viernes, 30 de junio de 2006

La Piedra



[h. 1993]

Por entonces surgió súbitamente un interés desapoderado en localizar el secreto en alguna menudencia despreciable que contuviese en sí el poder máximo en relación paradójica con la mínima importancia aparente, incluso bajo la capa de la más obvia y ridícula insignificancia. Con "el secreto" se pretende dar a entender un complejo conjunto de características, que se engloban en una que las acoge a todas en su seno y por ello se distingue de cada una de ellas: la fulguración hipnótica del talismán, la cifra oculta del propio destino, la varita mágica, la coagulación de una belleza inalcanzable; en suma, la propia sustancia vuelta cosa, cosa encontrable, esperable, accesible, una sola cosa que me estaba esperando en la más recóndita de las esquinas, entre el barro de la calle y la pringosa gasolina revenida de la orilla de la ría, alguna estúpida brizna de metal, trozo de madera de silla, clavo de una cocina desvencijada, ladrillo barato machacado, una sola cosa híspida y luminosa tendría que fulgurar a mi paso y decir "aquí estoy", o "Te estaba esperando" o "Soy tuya".¡Qué trabajo hasta dar con su familia! Hasta dar con el tipo de objeto que, por su notable rareza y manera de ponerse a esperar, no tuviera que hacer demasiado esfuerzo para decir "Yo soy" sin mover el ojo.

Hasta entonces hubo encuentros menores, series de objetos que optaron por representar el oficio de la cosa esencial y a veces lograron una más o menos duradera interinidad, pero enseguida se cansaron y se fueron. El proceso era siempre el mismo: había un momento en que la cosa surgía, se aparecía, casi siempre en la calle, andando por la calle, con los ojos fijos en los baldosines de la acera, dejando que ellos caminaran, que te caminaran. Lo más habitual solía ser que la cabeza se fuera por su cuenta a otra parte y el tema quedara en reserva. Pero en algún otro lugar, en una ocasión parecida, casi siempre cuando se salía para ir por ahí ("ir por ahí" frecuentemente significaba no ir a ninguna parte o, si había suerte, encontrarse donde uno nunca hubiera querido estar) y la mirada se echaba al suelo y se reanudaba el viejo rito -o más bien uno de ellos: de los "caminos", por ejemplo, se trata en otro lugar-. La cosa tenía que presentarse, la cosa tenía que "pedirte", porque, claro, no se trataba de que uno encontrara sino de ser encontrado por ella: la iniciativa siempre fue suya y cualquier situación era buena para que eso sucediera.

Cualquier momento era bueno para que el encuentro se produjera: sólo era necesaria una disposición favorable y que la cosa se hallara precisamente allí entonces. Quizá lo que hacía bueno el encuentro era precisamente que allí estuviera lo que tenía que ser encontrado. Era ello lo que transformaba el lugar y lo disponía para tu llegada. A la llegada la hace ser lo que es aquello a que se llega, no quien tiene a bien aproximarse a su meta sino esta misma que se inventa un actuante preocupado por llegar a ella. Ese es su trabajo: crearse un alguien que la justifique y le dé un fin: así la cosa. Unas polvorientas y desgastadas pinzas de la ropa con señas visibles de haber sostenido sobre el vacío la lencería de varias generaciones se rendía, se ofertaba para ser recogida como cosa en la acera del Instituto una tarde de verano a eso de las 4. Ibas por allí pensando quizá en algún plan plausible para pasar con dignidad la tarde y el brillo del hallazgo tomaba la forma de una convocatoria: "Te estaba esperando" me dice por el simple hecho de estar sola allí en medio de nada, sobre la limpia acera, precisamente por el mismo hecho de su vulgaridad detonante, de su estupidez canónica. "¿Creías que te ibas a librar como todos los demás que hasta ahora y desde siempre han pasado sin concederme la más mínima atención (siglos podrían haber pasado sin que nadie hubiera atendido a mis gritos), creías poder pasar desapercibido?" o bien, si no, "¿Por qué tú no, por qué tú no vas a ser elegido entre los miles, cientos de miles de viandantes que han pasado a mi vera desde que estoy abierta a ser de cualquiera en este suelo recalentado por el mismo sol de las 4 un día tras otro de este insulso verano?" Así que se sentía el cosquilleo de la pregunta inesquivable: "¿Qué hace que esto me esté destinado?" o, mejor, "¿Qué hace que esto que me está destinado encuentre en mí su destinatario, qué voz me llama, qué me impulsa a bajar la mano disimuladamente y recogerte del suelo venciendo la natural vergüenza de hacer esto que estoy haciendo?" "¿Por qué me llamas y por qué yo te oigo y te obedezco?" "¿Qué es lo que hace que del infinito de posibilidades realizables en este instante sólo la más absurda se realice y sea un hecho, así, ya, en mis manos?" Lo que sucedía después era casi indiferente. La pinza de la ropa se situaba en el bolsillo, encontrando lugar al lado de canicas de cristal, "iturris" (las chapas de botellas de cerveza rehabilitadas con esmero), gomas de borrar, etc. Allí se quedaba perfectamente homogeneizada con los demás chismes. Una cosa más.

A partir de entonces la sensación de ausencia de algo imprescindible, de algún detalle necesario no tenido suficientemente en cuenta, se convirtió en obsesión. Cualquier otro objeto que pudiera por algún tiempo caer en la red del momento de hallazgo, de la aureola de mostración en el suelo como un algo convocante, por desgracia no se sostenía en el tiempo una vez hallado. Quedaba indiferente como un añadido más de colección: eran simples curiosidades de museo, incluso algo vergonzantes pues mostraban a las claras su carencia de interés en contraste con la desmesurada importancia que se les había concedido en los momentos del encuentro. Pedazos de loza de tiesto, cajas de cerillas aplastadas, un zapatito de niño de meses, todo tipo de chapas desvencijadas, de juguetes rotos, etc. amalgamaban su delicioso absurdo en el cajón personal o en el bolsillo.
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Los trabajos de desescombro que se efectuaron en el lateral del patio del Colegio (y pronto se debieron interrumpir -quizá por falta de presupuesto- pues aquel tejemaneje de escombros tardó años en convertirse en un gimnasio ¿o fue un pabellón de deportes? No sé. Algo de eso) transformaron providencialmente la situación. El patio había desempeñado un importante papel como gran venero de cosas en disposición de ser encontradas. En varias ocasiones extraños clavos de la pared o los dibujos del desconchado de la pintura de los muros habían sido responsables de complicados diálogos y formas de presencia o apariciones. Pero fueron aquellas obras de desescombro las que en realidad abrieron la caja del nuevo mundo. Fue como si la Tierra, desde su más profundo centro, me revelara un secreto oculto desde siempre, fosforescente, ardiendo con una luz pálidamente encendida, pero, por esa su misma melancolía, absorbente hacia sí, ingurgitante, como el más poderoso de los imanes.

Al principio nos negábamos a hacer incursiones demasiado decididas por aquel nuevo territorio, pues en teoría nos estaba vedado. Los hermanos, prudentes y en su papel, amenazaban con castigos, y la intensidad de la amenaza estaba en proporción inversa con la cantidad de osados que se atrevieran a sentar sus reales por aquellas latitudes. Cuando, como era natural, el patio acabó por proyectar su zona de influencia en los escombros, resultaba comprometida la tarea de aislar a los culpables de invasión de aquel territorio prohibido (todos estaban allí), así que parece que acabó por generalizarse una anodina tolerancia indiferente, a la espera de la evolución de los hechos. Por entonces nuestro grupo empezó a menudear las visitas sin otra mayor originalidad que el traslado de los juegos habituales a la nueva zona en cuestión. La verdad es que aquello no tuvo un éxito tal capaz de prolongarse más allá del incitativo de la novedad: una vez hecha la conquista el territorio se fue abandonando pues que no permitía juegos muy arraigados, como el fútbol, poco tolerantes con terrenos como aquel, casi montañoso; y los meros pasatiempos, como el hinque, las canicas y los iturris, eran practicables con mayor comodidad en el mismo patio. No obstante, y aprovechando el remanente de condescendencia producto de la primera invasión generalizada, y cuando se iba produciendo ya un reflujo en la asistencia, un muy reducido grupo de especialistas iniciamos serias tareas de investigación.

Lo que se buscaba al principio eran curiosidades: las balas, por ejemplo. Se encontraban de manera esporádica y eran gozosamente bienvenidas pues, conjeturábamos -y quizá hasta estuviéramos en lo cierto-, debían ser de "las de la guerra". Era interesante la tarea de escarbar por entre ladrillos desvencijados y piedras en dudoso equilibrio, capaces por sí solas de romper la crisma al más precavido; extasiarse en un rictus de sangre helada cuando una escolopendra -más asustada que tú- huía del terremoto por debajo de la manga del obrero; y todo ello contra reloj, los ojos fijos en los cuadrantes y las agujas inexorables. Quizá fue durante aquellos laboriosos rebuscos cuando inicié por mi cuenta una intensa cala en los grupos de piedras amontonadas en la escombrera. Tras de una infructuosa indagación de alguna otra cosa que no fueran balas, convencido de que la mina estaba seca, y decidido a fijarme una meta que prometiese hallazgos más verosímiles (una posibilidad de incrementar las oportunidades, pensé, era la de concentrarse en el género del que la zona diera testimonio de una cierta abundancia).

Como en la fábula famosa, no hay nada más invisible que aquello cuya presencia abarrota el campo visual. ¿Qué es lo que estando oculto está aquí presente y no se ve? Las piedras, ¡idiota!, ¿no las ves? Pero ¿qué sacar de las piedras innominadas, cómo transformar aquel reducto vacío en un campo de incitación, de tentación, cómo hacer que donde no había hubiera? ¿Qué tenían las piedras, todas blanquecinogristerrosas? ¿Todas? ¡Ah! ¿No habría, en medio del barullo, otras piedras, piedras ocultas? Se trataría, pues, de identificar como piedra interesante aquella que ofreciese a la vista un color diverso al habitual en el género "piedra", es decir, cualquier color que no fuese el grisáceo blanquinoso. Decidimos -no he dicho que ya tenía compañía: mi amigo Santi era reciente adquisición y daba la impresión de, hasta cierto punto, compartir mis intereses mineralógicos-, decidimos, digo, cambiar de procedimiento: reventar contra el suelo alguna de las piedras más grandes. Y entonces fue cuando sucedió: una de las piedras gimió contra el suelo y al separar los dos gajos lo vimos. Era una cueva.

La piedra se había abierto a la manera de una sandía, y, como si lo fuera, en su centro estaban las pepitas maduras: eran blancas, amarillas, de colores irisados (blanco bañado de mieles verdosas, una leche amarilla y levemente traslúcida con puntos de azul), eran unas explosiones de color que parecían haber estado esperándonos siglos y siglos allí dentro impacientes de que las dejáramos lucir. Una cueva, una casa subterránea de la primavera, se abría y entregaba su tesoro: el techo cristalino, blanco-amarillentos prismas como estalactitas, y el suelo globuloso, burbujeando de pompas de jabón negras.

La cueva era un viaje al centro de la tierra. Recuerdo haber visto la película por aquellas fechas, y, como el lector sabrá comprender, la escena del hallazgo de la sala tapizada de piedras preciosas fascinó al minero. Aquello era un descubrimiento. El centro oculto estaba dentro, en la cueva de la piedra. Vi varias veces la película para cerciorarme de todos los detalles geológicos (aquellos cristales de botella de sirope de menta electrizaban los ojos del minero en cuanto se dejaban ver) y así poder concertar citas cada vez más expertas con la piedra y su cueva. Así se me abrieron los ojos ante los cuarzos, buscaba la agria pirita, rezaba al oligisto. Pero tenía que pasar. Tras de cada visita, que ocupaba la duración íntegra del recreo, la piedra era celosamente depositada en una esquina disimulada y tapada con periódicos y cartones. Un día dejó de estar. No había calculado el número de ojos que el ángulo muerto de la espalda dejaba sin fiscalizar: uno de aquellos odiosos vigilantes que solían aprovechar algún momento de distracción en su futbolística monomanía para dejar caer una larga mirada conmiserativa hacia los afanes del minero, o uno de aquellos otros que, para vengarse de su natural tristemente aburrido, seguían, obsequiosos y burlones, las operaciones extrañas de tipos raros como el minero, esperando la ocasión para saltar con algún carcajeante ladrido de hiena. En la ocasión aquella su silencio significaría el fin de la cueva.

Jamás volví a encontrar otra igual. Entrar en la cámara, dejarse cobijar por las blanquecinas agujas prismáticas, caminar con el tacto por los suelos negros y árabes, agazaparse en alguna protuberancia de cuarzo mientras la luz roja sangre de la pirita -la baba del Malo- teñía el ambiente oscuro de arcana sospecha, ya sólo serían un recuerdo triste. Pero, aunque no me diera cuenta exacta, embargado como estaba por la angustia del robo del tesoro, algo había ganado: ahora sabía que el objeto real, la verdadera cosa, era una piedra. Una piedra me estaba esperando en algún sitio. La cueva era el mensajero.

Aquella tarde disputé con mi amigo Santi una reñida partida al hinque; hasta tal punto lo fue que el terreno de juego, por efecto de los continuos "repartos", se había levantado y las navajas desgajaban grandes terrones de barro recién llovido. De repente la vi. Alargada y casi irreconocible, una piedra de un tono gris aceitoso me llamó la atención por su tacto durísimo y suave al tiempo. Enseguida me di cuenta de que aquella debía de ser la auténtica piedra, o mejor, una mezcla extraña de los tres reinos de la Naturaleza; cuajada, resecada fórmula maestra de algún matraz impensable: su dureza congelada y el pulido color crema de su interior, una vez partida o astillada, recordaban la carne tierna y un poco pasada de alguna pieza de caza; su piel tersa se asemejaba a la del sombrero de un hongo grande y pulido (una lepiota, por ejemplo) y, no obstante, era oriunda del antro mismo del centro del mundo.

Estaba ante un magnífico pedazo de pedernal, el Hueso de la Tierra. Mi pasmo despertó sorpresa e incredulidad en mi amigo, quien a partir de entonces empezó a considerarme con cierta desconfianza. Astillé un fragmento de la piedra para poder rascarlo y contemplar su electricidad chisporroteante y deleitarme con aquel olor a fritanga de puerros que confesaba su raigambre vegetal. El entusiasmo, es verdad, se apoderó de mí. No lo podía disimular. Me paseaba durante los recreos con la piedra en la mano sacando chispas todo el rato y lo peor del asunto es que llegué a hacer algunas demostraciones y exhibiciones jactanciosas ante un público demasiado numeroso. No todos los compañeros eran de fiar: a decir verdad, casi ninguno. Fue un error imperdonable. Aquel pedernal tan grande y lustroso, aquel pedazo de carne arrancado del tronco mismo del mundo desapareció de mi pupitre a la vuelta de una de las sesiones vespertinas de rosario. Santi, mientras tanto, y habida cuenta de mi obsesión exclusiva por la piedra y la desesperada búsqueda que emprendí, a raíz de su desaparición, de alguna posible compañera, intensificó su desapego burlón y sentencioso. Llegó hasta el punto de repartir por la clase y hacerme llegar a mí una copia de cierta caricatura que me representaba exhibiendo el hallazgo ("el buscador de pedernales" decía al pie con grandes letras). Su crítica había que entenderla como un reproche moral -quizá justificado, pienso ahora- hacia la maniática extravagancia de mi afición pétrea. Durante un tiempo no había atendido a nada que no sacara chispas.

Si la desaparición de la cueva supuso un serio disgusto, lo del pedernal fue trágico. No me había dado realmente cuenta del valor de lo perdido. Cuando rascaba con el filo de la lasca a la piedra-madre e, inmediatamente de producida la chispa, aspiraba con ansia el olor a puerros rancios; cuando me entretenía en mirar, en mirar con detenimiento, en sobar enternecido, en delinear con el índice el perfil, la forma de la piedra, su textura, sus quebradas y faciales rasgos característicos, esos cortes bruscos que formaban un paisaje en miniatura, una geografía ártica, no alcanzaba a sospechar que lo que tenía en las manos era la verdadera, la única piedra viva que durante tanto tiempo me había estado esperando.
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Le envié este artículo al amigo Juncosa para que se encargara. Me dijeron que lo habían visto publicado en Barcarola. Nadie me hizo llegar ni un ejemplar de cortesía.

jueves, 29 de junio de 2006

Tabarras de un cuaderno (5)

[h. 1995]

Las únicas satisfacciones que has sentido han sido placeres interiores, los momentos de contemplación de algo intensamente propio. Quizá su intensidad te hacía sentirlos como dolorosos, pero en realidad fueron las únicas formas de placer verdadero. De rapto. Si se le arrancan a esa palabra las estúpidas connotaciones sensual-religiosas. La unión con lo que estaba siendo en ese momento. La única forma de realismo verdaderamente aceptable. Lo demás no es otra cosa que un estado fantasmal, pero el momento de percepción y la participación en algo que está siendo y el hecho de que sea, su vuelco, su constancia, el hecho de trasladarte a la cosa misma en su modo diferente de ser y la participación en ese modo de ser extraño. La verdadera extrañeza. La perfección en lo distinto cuando se apodera de lo propio y sin negarlo lo proyecta hacia otra forma de ser. ["La ocasion no es de quien la busca sino de quien la encuentra" escucho esta tarde].

Lo único que no he logrado quizá es convertir esas formas de unión, de percepción, en verdadero conocimiento. Darles la consistencia de partes de un todo: siempre han tenido un carácter momentáneo, accesorio. No han dejado de ser epifanías, momento. Para convertirlas en conocimiento debería haber dispuesto de un cuadro general, un marco donde incluirlas, aprovechar cada uno de sus elementos propios e integrarlos en una "manera" en la que cobraran sentido, y al hacerlo, la fueran modificando, ampliando, potenciando. Es precisamente este potenciar la "manera" el único sentido digno de la percepción. Porque, si no, ¿qué hace en lo momentáneo? Sólo es "estética", peculiar, no forma continuidad, verdadero conocimiento. Tanto el que se llama "poético" como el otro. Sólo hay uno con difererentes vías.

La cuestión estaría en hallar los factores comunes, las regularidades del "modo". Su intensidad primero. ¿Por qué siempre he percibido que tal experiencia pertenecía a una serie de otras producidas? Su instantaneidad, su fulguración, su carácter no pedido, fortuito, "externo". ¿Qué tendrá qué ver esta externalidad con la de los americanos (poesía del "dictation" de Spicer de la "figure from Outward" de Olson)? No sé. Lo no pedido. Lo que procede de otra parte. Lo que no tiene motivo previsible.
(...)
Renunciemos a todo. Con cierto espíritu de resistencia. Esa idea de George Oppen sobre la verdad de lo dicho como experiencia sin presupuestos. Sólo hablar de lo exacto dentro del propio marco. De la propia experiencia. Esto sí. Estoy sabiendo en este instante. Sólo esto pasa. Sólo esto es ahora mismo. No creer nada que no esté siendo exterior-interiormente sólo y sólo cuando se den los momentos de confluencia de palabra y realidad. La realidad de mi estar siendo participante en esto que sucede. "Crónica de sucesos". No es mal título, pese a lo ingenioso.
Esta forma de encontrarse casualmente (la trabuco con "causalmente" y la corrijo).

De ascensores



[h. 1992]


Todos los días empezaba a sonar así a la misma hora más o menos, a eso de las doce. No es que sonara distinto a partir de esa hora, claro, sino que su sonido antes indiferente de repente dejaba de serlo y se pegaba al oído. Era imposible pensar en otra cosa que no fuera el sonido del ascensor: el ascensor que subía, el ascensor que se paraba (su sonido era distinto según se parara en el 1º, el 2º o el 3º...Hasta el 6º se podían distinguir las diferentes melodías). Era un ciclo de canturreos o una cantata trémula perfectamente distinguible según la altura a que llegara en cada viaje. Lo mismo cuando bajaba: el cambio de su modulación durativo-musical quedaba marcado. La riqueza de los tonos, la diversa modulación sonora del ascensor eran cualidades sensibles que adquirían notoriedad, importancia. Existían porque una emoción impregnaba entonces todo el ámbito de su desenvolvimiento nocturno en un cuarto demasiado aledaño al hueco por el que el viejo aparato discurría.

Es curioso que algo -el sonido de un ascensor- repentinamente desparrame una riqueza de detalles en el ámbito musical, tales que lo saquen de la indiferencia con que en horas diurnas lo retirábamos de la percepción. Nunca hubiéramos creído posible obtener aquella riqueza de tonos, gemidos, lamentos resignados, suspiros o lánguidos trémolos hasta tentar el maullido, el ronroneo, la canturria provocados por un ascensor ya entrado en años, en lustros, cuando el oído que lo trae al mundo se queda casi pegado a la pared frontera a su hueco una noche tras otra a eso de la una, las dos, las tres de la mañana. Cuál fuera el motivo de tal emoción musical es lo de menos. La exactitud de la frase coincidía con la certeza de que el piso en que aparcaba era el nuestro. Empezabas a oír su arranque (do), la subida de tono (re), más alto (mi)... hasta la angustiosa extenuación sonora de la frase concluida. Esperabas no escuchar el tono exacto. Mejor otro, cualquier otra frase menos esa. A veces la melodía estaba variando la frase funesta y no concluía: el ascensor seguía subiendo. Ah. No es el mío.

miércoles, 28 de junio de 2006

Notas de un cuaderno 1









[h. 2000]

Leo un poema de William Bronk (Nueva York, 1918) "The Nature of the Universe" de su libro The World, the Worldless (1964) y pongo una versión en el foro (aquí abajo). Trata el tema de la cueva cósmica, de la unidad platónica de alma y cosmos y del horror de la Nada. Esta tarde leo "El Foso" de Horacio Castillo (Ensenada, Argentina, 1934) de su libro de 1993 Alaska, que encuentro próximo.

EL FOSO
Respiré por última vez el aroma de los eucaliptos
y pasé bajo el arco donde estaba escrito: Aquí termina el mundo.
¿Dónde estamos? -preguntó el niño que todavía no había nacido.
En ninguna parte -contestó el hombre que ya había muerto.
Y señalando en el medio del campo un inmenso foso agregó: Todos saldrán por ese mismo lugar.
¿Dónde estamos? -preguntó el hombre escondiendo los ojos en el bolsillo de la chaqueta.
En ninguna parte -contestó la mujer plegando su cabellera como un mantel.
En ese momento el viento cambió de dirección y sentí por primera vez el olor de la nada.
Y ese olor nos atormentó durante el resto de la jornada, y la jornada siguiente,
y todas las que siguieron hasta el fin de nuestros días.
Dónde estamos? -preguntó el hijo templando las cuerdas de las alambradas.
En ninguna parte -contestó el padre pasando una esponja sobre los árboles.
Pero los veteranos, encendiendo fogatas, se ponían a cantar
y todo parecía un alegre campamento de verano.
¿Dónde estamos? -preguntó el muchacho con el cordero sobre los hombros.
En ninguna parte -contestó la muchacha con el ramo de nomeolvides en el pelo.
¿Cómo podíamos cantar mirando día y noche el negro foso?
Un día, sin embargo, el aire amaneció fragante;
olía a almidón, a cabello de mujer recién lavado,
acaso porque ese día ella descendió por el negro foso.
¿Dónde estamos? -preguntó el niño con el rayo de sol entre los dientes.
En ninguna parte -contestó el anciano revolviendo el caldo negro de la memoria.
Ese día, en cuclillas junto al fuego, empezamos a cantar.
Cantábamos bajo las duchas de la luna llena,
cantábamos pelando papas infinitamente oscuras,
cantábamos separando la uña de la carne.
Aun el último día entre los vivos cantamos.
En fila india, con el clavel de los mansos en el corazón,
caminamos lentamente hasta el borde del pozo.
¿Dónde estamos? -preguntó la niña que dormía con el ave fénix en sus brazos.
En ninguna parte -contestó la madre con el balde de olvido sobre la cabeza.
Así, tomados de la mano, esperamos el amanecer
y bajamos cantando a la eternidad.

Del libro Alaska [1993] en La casa del ahorcado. Obra poética 1974-1999, Estudio preliminar de Pablo Anadón. Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999, pp. 90-91.

Los presupuestos del poema de Bronk son metafísicos, fantástico-metafísicos. Sin embargo, "El foso" de Castillo es un poema que no se explica fácilmente sin la tradición griega (la bajada a los infiernos, Perséfone) y la atmósfera religiosa, cristiana y dantesca, de la esperanza, de la espera, en contraste con el permanente estribillo de la Nada como un diálogo entre los diversos personajes ("¿Dónde estamos?/ En ninguna parte"). El poema de Bronk, que en sustancia dice lo mismo, carece de esperanza, es un poema al que lo fantástico potencia, una imagen pavorosa en su lógica metafísica brutal. La cueva del cosmos espeja nuestra cueva interior. Nuestra alma, nuestro espíritu turbado, es el espejo interior del Huevo Cósmico. Las luces con que soñamos son un reflejo del ignorante y despiadado titilar de las grandes explosiones planetarias. Vivimos esos "horrores" como nuestro éxtasis. ¿Poner el poema de Castillo en el foro a manera de contraste y semejanza? Probablemente no le interese a nadie.

martes, 27 de junio de 2006

Cine para calles solitarias


[2002]



Las calles, la sensación de las calles llovidas. Deambular por Recalde, Zabalburu, subir por La Casilla, Basurto y la cervecería aquella de las ranas, entrar en aquellos cines en que daban mediometrajes de una serie de episodios de Ivanhoe (en el cine "Actualidades") o las películas de Abbot y Costello. Daban varias seguidas. El Castillo del Terror y los sustos que se pegaban los dos. Siempre los mismos sustos pero hacían su gracia. El cine aquel (¿el "Urrutia" era?) bastante desvencijado y oloroso. Había dos cines muy próximos en la zona. En el otro vi Fake de Orson Welles y una película italiana basada en un cuento de Cortázar: Blow up se llamaba, creo. La de la foto ampliada y que se veía un cadáver en un parque.

Eran todos cines de tarde solitaria, tarde romántica o decadentista o levemente existencialista de los 60, tardes italianas con el jersey azul marino de cuello alto, pantalones azul marino: azul marino integral, gabardina apretada y a la calle, al cine solitario con la vaga esperanza de un encuentro inesperado en la butaca o en la calle o en el bar de al lado del cine con alguna belleza arrasadora. Siempre llovía, llovía suave (una buena lluvia me hubiera dejado en casa), y a veces al salir había dejado de llover o llovía entonces ya fuerte de verdad pero estabas en la calle. Así vi casi todo el cine que recuerdo: Campanadas a medianoche de Welles en el cine "Gran Vía", Doctor Zhivago en la 2ª o 3ª ocasión (porque la primera fui con mi padre a verla al "Ízaro" y fue mi iniciación en el cine adulto: parecerá ridículo pero ver aquella película a los 12 años me produjo impresión; no creo que olvide la sensación mezclada de pavor y atracción intensamente pecaminosa de la escena de Lara en el cuarto rojo cuando Víctor le hace beber la copa de vino), Barrabás, películas imfumables del Oeste o películas de la 2ª guerra mundial (Los cañones de Navarone o aquella de las V2 y los paracaidistas en Noruega). Eran éstas las películas del cine Olimpia, un poco más arriba de casa, y Lawrence de Arabia fue la película de gran impacto por entonces. Algo antes quizá, a West Side Story fueron mis padres y a mí me dejaron en casa porque era pequeño.

El sabor del regaliz duro en barras grandes chupadas a conciencia hasta dejar la lengua como un estropajo y los subrepticios paquetes verdes de tabaco rubio Paxton.

Había que ir a la sesión de las 7,30 con la tarde de invierno semioscurecida, salir de casa como una especie de sombra, como un espía que no dice nada y se llega a confundir con las paredes, con los semáforos de los cruces, las gentes deambulantes con gabardina y el brillo del agua y las luces rebotando en los cristales de las tiendas brillantes. El negro de las casas hacía estallar de luz y color luminoso los escaparates. Pero tú ibas al cine en tu viaje privado y confidencial. Nadie te veía. Sólo azul oscuro y gabardina marrón. La cara mojada por la lluvia suave. Una cierta cola, a veces, había que hacer en la entrada refulgente del cine. Mirar las fotos de recorte de la película en el expositor algunas veces dejaba ver el tono de la historia en su serie de instantes cumbre. "¿Será de chicas o de guerra o de guerra con chicas?" A veces las películas serias no se dejaban investigar en los expositores y te llevabas un chasco.

El sueño de la calle, el tránsito de los sueños de realidad deambulados por la calle, por los escaparates palaciegos y las negras paredes repulsivas pero necesarias se prolongaban en la sala y la propia película (recuerdo Noches de vino y rosas) y seguían después. Te las llevabas puestas de camino a casa. Al menos el trayecto de vuelta se hacía dentro de la atmósfera de la película que había quedado incorporada al sueño del viaje, al deambular extrañado y sonámbulo. No los datos y la historia porque se recordase, ni la emoción de las escenas, de los personajes o las actrices, sino la sensación que se había ido formando en ti como resultado de la película en su conjunto mezclada con el humor que te ocupase en el momento: una cierta vaga melancolía abierta a nuevas experiencias, una tristeza suave y agradable hacia lo expectante, aunque lo que esperase fuera lo de siempre, nada. La mezcla hacía camino de vuelta y la transformación del excursionista justificaba la salida.

Llegabas a casa, a lo de siempre, pero distinto. Habías abierto un hueco en el espacio-tiempo de lo cotidiano por el que durante unas horas había transitado otro personaje: el viajero desconocido.

domingo, 25 de junio de 2006

Hierbas

(...) La noche estaba seria como un manto de ciegos paraísos. Blas de Otero, Cántico espiritual, Alea, San Sebastián, 1942, p.19.

[h. 1994]

Cuando las zarzas disponían sus filos en defensa de su propia dureza intocable y la mano se entrelazaba con la humedad hiriente de las hierbas y la tierra disponía en contra todos sus obstáculos que recorrían la gama entera de lo blando (aguas, barro) y lo duro (ensortijadas y laberínticas serpientes puntiagudas), entrar dentro del seto, ocupar aquella casa oculta, era un ejercicio de profanación.

Pero, al fin, se lograba entrar en el centro, se dejaba atrás la frontera y podías habitar el silencio de la hoja brillante, la hoja barnizada de luz. La calma luminosa de la estancia.

Hasta que el propio lugar invertía su postura, y su hostilidad primera se iba transformando en ansia de dominio, de posesión del intruso que ahora ya podía asegurarse era alimento preparado, condimentado para una lenta asimilación.

Las locas



[h. 1995]

No he vuelto a conocer locas como aquellas. Ya sé que en el País la locura es lo corriente y que, con un poco de curiosidad, cualquiera podría ofrecer un catálogo profuso; pero las limitaciones de la propia experiencia y de la memoria (que suele tener razones para el olvido) me dejan con un cuadro en que sólo aquellas dos mujeres parecen llenar una imagen medianamente nítida. Me refiero a que hay formas de locura en las que el desarreglo mental, la discordancia, toma los caracteres esperables del caos: un revoltijo amargo y rechinante; y hay otros, en cambio, en los que se dibuja con elegante nitidez no sólo "la manía" (el conjunto de actividades desviadas con las que el loco hace tema de su locura) sino la "figura" (un gesto, un motivo, una especie de cita en el espacio con la que se rubrica el tema, algo así como una firma). Son estas figuras casi siempre las que hacen de los locos seres identificables, y ellas suelen ser el camino que escogen los cuerdos (parece que el loco se lo pusiera en bandeja) para marcarlos como tales. No deja de coincidir en su forma con lo que entre los cuerdos se entiende por capricho o rareza: la distingue, sin embargo, la obsesividad reconcentrada con que se viste, se practica o se vive (o las tres cosas a la vez).

La loca de Arriquivar era una señora que se sentaba en la plaza del mismo nombre todos los días y con un horario estricto de mañana y tarde: a cualquier hora a la que pasaras, por allí estaba; la podías ver sentada en un banco, el mismo siempre, con los ojos puestos en "Ultramarinos Alonso".. Vestía de modo particularmente ostentoso, con el ánimo evidente de gustar, de alcanzar por medio de su atuendo la atención de algún observador preseleccionado. Había días en que venía con sombrero: un sombrero rojo de grandes alas, una especie de pamela o algo intermedio entre ésta y una teja de cura rural del siglo XVIII. Un bouquet de flores coronaba el edificio: a qué botánica pertenecieran no sabría decir, mas conjeturo que no venían en los manuales. El rojo chillón figuraba lánguidos colgantes que iban cayendo sobre amarillos aplatanados. Verdes frutales se daban de codazos por allí para aportar un contorno de selva virgen. Lo maravilloso de la construcción era que desafiaba con elegancia las leyes de gravedad. Tal desparrame aún tenía arrestos como para sostenerse con estilo y concretar en el espacio su forma irrepetible. No imponía a la cabeza un margen limitado de movimientos, no, la cabeza se movía con hierática desenvoltura y cada torsión ponía en funcionamiento un caleidoscopio deforme previamente estudiado. Una tarde la miré y vi que llevaba una cesta de la compra de las de plástico verde sobre el peinado.

El resto del vestuario lo componían grandes pendientes a lo Dama de Elche y complicadas ajorcas y pulseras que abarrotaban de carnes congestionadas los brazos, anillos de bisutería episcopal en casi todos los dedos, zapatos de plataforma pintada de rojo con la barca amarillenta prolongándose más allá de lo necesario hasta dar en una proa chata. La falda variaba según la temporada: los días de frío solía lucir ajustada minifalda verde de punto de lana y medias de cristal naranja, y reservaba para el mes de agosto una falda de tubo en cuero negro sobre leotardos a listas tutti-frutti.

Y el perrito, claro. Siempre llevaba un perro diferente. No sé de dónde los sacaba, pero los san bernardos, caniches y chihuahuas alternaban a su lado. A los caniches daba la impresión de que los pintaba (recuerdo caniches rojos y, quizá, hasta verdes) y les cortaba el pelo en busca del punto adecuado de elegancia hasta llegar a rozar en ocasiones la exótica calvicie de algún budismo canino.

Sus operaciones en la Plaza de Arriquivar, aparte la de sentarse a contemplar extática durante horas el establecimiento de Ultramarinos Alonso, eran difícilmente conjeturables. Parece que algunas tardes conversaba con usuarios adventicios a su puesto fijo en el banco frontero al punto focal. No recuerdo haberla visto hablar con nadie, excepción hecha de los vagabundos que pasaban la noche en la plaza los días de verano. Adoptaba una postura selectiva, quizá clasista, lo que la obligaba a acompañar estas escogidas conversaciones de una gestualidad casi pontificia: alzaprimaba el perfil para irlo depositando suavemente en apoyo del argumento. Algunas viejas, movidas del resorte religioso, se le allegaban con arrumacos y la, al parecer, bienintencionada disposición cristiana de confortarla. No sé lo que pasaría, pero poco duraban a su lado: casi siempre se retiraban con hoscos gestos de indignación a otro banco o dejaban la plaza con mucho ringorrango. Los niños se atrevían a más: solían jugar cerca de ella y a veces la sacudían un balonazo certero en las piernas desde prudencial distancia. En tales casos la respuesta no era la esperable. Adoptaba un gesto de angustia dolorida y abandonaba la plaza hasta el día siguiente.
Se movía lenta y ceremoniosa. Cada uno de sus ademanes locomotores se dijera participar de algún complejo sistema de reglas entretejidas que lo hacían digno de una detenida consideración. Aun con todo, su conjunto armonizaba como unos pasos de ballet. El perro mismo atendía con respeto sus indicaciones misteriosas, sus recogimientos de falda, arreglos de peinado, cuidadosa disposición de peinetas (hubo temporada en que exhibió varias docenas de peinetas de distintos colores), dijes y abalorios. Poco a poco y con extremosa dignidad se iba alejando, ya cumplida la jornada.

Me contó mi abuela que Alonso, dos veces viudo en corto lapso, había rechazado años atrás sus insinuaciones matrimoniales. Desde entonces contemplaba la tienda sentada en aquel triste banco de la Plaza de Arriquivar.
••

La loca de las maderas era, sin embargo, una loca popular. Con aires de pescadera de Santurce paseaba por la calle Licenciado Poza y adyacentes una cesta repleta de maderas y tablas de vallas y obras de la construcción. Solía discurrir con inquieta y atareada desenvoltura hasta el momento mismo en que algo o alguien despertara su airado interés. Entonces se dejaba llevar por súbito trance. Una ristra petardera de insultos en cadena reventaban sincopados en la cara del sujeto, quien se veía convertido en centro burbujeante de una pasión rabiosa sin comérselo ni bebérselo. Que el viandante pudiera entonar graciosa indiferencia o dispusiera una cara de no ir con él la cosa para abandonar cuanto antes el campo de maniobras, de bien poco servía. Escogido un blanco, lo mantenía enfilado largo trecho, decorando la persecución con música gargarizada (al final ya no eran palabras sino roncos borborigmos lo que encendía su garganta, demasiado bullente de santa ira como para traducirla a vocablos convencionales). Un corro de cariacontecidos se iba arremolinando en torno suyo y precisamente esa afluencia de público fresco era lo que renovaba el espectáculo. El primer enemigo, ya viejo, se diluía en la masa y ahora los culpables eran todos aquellos mirones con su cara insultante de pazguatos comprensivos. Ellos eran los perseguidores, el mundo en general en figura de corro de curiosos. Si hasta aquel momento había sido la furia vengadora, ahora le tocaba el papel de bruja dispuesta para verse arrastrada a la pira por la turba soez.

No podía haber locas más diferentes que aquellas en la manera de llevar su mal.

sábado, 24 de junio de 2006

La hermandad



[h. 1994]

LA HERMANDAD: UNA INICIACIÓN (Logroño, 1979).


Cuando en esta ciudad se instala algún funcionario foráneo (pongamos que procede de Bilbao) en cuya maleta, rara avis, entre otros adminículos de dudosa utilidad hay una surtida colección de curiosidades, rarezas y aficiones de esas que para entendernos y por mera comodidad rotulamos de literarias, o hasta incluso o más bien, de poéticas, nadie que medianamente conozca la composición geográfica española respecto de tales especialidades o gustos mentales daría en suponer que Logroño fuera en el mapa otra cosa muy distinta a un punto muerto, último confín de esos caminos de tierra que arrugan la cara de los bosques.

Tal era, con leves variantes personales, la composición de lugar que se hizo un mi amigo bilbaíno cuando la fuerza de las cosas o la del destino o la caprichosa providencia, valga el oxímoron, o todas a la vez, lo pusieron a buscar piso con premura por las calles de Logroño, pues que, licenciado, y licenciado también del servicio de las armas, había sacado fuerzas de flaqueza para obtener en el entretanto una plaza de docente de Instituto con que subvenir a la manutención de una prole ya abultada (el bulto era pupilable).

Ocupado en esos menesteres, no había tenido ocasión aún de pensar en literaturas más allá de lo necesario para su oficio, es decir, con muy otros pensamientos, y había aparcado momentáneamente sus intereses especiales a favor de aquellos que parecían coordinar mejor con la realidad de todos los días que por entonces apretaba y apretaba. Una de esas tardes en las que el tiempo como que se avellana para amoldarse a las agujas de un polvoriento reloj de pared (motivo de decoración para una sala de profesores soñolienta por razones de edad), nuestro amigo andaba melancolizando en alguna tarea escolar inaplazable y administrativa cuando, al pasar junto a la alta hoja de la puerta del Salón de Actos, oscuro antro estofado en rojos y negros del que sólo echaba en falta los utillajes de dibujo y el ojo del Arquitecto para que fuera conspicuamente sagastino, oyó rumor de voces de juvenil e inusitado timbre. Entró. Tres cuasiadolescentes en un alto estrado a media luz se apoyaban en la mesa, herida por el único rayo trémulo al que el grandioso cortinón rojo había permitido entrar desde aquel luminoso cielo de otoño toscano que ya apreciara Sánchez Mazas y, apoyados por su aura, presentaban a un bedel (quizá también a la señora de la limpieza) una revista de poesía de nombre subyugador: L'Anguilla[1].

Con timidez vascongada, nuestro amigo se sentó al fondo de la sala. Le llamaba la atención lo chocante de la escena. Quien hubiera organizado aquello había olvidado el detalle (quizá para sus miras prescindible) del público. ¿Y los alumnos? Pues en su casa merendando. El bedel (un guardia civil retirado), sin nada que hacer, atendía interesadísimo y de vez en cuando hacía gestos de profundo asentimiento. La señora de la limpieza sacaba polvo debajo de las butacas. El amigo vascongado procuraba hilvanar las razones que un micrófono carraspeante y el extraño sistema de turnos de palabra de los intervinientes le permitían conjugar (Herrera y Reissig, Frege y el General Custer eran los autores más citados respectivamente por cada uno de los conferenciantes- presentadores, como pudo colegir con alguna dificultad). ¿Qué sistema literario o poético podían sugerir esos nombres? ¿Hacia dónde apuntaban?¿Qué apuntalaban? Pese a sus aficiones americanas, nuestro amigo no acababa de recordar ninguna edición accesible de los Collected Poems del General Custer o de que el personaje, si bien ataviado en alguna fotografía como un dandy londinense y explorador de los nineties, simultaneara la soledad de Little Bighorn con la de la escritura poética.

Aquello era un misterio. Y era más. Era una incongruencia profunda. Esto último conviene matizarlo: nuestro amigo era de Bilbao, pero a la vez no quería serlo, o más bien había llegado a repugnar cordialmente de los rasgos entonces más visibles de su país y cultura natal, en favor de otros menos evidentes en superficie pero que tenían la virtud de acariciar su corazón con doradas tradiciones amigas: él amaba secretamente las visiones del recluido de Plencia, Ramón de Basterra, bogando por la ría en compañía del emperador Trajano en una gabarra romana, amaba los sueños de imperio religioso y bizantino o búlgaro de Quadra Salcedo en las tardes de óxido iluminado del Lyon D’Or en la Atenas del Norte, cuando Unamuno instaba con grandes gritos a sus paisanos a la conquista y evangelización de las “Indias Españolas” y Juan Larrea compraba en la Calle Correo un billete de lotería porque le había pronosticado el premio en París la paloma de Patmos.

En la penumbra de aquel Salón de Actos logroñés, por entre la voz de Herrera y Reissig, de Frege y del General Custer[2] nuestro amigo creyó escuchar la vieja voz amiga en configuración nueva: una arquitectura, un impulso batallador y una belleza perdida que, integradas, tomaran forma oscuramente, secretamente. Algo tan inocente como una revista poética en marcha escondía los signos rituales de una religión, de la religión. Y quien más ritualizaba allí era precisamente Frege, el escéptico matemático. Nuestro amigo quiso unirse a ellos, presentarse, ofrecerles los signos, uno a uno, con ademán sencillo pero firme. Aquellos eran sacerdotes, estaban investidos (¡Por favor: el General Custer, al bajar del estrado, fue dejando un rastro de grandes huellas compactas de barro espeso sobre la alfombra mientras saludaba con su amplia sonrisa rubia a nuestro amigo! ¡Qué mejor señal!).

De pronto y sin saber bien cómo, se vio conversando y discutiendo animadamente con Herrera y Reissig sobre la poesía española y sus avatares (“¿Es Claudio Rodríguez un gran poeta—major poet— o sólo un buen poeta? ¿Estos poemas de Trece de Nieve, aquella revista de Valladolid que se editaba en Madrid, qué te parecen, qué tienen que ver contigo? ¿Cómo te puede gustar Blas de Otero? ¿Es alguna perversión?”). Aquel cuestionario desgarbado, que alternaba con casuales retazos de una conversación algo delirante, tenía la función oculta de servir de prueba preliminar en una ceremonia de iniciación. Recorrieron las altas galerías, esquivando sombras soñolientas hasta dar con el bar, donde se dispusieron a tomar un pequeño refrigerio: un cortado, un pacharán o tentempié semejante. Y, en uno de aquellos momentos, cuando nuestro amigo, animado por la atmósfera de Torreón de los Panoramas que Herrera había tenido la virtud de crear, citaba al viejo de Rapallo, algo así como aquello de

Mientras los muertos caminaban
y los vivos estaban hechos de cartón…

en aquel preciso instante, el rostro de Herrera se tornó de un color de uva garnacha, y tan largo como era (yo creo que algo más largo y esfuminado que ahora) vino a dar con su figura sobre la vieja tarima, sin descomponer en lo más mínimo la línea vertical. Susto, conternación de los presentes, una tila, algo…¿Alguna mala hierba se había deslizado en la copa de pacharán? Al poco rato y con gesto elegante, como con un brinco desmayado, lograba recuperar la posición erecta. El bilbaíno, oficioso samaritano, mientras le echaba una mano poco hábil en la maniobra de reconversión de la figura, juzgó oportuno traslarladarlo lejos de aquel ambiente demasiado funcionarial y ya suspicaz hacia persona tan caediza y, a fin de aprovechar al máximo el efecto benéfico que pudiera ejercer en su trastorno el oxígeno de aquella fresca tarde de otoño, lo depositó con escasa maña y variados traspiés de chambre en uno de los bancos de la plazuela aledaña al Centro.

Allí, sin perder del todo la lividez cadavérica, Herrera prosiguió impertérrito su disertación interrumpida sobre el modernismo uruguayo. Nuestro amigo podía considerarse ya investido: era un miembro iniciado de la hermandad.

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1. L’ Anguilla, con sus tres números (0,1 y 2) fue seguida por los ocho de Calle Mayor. Una recapitulación es la Antología de poesía en la Rioja. La sociedad se diversifica y amplía en las colecciones de AMG editor (Cuadernos de la Selva Profunda, La Ciudad y las Sierras y la reciente Buenas Piezas).
2. Los nombres de Herrera, Frege y Custer, como el lector local habrá adivinado, sustituyen a los de los usuarios habituales de tales autores: Alfonso Martínez Galilea, Pedro Santana y José Angel Escuín(†), respectivamente. “Nuestro amigo” vela discretamente al autor que firma este breve relato, el cual —importa advertirlo en relación con la costumbre, intensa en la Rioja, de atribuir valor de verdad a cualquier manifestación verbal oída sobre personas vivas y conocidas— es producto de la imaginación algo enfebrecida de quien escribe. Nada más. Falta, para completar el cuadro un último personaje más o menos real y vinculado a los ya citados: Francisco Ibernia, pero no sabría precisar su paradero de por entonces.


Artículo publicado, a mediados el los 90, en una pequeña y efímera revista logroñesa (creo que se llamaba La ratilla), de la que he debido de perder el correspondiente ejemplar.

jueves, 22 de junio de 2006

Averías

Los aparatos, los muñones que nos ponemos para trascender el cuerpo, para alargarnos con los tentáculos de ¿qué?, ¿del alma?, No sé. De un cuerpo tentacular y proyectado en animaciones mentales que estas teclas propulsan por una red etérea. Eso, el ordenador, se ha estropeado un poco. Las obras faraónicas que están haciendo en mi cocina una patrulla de benémeritos labriegos del cemento y la argamasa han propiciado el uso de máquinas y las máquinas piden fuerza, y tanta han pedido en esta ocasión, que los famosos "plomos" han saltado, pero esta vez con tan entusiasta intensidad que mi conexión a la red se ha ido al garete. Ay.

Uso el equipo de mi hijo, en su breve ausencia, para comunicaros la demora en mi puesta laboriosa de los habituales huevitos blogueros. Con ciertos sudores he trasladado el ordenador a la tienda y le han cambiado la tarjeta de conexión. A la pobre ha debido de darle un infarto por la emoción eléctrica sufrida. Pero parece que no ha sido suficiente apaño (pese a los 22 euros del caso) y mañana vendrán a diagnosticar la situación al domicilio del enfermo.

Día el de hoy de variadas emociones. Esta mañana la carta de Azúa en su blog (no sé por qué, pero me ha enternecido hasta la lágrima...¡Si hace un siglo que no veo a Jon! Quizá ha sido por eso y por los recuerdos de entonces, que las repescas de estos días han avivado); más tarde, y en el mismo blog, he podido constatar las incompatibilidades de mi lenguaje figurado con las drásticas exigencias de la precisión científica en historiografía y sociología (el bueno de Vic, qué chico tan aplicado), y ahora este apagón general, y espero que momentáneo.
En fin, un día completo.

Pero vosotros seguiréis ahí, avizores como siempre para cuando llegue el indolente con renovadas fuerzas (¡leche con las fuerzas...eléctricas!).

Por alguna manía del blogger, ahora no veo los botones de formato para darle a este post una apariencia discreta. Bueno.

¿Qué estoy haciendo?

Pues si quieres que te diga la verdad, lector internético, no lo sé muy bien (y te trato de "tú" porque no soporto fácilmente ese ridículo trato de usted que tanto se lleva en los foros españoles de la red: una de las cosas simpáticas del aldeano vasco que malhabla "erdera" o castellano es que trata de tú a todo el mundo; no sé si a Dios también lo tratará de "tú" o ahí ya se para; así que si os parece demasiado descarado el trato de "tú" podéis cambiarlo por el de "vos" o "vuesa merced"), y es que no sé qué estoy haciendo desde que escribí el "estreno" inaugural.

¿He pretendido dar de mí un sucinto retrato barajando al desgaire una selección de papeles de las viejas carpetas o entresacando de los cuadernos unos cuantos pasajes que me ha parecido que servirían a tal fin? Pues quizá algo así o no lo sé tampoco. He ido sacando papeles y pasajes que me parecían legibles y que vienen algunos de épocas geológicas y otros de anteayer. Tampoco estoy muy seguro de las fechas. Por alguna superstición escribo a la vez en media docena de cuadernos y los voy alternando sin fecharlos casi nunca, así que ahora sólo por los temas o algún indicio muy subjetivo podría acercarme al momento en que escribí esos pasajes que os pongo. Las fechas que intento darles son tentativas, reconstrucciones arqueológicas.

Tengo 52 años aquí mismo a mano, sobre la mesa, y una colección de meses que completarán la docena el próximo 13 de julio, si nada lo impide. Practico la grafomanía desde la adolescencia preferentemente con alguna pluma imposible (tengo seis y casi todas he conseguido estropearlas: rascan) que escriba suave y fina letra sobre papel satinado y entonces escribir se convierta en un placer sensual y en sí mismo gratificante, ya escriba las mayores tonterías imaginables (acertaréis si pensáis que todas las cosas que escribo las considero por igual como absurdas indolencias que no van a parte alguna, bobadas; si le gustan a alguien de verdad lo considero un milagro y a esa persona la quiero para siempre por ser capaz de semejante capricho) o alguna que se salga de la norma. No soy ningún escritor ni nada que se le parezca. Me gano la vida dando clases de lengua española en un Instituto de Secundaria o Primaria (ya no lo sé bien) y en una época di en la chifladura de esbozar en prosa cortada unas breves series de "instantes" de escritura e insistí en la demencia haciéndomelos imprimir en tiradas reducidas al alcance de mi bolsillo y regalándoselas a los amigos. Uno de ellos, arrastrado por el afecto, costeó la labor y puso en riesgo su nombre editorial a mi lado en dos ocasiones. Dios bendiga a AMG. Como aparecieron bajo nombre falso (digámosle "trucado": el primer fragmento convencional de mi verdadero nombre y el apellido de una abuela mía que cito en el post anterior a éste) no lograron desacreditarme en exceso.

No sé si harán falta más detalles: Bilbao es mi pueblo natal, como habréis notado un poco. Llevo viviendo provisionalmente en este Logroño cariñoso y campechano 27 años. Aquí tengo a mi familia conyugal y a mis amigos.
Y aquí me tenéis vosotros a mí.

¿Y ahora de qué hablo?

La vieja de las maderas


Se movía celerosa, ocupada, preocupadísima: con mucho ringorrango de faldas, la cesta al brazo arriba y abajo. Y a la vez interpelaba desafiante a cualquiera que se fijase en ella, enfadada, y prorrumpía en insultos estruendosos. Escupía salivillas mientras hablaba o lanzaba directamente un lapo, quizá por asociación de ideas o movimiento reflejo.

Con aquella cesta de maderas arrancadas de alguna obra, la misma cesta con que 30 años antes subía a por leña al monte Arraiz o a Archanda. ¿Cuándo fue? ¿En el 36 o ya en el 37?

Los ojos rojos quizá del vino de las limosnas, pues pedía inmediatamente de concluida la sesión de insultos: era la calle de los vinos, la del Licenciado Poza, y el personal variaba continuo y bullicioso. Tranquilamente se iba a su esquina y alargaba la mano sin olvidar la mirada desafiante y sin decir gracias ni nada. Y tenía éxito. Le daban más que a los pobres que se sentaban junto al cartelón, los que enseñaban las varices. Y volvía otra vez a la misma ronda de ajetreos por la calle, deteniéndose como frenada por algún pensamiento inapelable y premioso y echaba a volar las faldas de inmediato en medio de variados "hijoputa" casi automáticos, como si rezara el rosario y dirigidos a un niño que chupaba un helado y que sin inmutarse se quedaba mirándola.

Otros días desaparecía debajo del puente, en la zona de estacionamiento de los autobuses y se acurrucaba junto a la pared a comerse una naranja. Cualquier día la aplastaría algún autobús al hacer la maniobra.

Mi abuela me contó la historia de los bombardeos, del racionamiento de combustible, del frío del invierno y la necesidad de la gente de subir a los montes a por leña. Quizá fue al bajar con su hermana, que le ayudaba en la faena de rebusca, quizá oyeron tarde la sirena o no calcularon bien el tiempo que les costaría llegar al refugio.

miércoles, 21 de junio de 2006

Travesía del Aire

(Valladolid, 1972)


Cuando el árbol solo, el seco árbol de la plaza nos acogía, podíamos mirar al viento de luz, la luz blanca de un día inmóvil e infinito. Había una música sin tiempo en todas las umbrías, y el brillo de la lluvia, el brillo de las corazas de la lluvia, dibujaba el corte de aquella geometría de filos, de puntas brillantes y erizadas.

Las voces caían como cristales, como espejos momentáneos en los que señalar el aliento cuajado; caían una y otra vez al agua, al agua de peces lentos, al agua verde de aquellas tardes.
Abríamos las ventanas y la noche se derramaba sobre la mesa. Abríamos las ventanas y otra vez la música hacía de escala con que alzarse a alguna cumbre de luz antigua. La ventana abierta hacía hueco en la noche y se colaba una lluvia de luciérnagas.

Y de nuevo las voces, las voces salidas de pasillos sin final, de las luces de sus baldosas, de la bombilla de neón que no se apaga, e incita, llama con su fulgor amarillento para que algún otro apague la voz que ella convoca.

Vivíamos el sueño del agua, la grácil sensación del ahogado que se enamora de la luz, que ya no ve, que sólo escucha la pura delicia de un día sin final que ya es el suyo.


(En la solapa del libro de Ángel Sopeña Travesía del Aire, Esquio-Ferrol, La Coruña, 1988)



Calles de cita

(Valladolid, 1972)


Son las calles las que se quedan mudas cuando vuelves a pasar. Ya no vale preguntar por la razón, mirar las vidrieras ya vistas antes, el barrote mohoso, el mismo polvo depositado sobre lo negro de las paredes que te saludan con despego. Las calles aquellas cuando eran reconocidas exigían la primacía, el trato de favor. No se conformaban, querían estar vivas: ser centro único. Una realidad no tocada: una puerta.
Había el momento de la extrañeza. Una presencia se establecía en el lugar y lo volvía nudo de convocatoria: la cita sellada. El pacto irrevocable. Al día siguiente, algunas tardes, mañanas de domingo, la deuda debía quedar saldada con perentoria premiosidad. Y volvías.
La entrada era un reconocimiento. El saludo por la obediencia cumplida tenía algo del gozo tras la superación de un mal trago. Después, el gozo se transformaba en la seguridad del pacto, la certeza del hermanamiento. La renovación del acuerdo y la obligación contraída eran algo natural, existente desde siempre. La cita se iba convirtiendo en el núcleo de un polo de atracción. Ahora lo difícil, lo realmente comprometido, era esquivar el poder de sugestión que ejercía la calle. Lo difícil ahora era resistirse a la tentación de volver a pasar por ella. No se podía pensar en la calle sin que una mano sorda te arrastrase hacia allí. No pensar en ella era el único expediente para no verse atraído de modo inexorable. Pero proponerse no hacerlo era ya empezar a hacerlo.
Poco a poco, insensiblemente, y por efecto de factores externos, algo, cualquier otra cosa, una excusa, ocupaba el lugar de la calle y su poder de atracción iba disminuyendo hasta agotarse.


Bilbao, Der Sturm

Era un Bilbao de hule negro sobre la mesa de madera, un Bilbao correoso de tinta china en el que las calles húmedas cobijan viandantes apresurados, señoras de chubasquero amarillo y que llevan una bolsa de la verdura y cabellera de furias desmelenadas mientras corretean y están a punto siempre de abrir alguna boca enorme de Munch: señoras en algún puente viejo, el puente de las escalerillas, el puente colgante.

El hule negro y el charco de gasolina y barro mezclando su pringue churretoso con el arco iris de la descomposición de sus elementos químicos (un barroco, una especie de cola de pavo real en medio de la basura). Lo veía cuando pasaba por La Alhóndiga Municipal, aquel extraño y fascinante edificio, depósito de vinos que había sido polvorín artillado durante la guerra: hubo antiaéreos en sus cuatro esquinas y una vez se les cayeron a los milicianos los obuses que almacenaban con gran choteo de la chiquillería que podía haber volado con la misma risa. La Alhóndiga negra, de un negro de carbonilla y gasolina descompuesta era el monumento de mi Bilbao expresionista. ¿Qué Berlín años 30? Bilbao años 60 era el expresionismo hispano antes de haber adquirido noticia de tales exotismos. Aquello era una mugre auténtica que, como niño cristiano que era, no acerté a saborear del todo. La ría era el centro de la basura licuefacta, la veía como un gigantesco desagüe marrón oscuro con todo tipo de desechos industriales útiles para ser hundidos por nuestros tiragomas. La magia de los desechos, su elegante y eléctrica perfección. Algo allí estaba tirado y roto y muerto como la gente que corretea por la calle con sus gabardinas y sus paraguas negros. ¿Dónde estarán ahora los legendarios niños malos de Recaldeberri? ¿Serán habituales del Atleti? Bilbao era un hule negro, antiguo, avejentado, corroído por sus propios ácidos. El negro, el negro oxidado y triste con su gris desparramado por el aire. Qué gris aquel sin sombra. Gris puro, ceniza en las nubes, en la cara. La ceniza comiéndoselos a todos para que pudieran sufrir mejor las maldades, los lenocinios de la vida. Eso era la vida. Había una magnífica vida muerta en Bilbao, en las señoras de la Plaza de Arriquivar, las locas -que fueron dos, si no recuerdo mal: la loca titular y otra que le hacía la competencia, algo más discreta en el vestir- desmelenadas ambas con su cara de grito de Munch a todas horas. Qué belleza. Cómo se puede mezclar tan bien la ternura delirante de las tiendas de ultramarinos y sus tenderos de Burgos o de Palencia con la desgreñada figura de la señora de la compra y su bolsa de red de plástico y sus verduras corre que te corre para no sufrir tanto mientras llovía y llovía. Por Arriquivar, por Recalde, por la Concha, por los descampados de La Casilla, con el barro embarrándolo todo, con la prisa del señor pequeñito y pálido y su correteo, ocupadísimo y tan serio y su gabardina blancuzca, por el Parque, por las fábricas y la Pérgola con sus estatuas de obreros desnudos y de señoras de la compra desnudas.

Todas las mujeres en Bilbao eran señoras de la compra desgreñadas y con su gabardina blanca desgastada y su grito de Munch. Sí, me dirán que también había otras: estaban las estatuas del Parque, las caras de señoras de la compra chorreando agua de sus bocas. Había, sobre todo, señoras de la compra. Los señores eran siempre esmirriados y con su paraguas y la cara de porteros pálidos.

Había una cervecería pringosa con ranas por allá arriba, con las ranas de jugar a la rana, y se podía uno emborrachar y vomitar luego en casa. Pero eso no era todo, ya sé que había señores deportivos en las Arenas y el tenis de Landachueta y toda aquella tontería lerda de Bilbao. La pena es que no tenía gracia ninguna ni posibilidad de competir con la mugre. La mugre infinita, inagotable relucía siempre con la lluvia.

Qué bien se estaba cuando llovía a mares y la ría bajaba con sus círculos de lluvia y en el Parque de los patos se veía oscura La Pérgola y los árboles tan lejanos y antiguos con sus hojas para hacer barcas y echarlas al agua. Y sus triciclos. Absurdo imposible el de los triciclos de alquiler. Me caí de uno de aquellos triciclos derrengados. Fíjate. Caerse de un triciclo y espachurrarse la rodilla, a quién se le ocurre. Pero qué bonito era dejarse ir por la tarde solitaria hacia los recovecos oscuros de las casas abandonadas de Indauchu. Aquellos chalés del misterio. Y tener miedo. Miedo del hule negro, de las calles que no iban a ninguna parte y se perdían por San Francisco y Las Cortes, con las señoras de la compra que ahora se escondían en los portales o daban gritos a las ventanas y a las vecinas y a los perros y a los señores pequeños y pálidos con el paraguas húmedo y daban gritos de Munch y se iban corriendo a casa con su gabardina y el pelo desgreñado a sentarse a llorar en la mesa de hule negro.


Tabarras de un cuaderno (4) Soria

[1982]

Te busco, perdida realidad, cercanía constante, encuentro en el tiempo de cada nota. Ya no busco otra cosa que a ti. He perdido lo que despreciaba, lo que se daba como natural estar entre las cosas. Las cosas se van alejando. Su cerco, sus telas de araña constantemente tejidas en torno se ocultan cada vez más. No sé dónde estoy entre ellas, qué lugar tienen preparado para mí. La silla, la mesa, se alejan, pierden su sentido y están puestas, no nacieron aquí. Vienen, van. Su vaivén constante. Su pérdida constante. Ya no os busco, ingenios locamente inventados por los ojos. Todo lo que ha sido puesto se pierde porque no tiene lugar, no hay sitio pensado para él. Donde está, sobra. Donde estoy, está colocado otro al que quito el sitio, que me observa impasible y espera el momento de sustituirme. El turno. Si las cosas me protegiesen, si yo estuviese pegado a ellas, haciéndolas estar junto a mí, siendo yo uno más en el grupo, pero ¿dónde encontrar el camino perdido que me deje entrar? ¿Por dónde se entra? ¿Dónde quedó el hilo que dejaba paso al corredor perdido del encuentro ("el corredor parecía interminable"), el corredor del que poder salir?

El picamaderos. Suave toques rítmicos sobre la corteza del pino. Hay una suavidad en el ambiente, en la sombra, en el sonido del agua y el delicado traqueteo del picadameros. Poder gozar del instante de realidad, el momento de las cosas, en pocos lugares. Tan solo en lugares como éste se produce ese estado de armonía: madera, pájaros, agua, aire. Todo ello creando su propio ritmo, ritmo que admite la compañía extraña, al intruso junto a sí, y lo invita a participar, quizá en mínima medida, tan solo para hacerle creer que es parte de lo que sucede cuando es posible que más bien suceda que esté siendo delicadamente evitado, dejado a un lado, contentado, engañado con el dulce de los niños. Sin embargo, siempre se podría pensar que hay invitación; cuando menos, algo sugiere la posibilidad de preguntar por la invitación. En realidad, ¿nos estás invitando a entrar? ¿Algo nos está invitando a entrar? También es posible que el silencio engañe y se transforme en la trampa del gozoso ensimismamiento, la dulce trampa del recreo en la propia conciencia y el engaño de creer estar conociendo. Pero la luz cae tan desgarbada en las piedras, en la madera veteada de la mesa; es tan suelto el momento de la conjunción de las cosas que las ganas de perderse en su laberinto son ganas de dejar de ser el otro y verse amparado en nueva medida, ser absorbido; aunque quizá aquí también haya autoengaño (en esta absorción por, disfraz de la absorción de) por la extraña maquinaria de las conjunciones, de los órdenes de la luz, de los segundos, imposibles pero dados. La geometría de los instantes, de sus momentos y de los lugares de todos sus momentos.


La ría


Aglomeración intensa de basura. Siempre he deseado volver a aquel placer: deambular por la orilla de la ría acompañado por mi primo Alfonso, entretenidos en el deporte cinegético del hundimiento de piezas flotantes y, a poder ser, estáticas. Hacíamos ensayos de tiro que servirían de entrenamiento figurado para los trabajos de reconstrucción histórica de las batalles navales de los siglos XVII y XVIII (nuestro admirado almirante, el holandés Ruyter, y sus magníficos navíos de línea que mi primo dibujaba con arte minucioso en interminables cuadernos). ¡Qué palizas a los ingleses, a los franceses y a la entente franco-inglesa!

Una vez que dejábamos en casa aquellos maravillosos grabados de batallas y salíamos a la calle y dábamos en pasear por el Campo Volantín siguiendo la orilla de la ría hasta más allá del puente de Deusto, la reiteración del combate, la persecución corsaria, lo era ahora de botellas, botellones, garrafas de cristal, bombillas, tubos fluorescentes, que, por aquel entonces -en aquella época desprejuiciada e inatenta para con la salud del medio ambiente- pululaban abundosos sobre el café con leche cargado de la ría de Bilbao.

Recuerdo en especial los días de lluvia lenta y pausada, lluvia suave, cuidadosa; media hora o una hora entera de lento gotear, de un brotar de pequeños puntos y aritos sobre el agua mansa. El agua se oscurecía y se amansaba más, si cabe, y la recogida de piedras, la puntería y la velocidad de disparo de nuestros tiragomas debían acelerarse para anticipar el éxito de la empresa frente a la intempestiva tormenta que se anunciaba, que se agazapaba de aquel modo tan falsamente cortesano. Poco tiempo nos quedaba si pretendíamos progresar en el ranking de hundimientos.

Mirábamos con inquietud el paso de los barcos. No eran muchos y su marcha era muy lenta, desesperantemente tranquila, pero, aun así, movían el agua, hacían olas que descolocaban y casi siempre alejaban las piezas más codiciadas, las mejores. ¿Adónde iban aquellos barcos? La suciedad de la ría la convertía en un varadero; allí en todo caso debían recalar los barcos ya viejos a la espera del desguace (es imposible que ese barco que hemos visto toda la semana ahí quieto y abandonado vuelva al mar; no, lo irán dejando que se pudra hasta llevarlo ría abajo al depósito de barcos inútiles y desvencijados). Allí sólo iban los barcos a morir, a quedarse para siempre quietos y amarrados a la orilla. La ría no podía servir para nada mejor que para cementerio. Era un cementerio de bombillas y desechos de cristal (nuestros blancos de combate) y los barcos no podían disfrutar de mejor destino. Las gabarras de carbón eran especialmente atractivas porque el desafío que presentaban era el de alcanzarlas con nuestros disparos en el mismo centro de su carga, incorporándoles ese leve material artillero a la ingente montaña de carbón que amenazaba hundirlas. El barquero algunas veces se percataba del sentido de nuestras maniobras y hacía señales que prometían violencia contundente, pero la distancia y el medio físico nos protegían. Tampoco pretendíamos sacudirle una pedrada en los morros, tan solo acertar en la dirección parabólica del tiro de manera que la piedra se incorporara al centro mismo de la carga (si dabas meramente en el casco no puntuaba). Pasaban poco a poco y los despedíamos jubilosos por el éxito de los disparos y saludábamos amables al barquero que nos enseñaba el puño.

martes, 20 de junio de 2006

Tabarras de un cuaderno (3) Juegos.

[h. 2002]

Parece que hay que ser moderno para existir. Usar cierto tipo de lenguaje, ciertas metáforas y comparaciones frescas, atrevidas, cierto manejo desconyuntado de la realidad. Dominar ciertos convencionalismos de lo anticonvencional. Sólo entonces estás donde hay que estar. Habrá que resignarse, pues, y aceptar la propia ineptitud para el juego. Si sólo se tratase de una determinada retórica, pero da la impresión de que detrás de casi todos esos juegos hay una inanidad huera, un deje de indiferencia, una sensación de que todo diese un poco igual, y que lo que importa sólo es seguir jugando, seguir echando los cubiletes sobre la mesa. Cualquier discurso que prescinda del jugueteo les aburre y la consecuencia es que, si no lo sigues, desapareces. Tu lenguaje, tus palabras y tú dejáis de existir.

¿Una indiferencia tranquila hacia todo es el ideal? Y en el caso de participar en ese juego, ¿cómo? Y entonces vuelvo a mi vieja idea: la gracia de otro tipo de juegos de la que éstos carecen. ¿Qué es la gracia? ¿Quizá estoy aludiendo al viejo espíritu pero con otro nombre? ¿La cosa aquella de los románticos alemanes, el algo que tan desesperadamente buscaban ellos y seguimos buscando nosotros con la misma desesperación?

Tabarras de un cuaderno (2). Más luz.

[2003]
Lo malo de la muerte es que, cuando llega, no ves nada.
(Bilbao)


Tumbado en la cama leo esa frase escrita con rotulador en un papel que sobresale de la estantería. El papel deja ver el lema sólo al que, echado en la cama, mire hacia arriba. Quien la escribe piensa en la muerte, quizá en su proximidad o al menos en una posibilidad o ¿deseo? de su llegada. ¿Por qué el problema, entonces, es el de ver? En principio parece que si la posibilidad de la muerte o su verosimilitud procede de un ánimo dañado por el sufrimiento o la angustia, es decir, por experiencias negativas intensas, la muerte, como liberación, lo sería, sobre todo, en cuanto anulación de toda experiencia. Por eso no entiendo la objeción a verse privado de una sola forma de experiencia, la vista. ¿O es la vista para el sujeto de la frase la única forma de experiencia que no sería susceptible de causar sufrimiento, en el sentido de podría soportarse la muerte de todo sentido menos la de la vista. ¿La vista implica para quien pronuncia la frase una forma de vida en el mundo a salvo del dolor y el sufrimiento?

Tabarras de un cuaderno (1)

[2003].

Nadie sabe nada de los demás. Este juego de suposiciones, casi siempre las peores suposiciones, las más dañinas, las más bajas. El juego de las trivialidades. ¿Cómo existimos para los otros? Poco más que como una forma peculiar de abstracción, la que corresponde al lugar donde somos colocados, la ficha que somos cuando ajusta en el hueco del tablero. Ese hueco. Ese ajuste. Entonces, ¿qué más da lo que piensen? ¿Piensan algo? Rara vez. Me refiero a pensar en el otro como una persona, como cierta historia ligeramente compleja. Casi nunca. Es muy trabajoso. Se le tiene que poner un cartel, una definición, la de sus insuficiencias respecto a nosotros. Lo que no somos. Pues tampoco toleramos fácilmente una reiteración de lo nuestro. El otro es esa otra cosa que no ajusta bien, esa versión imperfecta. Probablemente tiene razón Schopenhauer en sus Aforismos del arte de vivir para ponerse en lo peor. Les leo a los de 3º esta mañana el pasaje sobre el orgullo y la vanidad para que me hagan un pequeño comentario. La chusma nivela al otro por lo más bajo.