sé). Allí se hablaba del origen del interés por pedernales y otras piedras o «minerales», y que era algo que acababa por concretarse en el pedernal y sus circunstancias. Verdad es que el coleccionismo de minerales no dejaba de ser una inclinación habitual y perfectamente natural en una cierta época de la vida (los bellos cuarzos polares, las maclas de pirita, alguna blenda ferrífera sobre cuarzo formando cuevas de colores, las cuevas de las joyas, aquellas que aparecían en Viaje al centro de la tierra de Verne o Las Minas del Rey Salomón de Ridder Haggard, para citar los ejemplos sobresalientes y sus películas, claro), pero allí, en aquel relato, lo que se intentaba explicar era ese carácter monográfico del pedernal como la «piedra en sí». Su absolutismo. Y eso era y es ya lo inexplicable. Sólo recuerdo haber sugerido alguna de las sensaciones que me trasladaba (y eso sólo cuando era pedernal verdadero) como un algo intermedio entre lo animalescamente dormido y lo céreo, lo óseo y lo pétreo inerte. Esa cosa. 

Otra distinta es que se haya utilizado como una imagen en este blog: en alguna rara entrada meditativa, y también que se me hubiera aparecido en algún poema americano que he traducido (juro que ni lo busqué: me salió el verso en aquel poema de Berrigan y entonces lo vi, y caí en la cuenta después de haberlo escogido).

Pero de qué sea realmente imagen la piedra es algo mucho más oscuro,y sobre lo cual disienten los filósofos, tal y como dice el dicho, más aún incluso que las olas de la mar.

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Nota a la foto. Los viejos trillos (como algunos, que ya inútiles, decoraban a manera de mesas rústicas, los tránsitos de cierto castillo o casa rural de que se habló en algún momento) usaban como ingrediente mascador pedacitos de pedernal iguales a los pequeños que se dejan ver en la foto (el grande es un pedazo de sílex, cariñoso regalo de mi gran amiga, compañera y geóloga, Inés Moreno).


martes, 13 de octubre de 2009

Segundo momento absurdo, la cariñada.

Me ha sucedido otra vez, esta tarde. Despierto de la siesta. Sensación intensa de extrañeza (como la que ya comentaba el otro día Citrine). La extrañeza de habitar algún mundo inidentificable, falto de alguna póliza o documento imprescindible y que tampoco se alcanzara a concretar. Estoy solo en casa. Han salido todos.
Tanteo a efectos de constatación habitaciones y pasillos. Toco las paredes. Sonambulismo vago. Voy cayendo en la cuenta de que estoy despierto muy, muy despacio. Me acerco a la ventana que da a la calle.
Miro:
Un automóvil aparcado ahí enfrente y al volante una chica morena espera a su amiga. La amiga, también morena, gordita y con gafas oscuras y la chaqueta de punto al brazo, se monta. Siento una primera oleada intensamente cariñosa hacia la amiga morena de la chaqueta de punto que se monta, pero no como una persona concreta sino como tipo o alguna muestra sobresaliente de cierta «cualidad maravillosa» que no se precisa.
En la acera de enfrente y cerca del automóvil anterior que ya sale, aparece un matrimonio paseando, de vuelta a casa, tras recoger a sus hijos del cole. El pequeño llama la atención de su madre con insistencia gritona de «mama, mama» (sin acento, llana) que distingo a oír desde el balcón. Se detienen un segundo. Todos visten algún género de prendas de vaquero marrón, más oscuras las de la madre que luce asimismo unas ostentosas gafas negras redondas de tamaño desproporcionado. Todos, sin estar gordos, muestran un aspecto llenito y saludable. Otra vez, como una oleada arrasadora, surge la sensación de cariño desproporcionado, absoluto,irreprimible, pero ahora en la forma de una gana desordenada de «comérmelos» a besos y abrazos a todos juntos, al bloque familiar entero, sensación que se transmuta en un instinto casi caníbal ya sin comillas. Sólo entonces vuelvo de verdad en mí y me despierto algo inquieto a la realidad convencional y de toda la vida.
Apunto esto rápido, no sé, en lo primero que pillo: un papel en el que esta misma mañana había impreso un artículo de internet titulado Vaya ganado y qué caro sale el zoo y que de primeras leo como «Vaya ganando y qué caro...etc.» y en el que había subrayado por su sonoridad la frase:

«Diputados católicos que dilapidan una fortuna (la nuestra) en una casa de putos».
Cosas de lo cotidiano. En fin.

miércoles, 29 de abril de 2009

Globos del azar

Contemplo en el blog de Ferrer Lerín un bodegón holandés que identifico de inmediato, pero a la vez noto que no es el bodegón que yo conocía. ¿Por qué?

Las cosas no están en su sitio. Aparece, sí, el "vaso globular". Permitid que lo llame así: en mi memoria lo globular de ese vaso de agua lleno hasta la mitad coincidía con un globo casi perfecto de agua y el puercoespín de cristales de la base destacaba sus púas haciendo casi imposible su manejo convencional. Recordaba el cucurucho de las especias o de la sal...pero todo era de otra manera.
Busco por la red y me encuentro una serie nutrida de variantes o copias o versiones del bodegón bendito... Aparece uno que casi es el que yo tuve delante. Y no lo puedo remediar y, aprovechando un rato libre entre clases, pongo una nota de comentario que me temo haya sido sentida como perfectamente extemporánea. Ay.

Porque la cosa no acaba ahí. Un "anónimo a" y el titular del blog derivaban una charla de sugerencias hacia las enciclopedias y resulta que, de entre ellas, surge reluciente la Sopena: más de un amigo de este añalejo ya lo habrá identificado como uno de los fetiches del indolente. ¿Qué más se puede pedir?

¿Quién o qué gobierna estas conjunciones? Las sobremesas sorianas de media década de los 80 estuvieron presididas por el "vaso globular", el cucurucho, las nueces, el limón reseco y su piel desgajada y retorcida.

Y, a pesar de todo, habrá quien opine que las imágenes no son otra cosa que meras abstracciones... E incluso que precisamente por eso, porque lo son, pasen estas cosas.
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Esto se acerca bastante a lo que recuerdo: el vaso en el centro, una especie de copa polilobulada, la llave que cuelga...Pero sobra ese vaso de oro...

viernes, 17 de abril de 2009

Obligaciones...de pollo


Era algo "de pollo", y no se precisaba el qué. Se trataba de una obligación perentoria que debía cumplirse o presentarse en un muy variado formato o abanico de variables: uno podía cumplir una parte de una larga serie de condiciones (aunque era mejor para la tranquilidad del presente y su futuro cumplirlas todas) en forma de innumerables combinaciones de sabor y textura, pero lo que ya no estaba tan claro era el qué de aquel "al menos que sea de pollo". Porque lo particular e insistente era su carácter de obligación, de obligación perentoria ("vamos a ver, chaval, -venía a dar a entender-, hay un decálogo, por ejemplo, y, si es que lo hay, es que está para cumplirlo") y lo más curioso era que no se tratase de ninguna receta de cocina ni siquiera de algún resto de pedido olvidado y medio susurrado a la puerta por su cónyuge a manera de encargo para completar la lista de la compra en el supermercado de aquella mañana; no, más bien, la orden parecía desprenderse de las labores ejecutables en este mismo aparato en el que se hacen casi todas esas cosas que importan: era labor perentoria y a plazo fijo, y había que cumplirla y entregarla ya, ya y en esa misma ventanilla; y, entre un interminable listado de características exigibles al tal objeto numinoso o documento -pero (¡ay!) evaporadas de la mente-, quedaba como un último rastro (último, sí, pero, precisamente por ello, el imprescindible) el de que, al menos, hubiera de ser... de pollo.


¿"Una memoria justificativa, un proyecto con presupuesto, una reseña crítica... pero que sean de pollo?" se preguntaba angustiado el sujeto. Y nadie le respondía. Fue en ese mismo instante cuando despertó.

domingo, 1 de marzo de 2009

(Re) lapso

Domingo. Siete de la mañana. Inmensidad de papeles infantiles piden ser atendidos. ¿Siete de la mañana porque inmensidad de papeles piden ser atendidos? ¿Tal el poder de la autoconciencia (Hegel) que muta en insomnio? No sé. Y entonces me invade una demora, un lapso, un tiempo. Un escrúpulo de no abandonar tan feamente esta ristra de lánguidas apariciones desflecadas al rebufo del indecoroso delantal publicitario aquel del otro día, del otro mes. Un descanso, un olvido andaluz, un rato al menos de retiro en la cueva primitiva donde recogerse devotamente y ahora por un tiempo, un siglo, para, si es caso, que ese algo de momento sirva y el troglodita cataléptico se reponga y vuelva fresco. Vale.(1)

(...) I could
now place you
in a column from which
There is No Escape
and down which The Machine
will always recognize you (...)

Ed Dorn, Gunslinger, 33.
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(1) ...Y, por si fuera poco, el aparato ("The Machine") repleto de virus.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Fundamentos


I

El crítico reseña un libro de poesía. Le afea el uso de alguna palabra y le reprocha su anti-intelectualismo y su misoginia(1). Respecto al primero de los reproches apostilla: "Eso es algo que marca demasiado desventajosamente a una persona". (2) Quizá, en vez de persona, debió precisar "a un poeta". Y en ese mismo instante se le habrían levantado de sus tumbas cientos, miles de poetas muertos al grito unánime de "¡Presente!". "Pero eso no me afecta, claro, ni toca en nada a la categoría", replicaría el crítico con toda la razón de su parte. Cabría pensar, se me ocurre, que el mentado Ted Hughes (como otros muchos practicantes del arte, y, sin que haga falta llegar a tanto, como muchas otras personas) se viera precisado a servirse de sus facultades intelectuales de una manera poco atenida a los hábitos clasificatorios del reseñador; incluso es posible que usara tales facultades -si suponemos que alguna vez las tuviera a la mano- de un modo pecaminosamente poco intelectual, poco serio, vamos, (desde la perspectiva del reseñador siempre), y hasta se podría pensar que, en efecto, y desechadas cualesquiera otras posibilidades, era anti-intelectual y ya nada remediaba esa filiación voluntariosa. Pero justo en ese momento nos detenemos para suponernos en el error, si es que no ha sido ése el caso desde un principio (es decir, que el reseñador ya habrá pensado esto seguramente, que no se le habrá pasado por alto): ¿Cabría suponer que el tal poeta u otro cualquiera de ese tenor o parecido, si lo hubiera, se proponga fines para los cuales la actitud intelectual -es decir, la buena actitud- no fuera la imprescindible? ¿Cabría pensar que se proponga, por ejemplo, algún tipo de fines exclusivamente poéticos, o mejor, poéticos pero de una naturaleza -¿será, seguirá siendo entonces "poesía" lo que fabrica?- tales que lo "intelectual" o bien quede tristemente arrinconado en la sombría esquina del cuarto o resulte suspendido "a divinis", es decir, momentáneamente "neutralizado" y que fueran, por ejemplo, otras las posiciones de saber (o que no haya posiciones de saber) las que tomen el timón y se encarguen de culminar la travesía? ¿Tiene alguna obligación moral o de algún otro tipo -si es que desechamos ya la puramente poética o literaria-, algún deber ese tal poeta cuando ejerce - pero ¿ejerce todo el rato o en lapsos de poeticismo?-, tiene, digo, obligaciones laborales -no como persona civil o ciudadano, sino en el ejercicio libre de su actividad, como individuo sin título tan siquiera de ejerciente-, es decir, tiene que cumplir deberes que impliquen la condición ineludible del intelectualismo? Pero pongamos que se le reconocieran excepciones de fin de semana o lapsos de asueto intercalares, licencia de estudios o, si hay suerte, un año sabático completo...y en ese último caso, ¿podrían dejarle pastar tranquilo y libre en el anti-intelectualismo si es que, y sólo si es que, después, y ya entrado en razón, vuelve al redil?

II

El profesor pone una nota al pie(3) de su "tractatus" y dice: "yo soy objetivo". (La naturaleza de la materia "tractada" es del género de la de la literatura). Me pregunto: ¿Dice "objetivo" del mismo modo que el otro dice: "yo soy ateo militante" o hay que suponer que nos anuncia unos principios metodológicos perfectamente garantizados?

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(1) Eso sí que está feo, aunque también es verdad que antiguamente y Quevedo incluso...En fin.
(2) Desechemos la interpretación eufemística de "anti-intelectualismo" como una variante cruda de términos como "memo, idiota, etc." aunque pudiera entenderse implícita como uno de sus variados consiguientes. En tal caso este comentario sobraba.
(3) En relación con ostentaciones de ese tipo, léanse páginas discretas como la siguiente:
"(...)Parece ser el dilema de la filología que sólo si se sumerge en ella es capaz de comprender la obra de arte como obra de arte y que, por lo tanto, precisamente en interés de su cientificidad, es decir, de la adecuación a su objeto, tiene que renunciar a criterios que ha tomado de otras ciencias(...)
La demostración que cree trabajar sólo con hechos fracasa porque no ha reflexionado lo suficiente sobre sus supuestos gnoseológicos, y no ha reflexionado lo suficiente sobre ellos porque confía ciegamente en los hechos. (...)
Cabría preguntarse si en la filología es posible separar estrictamente el material objetivo de la interpretación subjetiva, desde el momento en que la utilización del material es ya una interpretación. Entre demostración y conocimiento hay, para la comprensión filológica de textos, una conexión totalmente diferente a la que en un momento se postuló desde las ciencias naturales.(...)
La demostración filológica depende, pues, de la comprensión de una manera totalmente diferente de, por ejemplo, la matemática. En aquélla no tiene que comprenderse sólo la demostración, sino que el carácter de demostración de lo fáctico debe ser previamente descubierto por la interpretación, mientras que, en sentido inverso, lo fáctico señala el camino a la interpretación. Esta interdependencia de demostración y conocimiento es una de las formas en las que se muestra el círculo hermenéutico. Quien no quiere aceptar que un hecho sólo es capaz de demostrar la corrección de una interpretación en la medida en que él mismo ya está interpretado, falsea el círculo de la comprensión en beneficio del ideal imaginario de una recta que iría directamente de lo fáctico al conocimiento. Puesto que en la filología esta recta no existe, los hechos deberían valorarse como indicaciones más que como demostraciones. Con ello no se habla en favor de resignación ninguna ni mucho menos se abre la puerta a una arbitrariedad acientífica. Hay arbitrariedad, por el contrario, cuando, a causa de un ideal de ciencia tomado de otras disciplinas, se atribuye a los hechos una fuerza demostrativa objetiva que no les es propia en este ámbito.(...)
En la evidencia ni se desoye el lenguaje de los hechos ni se falsea su comprensión cosificándolo, sino que se lo percibe en su carácter subjetivamente condicionado y subjetivamente mediado en el conocimiento, es decir, se lo percibe en su verdadera objetividad.(...)
El pasaje paralelo, al igual que cualquier otra prueba, tiene que mostrar antes su carácter de prueba. Pero esto ocurre en la interpretación. Aunque los pasajes paralelos puedan ser muy valiosos para ésta, la interpretación no puede apoyarse en ellos como si se tratara de una prueba independiente, ya que de ella obtienen su fuerza demostrativa. Esta interdependencia es uno de los hechos fundamentales del conocimiento filológico, y no debe ser ignorado por ningún ideal científico.
La filología debe cuidarse de transformar su objeto de acuerdo con pretendidos criterios de cientificidad, pues precisamente de este modo deja de ser ciencia.(...)"

Peter Szondi, Estudios sobre Hölderlin, Ensayos/Destino, Barcelona, 1992, pags. 28-37 y en general todo el ensayo "Acerca del conocimiento filológico" y los comentarios de texto que le sirven de ejemplos.

martes, 23 de septiembre de 2008

Una imagen a la puerta...

It is a mistake to suppose, with some philosophers of aesthetics, that art and poetry aim to deal with the general and the abstract. This misconception has been foisted upon us by mediaeval logic. Art and poetry deal with the concrete of nature, not with separate ‘particulars,’ for such rows do not exist.’ (Ernest Fenollosa, "The Written Chinese Character as a Medium for Poetry", edición de Ezra Pound)(1)

...del laberinto o del viaje o la jornada. Que una imagen se sitúe como un motivo de arranque de una serie de situaciones o avatares o aventuras a la manera de los jalones en un trayecto o de las casillas de un juego de la Oca, que sea el cabo inicial de un hilo de Ariadna que rastrea al Minotauro, es un rasgo repetido de la aventura antigua, de la obra poética moderna, del poema épico. En unos casos son imágenes direccionales, fórmulas metafóricas de la señal que enfocan una ruta. El bosque en la Commedia, la "selva oscura...aspra e forte" es el lugar de la pérdida que por eso abre un camino nuevo, arranque del viaje dantesco por los reinos del mundo de los muertos; Verne en el Viaje al Centro de la Tierra nos invita a seguir el itinerario del criptrograma, la llave de la entrada ("Desciende por el cráter de Jokull..".etc.); Alicia, tras toparse con "un conejo de ojos rosados" que apresurado se introduce por una madriguera, sin pensárselo más le sigue y se arroja al pozo. También hay otra clase de "puertas": en el pasado siglo XX algunas aventuras estéticas arrancaban de una imagen, de una escena, una visión, dentro de esa misma escena, de algo especialmente intenso o bello que abría la percepción hacia un ángulo no previsto de la experiencia, es decir, hacia su ángulo más real: Ezra Pound contempla en 1911 unos rostros iluminados en la oscuridad de un túnel del Metro parisino de la Place de la Concorde, cuando se disponía a salir, y esa imagen intrigante se elabora, se proyecta contra otra aparentemente muy lejana y, yuxtapuesta como su equivalente poético o metáfora, se convierte en el emblema del Imaginismo:

EN UNA ESTACIÓN DEL METRO
La aparición de esos rostros entre la multitud:
Pétalos en una húmeda rama negra.(2)

Una imagen que parece tener, además, algo del criptograma de Saknussemm en el viaje de Verne. Leída estéticamente es metáfora de rostros bellos (rostros=pétalos) y ahí parece quedar todo. La brevedad del haiku, el contraste chocante de lo moderno artificial, mecánico y ciudadano (Metro y rostros bellos) con los pétalos. La imagen original concreta y objetiva sin más, sin interpretación, sin decoración, el "detalle contemporáneo", al proyectarse sobre la imaginación visual del lector, se funde (y esa sería la proposición poética imaginista) con otra, inesperada, natural, obligando al lector a reinventar lo percibido en la primera fase o lectura. La imagen inicial se renueva, se recrea. Y en esta segunda fase o relectura las interpretaciones posibles se multiplican: ¿qué evoca ahora la escena? Contraste luz-oscuridad-belleza. Salida a la luz, belleza momentáneamente iluminada ("aparición") por el sol que nos invita a una alegoría casi infinita: Orfeo vería así a Eurídice en el momento de la separación, así veríamos a Perséfone volver el rostro a la llamada de su madre, ya dispuesta a dejar el reino de Hades. Tinieblas, contraluz, belleza.
Se me ocurrió hace un tiempo sentir el paralelo entre esta escena, como figura del "descubrimiento de lo inusitado" y su poema, y otra escena y su evocación en la prosa, su largo rastro, en la obra de uno de los grandes iniciadores de la modernidad literaria europea, Ramón Gómez de la Serna, quien quizá poco antes de la citada salida poundiana del Metro, y en 1909, se pierde cierta noche por los barrios bajos parisinos para contemplar el espectáculo de bailes de teatro callejero, las desgarradas y eróticas pantomimas de Colette-Willy y La Polaire evocadas en su libro Tapices (1912):

"La calle era sórdida, había en ella una carnicería de carne de caballo, con las tres cabezas hípicas de metal sobredorado en el frontis, que son el distintivo de estas tiendas...(...) El teatro tenía luz, luz sucia de teatro de arrabal con malos sudores y malos pensamientos. Esa luz que se entinta irremisiblemente en casi todos los rostros, porque son esa clase de rostros que no cogen la luz...(...) Y aparecía ella. La misma Colette Willy. (...) Se volvía a su rostro después de la danza y se veían ya más acostumbrados a su sombra, ya más dentro de su artificio, su rostro agudo, aristado hasta la fealdad, esa fealdad que se besa con la belleza(...). Sus ojos no eran esos ojos de actriz, que recogen la luz de las candilejas, y que recogen el tratro entero, sino ojos ajenos al espectáculo, con una cerrazón negra en la pupila, esa pupila que como no puede ser pintada sufre el efecto de lividez con que daña la luz de las baterías...Apagaban todo el resto de luz, y su negro era un negro violento, un negro irresistible que desviaba la mirada...
Alternantemente se volvía a ver lo que su rostro tenía de cerámico, y era cerámica de máscara japonesa. Sus cejas, como dos culebras venenosas, coleaban hacia la sien y se engarabitaban encabritadas como enseñándose la lengua bífida -hacia lo alto de la frente; sus ojos cerámicos eran una rasgadura, un horizonte de sus ojos verdaderos, que por lo prolongados que eran, por cómo se tendían, salían como muy fuera del óvalo restante; la nariz era cerámica, sin línea, resultaba más que nada compuesta por los ojos y la boca... ¡Oh, la boca! Parecía pintada por el revés, en su entraña y como si hubiera mascado flores de azafrán, o hubiera echado un mordente en un sorbo de sangre, los dientes, las encías, el paladar y hasta las anginas estaban coloradas de un rojo febril y áspero... Un rojo alegre como el azul de un buen día..." Etc., etc. [En realidad el libro entero es traducción de lo contemplado aquella noche](3).
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(1) en Imagining Language, An Anthology, edited by Jay Rasula and Steve McCafferey, MIT Press, 1998, p. 515.Léase aquí. Ver también el interesante comentario de George Kennedy sobre el ensayo de Fenollosa o el más reciente de Philip Kubersky.
(2)
IN A STATION OF THE METRO
The apparition of these faces in the crowd:
Petals on a wet, black, bough.

Ezra Pound, "Lustra" (1916) en Personae, New Directions, Nueva York,1990, p. 111. Para una interpretación clásica ver Hugh Kenner, The Pound Era, Faber & Faber, Londres, 1975, pp. 184-188. También puede leerse aquí.

(3) Ramón Gómez de la Serna, "Revelación" del libro "Tapices" (1912), en Prometeo I. Escritos de juventud (1905-1913), Círculo de lectores-Galaxia Gutenberg, Barcelona, 1996, págs. 771,774-775 y ss.

domingo, 3 de agosto de 2008

Estrenar el mundo

...ὑπο θείας ἐξαλλαγῆς...
"...y la otra por un cambio de los valores habituales provocado por la divinidad" 
Fedro, 265b

Valladolid. Curso 1970-71. Octubre. Sala de música del Colegio Mayor "Santa Cruz". Leo el Fedro de Platón (episodio del carro, los caballos y el auriga) mientras escucho la sinfonía nº 3 de Brahms a todo trapo. Estoy solo. Las butacas rojas. En la pared lateral de la sala, un antiguo colegial, arqueólogo y de apellido Wattenberg, había pintado al fresco y con mucho esmero una escena medieval vallisoletana. Era en aquel entonces un joven profesor, discípulo y compañero de Palol, que acababa de fallecer (quizá el mismo año en que yo escuchaba a Brahms mientras leía el Fedro en la tal sala).

Y todo porque esta mañana de domingo suena por aquí otra vez la  sinfonía de Brahms, esa misma de por entonces, y nada, pues ya sabéis, lo del fetichismo, que le dicen.

El ejemplar del Fedro (aquella edición roja y bilingüe del "Instituto de Estudios Políticos" en versión de Luis Gil) está aquí mismo en este estante de al lado y la veo ahora bastante estropeada: no sé por qué le recorté sus rígidas tapas de cartoncillo y brutalmente la subrayé a bolígrafo.

Una de aquellas tardes de hace 38 años en que el mundo se estrenaba y lo hacía con el Fedro y con Brahms. Quizá haya mejores maneras de estrenarlo, y también las habrá peores. Pero aquélla fue la mía.
 La que llamo «Sala Roja» por los cortinones de terciopelo rojo que recorrían toda la pared izquierda. En la pared derecha los frescos renacentistas de Wattenberg. Las butacas entonces también tapizadas de rojo. El tocadiscos se colocaba en la esquina izquierda del estrado, y quien escribe se solía sentar en la primera butaca de la primera fila. Casi siempre felizmente solo. Ahora parece remodelado.

martes, 13 de mayo de 2008

Aposiopesis

...o reticencia. Silencio tenso. "Y aquel día ya no seguimos leyendo más" (Quel giorno più non vi leggemmo avante) y los puntos suspensivos adecuados. Como si fuera ahora mismo cuando suena otra vez (ya sabéis; me puede) el caballero Glück y su alter-ego Orfeo (véase) y entonces me acuerdo, sí, que es que me acuerdo (¿verdad? Esto sí es una enfermedad de las buenas) y Orfeo me lleva, me arrastra de la voz de la Baker (Janet) con su puro ciel, che caro sol, che nuova luce y entonces (ya está otra santa vez, otra, como en el mismo Salón Rojo de música del Santa Cruz, sí, como allí otra vez) y entonces sí que uno se engancha a su propio ójema de primera, no al de imitación, al bueno-bueno (sí, que va uno y se enchufa en directo al puñetero Cuerpo Primordial -¿pasa algo?-, al mismo y jodido augoeidés, dicho quede) y, claro, entonces se cuelga, ay, se queda como aquellas otras veces, con esa misma cara de tránsito, un momento solo, una cara como de annnng... un rato, un siglo.
Y vuelvo otra vez (y ya no hay tiempo) a cuando leía en el estudio de pintura de casa, octubre 72, ayer, ahora, El Quijote como obra de arte del lenguaje, sí, el de Helmut Hatzfeld, sí, por una vez va y resulta que es un arrastrado libro de estilística, de filología, y que puede, en las debidas circunstancias de fiebre y gripe y mezclado con el olor inolvidable del aguarrás, puede eso, diventare delicioso, puro placer mental y casi físico (ah, la fiebre) y veo aquel tomo del Quevedo, el de Planeta, gastadísimo y su rombo dorado del lomo prácticamente borrado de tamaña soba. Ese mismo año (Valladolid alejándose) convaleciendo de algún catarro gigante, de alguna gripe, tirado en la cama del estudio, recuperándome ¿de qué? ¿de Valladolid? y volviendo a la vida (¿a la verdadera? ¿o a alguna otra? quién sabe) y aquí abajo mismo tengo el libro (lo había olvidado y me ha venido a ver), me apoyo en él, todo raspado el pobre de marcas de lápiz y rotulador rojo, destrozado, masacrado y leído de veras, sorbido como sólo entonces...

Che mai dell'Erebo...
Out of Phlegethon...

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Para los conceptos griegos transliterados se puede consultar con provecho (a falta de la edición de Dodds, Elementatio Theologica, Oxford, 1933) Proclo, Elementos de Teología, traducción de Francisco Samaranch, Aguilar, Buenos Aires, 1975, §§ 184-211 (sobre todo § 209). También la nota 48 a X, 13, pp. 128-129 de Hermès Trismegiste. I. Poimandrès. Traités II-XII, en Corpus Hermeticum. Tome I, Texte établi par A.D. Nock et traduit par A.J. Festugière, Belles Lettres, Paris, 1972. Explicaciones en interesante contexto aviceniano se hallan en Henry Corbin, Cuerpo Espiritual y Tierra Celeste. Del Irán mazdeísta al Irán Chiíta, Ediciones Siruela, págs. 116-120.

jueves, 17 de abril de 2008

Tiernos y acorazados


Mencioné en alguna ocasión a ese insecto que ofrece un artístico aspecto de pluma india, el Pyrrhocoris Apterus, y que recuerdo haber contemplado emocionado, y como si lo viese por vez primera, en un banco del Parque de la Rosaleda de Valladolid allá por el invierno del 70. La fascinación por los insectos en conjunto es anterior (desde el entusiasmo con que recogía nidos de procesionaria del pino en el monte Arraiz y sufría durante un par de semanas de asueto escolar las consecuencias) y también ha sido comentada.
Ahora (anoche exactamente, en el entresueño) se me ocurría observar el detalle de los insectos como seres dotados de coraza, de exoesqueleto (que se dice con primor entomológico) perfectamente diseñado para la protección del conjunto de sus partes blandas (o tripas), una propiedad que contrasta con los mamíferos de nuestro estilo que poseemos unas partes blandas descaradamente desprotegidas en cuanto se nos quita el tabardo de encima.

No sé por qué se me vino entonces al entresueño citado la imagen de Darth Vader a modo de ejemplo. Cuando terminada la prolija pelea y ya en el suelo su hijo le libera del casco-prótesis, uno siente como si a un escarabajo lo despojaran de su brillante armadura. Gregor Samsa (como detalla Nabokov en su comentario y apoya con dibujos en los apuntes de clase para los cursos de Cornell sobre literatura europea) debía saberlo bien, pues sus dificultades para accionar y trasladarse desde la cama donde yace patas arriba recuerdan a las de un caballero cruzado en el fragor de la batalla que maniobrase bajo el caballo muerto tras de un asalto. Kafka era funcionario de una oficina estatal de accidentes de trabajo y ¿qué mejor que una armadura (meditas nocturno) natural y entomológica para proteger eficazmente al obrero de las peligrosas máquinas modernas tan inclinadas a rebanar dedos, y manos y brazos al menor descuido?

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Vladimir Nabokov, Curso de literatura europea, Círculo de lectores, Barcelona, 1980, p. 342