viernes, 15 de septiembre de 2006

Colette

Ahora me acuerdo de ella. Desde que el otro día empecé a leer las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand en esa nueva edición de Acantilado(1), parece que más cuidada y completa que las anteriores. Ya tenía otra, con grabados, de mediados del XIX, y se me ocurrió compararlas y entonces vi la fecha del libro (esto de fechar la adquisición de los libros es una manía que voy abandonando). Me lo había regalado Colette en octubre del 80.

Conocí a Colette y a Moisha en San Leonardo (Soria) ese mismo verano. No sé qué podían hacer por allí, pero en la cafetería del único hotel del pueblo fue donde empezamos a charlar y me contaron su historia. Ella era vascofrancesa de Lourdes y él judío de origen ruso. Habían llegado a España huyendo de la persecución nazi y, tras cruzar el Pirineo a pie y pasar una temporada confinados en el campo de concentración de Miranda de Ebro, consiguieron instalarse en Madrid. Él era médico.

Después del verano me llegaron las primeras cartas de Colette y, al poco, también los libros (me dijo que ya no tenía apego por ellos; que estaba mal de la vista y le cansaba leer). El Rabelais de Garnier me lo envió encuadernado y después llegaron unas antologías breves de media docena de clásicos "Larousse": Rousseau, Diderot, Nerval, Madame de Lafayette..., las memorias de Mlle. de Montpensier y el único en español: las Memorias de Chateaubriand(2).

En una de sus cartas me hablaba de la enfermedad de su marido. Dejó de escribir y cierto tiempo después llegó la última: Moisha había fallecido y ella pensaba irse a vivir con su hija, ya casada, en Israel. No supe más. La nueva lectura ahora de Chateaubriand me ha recordado todo aquello.

Aunque nunca he sido demasiado galicista en mis aficiones lectoras, le debo a ella cierto empujón, y, sobre todo, le debo a Rabelais.

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(1) François de Chateaubriand, Memorias de Ultratumba, trad. de José Ramón Monreal, 4 vols., Acantilado, Barcelona, 2006.
(2) Francisco R. de Chateaubriand, Memorias de Ultratumba, traducción de Francisco Medinaveytia, Gaspar y Roig, Madrid, 1855.

jueves, 14 de septiembre de 2006

Dragones en la ribera: Louis Zukofsky y Eugenio Montale.

Leo el arranque de las "Barcas en el Marne" de Eugenio Montale y me acuerdo de un par de poemas de Zukofsky. Os los pongo sin más.


21
¿Puede una mota de luz defraudar su propósito
cuando el pensamiento indica que es intensa u oscura?

Mira al sol y piensa sombra.

De nuevo
(1935-1944)


2

No mucho más que ser,
pensamientos de aislado, bello
ser cuando anochece, para esperar
en la ribera:

una vara oscurece
con el girar de la rueda;

hombres trabajan en el malecón
junto a una carreta desvencijada;

Leopardo, de luminosas manchas,
el río en verano-
debajo:                        El Dragón:

"29 poemas" ("55 poemas") 

Barcas en el Marne

Felicidad del corcho abandonado
a la corriente
que alrededor deslíe los puentes reflejados
y el plenilunio pálido en el sol:
barcas fluviales, ágiles en el verano
y un murmullo estancado de ciudad.
Miras a un tiempo prado y remos
si llega con su red el cazador de mariposas,
la hilera de árboles detrás del muro
donde la sangre del drago se repite en el cinabrio.
(...)

De Las Ocasiones (1928-1939)

sangre del drago: resina que se usa para medicamentos y pinturas. Se extrae del tronco del drago, gran árbol de la familia de las liliaceas.
______________________________

21
Can a mote of sunlight defeat its purpose
when thought shows it to be deep or dark?

See sun and think shadow.

Louis Zukofsky, Complete Short Poetry, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1991, p.88
[Anew, 1935-1944].

2
Not much more than being,
Thought of isolate, beautiful
Being at evening, to expect
at a river-front:

A shaft dims
With a turning wheel;

Men work on a jetty
By a broken wagon;

Leopard, glowing-spotted,
The summer river-
Under:                 The Dragon:

Louis Zukofsky, Complete Short Poetry, ed. cit., p.22 [55 poems, 1923-1935]


Barche sulla Marna

Felicitá del sùghero abbandonato
alla corrente
che stempra attorno i ponti rovesciati
e il plenilunio pallido nel sole:
barche sul fiume, agili nell'estate
e un murmure stagnante di cittá.
Segui coi remi il prato se il cacciatore
di farfalle vi giunge con la sua rete,
l'alberaia sul muro dove il sangue
del drago si ripete nel cinabro.
(...)


Eugenio Montale, Poesía Completa, edición bilingüe de Fabio Morábito, Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores, Barcelona, 2006, p. 265, y nota en p. 1040.

Contrastes


Breve escena de Vértigo de Hitchcock. Sueño modélico.

Sigo a la chica misteriosa ( ese rayo de luna que aparece como Madeleine y después es Judy) que se mete por un callejón. El callejón cualquiera. Sale del coche y abre la puerta de un trastero desportillado con abundante mugre y cachivaches rotosos (¿Qué podría pasar? ¿Un encuentro en la tercera fase propio de los "trasteros descuajeringados"? Algo muy malo, como por ejemplo, cualquiera de entre todas las posibilidades de lo gótico y lo espeluznante).

Imaginemos que se la esté beneficiando algún gorila de las milyunanoches o del tipo King Kong, con el que se cita ahí; o, si no, oculta en ese antro las sesiones vergonzantes de algún vicio, se inyecta toda clase de drogas amparada por la tenebrosa oscuridad, o quizá, más bien, y rompiendo con las reglas de la verosimilitud, se transforma en un ser monstruoso, una Lilith de patas de pollo, que de seguro devorará a su demasiado curioso perseguidor, y así todo el completo etcétera interminable en la larga serie de los horrores que suelen aparecer vinculados al descuido, la molicie y la tendencia urbana a la dispendiosa acumulación de mobiliario inútil y toda esa clase de basuras de los trasteros con salida al callejón).

Y sólo son unas décimas de segundo...

Pero ya no la vemos.

Resulta que... el trastero tiene una puerta y esa puerta, si la abres, se limita a presentarnos una deliciosa panorámica de la floristería más lujosa y resplandeciente del barrio. Las flores hacen brillar sus colores en el tecnicolor más rutilante (en la versión reconstruida aún más) como si fuesen joyas. Así que: gran espasmo de sorpresa y reduplicación consiguiente, por contraste, del colorido y su chorreante luz cromatizada tras de pasar por aquel infierno potroso (el cielo se saborea mejor después de que uno se haya chamuscado convenientemente los bigotes en la rugiente caldera). Ahora divisamos a la chica.

La chica misteriosa tan solo es discreta(1) y lo que buscaba no era nada más que...un sencillo ramillete de flores redondo como una pequeña tarta cursi.

Pero para llegar hasta allí, para salir a la luz después de pasar por el túnel, hemos hecho un viaje en el trenecito de la bruja y sufrido la serie integral de los mamporros emocionales del trastero de los cachivaches.

Sigamos viaje.
__________
(1) Las razones tácticas o "literarias" que la lleven a adoptar ese bucle manierista de la entrada por el callejón vía trastero, en vez de optar por la entrada principal con su escaparate (que veremos más tarde, y donde se expone prominente el ramillete-tarta) las dejamos a un lado como ajenas al caso o pertenencientes a otra historia, la de la película, en la que no entramos.

domingo, 3 de septiembre de 2006

Letargo



Desde que he vuelto de mis particulares "fiestas" bilbaínas, no sé por qué se me hace tan cuesta arriba esto de poner ocurrencias en el cuaderno público. Se me resisten o yo me resisto o he perdido fuelle o no me da la gana o tengo a la gana abandonada y tirada por los suelos. Pero no me apetece salir por aquí con nada. Más de una vez lo he pensado: ¿por qué se establece esta especie de obligación de poner todos los días alguna tontería o comentario? No sé. Nadie te obliga, pero el hecho mismo de haber abierto un hueco parece estar pidiendo su relleno; si no, ¿por qué lo abres? Bien, no sé. No sé por qué ahora no le encuentro gracia al asunto ni me sale nada. Hay ratos en que estás de humor y en otros el humor como su primo el humo se han esfumado.

Menos mal que dentro de poco empezará el curso y deberemos espabilar y sacudirnos el letargo. Pues es eso, el letargo (ese estado que tiene tan mala prensa) lo que se ha adueñado de un servidor estos días. Y no me abandona y yo mismo no estoy demasiado dispuesto a que me abandone. ¿Por qué? Pues no lo sé tampoco muy bien.

Durante los días de Bilbao me entretuve leyendo el Duchamp de Calvin Tomkins en Anagrama (1) y se me ocurre atribuirle al arte biográfico de Tomkins la capacidad de hacer interesante al lector (a mí, en este caso) la activísima desgana del personaje Duchamp y casi el poder de sugestionarme hacia ese estado en el que estoy ahora ante vosotros, sin fuelle ni ganas. Hablaba el otro día con alguien de casos de activismo meritorio ("sí, pero es muy trabajador"). La interpretación que yo le daba a ese concreto "beri-beri" era más bien negativa ("pure perte") y eso que soy un admirador incondicional del activismo en abstracto (léase a Baroja). Y entonces, al volver y releer el blog, me decía: "¿Para qué moverse tanto, publicar, sacar cosas en un blog o en siete, para qué, para quién, qué más da, qué da, quién da cuando da algo, alguien da algo y qué algo le da a ese al que le da algo? ¿Merece ese algo que le da alguien la pena? ¿Para qué? Todo es relativo. Esto mismo que digo ahora y que es un mal ejemplo pues casi predica la inactividad como preferible (¡Duchamp lo aconseja con su vida honesta y divertida!).

Da la impresión, tras leer la biografía, de que sabía pasárselo muy bien con los demás (era magnífico divirtiendo a sus amigos y amigas), pero, sobre todo, se lo pasaba magníficamente solo, absolutamente solo, consigo mismo. Eso resulta admirable. Para mi gusto, dejando aparte diferencias estéticas acerca de este inventor del "juguete" artístico moderno, lo que más me admira en él es esa capacidad de pasárselo bien solo (delante de un tablero de ajedrez o sentado sencillamente en una silla y pensando o mirando a la pared). No le hacía falta nadie. Ni tan siquiera parece que le haga falta el propio arte (en el que no cree), la proyección de sí mismo en otra cosa, en objetos, en escrituras, en pinturas, en algos. No. O tan solo cuando al hacerlo se divertía, cuando surgía la ocasión y era ésta la que mandaba, en el tráfico humano del azar y los encuentros.

Es admirable ese "solismo" de Duchamp porque es difícil, muy difícil, pasarlo bien solo, con uno mismo. Solo y sin hacer nada. Sin echar mano de nada, de nada en absoluto, y así pasar horas y días y meses. Mano sobre mano. Ni ordenador, ni libro, ni tele, ni el folio de papel para borrajear unos garabatos como estos. Nada de nada. La silla. Una silla en un cuarto neoyorquino de una de esas casas de las películas con sus ladrillos feos y la escalera exterior de hierro oxidado. Una habitación escuálida y polvorienta con una sola silla después de un viaje a Nueva York desde París para, de inmediato, meterse precisamente en ese cuarto, sentarse en la silla y quedarse quieto horas, días, meses...(bueno, supongo que bajaría a comer y a jugar al ajedrez algún rato).

Ahora me acuerdo (no sé por qué) de la calle extraña y convocadora de Valladolid que mencioné en algún sitio y su poder de atracción absurdo. Al leer en la biografía de Duchamp el relato de algunos de sus viajes repentinos (el de Múnich en 1912, en el que se origina el proyecto del "Gran Vidrio" y las "escapadas" a Nueva York cuando se hartaba demasiado del ambiente parisino) no sé por qué me acuerdo de mi calle magnética (¡ir al sitio más desangelado posible y sin razón ninguna y, una vez allí, sentarse en alguna silla desvencijada y mirar los dibujos de la pared...! y, esto es lo difícil, precisamente entonces, pasarlo fantásticamente bien). ¡Quién pudiera!
Así, estos días "duchampianos".
Voy a mirar un rato a la pared, a ver qué pasa.

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(1) Calvin Tomkins, Duchamp, traducción de Mónica Martín Berdagué, Barcelona, Anagrama, Compactos, 2006.

lunes, 7 de agosto de 2006

Hospitales, comidas, la realidad.



La enfermedad grave de un familiar nos moviliza en una agitación aterrada e infantil. Débiles y tiernos como niños entramos en turbio remolino de aprensiones y mimos disimulados. Ya desde el viaje ansioso nos poseen las peores imaginaciones, las construcciones mentales del horror y la muerte, como lo real, lo inevitable. "Se acabaron las bromas, empieza la verdad". Es el ansia entonces lo dominante. Somos una máquina fabricadora de ansias. Más, más, más, lo que sea, pero ya, más. Y, sin embargo, el ritmo no cambia ni obedece a las perentoriedades con que pretendemos agitarlo. Poco a poco. Todo, como siempre, a su aire, va llegando. Con la sorpresa o la esperanza agazapadas. Tras el periodo de ansiedad viene, por agotamiento, cierto relajo. Cuando ya no puedes más, te relajas.

Y entonces, comes.

Las comidas y las cenas, en los días de espera (espera de una solución, un resultado, un diagnóstico, un "extender") te devuelven el ansia angustiosa transmutada ahora en voracidad. Haces el "obligado paréntesis" y la reunión fraterna se revela potenciada en su deseo de olvido momentáneo hasta dar en una fiesta de duración estrictamente limitada. Porque, dentro de un rato, volveremos a lo que hay, a la realidad, al Hospital, sí, pero mientras tanto vamos a comer y a pasar un buen rato, aunque sólo sea una hora. Y lo pasamos bien. Alguien, para sobrellevar la angustia, se ha comprado un portátil nuevo y juega animadamente con él ("¿Tendrá este sitio "wifi"? No tiene "wifi". Vámonos a otro que además dan mejor de comer"). Jugamos. Charlamos por los codos, nerviosa, ansiosamente, de todo menos de lo que nos preocupa.

Y volvemos. Volvemos al olor inolvidable del corredor, de la planta, del pabellón del Hospital. La rutina de la espera, el diagnóstico, la esperanza como un pavor cada vez más difícil de masticar. "Menos mal, pienso distraidamente, que este ascensor es moderno y no hace ruido".

lunes, 31 de julio de 2006

"Der Blinde Junge" de Mina Loy, retocado





Der Blinde Junge



La hembra Bellona
parió
su lechigada ciega
Kriegsopfer
sobre los pavimentos de Viena.

Centelleante precipitado
el día espectral
involucra
al obstáculo invidente

este lento rostro ciego
empuja
su virginal nadería
contra la luz

Pura involuntariedad eremítica
del sensorio centrípeto

Sobre el carnoso reloj del ego
el vibrante índice tendonal no se mueve

pues el negro relámpago desacralizó
el altar retiniano

Vacuo y extinto
este planeta del alma
se empeña desde la garganta ansiosa
en un estático vuelo revirante

Una melocotonal jeta juvenil
saca la napia al sol
ahogada en pasmado instinto.

¡Escuchad!
Iluminati de la tierra colorida
cómo esta "cosa" insulsa
sopla condenación y noche concusiva

en la armónica.


(1922)


_________________
En busca de mayor literalidad llego a esto.

domingo, 30 de julio de 2006

Americana 4. Robert Duncan


















A MENUDO SE ME HA PERMITIDO REGRESAR A UN PRADO

como si fuera un lugar inventado por la mente
que no es mío, pero es un lugar fabricado,

que es mío, tan cerca está del corazón,
hierba eterna plegada en todo pensamiento
así que hay una sala dentro

que es un lugar fabricado, creado por la luz
de donde sombras que son formas descienden.

De donde desciende cuanta arquitectura soy
digo, sí, que son reflejos del Primer Amado
y sus flores son llamas encendidas a la Dama.

Ella es La Reina Bajo La Colina
y son sus huestes agitación de palabras dentro de palabras
que es un campo plegado.

Es sólo sueño de la hierba que el viento mueve
hacia el este frente a la fuente del sol
una hora antes de que el sol se ponga

y su secreto lo vemos en un juego de niños,
el de correr al corro de las rosas contadas.

A menudo se me ha permitido regresar a un prado
como si fuera una propiedad natural de la mente
a la que ciertos límites sostienen frente al caos,

es este un lugar de primaria licencia,
permanente augurio de cuanto es.



Robert Duncan, The Opening of the Field (Grove Press, 1960), New Directions, Nueva York, 1973, p. 7.



___________________
OFTEN I AM PERMITTED TO RETURN TO A MEADOW
as if it were a scene made-up by the mind, /that is not mine, but is a made place,//that is mine, it is so near to the heart,/ an eternal pasture folded in all thought /so that there is a hall therein//that is a made place, created by light/ wherefrom the shadows that are forms fall.// Wherefrom fall all architectures I am/I say are likenesses of the First Beloved/whose flowers are flames lit to the Lady.// She it is Queen Under The Hill/whose hosts are a disturbance of words within words/ that is a field folded.//It is only a dream of the grass blowing/ east against the source of the sun/in an hour before the sun's going down/ whose secret we see in a children's game of ring a round of roses told.//Often I am permitted to return to a meadow/ as if it were a given property of the mind that certain bounds hold against chaos,//that is a place of first permission, everlasting omen of what is.

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Robert Duncan nacido en Oakland, California en 1919. Tras la muerte de su madre al nacer, fue dado en adopción. Estudios en Berkeley en 1936 que abandona en 1938.Vive la bohemia neoyorquina de Greenwich Village (Anais Nin, Henry Miller, Hans Hoffman, etc.). Admite su homosexualidad al ser alistado en 1943 y es declarado inútil. La publicación de su ensayo «El homosexual en sociedad» en 1944 provoca un escándalo y el ostracismo de algunos medios literarios (An African Elegy, aceptada por John Crowe Ransom para la Kenyon Review, es por ese motivo retirada). Regresa a San Francisco en 1945, retoma estudios de literatura medieval (con Kantorowick) en Berkeley y participa muy activamente en la formación del grupo conocido después como «San Francisco Renaissance» (Kenneth Rexroth, Jack Spicer, Robin Blaser, etc.). En 1956 da cursos en Black Mountain College y conoce a Charles Olson, Robert Creeley y Denise Levertov. Inicia una relación estable con el pintor Jess Collins. Sus obras más destacadas se empiezan a publicar en los 60: The Opening of the Field (1960), Roots and Branches (1964) y Bending the Bow (1968). Milita activamente contra la guerra de Vietnam. Deja de publicar libros durante los 70, limitándose a cortas ediciones de plaquettes de su obra en curso y una serie de ensayos en revistas que formarán el extenso HD book en homenaje a la poeta Hilda Doolittle, con la que mantuvo una relación poética cuasi filial. Sus dos libros últimos, Ground Work I. Before the War y Ground Work II. In the Dark, aparecen en 1984 y 1988. Muere en febrero de 1988.

Americana 3. Michael Palmer























 


Canción del hombre rotundo 
  Para Sara cuando sea mayor.

 

El hombre rotundo y de ojos tristes aplastaba puros como si
estuviera vivo.Tréboles
a la izquierda del manzano, campanillas púrpura a la derecha

y una colina cubierta de hierba detrás.
Estoy triste hoy dijo el hombre de ojos tristes
pues he encerrado mi cabeza en una caja japonesa

y he perdido la llave.
Estoy triste me dijo
pues hay tréboles junto al manzano

y campanillas púrpura que no puedo ver,
¿las mirarías tú por mí
preguntó, y me dices lo que encuentres?

No puedo repliqué
pues mis ojos están dulzones y oscuros
de leer tanto rato a la luz de la vela.

Dime entonces lo que has leído
dijo el hombre rotundo de ojos tristes.
No puedo repliqué

pues mi memoria está cansada y oscura
de mirar cosas que no se pueden ver
con ninguna clase de luz

y he encerrado mi cabeza en una caja japonesa
y tirado la llave.
Así que yo soy tú y tú eres yo

dijo el hombre de ojos tristes como si estuviera vivo.
Te escribiré allí donde debiera estar
entre los tréboles y las campanillas púrpura

y el manzano y la colina
y aplastaremos puros de la mañana a la noche
como si estuviéramos vivos.

Michael Palmer, Notes for Echo Lake, North Point Press, San Francisco, 1981, pp. 30-31.

____________
Song of the Round Man
for Sarah when she's older
The round and sad-eyed man puffed cigars as if /he were alive. Gillyflowers/to the left of the apple, purple bells to the right// and a grass-covered hill behind./I am sad today said the sad-eyed man/for I have locked my head in a Japanese box// and lost the key./I am sad today he told me/for there are gillyflowers by the apple/ and purple bells I cannot see./Will you look at them for me/he asked, and tell me what you find?// I cannot I replied/for my eyes have grown sugary and dim/ from reading too long by candlelight. //Tell me what you've read then/said the round and sad-eyed man./ I cannot I replied/for my memory has grown tired and dim/ from looking at things that can't be seen/ by any kind of light//and I've locked my head in a Japanese box /and thrown away the key./Then I am you and you are me //said the sad-eyed man as if alive./ I'll write you in where I should be/between the gillyflowers and the purple bells //and the apple and the hill/and we'll puff cigars from noon till night /as if we were alive.
______________


Nacido en Nueva York en 1943. Estudios en Harvard. Conoce a Clark Coolidge. Se traslada a San Francisco en 1969. Amistad con los poetas de la escuela de "Black Mountain" y el grupo de "San Francisco Renaissance" como Charles Olson, Philip Whalen, Denise Levertov, Robert Duncan y Robert Creeley, de quienes en diversa medida recibe formación e influencia. Su poética está centrada en el lenguaje (próxima, en ese sentido, a los "language poets") aunque alejada de ortodoxias y siempre inclinada a la experimentación. Principales libros: Plan of the City of O (1971), Blake's Newton,1972; The Circular Gates, 1974; Without Music, 1977; Notes for Echo Lake, 1981; First Figure, 1984; Sun, 1988; At Passages,1996; The Lion Bridge: Selected Poems 1972-1995, 1998; The Promises of Glass, 2000; Codes Appearing: Poems 1979-1988, 2001; Company of Moths,2005. Ha traducido poesía brasileña, rusa y francesa.

miércoles, 26 de julio de 2006

Americana 2. Mina Loy




















París, h. 1923. Jean Heap, Mina Loy y Ezra Pound













Der Blinde Junge (1)


La hembra Bellona
parió
su lechigada ciega
Kriegsopfer (2)
sobre los pavimentos de Viena.

Centelleante precipitado
el día espectral
involucra
al obstáculo invidente

este lento rostro ciego
empuja
su virginal nadería
contra la luz

Pura involuntariedad eremítica
del sensorio centrípeto

Sobre el carnoso reloj del ego
el vibrante índice tendonal no se mueve

pues el negro relámpago desacralizó
el altar retiniano

Vacuo y extinto
este planeta del alma
se empeña desde la garganta anhelante
en un estático vuelo aupante

Una melocotonal jeta juvenil
narizotea al sol
borracha de lerdificante instinto.

¡Escuchad!
Iluminati de la tierra colorida
cómo esta "cosa" inexpresivizada
sopla condenación y noche concusiva

en la armónica.
[1922]

__________
(1) Alemán: 'El joven ciego'.
(2) Alemán: 'Víctima de guerra'.



______________
Der Blinde Junge

The dam Bellona / littered /her eyeless offspring /Kriegsopfer /upon the pavements of Vienna // Sparkling precipitate the spectral day /involves /the visionless obstacle // this slow blind face /pushing /its virginal nonentity /against the light // Pure purposeless eremite /of centripetal sentience // Upon the carnose horologe of the ego / the vibrant tendon index moves not // since the black lightening desecrated / the retinal altar // Void and extinct / this planet of the soul strains from the craving throat / in static flight upslanting / A downy youth's snout/ nozzling the sun /drowned in dumfounded instinct // Listen! / illuminati of the coloured earth / How this expressionless "thing" / blows out damnation and concussive dark // Upon a mouth-organ.


Mina Loy, The Lost Lunar Baedecker, Selected and edited by Roger L. Canover, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 1997, págs. 83-84.



Nacida en Londres en 1882, de padre judío húngaro emigrado (Bernard Löwy) y madre inglesa. Estudia pintura en Munich y Londres (1899-1902). Viaja a París. Se casa con Stephen Haweis en 1903. Frecuenta el ambiente artístico parisino: Gertrude Stein, Picasso, Apollinaire...En 1905 nace su hija Oda, muerta al año siguiente. Se traslada a Florencia en 1906. Tiene dos hijos más: Joella en 1907 and Giles en 1908. Separación del matrimonio. Además de pintar empieza a escribir. Participa en el naciente futurismo italiano. Amante de Marinetti y, más tarde, de Papini. Sus primeros poemas aparecen en pequeñas revistas norteamericanas de vanguardia como Trend de Carl Van Vechten, Others y Camera Work de Stieglitz. Viaje a Nueva York en 1916. Gran impacto de su personalidad artística y su belleza en el ambiente bohemio de Greenwich Village (es la "diosa" de la Fiesta Pagana en el Webster Hall el 25 de mayo de 1917). Obtiene el divorcio de Haweis en 1917. Conoce al boxeador aficionado y poeta predadaísta Arthur Cravan (sobrino de Oscar Wilde) con quien se casa en México en 1918. Cravan desaparece en el mar en noviembre. Regresa a Londres, donde nace Fabienne, hija de su breve matrimonio con Cravan (1919). Florencia, 1920-1922, al cuidado de sus hijos y sus relaciones artísticas y literarias. En 1923 se instala en París y monta un negocio de diseño de lámparas con el apoyo financiero de Peggy Gugenheim. En la efímera Contact Press de Robert MacAlmon, se publica su único libro autónomo, Lunar Baedecker, 1923 (la mayor parte de su obra se editó dispersa en pequeñas revistas de vanguardia). En París retoma sus amistades de 1905: Gertrude Stein, Djuna Barnes, etc. Es agente, con su yerno Julien Levy, en París, de galerías de arte neoyorquinas. Deja de publicar en los años 30. En 1936 se traslada definitivamente a los Estados Unidos. Vive primero con su hija Fabienne en Manhattan y, tras el matromonio de esta, en el Bowery, en condiciones de relativa pobreza. Retoma su actividad artística: ensamblajes y "ready made" o construcciones a partir de deshechos recogidos en las calles. A los 71 años se traslada a vivir a Colorado con sus hijas. Muere en Aspen (Colorado) en 1966, a los 84 años.

martes, 25 de julio de 2006

Americana 1. George Oppen
























De Ser Numeroso (1968)

26

Llevan lo genuino
a conclusión
en el suicidio.

Queremos defender
la limitación
y no sabemos cómo.

Estúpido decir simplemente
que los poetas no vivieran sus vidas
entre poetas,

han perdido el sentido metafísico
del futuro, se consideran
el final de una cadena

de vidas, vidas singulares
y sabemos que las vidas
son singulares

y no podemos defender
la metafísica
en que se apoyan

los límites
de nuestras distancias.
Queremos decir

“sentido común”
y no podemos. Permanecemos en

esa negación
de la muerte que pavimentó las ciudades,
pavimentó las ciudades

generación tras
generación y el pavimento

apesta como los corredores
de la policía.

(...)

El poder de la mente, el
poder y peso
de la mente que
no basta, no es nada
y no hace nada

contra el mundo natural,
Behemoth, ballena blanca, bestia
dirán y menos que bestia,
la roca fatal

que es el mundo―

Oh si las calles
parecen tan brillantes,
un pliegue dentro de otro pliegue
de residencia...

O mirar a través del agua
claras las piedras
de la playa
a través del agua, correr
desde la orilla, más claras
que nunca.

_______________
26
They carry nativeness/ To a conclusion/In suicide.//We want to defend/ Limitation/And do not know how. //Stupid to say merely/That poets should not lead their lives/ Among poets,//They have lost the metaphysical sense /Of the future, they feel themselves/ The end of a chain//Of lives, single lives/ And we know that lives /Are single//And cannot defend /The metaphysic /On which rest //The boundaries /Of our distances. /We want to say//'Common sense'/And cannot. We stand on// That denial/Of death that paved the cities, /Paved the cities//Generation/For generation and the pavement /Is filthy as the corridors/Of the police.//(...)
The power of the mind, the /Power and weight/Of the mind which/Is not enough, it is nothing/ And does nothing.//Against the natural world, /Behemoth, white whale, beast /They will say and less than beast,/ The fatal rock// Which is the world-//O if the streets/Seem bright enough, /Fold within fold /Of residence ...// Or see thru water/ Clearly the pebbles /Of the beach/Thru the water, flowing/ From the ripple, clear /As ever they have been//
________________
De Of Being Numerous, George Oppen, Collected poems, New Directions, New York, 1975, pp. 165-167.




George Oppen nace en New Rochelle, NuevaYork, en 1908. Infancia marcada por el suicidio de su madre en 1918. Traslado de la familia a San Francisco. Sucesivamente expulsado de la Warren Military Academy (por sus borracheras) y de la Universidad de Oregon (por conducta irregular y escandalosa). Abandona los estudios y vive "on the road" una temporada (algo poco frecuente en los años 20) hasta que conoce a Mary Colby con quien se casa.
Participa, a principios de los 30, en las actividades editoriales del movimiento "Objetivista" con Louis Zukofsky, Charles Reznikoff y Karl Rakosi. Funda y dirige To Publishers y The Objectivist Press (editadas en Francia). Publica su primer libro, Discrete Series (1934), y recibe el espaldarazo de Pound. En 1935 se afilia al Partido Comunista y abandona durante 25 años la escritura poética (para no mezclarla con su activismo político).
Servicio en combate durante la Segunda Guerra Mundial en Francia. Herido y condecorado. Regresa.Vigilado por el FBI, a causa de sus actividades para el Partido, y bajo la amenaza del Macartismo se exilia en México entre 1950 y 1960, donde trabaja como ebanista en un negocio de muebles. Regresa. En 1969 gana el Pulitzer de poesía por Of Being Numerous (1968) y el National Award por Collected poems (1975). Muere en 1984.
Libros publicados: Discrete Series (1934), The Materials (1962), This in Which (1965), Of Being Numerous (1968), Seascape: Needle's Eye (1972) Collected Poems (1975) y Primitive (1978).

lunes, 24 de julio de 2006

Se cuenta...


(página 3a del nuevo cuaderno. ¿Cuál? Son dos y los dos demasiado grandes para acabarlos alguna vez).

Alguna manera de trabajo. Como moverse entre piedras, retirar ladrillos, un modo de dureza, de rugosidad que te permita sentir las cosas rozándote, entorpeciéndote el andar, y, si empujas, notas el esfuerzo y notas el cambio. Las manos rojas, sudado, no ves nada más que lo que tienes delante y tú mismo estás donde está tu esfuerzo. No somos quizá mucho más. La presencia del empuje ejercida sobre los obstáculos y la necesidad y el placer de retirarlos dejando el sitio que ocupamos. Eso somos. El sitio que ocupamos. Que nos ocupa y nos preocupa.

Torpemente avanzar como si tuvieras que reconocer algún verbo árabe: 'contar', "hakà", "yahaka". Pero si dices "yahukaya" entonces no te encuentras en lo que buscaste. Pierdes 'contaría", 'contaríamos'. ¿Quién cuenta? ¿De qué contar estamos hablando? Perder la tarde buscando un verbo árabe en gramáticas incomprensibles, en diccionarios imposibles. "Hakà", "yahukaliya". Como si fuera sumerio. Afición por los imposibles. Aprender árabe. O inglés, alemán. Todo lo que te está negado. Podrías aprender un poco mejor tu propio idioma. Al menos jugar con él un poco más ligeramente. Esta pesadez. Estamos ante la página con la misma pluma rugosa de siempre, intentando dejar un rastro de leves ocurrencias que desaparecen de inmediato. Desaparece todo. Tú mismo ya posiblemente desaparecido.

Pero vuelves a las andadas. Dejarte llevar por el papel, pedir algún imposible, tentar esquinas. Olvidarte de toda razón. Despedirte de todo, sólo por estar aquí, por quedarte, y no llegar a parte alguna. Por no salir, por no dejarlo. Una y otra vez, siempre tanteando. El pintor llega y trabaja en la cocina (a una vecina: "ya estoy hasta aquí" y me señalo la frente, haciendo visera con la mano: "sí, pero ya verás lo bonita que va a quedar"). Pinta el techo de la cocina. La cocina parecía interminable. Como el corredor, todo parte del mismo viaje. Esta vida que se te da como el absurdo de las realidades cotidianas. Y volver a empezar siempre por el mismo vacío, preguntando: ¿cómo se dice en árabe, "hakà", "hukiya", "yakuliya", o es "yahakuliya" o "yahakaliya"? Seguramente ninguno y todos. Qué más da.

Puedes traducir la primera palabra de tu edición árabe popular impresa en Beirut (¡pobre Beirut!). ¿Será la edición expurgada de los jesuitas o la versión vulgata de Bulaq? No lo sé. Empieza, como todo, por un "se cuenta". Se dice. Alguien dice que algo se cuenta en alguna parte. Se cuenta la misma historia, la del pescador y el efrit o la de la niña franca Nur (¿o era Nur y la niña franca? No lo miro) o Rúnika, otra niña franca también. Nur y su amigo Zumurrud (No. Era Zumurrud y su amigo Alischar. Es igual). El de la sonrisa de gloria. ¿Cómo será el cuento en el árabe de mi edición beirutí? ¿Será como la que leí hace tanto en la versión Mardrus-Blasco Ibañez? Las niñas francas tenían siempre una "historia" delicada y rubia y el príncipe Zumurrud, disfrazado de pordiosero, accedía misteriosamente a la cámara de palacio y apartaba el mosquitero (¡qué feo eso del "mosquitero"). El mosquitero de gasa que nebuliza a la franca heroica bajo su baldaquino en esa misma nube. Y su "historia", mientras tanto, a la espera de la mano de nieve que sepa tañerla.

Historias que se cuentan. "Hakà", "hukiya".

jueves, 20 de julio de 2006

Cocina en obras

La cocina interminable. La cocina eterna. Primero fue la cueva, el antro oscuro, lo negro infernal, el negro de polvo y detritus, pavorosa gruta que producía la psicológica sensación de que esa cotidianeidad que es una cocina, ese lugar donde uno suele recalar por una cosa u otra multitud de veces al día (¿Cuántas a la hora? ¿Hay alguna hora libre de paseo, por breve que sea, a la cocina, al frigorífico? Pocas), bueno, pues que ese lugar de los lugares, la cocina, había desaparecido, literalmente se lo había tragado la tierra; porque sólo eso, tierra, ladrillos desvencijados, cemento al aire en las paredes, negrura, sólo eso era: cueva.

¿Y dónde comíamos y, como se suele decir, "hacíamos la vida"? Pues en la otra punta de la casa. Mo refiero a que la casa (desaparecida, a efectos prácticos y a todos los demás efectos teóricos, o sea, a cualquier efecto, la cocina) se había estirado como una goma, como un chicle chupado. Ahora había dos extremos, dos mangos de una cuerda que se tensa, dos polos, norte y sur o como quiera llamárselos, pero lejanísimos. Esto conviene explicarlo.

No es que mi piso tenga grandes dimensiones (aunque las últimas medidas que se barajan en la política inmobiliaria lo vuelven discreto) y que por tanto pudiera suponérsele dotado de dos extremos hábiles para disputar una etapa de la Vuelta o del Tour, no. Es un piso normal con su pequeño patio comunitario que, por habitar en un 1º como hacemos, usufructuamos en formato de terraza ajardinada. Ante la circunstancia sobrevenida de las obras de la cocina, la tal terraza-patio nos ha salvado del "desahucio" forzoso pues ha venido a cumplir la función de cocina improvisada. La construcción hace un tiempo en ella de una pequeña pérgola de madera protejida por su toldo de plástico (una de esas prefrabricadas, y a la que alguien exageradamente denomina "pagoda", como si constituyese algún lujo oriental sibarítico) nos salvó de tener que cocinar a la intemperie, ayudados en la faena por una cocinilla moderna de las de inducción, convenientemente energetizada gracias a un largo cable extensible que acompañaba a este ordenador que os habla en el enchufe. Cocinábamos en la terraza y comíamos (¿por qué no en la terraza también? pensaría cualquiera. Pues no) en la otra punta de la casa, aprovechando que ese extremo también había sido remodelado a partir de un balcón previo que cerramos y escayolamos y asalonamos hasta convertirlo en salita de lectura adjunta a salón y dormitorio, derivando a ella estanterías sobrantes y dando alojamiento a libros que ya sobresaturaban mi cuarto de trabajo, todo ello en torno a una mesa ajedrezada (sí, la misma de "La mancha" de abajo) convertida en nueva mesa de prandio.

El resultado de la combinación era agradable, tras de tener la comida hecha y servida y la mesa puesta y en orden de revista, es decir, en el momento de ponerse a comer. Antes de eso, en cambio, era, no diré que desagradable, sino sólo un poco "ajetreada". La elaboración del menú diario, cocinado en la terraza y al aire libre (casi un pic-nic en teoría), implicaba viajes sin número a todo lo largo del interminable pasillo (que, cuando los viajes de ida y vuelta eran más de tres, ya aumentaba de tamaño) a los lugares de la casa que hubieran realojado el conjunto del "ménage" desplazado en razón de las obras en curso, y el que la memoria no se hubiera renovado ni refrescado, y la distancia y la combinación de los objetos y las cebollas necesarios para la tarea culinaria en elaboración, multiplicaban por infinito los viajes, tal como si de un Grey Hound de los grandes pasillos europeos se tratase, en sus idas y venidas y sus traidas y llevadas del correo de un cartero del zar, es decir, servidor.

Y mientras tanto, ¿cómo se cocinaba la cocina? Pues muy despacio. De manera que el tal aire deportivo, el tono de "boy-scouts" y la actitud sumamente excursionista de los primeros días e incluso primera semana, se iban insensiblemente deterioriorando, según pasaba el tiempo y los días y las semanas y la obra seguía como siempre: cemento, ladrillos, ruido de sierras eléctricas, cortes de luz, caidas del ordenador, conexiones de internet espachurradas, fritas, accidentes, minucias, cotidianidad de unas obras de cocina en un verano moderno de la España del segundo milenio. ¿De qué te quejas? Con lo bonita que va a quedar. "Tened en cuenta que la vuestra es una cocina muy grande (pocas he visto yo tan grandes) y eso alarga las obras" (y la factura, pensaba yo). "Un poco de paciencia. Que la semana próxima..." Que la semana próxima, ¿qué?

Pasaron las semanas y pasó el mes. Y un día, señalado con bola blanca, pudimos por fin inaugurar la cocina como un nuevo ámbito pisable. No. No estaba terminada. No. "Pero qué prisa tienes..." "No. Yo lo decía porque llevamos un mes de obras y esto no tiene cara de acabar: falta la escayola, y pintar y el carpintero se ha cargado la pieza de la mepamsa y habrá que pedir otra ("Adónde? ¿A Alemania?") y el electricista tiene que poner las luces y...

Hoy me siento en la mesa (que tendrán que cambiar porque el cristal tiene una raya que nadie vio, pero resultó que estaba) y miro alrededor y echo de menos la cocina vieja y el fregadero pequeño (el fregadero nuevo es una piscina) y la mesa de formica y las sillas algo desvencijadas. Tenían un algo, no sé qué, o yo les tenía algo. Un cariño raro. Y ahora todo esto tan nuevo da un poco de frío (el calor que soportamos me hace pensar en el sentido figurado de la palabra). No sé. Tanto ajetreo y todo para esto. Una cocina nueva. Y ahora no encuentro nada.

martes, 18 de julio de 2006

Diario de lecturas 4. Erdera


Deniz, logoteta



CATASTROFISMO

Sobre los oros de nuestra medianoche
caerán del cielo las medias negras de un billón de amazonas,
las vendas de una orquesta berliocesca de momias enlutadas.
Espesarán primero el agua de las fuentes,
nos sepultarán luego hasta el quinto apellido
-y con éste ya nadie reconoce ya a nadie.
Durante el resto de la noche,
la masa sedosa, nuestra agonía adentro,
sorberá a la superficie hasta la última gota del alcantarillado.
Quienes viajen por el costillar del monte en sombra
verán que el esplendor de la ciudad
fluctúa, vibra, duda entre aletazos negros, se extingue.
(Un minuto después subirá al aire
nuestro clamor más que opaco.)
Hallarán bajo el día una órbita fétida y pardusca
como cráter bajado de un planeta de estiércol.
Pasa Rúnika al alba, camino a las canteras,
a escoger mármoles para la obra maestra.
Saluda al pasar, fingiendo ser de campo.
Huele a niña nutrida de estrellas de mar crudas.

De Gerardo Deniz, "Grosso Modo" (1988) en Erdera, FCE, 2005, p. 271.


Fin de semana largo en compañía de Gerardo Deniz. Qué menos. Y los que vendrán. Escojo un poema al descuido, por poner algo y porque no puedo poner tanto como quisiera. Son 700 páginas de poemas las que integran la recopilación de su poesía hasta la fecha: Erdera. No encuentro en internet (no sé de periódicos o revistas) otro acuse de recibo que el de Tedi López Mills en "Letras Libres" a la que masculinizo en mi breve de agradecimiento ("Tedi" en España, creía yo -como en "Tedi Bautista"- era masculino o similar; quizá en México lo es menos. Que me disculpe(1). Así y todo, sigo agradeciéndole la reseña).

"Rúnika" es una suerte de Musa omnipresente en la obra de Deniz desde Picos Pardos (la nórdica niña que grita sus runas o "futhark") entre otras apariciones tan bienvenidas de un mujerío cuanto más salvaje y espatarrado mejor. Mejor celebración del "Eros" pocas he visto en lo último de la literatura hasta dar con este Erdera. Bastante desesperación se masca en este libro, pero toda con vida, siempre viva, siempre hay un "¡Viva!" ostentatorio hasta en el Infierno (o, mejor, dice, en el Purgatorio: no seamos vanidosos).

No entiendo la mitad de lo que leo y no me importa. Lo que no entiendo me lo invento y casi es mejor o igual de bueno entonces. Eso es el milagro. ¿Eso es la pedantería? Pues entonces disfruto con ella y me divierto y sufro y me atonitizo y ya casi escribo como Deniz. Así que bien. Como te estarás figurando, me entusiasmo. Sí. Me desencuaderno este fin de semana, y eso me compensa de amigos sosos que dicen que vienen pero medio vienen y al final, no. Con su pan se lo merienden. Aquí lo importante es que Juan Almela se transforma en Gerardo Deniz, se emputece, se metamorfoniza, se logotetiza (¿es un logoteta? se pregunta(2). Claro que sí, le digo yo desde aquí. No lo dudes, eres un logo soberano de tu logofijo y tu logogrifo, de la química de todos los "logos" bailables y además eres uno de los grandes tetólogos hispánicos (¡y somos legión!), un cunnicultural impávido. Eres logoteta también porque como "auditor" y también "oyente" pones el oído como pocos ("de oído" dijo Olson), el oído por bajo del suelo tremedalizante. Y encima de todo eso, y además, y por si fuera poco, eres el auténtico ministro del secreto(3) de la poesía, el jefe oculto de los verdaderos funcionarios del arte; sí, señor, "logoteta" con su par en todos los sentidos).

¿Por qué me acuerdo ahora de Louis Zukofsky (otro gran "logoteta" judío americano, aunque ahí más "logo" que "teta", más "fijo" que "grifo") y de Edward Dorn y su "Gunslinger", el pistolero del desierto de Arizona y su caballo heideggeriano? Y me figuro que si se casaran los dos y hablaran español el hijo ¿se parecería a este Erdera?

_______________
(1) Reitero mis disculpas a la doctora López Mills, provisto ya de alguna (bien que tardía) información.
Cf. http://www.literaturfestival.com/bios1_3_6_454.html

(2) G.D., Erdera, FCE, México, 2005, p. 354. "Vermicida igual a be": "(...)Amenazador, sacándose/ de la nariz un poco de cerebro:/-Entonces no eres logoteta./Callé, otorgando./Tiró la esférula."

(3)Constantin Porphyrogénète, Le Livre des Cérémonies, I, "Commentaire", Les Belles Lettres, Paris 1967(2). pp. 34-35. De la descripción de los cuatro posibles cargos administrativos que en la corte bizantina llevaban título de "logoteta" escojo el de "logoteta del dromo", una especie de vicepresidente del gobierno que fuera, a la vez, ministro de las administraciones públicas o del "secreto" (un Alfonso Guerra o señora de la Vega, etc.). Pondría la mano en el fuego por que Deniz hubiese leido al Porfirogéneta.

miércoles, 12 de julio de 2006

Raro

[h. 2003]

Lo que sí resulta incómodo y antipático en cualquier convivencia es la imposibilidad de obtener respuesta. Puedes vivir con gente buena, amable, educada, comprensiva. Ese tipo de gente que no provoca conflicto o lo rehuye. A la vez que evitan el choque, el enfrentamiento, responden a cualquier observación, a cualquier detalle que provenga de la personalidad real que tienen delante, de la expresión de su humor personal, con la incomprensión más neta y sonriente. Presentan su sonrisa comprensiva y cortés a manera de muro. Y callan. O hacen la observación obtusa y el guiño de quien no entiende, de quien no quiere entender, no sabe el sentido o el sinsentido, no participa y se va. Y se van.

Sonríen y se van rápidamente, incómodos en realidad de no entender ni querer hacerlo ni comprender por qué tendrían que entender nada. Provocan la más aguda sensación de aislamiento, de perfecta soledad en el otro. A veces la incomprensión se manifiesta en extrañeza: esa manera de gesticular como apartando de la cara la mosca molesta, la lata que da el niño mimoso de turno a la madre muy ocupada con la bolsa de la compra o los paquetes que le pide un poco menos de murga. El latoso que dice algo que molesta porque dice lo incongruente, y lo incongruente es lo que "no me casa con nada", "no tengo nada a lo que atarlo", "no sé qué hacer con ello", "no tengo las instrucciones", en definitiva "no sé nada de eso ni falta que me hace" y hay que resolver el momento penoso, salir de él, pasar a otra cosa, a algo útil, algo con sentido, alguna ocupación práctica, porque esto que dices es uno de esos absurdos que no le interesan a nadie, una pérdida de tiempo que sólo tolero como se tolera una rareza, un grano.

De ese momento de incomprensión aguda, de aislamiento absoluto, de sentirse fuera, apartado, echado, alejado, proviene el peor de los odios. Porque se produce entonces en el sujeto en cuestión una sospecha de pavorosa estupidez. Eres entonces el perfecto idiota entre gentes razonables, el "gracioso" que sobra. Y el odio hacia ti mismo, combinado con la sensación de ridículo, el odio a la pérdida de tiempo, de afecto, a la pérdida de esa parte de alma puesta en el buen humor y la naturalidad que se confía. Comprendes que este tipo de intercambio sólo es posible en medio de una confianza entregada que ahora se traiciona, de la que brutalmente se burla la incomprensión (por muy inocente que sea). El rechazo inocente (el rechazo tonto lo es en modo supremo) es el rechazo más radical.

He notado precisamente en la llamada "gente virtuosa" ese grado absoluto de incomprensión y de rechazo de lo vitalmente inasimilable, de las manifestaciones de lo distinto. La virtuosidad, amparada en la impoluta plancha de acero moral que la preserva, muestra confianzuda repulsión hacia cualquier cosa que disuene, que suene "distinta". La gente bienpensante tradicional (y la no tradicional, en este sentido, casi es peor) se manifiesta sobre todo rechazando.

El rechazo incomprensivo de lo no asimilable (la completa ausencia de curiosidad que solapa muchas veces un pavor sagrado al menor cuestionamiento de sí) es uno de esos rasgos que tan profundamente antipáticos te resultan en la gente modélica y convencida de sus principios, la gente como es debido. Entonces, del repugnado se apodera una ingobernable e infinita conciencia de distancia. Una conciencia de distancia que lo separa absolutamente.

De tal manera que, viéndose en esa situación, el repugnado piensa a veces que si por un momento, si pudiera invertir al menos, por algún peculiar procedimiento "magnético" (y aquí pide ayuda a la ciencia eléctrica), tal negatividad moral hasta dar, tan solo por un rato y en cierto sentido figurado y laxo, con todo aquello que lograra oponerse con la máxima eficacia de una polaridad inductante a ese tal rechazo compungido y virtuoso y molesto ante lo diferente, entonces quizá aún habría alguna esperanza, por mínima que fuera, para la simpatía humana.

domingo, 9 de julio de 2006

La mancha



[147a-148b, 2005]

Distancia. Las cosas se alejan. Ves aquí el humo del cigarrillo como algo distante. Ajeno. Cosas del otro, sólo prestadas. Mira el cenicero con sus colillas acumuladas. Su revuelo de objetos dispersos y milimétricos. Series, series y cadenas. Cadenas de cajas y de mesas. Cadenas de cenizas. Objetos en el aire como voces. Sonidos. El sonido de fondo, la música, el continuo, un run-run constante. Dando marcha a la cosa, la cosa que se mueve aquí. Tú con las cosas y su vaivén. La cosa es moverse con todo. Baile. Bailar bien. Unas gafas que se hacen parte de la piel, se clavan en el entrecejo y dejan pequeñas úlceras que se van secando con el tiempo. Ya saldrán otras. Las fotos guardadas en sus marcos sobre la mesa, jalones de vida: matrimonio con pelo abundante y cara seria y algo funeraria (no pienses mal: el sujeto siempre ha puesto cierta cara funeraria para todo, es su cara de circunstancias. ¿Se la enseñaron o ya la tenía?) Las fotos de los hijos, los sobrinos, sus bautizos, sus comuniones, la foto escolar de grupo, la foto de los hijos pequeños en un campo de Soria. El tablero de ajedrez incorporado a la mesa, un tablero cuyas fichas o piezas son estas fotos que están jugando su partida en el tiempo y aquí aparecen congeladas como las risas de los chavales en la foto del grupo escolar: ese instante colgado, cortado por la cuchilla del instante. Nada más que el instante siempre, inevitablemente algo ridículo. Distancia siempre. Las cosas están aquí y me acompañan, tranquilas ellas y amables.

Esta tarde de junio y sol de bochorno. Sudo. La piel se nota, se siente como picores. Tela de la camisa rascando cuerpo tenso y molesto. Canción en la radio. "Take down" o algo así. Abájate o ábate. Tira para abajo. Desde abajo puedes empezar como siempre. Siempre desde el suelo. ¿Qué hay "nel mezzo della vita", qué "ritrovai"? La selva oscura siempre. Ah. Los solicitadores de claridades. ¿Dónde están esas claridades? Siempre el turbión incesante. Vaivén.

Intersecciones de dentro con las supuestas cosas de fuera. Quieren meterse dentro. Están en su derecho. Están para eso. Y tú empeñado en volver a sacarlas. Este monólogo infinito que te posee. Aceptar. ¿Por qué no? ¿Para qué empeñarse en el engaño? Aceptar lo inaceptable. Darle la bienvenida. Y después, ¿qué?

CORPORIS OFFICIUMST QUONIAM PREMERE OMNIA DEORSUM
Lucrecio, De Rerum Natura, I, 362
["ya que empujar toda cosa hacia abajo es cargo del cuerpo" Garcia Calvo, trans.]
Consulta de Lucrecio, al que aprovecho para mancharlo escandalosamente con un gran chorro de tinta como un familiar del Santo Oficio frente a un texto "damnatus". 27-06 junio. Fin de curso. Verano. ¿Buen augurio?

Este tipo de sucesos sirven para marcar, dejando a un lado su notoria torpeza, digo que sirven para destacar el exceso de amor al libro como objeto físico, sobre todo cuando es un libro bien hecho, atractivo, como este texto bilingüe del De Rerum Natura lucreciano en la elegante versión rítmica (casi cantabile) de Agustín García Calvo. Ahora está sellado por una ostentosa marca negra de tinta en su ángulo inferior y otra tira de tinta negra recorre el canto de sus páginas: buen método para "humillar" los excesivos aprecios físicos. [...]

Mi malestar ahora por el libro de Lucrecio manchado de tinta. El "horror" sentido al ver la laguna de tinta sobre la encuadernación derramándose como un incendio sobre el canto de las páginas y abarcándolo todo. Un segundo de espanto frente a la liviandad, la estupidez de lo inevitable, de la ruina. Se siente el desastre (incluso en estas medidas mínimas) como una inevitabilidad que se desencadena sin remedio frente a las infinitas posibilidades de no haber sido. Pues es. Resulta. Está. Se está haciendo. La tienes delante. Es. Es inevitable. Es perfecta en su horror desgraciado. Esa mancha negra que avanza imperturbable sobre la tela verde. El negro comiéndose al verde. Este negro perfecciona el lugar al que está destinado. El otro negro "mancha", desbarata, corrompe, irrumpe sin derecho, arrastra a su vórtice de inanidad. Despega de la belleza y su condenación contamina. La sensación de que todo estuviera condenado previamente y tan solo unos pequeños, aislados, escondidos, intactos, tuvieran la prerrogativa de salvarse, siempre amenazada por la espada justiciera de la trivialidad que los arrastra "ya que empujar toda cosa hacia abajo es algo del cuerpo" me avisaba el propio Lucrecio antes de que la desgracia sucediera, sí.

Corporis officiumst quoniam premere omnia deorsum
Hacia abajo, hacia lo negro,
desde lo negro que atrae,
el borde cortante en su límite,
el perfil justo sobre el blanco,
el perfil que apaga la verde frescura
de la tela y condena con su mancha.

Sí. Esta consulta se comprueba en la realidad. Las cosas se encadenan a veces con tiento, con delicadeza; este tipo de pequeños avatares, igual que los grandes. De eso habla Duncan, Robert. Como esto, todo. Hace falta cierta ruptura no premeditada, natural. Tampoco es necesario empeñarse en ensuciar, como le reprochaba Williams a HD. "Cuando escribes, ¿tienes limpio el escritorio, los papeles, las plumas...?" Y el otro decía que sí, por supuesto. Ella se ríe. Él se molesta porque ella prefiera lo desordenado y algo sucio, pues le sirve para desinhibirse, para despreocuparse del escribir. Bueno. Es posible. Es un manierismo como otro cualquiera. Si a ella eso le servía, pues está bien. Ponerse a favor. Sobre todo cuando no hay jerarquías fijas, inamovibles, todo puede tener cierta importancia. Y a su vez ninguna. [...]

¿Escribo ahora esto porque me ha pasado lo de la tinta? Pues no. Lo escribo porque sí. Pero el hecho de que me haya pasado "eso", ese pequeño incidente (nombre eufemístico de los bombardeos nocturnos en el Londres de 1942), ese detalle de la tinta caída sobre la preciosa (ahora) encuadernación verde de mi Lucrecio me ha puesto a pensar y escribir sobre incidentes, casualidades, sucesos imprevistos en lo no imprevisto de cada día, que hacen su falta a veces. Nos recuerdan nuestra natural torpeza. Esa torpeza tan útil en ocasiones para reconocerse (hay un "Accidente" que da cuenta de algo de eso).