viernes, 29 de abril de 2011

Francisco Ferrer Lerín en Logroño


(Si se pica con el ratón en el cartel se puede visualizar más fácilmente la información que aplicándole una lupa a la pantalla. Me ha costado algo —dada mi inutilidad en estos menesteres— el resultado que se aprecia ahí arriba: he usado 3 navegadores diferentes y 5 copias de la imagen; pero al final...ahí está).
Claro, y lo fundamental: 
—Amigos de por aquí, ¿habrá que ir, no?

viernes, 22 de abril de 2011

Tamacún (Gabriela Quintero)



Algo que no se explica, que está en el baile de las manos, de los brazos, en el exacto vaivén de cada miembro, en la alegría que barniza brazos y ojos y arde en los mismos cabellos, algo que no se ve, que tiene la perentoriedad de lo imposiblemente exacto y lo queremos atraer y no podemos, porque no se ve, no está, y lo atrae un ritmo de momentos sobrevenidos (ni previstos ni pensados, sólo sidos ahora, cuando es ahora y tiembla ilusoriamente el tiempo, pero tiembla y vive) en este tiempo del momento que tan solo es, que quiere seguir siendo y no puede prolongarse, alargar su marejada, y no alcanza más allá de una ilusión viva y vibrante y arrancada a la miseria de lo que tenemos; pero que es lo único que nos salva: ese aliento repartido entre las bocas que lo exhalan, que se lo piden entre ellas para seguir estando en este mundo.


lunes, 4 de abril de 2011

Francesca



FRANCESCA

Salías de la noche
y había flores en tus manos.
Saldrás ahora de entre las gentes,
de un torbellino de cháchara a tu costa.

Yo, que te he visto entre los elementos,
me disgusté cuando usaron tu nombre
en ambientes vulgares. 

Olas frescas me bañaran la mente,
y
se arrugara el mundo como una hoja,
o como a la simiente de vilano que arrebata el viento
para poderte así encontrar de nuevo
sola.

____________________
FRANCESCA
You came in out of the night
And there were flowers in your hands,
Now you will come out of a confusion of people,
Out of a turmoil of speech about you.

I who have seen you amid the primal things
Was angry when they spoke your name
In ordinary places.
I would that the cool waves might flow over my mind,
And that the world should dry as a dead leaf,
Or as a dandelion seed-pod and be swept away,
So that I might find you again,
Alone.


Ezra Pound, Exultations (1909). En
EP, Poems & Translations, edited by Richard Sieburth, The Library of America, Nueva York, 2003, pág. 117.

domingo, 3 de abril de 2011

Orador


A Charles Olson conferenciante, in memoriam

Llegó a la tribuna arrastrando una gran maleta (podía alcanzar altas cotas de incoherencia); de la maleta sacaba otra breve maleta; de la breve maleta sacaba una carpeta; de la carpeta extraía unas hojas sueltas (podía alcanzar altas cotas de incoherencia) y ya se disponía a hablar sin consultar una letra (podía alcanzar altas cotas de incoherencia).

miércoles, 23 de marzo de 2011

Diosa


PROSERPINA
(PER UN QUADRO)

LUNGI è la luce che in sù questo muro
Rifrange appena, un breve istante scorta
Del rio palazzo alla soprana porta.
Lungi quei fiori d'Enna, O lido oscuro,
Dal frutto tuo fatal che omai m'è duro.
Lungi quel cielo dal tartareo manto
Che quì mi cuopre: e lungì ahi lungi ahi quanto
Le notti che saran dai dì che furo.
Lungi da me mi sento; e ognor sognando

Cerco e ricerco, e resto ascoltatrice;
E qualche cuore a qualche anima dice,
(Di cui mi giunge il suon da quando in quando.
Continuamente insieme sospirando,)—
“Oimè per te, Proserpina infelice!”



PROSERPINA
(For a Picture)

AFAR away the light that brings cold cheer
Unto this wall,—one instant and no more
Admitted at my distant palace-door.
Afar the flowers of Enna from this drear
Dire fruit, which, tasted once, must thrall me here.
Afar those skies from this Tartarean grey
That chills me: and afar, how far away,
The nights that shall be from the days that were.
Afar from mine own self I seem, and wing

Strange ways in thought, and listen for a sign:
And still some heart unto some soul doth pine,
(Whose sounds mine inner sense is fain to bring,
Continually together murmuring,)—
“Woe's me for thee, unhappy Proserpine!”



Dante Gabriel Rossetti (1874).
__________


APPARUIT

 

Dorada apareció la casa, y en el atrio tú,
un prodigio esculpido en materia sutil,
portento. Apagábase la vida en la lámpara
parpadeando de asombro.



Inclinadas del rocío y la escarcha, las rosas bermejas
te alejan hacia el sol, encanto que arrastra, y
de tal fuente bebías el aire, la vida de la tierra,
toda en el oro amparada.

En los verdes caminos, en los campos, tú alientas,
la tierra entera se abre, aunque la férrea ruta
evitaras oscura y el aire temblando
se dividía a tu paso.

Con resuelto denuedo, en la concha de oro, des-
nudabas del manto tu cuerpo, erguida
alzábaste, y lucía tu ajimez y la luz deslumbrada
se disolvía a tu lado.

Con medio hombro esculpido, la garganta fulgura en
las hebras de una luz que la entrelaza, alabastro
precioso, la suprema delicia, ay,
tan rápido ausente.

De hilo de oro vestida, delicadeza perfecta,
¡te vas como el viento! ¡De manos mágicas la tela!
Y tú, tan poca cosa, tú que postulas el arte,
¿asumir esto te atreves?



Apparuit

Golden rose the house, in the portal I saw
thee, a marvel, carven in subtle stuff, a
portent. Life died down in the lamp and flickered,
caught at the wonder.

Crimson, frosty with dew, the roses bend where
thou afar, moving in the glamorous sun,
drinkst in life of earth, of the air, the tissue
golden about thee.

Green the ways, the breath of the fields is thine there,
open lies the land, yet the steely going
darkly hast thou dared and the dreaded aether
parted before thee.

Swift at courage thou in the shell of gold, casting
a-loose the cloak of the body, camest
straight, then shone thine oriel and the stunned light
faded about thee.

Half the graven shoulder, the throat aflash with
strands of light inwoven about it, loveliest
of all things, frail alabaster, ah me!
swift in departing.

Clothed in goldish weft, delicately perfect,
gone as wind ! The cloth of the magical hands!
Thou a slight thing, thou in access of cunning
dar'dst to assume this?



EL ÁRBOL

Me quedé quieto y fui árbol entre árboles,
y supe la verdad de cosas antes nunca vistas;
de Dafne y el arco de laurel
y de aquella pareja de ancianos gratos al dios
que se volvieron olmos en el páramo.
Y no fue hasta que los dioses hubieron sido
fervorosamente invocados y atraídos
hasta el más ardiente rescoldo de sus corazones
cuando en ellos se cumpliera tal milagro.
Yo he sido árbol entre árboles
y entendido tantas cosas nuevas
que para mi mente fueran antes la locura.

A Lume Spento (1908)


N.Y.

¡Ciudad mía, mi amada, blanca mía! ¡Ah, esbelta,
escucha! ¡Escúchame, y con el aliento te infundiré un alma.
¡Delicadamente sobre la flauta, ¡atiéndeme!

Ahora sé que estoy loco,
pues aquí hay un millón de irritados por el tráfico;
esta no es  doncella alguna.
Ni podría tocar yo flauta ninguna aunque la tuviera.

Mi ciudad, mi amada,
eres una doncella sin pechos,
eres esbelta como la flauta de plata.
¡Escúchame, atiéndeme!
Y con el aliento te daré un alma, y vivirás para siempre.

Ripostes (1912)


The Tree

I stood still and was a tree amid the wood,
Knowing the truth of things unseen before;
Of Daphne and the laurel bow
And that god-feasting couple old
that grew elm-oak amid the wold.
'Twas not until the gods had been
Kindly entreated, and been brought within
Unto the hearth of their heart's home
That they might do this wonder thing;
Nathless I have been a tree amid the wood
And many a new thing understood
That was rank folly to my head before.



NY

MY City, my beloved, my white!   
Ah, slender,   
Listen! Listen to me, and I will breathe into thee a soul.   
Delicately upon the reed, attend me!

  
Now do I know that I am mad,           
For here are a million people surly with traffic;   
This is no maid.   
Neither could I play upon any reed if I had one.   


My city, my beloved,   
Thou art a maid with no breasts,          
Thou art slender as a silver reed.   
Listen to me, attend me!   
And I will breathe into thee a soul.   
And thou shalt live for ever.


Ezra Pound, A Lume Spento (1908), Ripostes (1912), en EP, Poems & Translations, edited by Richard Sieburth, The Library of America, Nueva York, 2003, pp. 231-232, 14, 234-235.
 


(...) «Aquel sentimiento era convocado de manera mucho más poderosa por los árboles que por la más sobrenatural de mis flores; su intensidad variaba de acuerdo con la época, el lugar y el aspecto del árbol o de los árboles en cuestión y siempre me afectaba más en las noches de luna. Con frecuencia, después de empezar a experimentarlo de forma consciente, yo mismo salía a su encuentro, solía escapar a hurtadillas de la casa, solo, las noches de luna llena y me quedaba inmóvil en silencio, cerca de algún grupo de grandes árboles, mirando el fo­llaje oscuro que bañaba la luz de la luna; en esas ocasio­nes, la sensación de misterio crecía hasta que el placer se trocaba en temor y aumentaba hasta hacerse inaguanta­ble y tenía que huir apresuradamente para recobrar el sentido de la realidad y de la seguridad dentro de casa, donde había luz y otras personas. Sin embargo, a la no­che siguiente volvía a escaparme de casa y acudía al lugar donde el efecto era más poderoso, entre las grandes fal­sas acacias que daban a nuestra casa el nombre de Las Acacias. El follaje plumoso y poco tupido tenía un as­pecto canoso a la luz de la luna y eso hacía que aquellos árboles parecieran más vivos que los demás, más cons­cientes de mi presencia y más vigilantes.»

W.H. Hudson, Far Away and Long Ago (1918), Allá lejos y hace tiempo, traducción de Miguel Temprano García, El Acantilado, Barcelona, 2003, pág. 229. 

  


Dylan Thomas 
(1914-1953)

EN TAN BUENA NOCHE...
 
En tan buena noche no entres sumiso,
y, tal como los viejos odian el fin del día,
abomina siempre la muerte de la luz.
 



Si, ya acabados, los sensatos saben aceptar su tiniebla,
 como no les bastara la palabra para romper el rayo
 en tan buena noche no entran sumisos.

Buenos los que, en su aliento último, lloren el brillo
que a sus hechos en la verde nava les prestara la danza:
abominan siempre la muerte de la luz.

Quienes, salvajes, recibieran el vuelo del sol cantando
entenderán, ya tarde, que le sentían en su caída y
 en tan buena noche no entran sumisos.

Los que, al morir, severos contemplen la visión cegadora
que a ojos inútiles pudiera encender en estelar contento
abominan siempre la muerte de la luz.

Y usted, padre, ahí en su triste altozano,
bendiga o maldígame con lágrimas de furia, se lo ruego.
  En tan buena noche no entres sumiso.
  Abomina siempre la muerte de la luz.



_______________________
 

Do not go gentle into that good night,
Old age should burn and rave at close of day;
Rage, rage against the dying of the light.

Though wise men at their end know dark is right,
Because their words had forked no lightning they
Do not go gentle into that good night.

Good men, the last wave by, crying how bright
Their frail deeds might have danced in a green bay,
Rage, rage against the dying of the light.

Wild men who caught and sang the sun in flight,
And learn, too late, they grieved it on its way,
Do not go gentle into that good night.

Grave men, near death, who see with blinding sight
Blind eyes could blaze like meteors and be gay,
Rage, rage against the dying of the light.

And you, my father, there on the sad height,
Curse, bless, me now with your fierce tears, I pray.
Do not go gentle into that good night.

 Rage, rage against the dying of the light. 
 
 Botteghe Oscure, VIII, p. 208, Roma, 1952.
 

miércoles, 16 de marzo de 2011

Alcobas italianas, etc.

«Había vivido alcobas italianas cubiertas con una cortina de terciopelo con revés rígido, como parche de tapiz; había buscado al médico de guardia para salvar a la mujer que se muere y había esperado a que se vistiese el doctor viendo cómo se echaba al bolsillo el aparato para reconocer a los muertos y había pasado con él por la calle del alba en que se está tostando el pan de la vida, mientras en el descote de la moribunda se amasaba el pan de la muerte; había recogido la lección de los trenes que se meten en la casa condescen- dientemente y piden auxilio porque vienen huyendo de los fríos de los puertos nevados y mientras están en casa la mujer de la oscuridad no es la misma que estaba, sino que la suplanta la que dormía en el vagón turbio de vaho inocente. Él había tocado trompetas de cementerio paseándose muchas noches como un viajero de panteones entre tiendas cerradas y buzones irónicos.
-¿Quién da la medalla de haber vivido? Las cosas, las estatuas halladas en las ruinas, las botellas de un anís viejo e invendible con la etiqueta moteada por las moscas, se hacían las desentendidas y no querían encargarse de tener que decir si habían visto a alguien.
Sólo cuando reunía sastrería, callejón y tienda de venta de pájaros, lograba saber que se arrastró por este mundo buscando la mujer hermosa y honesta que supiese como él que hay un viento que quiere barrernos y que sale de los sótanos de las sombrererías. Quería haber vivido pero no sabía que eso nadie lo iba a saber porque iban a morir todos los que podían haberlo sabido.
Recordaba esa evasión bajo las cortinas y los muebles del automóvil de cuerda que se pierde y deja al niño desconcertado.
Se acordaba que en el costurero de su madre había una cinta de seda de tonos metálicos -como los aceites de máquinas que quedan en el suelo eliminados por las máquinas después de haberlos acerado y atormentado- que era como un luto de arco iris y como la cinta de su presentida corona.
Cuando él encontrase a la mujer sosegadora un cambio de su peinado haría variar su vida.
Sería esa mujer que dice «Basta» y la mala suerte acaba, brotando de la magia de su plumero el Diccionario Enciclopédico que dice lo que los demás no contienen.
Sólo en coro con la mujer se puede decir hasta creerlo: «La conspiración es un robo»... «El porvenir no existe»... «La inmortalidad es una tortilla bien hecha»... «Vayamos confiados a la sala de operaciones»... «No lo podemos pagar el mes que viene»... «Convengamos el silencio para no abrir la puerta a nadie»..., etc., etc.
El diálogo con la nonata reaparecía súbito... 

-Me dio sus retratos, sus pulideces, sus senos sensibles en los que conseguí el horóscopo gracias a la vorágine en la vórtice, pero no eras tú.
-Yo soy aún el maniquí azul.
-¿Llevabas pelo rubio y medias de lana el jueves por la tarde?
-Soy sólo el maniquí azul.
-Tengo velocidad de anillo cósmico alrededor de tu maniquí azul.
-Siento tu delirio, pero no puedo encontrarte... Celebro aún los cumpleaños de hermanitos muy pequeños y mi madre me busca un marido.
-Yo podría ser ese marido.
-Hay muchas casas y jardines entre tú y yo...
Se oponen gabinetes y hay una marina en el hall que quiere primero mi naufragio.
-Sabré cuáles son tus huesos entre los de todas las mujeres.
¿Vivir, qué era? Ver caer los zapatos del cajón en que se guardan cuatro pares oyéndolos caer como desprendimiento de nicho, con reconvención de que llegó tarde.
¿Cómo iba él a creer que vivir pudiera ser hacer una tuerca en la fábrica de las tuercas como quieren los simples obreros?»



Ramón Gómez de la Serna, ¡Rebeca!, José Janés editor, Barcelona, 1947, págs. 185-187.

jueves, 10 de marzo de 2011

Playas


La arena, lentejas húmedas frescas rodando entre los pies, junto a los dedos. El agua, labios desgarrados tapizando el suelo de espuma blanca, sol caliente, los granos suaves o las piedras, algunas desgastadas en el suelo; vamos lentamente entrando en el agua, en las tiendas árabes bien dispuestas contra el viento que tensa los anclajes; las nubes de los días azules de salitre y olor de pájaros chillando; salimos de la casilla blanca: tú, con sandalias. Agotar, por qué no agotar la sensación de bebida fresca natural en la garganta.  ¿Por qué esta espera ansiosa de llegar si la playa, la arena tan desierta en los pies, nos acoge siempre? Volver a la casilla, escondernos entre sábanas: no dejarnos ver silenciosos, ocultos, clandestinos...

sábado, 5 de marzo de 2011

Cobrador de la luz


El cuadro de Los carboneros de José Barceló.
 Siempre pensé que tú eras uno de los dos personajes. Imagino ahora la posible relación del motivo pictórico con el objeto de transacciones en el negocio de don Armando, tu padre. Ya era coincidencia. Un cuadro tan oscuro en el que costaba distinguir las caras de los dos encapuchados con aquel saco bien calzado en la cabeza como un capirote (el otro supongo que sería tu amigo, el propio pintor).

Aquella vez que apareciste por casa. ¿Estaba ya entonces aquel otro cuadro de Barceló, el de la Serpiente Erguida Con Cara de Niño Gatuno y el pintor,

 junto a la puerta? Lo verías allí, a tu lado, en el recibidor desde donde esperabas algo, sin decidirte a entrar en el salón ni al interior de casa. ¿Acaso te debía Barceló el impulso para aquella incursión por un cierto surrealismo animalista a lo Ernst? Yo (con 7 años, supongo, o quizá 8) te veía desde el salón y, como no entrabas, me suponía que serías algún extemporáneo recadista o un cobrador de la luz que esperaba ser atendido.

Los libros. ¿Cuáles? ¿Qué libros, de entre los que ahora están en mi biblioteca fueron tuyos? En algún lugar, al comentar los años de París, decías que solías ocupar los trayectos en el Metro con la lectura de la Flor Nueva de Romances Viejos de Menéndez Pidal (Espasa Calpe, 1943). ¿Dónde adquiriste el libro? ¿Fue nada más publicarse, en Madrid, el mismo año de tu frustrado curso de Letras? ¿Es el mismo ejemplar que tengo ahora en la mesa? No encuentro ninguno de aquellos puntos rojos o azules que con el lápiz de dos colores marcabas a un lado versos o líneas así destacados. O la edición de la Poesía Completa de César Vallejo, Losada, 1949, la primera que reunía todos los libros y editaba los poemas póstumos (tan llena de erratas que después no se ha citado mucho en las bibliografías por inferior a otras posteriores). Esa sí indudablemente tuya. Te la regaló Paule de Rotalier, a quien estaba dedicada por Georgette, la viuda del autor. Leíste en ella, delante de la tumba de Vallejo en Mont Rouge, el verso «murió mi eternidad y estoy velándola», en el verano de 1952, tal como fechas al margen en tinta de pluma negra.



domingo, 27 de febrero de 2011

No espantéis


Para acabar con la serie de las «albas», una clásica que sirva de contraste a aquellas otras modernas que os puse en las entradas de Juan Ramón, Eigner y Sobin.
En el lugar menos pensado y mientras, para preparar una charla, indagaba el origen del título de un poema de Blas de Otero («No espantéis al ruiseñor») en uno de sus libros más cargados hacia lo social y misionero: En Castellano (1959), pues me encuentro esta mañana con una bellísima alba de Lope de Vega que os traslado:

Si os partiéredes al alba, 
quedito, pasito, amor, 
no espantéis al ruiseñor.
Si os levantáis de mañana
de los brazos que os desean,
porque en los brazos no os vean
de alguna envidia liviana,
pisad con planta de lana,
quedito, pasito, amor,
no espantéis al ruiseñor.

Anota Antonio Carreño en Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, Crítica, Barcelona, 1998, p. 813, que es de donde la tomo:

«De la comedia El ruiseñor de Sevilla. Parte XVII (Madrid, 1621), aunque escrita entre 1604 y 1609. Esta canción de alba (albada) describe bellamente la separación de los amantes al amanecer. El motivo del alba que con su llegada aparta a los amantes es recurrente, y está presente en un gran número de obras de teatro».
_____________________

(Y más moderno, también)
Ese tipo de situaciones me evoca siempre un perentorio recurso al sacrificado servicio público de taxis (a esas horas no te creas que eran tan fáciles de pillar...).


Claro que también es un «alba», aunque algo distinta, esta:

Indemne

Una vez más, amanece.
Pasó la guerra, pasó la enfermedad, el hambre, pasó la mano
por el muslo de Antonia y lo encontró semejante al alba,
jugoso como el alba,
abierto como el alba,
suave como el alba.
Una vez más, amanece.
Cayeron ciudades, cayeron B-12, zares, ciclistas
y la rueda quedó girando como la luna,
plateada como la luna,
redonda como la luna,
hollada como la luna.
Una vez más, amanece.
Sucedieron naufragios, sucedieron problemas, muertes, sucedieron los nietos,
y la humanidad siguió impasible refugiada bajo el alba,
invulnerable como el alba,
pálida como el alba,
indemne como el alba.

Una vez más, amanece.


Blas de Otero, Hojas de Madrid con La galerna, 2010, pág. 67.
_______________________
Re: la charla.
No sé muy bien lo que dije. «Contaste chismes». Pues, igual; me salieron solos: «no quieres decir esto: pues ya lo estás diciendo». Llevé una gigantesca carpeta de apuntes que casi ni acerté a consultar. Leí poemas (dicen que bien), comenté poemas. Proyecté alguna foto (la de la playa con la familia de don Armando y Mademoiselle; la de la verja del Espolón de soldado en el 38 con Bilbao Arístegui). Enarbolé originales y ni los enseñé, los agité solo como abanicos. Fui calurosa y vergonzosamente aplaudido. No tuve tiempo de nada.

jueves, 24 de febrero de 2011

Pequeño vals


A esta entrada le corresponde esta música. No me pregunten por qué, pero es la música del día. Bueno, si me lo preguntan les diré que es el resultado de un experimento escolar frustrado: leer y comentar a los alumnos de 2º de Bachillerato el «Pequeño vals vienés» de Poeta en Nueva York de Lorca y de inmediato conectar el ordenador de la mesa y proyectar las ondas sonoras de «Take this waltz» (su versión cantabile en la voz de Leonard Cohen) sobre los rostros atónitos de los tales y mismos alumnos... Lo que no sabía es que mientras este servidor andaba trasteando inútilmente, a Jazztel se le había caído el tal suyo, el local o de zona. Y, claro, no había conexión. Nada funcionaba. Doy unas cuantas voces por el pasillo en busca del responsable. No hay responsable. Sólo hay mala suerte. Te ha tocado la caída del servidor. No hay efecto pedagógico ni descubrimiento nocional integrado. No hay nada.
 
Ya desesperado, lo intento a última hora con los de 4º, venga o no a cuento. Sí, en los 5 minutos finales, en plan sorpresa. Para entonces ya ha vuelto la conexión. Jazztel ha reparado la avería. Lo pongo entonces y cuando empieza a sonar, muy bajo, y lo subo un poco más y...la campana de fin de jornada se me adelanta a su minuto asignado. Todos se levantan, movidos por el mágico resorte, imposibles de detener, recogen las mochilas, empiezan a salir y, justo ahora es cuando ya Leonard se pone a a bailar su vals en condiciones. Ya no hay más que tres en clase, con cara de circunstancia. Penoso. Desisto. Creo que no hay manera... Que lo escuchen en su casa, si quieren, y se vayan a paseo.

Claveles


















Vencidos de luz, virados
 a fuerza de aroma; asidos
 ¡ah, sí!, pero no vencidos,
 sonríen transfigurados.
 Perdidos, extraviados
 de amor, deshechos en mieles, 
 son, sin embargo, ten fieles 
 a sí mismos, tan clavados, 
 que ¡aprendan enamorados
 -la clave- de los claveles!



[Décima inédita, al menos en libro. Se incluía como segundo poema de la sección «Desamor» en la versión previa a la presentación al Premio Adonais del libro Ángel Fieramente Humano. Noviembre, 1949]



Fue a la entrada del teatro Ayala. Mario me dijo que venías. Avisé a dos amigos por si querían acompañarme y se acercaron encantados y curiosos. Si me callo y no le aviso a nadie y me voy solo, la cosa hubiera resultado distinta. Te acercaste vacilante (yo te suponía más alto y me chocó la menuda persona de cabello blanco y aspecto frágil), mirabas a un lado y a otro en busca de rostros reconocibles. No me atreví a saludarte directamente. Una vez dentro de la cafetería, ya te rodeaba la gente que supuse del partido. El ambiente se iba poniendo un tanto ceremonial, casi sacrosanto. (Parabienes, melosidades). Quizá más bien en consideración a mis amigos, a quienes había prometido «un saludo personal», me dirigí a uno de los más ostentosos manoteantes, el que más bullía entre los grupos («Queríamos saludarle»). «Ah, sí, poneos un momentito, aquí mismo, en fila, y yo le aviso». Se acercó. Encantado. Silencio premioso. «...Bueno, nos vemos luego, en cuanto acabe el espectáculo». (Y a los demás) «Oye, vamos entrando, ¿no? que ya va a empezar». Miro a mis acompañantes: «¿Nos quedamos o nos vamos?». Era el año 77, a últimos de abril o primeros de mayo. Puedo concretar la fecha gracias a una noticia del estreno del espectáculoIrrintzi» del grupo Akelarre) que aún se puede rastrear por la red.

  Nos fuimos. Atosigaba un tanto el entorno de la persona y supusimos que al terminar seguirían a su alrededor como monjas y  nosotros resultaríamos un estorbo («Qué va... Si hubieseis esperado, si os hubieseis quedado, lo habríamos pasado bien. En realidad no nos hicieron ni caso. Nos dejaron allí solos. Estuvimos dando vueltas por la calle, y eso que llovía, para hacer tiempo hasta la hora del tren de Madrid. Qué pena que os fuerais»).

miércoles, 9 de febrero de 2011

Ivanhoe en el Actualidades


En cierta ocasión hablé de los cines y la relación que, en los primeros años sesenta, mantuvo el responsable de estas entradas con el séptimo arte en su versión tolerada y bilbaína (me entero de que hubo hasta 35 salas en la villa por aquel entonces o un poco después, algunas dotadas de pantallas más que modestas: acuérdense los habituales del ramo de algunas notables pantallas como las de los cines Olimpia, Astoria y Capitol o Buenos Aires, por ejemplo). Pero por una casualidad del tipo de las que propicia benemérita esta red pude saber en un foro el otro día que alguien  había compartido conmigo cierto gusto por un cine concreto y que, como consecuencia, coincidíamos y así se lo dije. 
No era un cine ostentoso; al contrario: era de los más pequeños que recuerdo haber frecuentado entonces. Se me hacía especialmente atractiva su baratura en relación con el programa doble que ofrecía en sesión continua, y además de la propina de un par al menos de episodios de unos 15 minutos cada uno de la serie televisiva de producción británica Ivanhoe con Roger Moore en el papel protagonista y otro actor con aspecto de bruto en el de su escudero de confianza. El vestuario y elementos de atrezzo del film parecían haber sido extraídos directamente de alguno de los cómics de temática medieval más frecuentados, como los del Príncipe valiente o el Guerrero del Antifaz, etc., y ese detalle importante realzaba el efecto de un aperitivo siempre bienvenido y exclusivo de aquel cine antes de su película principal. Ningún otro cine, ni tan siquiera los escolares, ofrecían algo así. No me solía quedar a las dos películas; escogía de las dos una, la que me interesaba, pero lo que nunca me perdía era la serie aquella de Ivanhoe que abría el programa, así que veía los episodios de Roger Moore y su escudero, me iba temporalmente del cine a dar una vuelta o, si quedaba algún dinero, a gastarlo en la pastelería aledaña al cine y volvía a entrar cuando el acomodador me informaba que ya había acabado la primera película o lo comprobaba yo mismo arreglándomelas para atisbar a través de aquel ojo de buey de la puerta giratoria de entrada a la sala. A veces entraba y salía del cine un par de veces o tres cada tarde y sin problemas y con perfecta indiferencia de la cobradora y los acomodadores (me supongo que se fijarían en mí o les enseñaba la entrada o ambas cosas). 
¡Qué arte el de Roger Moore o Ivanhoe (aquel aire que se daba haciendo tremolar las plumas de su yelmo) para enfrentar tan alegre, tan ufano siempre, los peligros o combatir a los villanos o desbaratar a los felones que habían secuestrado a la chica! El escudero bruto del puñalito tenía un aspecto de boxeador bregado pero cumplía con su papel decentemente y se reía mucho al final de todos los episodios. Siempre terminaba por entablarse una pelea decisiva entre los caballeros y los escuderos de ambos bandos (los buenos y los villanos secuestradores), pelea en la que los combatientes aceleraban el ardor de sus espadas y se metían una buena tunda de mandobles a una velocidad que duplicaba la normal del resto del episodio.
 

NB
Esta mañana localizo un vídeo de la sintonía de la serie. Se lo comunico alborozado a mi compañero y paisano Ignacio (natural de Sanse pero recriado en la villa). Coincidimos en el aprecio de la voz infantil anunciadora de la presencia del héroe y su gran poder evocador.

jueves, 27 de enero de 2011

El tendedero

¿Te acuerdas de aquella tarde, la del tendedero de ropa, aquel gigantesco, blanco y de madera? Ahora ya no acierto a figurarme ni por lo más remoto el motivo de tu enfado: algo que te habían prometido y, por circunstancias, no se cumplió. Alguna cosa así. Me fijé en la cara de malas pulgas que ponías (me llamó la atención porque no era nada frecuente). Te veía allí, en la esquina de la cocina, seriecito y muy callado, pensativo, una cosa rara. ¿Qué le pasará? A un lado pendía la cuerda para maniobrar aquel pesado colgador de madera, un enorme armatoste del que solían colgarse las sábanas húmedas y otra ropa voluminosa con intenciones de secado (quizá no se gastaban mucho por entonces las secadoras y en Bilbao llovía con frecuencia). En aquel momento la ropa se había recogido y el artilugio estaba libre. Visto y no visto: según notaste la cuerda, le diste un tirón. El colgador cayó y se desvencijó contra una de aquellas viejas cocinas económicas de hierro, la que tenía debajo según caía. Una de sus esquinas laterales o especie de proyección decorativa o brazo te alcanzó en la cabeza. Si te da de lleno te mata, te la abre como un melón. Pero no. Hubo suerte. Me acerqué de un salto, nada más oír el estruendo, y como ni te inmutaste, pensé que no había sido nada hasta que pude ver la brecha entre los pelos, una buena boca en medio de la pelambre rubia que usabas entonces a manera de casquete medieval. «Corriendo», debí gritar. «Al Cuarto de Socorro» (así se decía por entonces a lo que ahora llaman Servicio de Urgencias). Pálido y tranquilo, inmutable, te dejabas llevar en volandas. Fue una tarde animada. No dijiste palabra mientras el taxista sorteaba el tráfico para ponerse a tono con mi perentoriedad y acercarnos al Hospital de Basurto. Por lo noche nos partíamos de risa recordando el incidente y tu aspecto con aquella venda enorme que te abrigaba la cabeza.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Celestes ciclistas, obispos de la noche

Como si fuera uno de esos ángeles ciclistas del Theatre Tol belga que se colgaban el otro día (¡qué frío hacía!) en la Puerta del Sol y se enganchaba los pies de una escalerilla plegable mientras bajaba de su vestidillo gigante y rojo, de uno de aquellos pololos rojos monstruosos, un guardainfante gigantesco mientras sonaba una música suave y tan nocturna, seguro que moderna, pero que parecía barroca y le habíamos dejado ya al señorito de la fiesta, digo, a Álex y a Carolina, a los dos, que se iban al Ritz, a una de esas cenas de postín, los dos de gala, y tan guapetones, y que entonces nosotros nos fuimos (¿pues adónde va a ser?) para hacer tiempo a la Chocolatería y Buñolería Modernista de San Ginés, ya mencionada en este blog a propósito de otras ocasiones madrileñas, claro (¿de quién sería la idea? Yo no dije nada; no sé quién fue el que dijo) y eso, que nos tomamos un suculento soconusco en la catacumba esa que tiene la San Ginés abajo y voy y me encuentro que estaba al lado mismo, ¿quién crees? pues el poeta Llamazares tomándose otro chocolate de los de las 10, o si no sería su doble (pues sería...) con la novia, y nos volvimos al Metro para hacer más tiempo aún y esperar a la hora del autobús nocturno, y los ciclistas ahora sacaban chorrillos de fuegos artificiales por el lateral de sus faldas y la niña angelicata se había vuelto a subir por dentro del faldamento rojo gigantesco hasta ser una con su esencia y ciclopedalear en los aires fríos de la Plaza y qué bien todo y qué maravilla de Obispo con estrellitas el de esa misma tarde en El Capitol, mucho más elegante que un cangaceiro de Glauber Rocha, más, más que cualquier espanto imaginable en el Cabaret Voltaire de Zurich, uno de los de Tzara y sus amigos, más, todavía más, El Obispo Leproso, Perverso y Risueño con sus papitos blancos y sonrientes, también estaba allí volando por el aire de la Plaza de Madrid, se me confundía allí mismo con quién, allí mismo se le podía ver, y no desentonaba, no, con aquellas muñecas celestes que con él iban de paseo por el aire de la noche, volando una o dos o tres eternidades sacras y españolas, él también en su bici, bendiciendo, por los aires helados de diciembre...

martes, 7 de diciembre de 2010

Más albas. Sobin



Angélico monstruoso

el alba     se disuelve en rocas    venas
  de trigo    mientras el    sueño
todavía se yergue
  esparce una suavidad monstruosa      que

se aúpa al viento con sus
                                            rasguños blancos.



MONSTRUOUS ANGELIC

dawn     dissolves into rocks     veins
  of wheat    while the    dream
still juts,
  effuses a monstruous softness   that

crawls in the wind     with its
                                             white scratches.


De Wind Chrysalids Rattle (1980), en GS, Collected Poems, Talisman, 2010, pág. 46.


 Gustaf  Sobin

(Boston, 1935-Provenza, Francia, 2005). Formado en la Universidad de Brown, conoce en París a René Char y, siguiendo su consejo, se instala en un viejo y abandonado criadero de gusanos de seda que, con ayuda de su hermano arquitecto, remodelará como hogar. Vivirá en Provenza hasta su fallecimiento en 2005, víctima de un cáncer pancreático. Empieza a escribir tarde y a publicar bastante más tarde aún en la revista Montemora de Eliot Weinberger, primero, y en ediciones de corta tirada y después ya en editoriales como New Directions o Talisman en sus años últimos.
Libros principales Wind Chrysalids Rattle (1980), Celebration of Sound Through (1982), The Earth as Air (1984), Breath Burials (1995), Toward the Blanched Alphabets (1998), In the Name of the Neither (2002), The Places as Preludes (2005). Colllected Poems (2010) recoge, entre otros, los libros citados.


(Los «vagos ángeles malvas» juanramonianos resurgen, de pronto aquí, como una blanca suavidad monstruosa... En fin: ha sido esta tarde, en medio de muy otras labores, tal y como suelen pasar estas cosas. Ya daré cuenta de Sobin cuando lo tenga algo más claro.)

Por ahora, esto...

lunes, 22 de noviembre de 2010

Reírse de un gato joven...


«(...)¿Qué ocurrirá con esta humanidad antes de que desaparezca? El mundo aún puede rodar un millón de años más como lo ha hecho hasta ahora, y cinco mil años serían exactamente un trimestre en la vida de un hombre de cincuenta años, apenas una duodécima parte de lo que duran nuestros estudios universitarios. ¿Qué he hecho yo este último trimestre? He comido, bebido, experimentado con la electricidad y redactado el calendario, me he reído de un gato joven y he jugado con varias niñitas, y así han transcurrido cinco mil años de este pequeño mundo que soy yo mismo.» [F541].

Lichtenberg, Aforismos, Trad. Juan José del Solar, Edhasa, Barcelona, 1990, p. 119.

(Experimentar con la electricidad, redactar el calendario..., bueno; incluso «jugar con unas niñitas»...;pero «reírse de un gato joven»..,ése sí que es un encuentro que no sucede en todas las encrucijadas).

sábado, 13 de noviembre de 2010

Kafka no sabe contar

«Heaven will protect/ the lay reader», E.P. Cantos, XX
(Nota añadida a la entrada anterior y que se reproduce aquí por si alguien dejara de leer esa misma entrada anterior una y otra vez y todos los días).

(...)
(2) Pero tampoco creo que hiciera falta «decorar» la promoción de la novela con las declaraciones sobre Kafka. Ningunearle como mal escritor parece un tanto fuera de lugar si hay que tomárselo en serio. O al menos proyecta una idea tan «totalitaria» de la lectura y la escritura como para que la misma imagen entusiasta del «estilista del humor» que había pretendido sugerir en mi entrada se me resquebraje, y deba olvidarme de ella y tenga que verme obligado, según el autor, a aceptar que la suya es, ante todo, una profesión de mero novelista o «narrador entretenido» tal y como el propio responsable de los títulos de Mendoza (debo suponer) se empeña en hacerme asumir en correspondencia con lo que en otro lugar llamaba «lectura inocente» y, por supuesto, la única y verdadera. Pero la dificultad, en mi caso, está que a mí no me apetece seguir el dictado de ningún credo que me predisponga el tipo de lectura que debiera hacer del libro que tengo entre manos. Si Kafka es un mal narrador desde la particular perspectiva del «Stendhal» de Mendoza, pues muy bien, de acuerdo: así entiende Mendoza la literatura  y el oficio de escribir. Debo deducir que habla entonces desde su «taller». Y que trabaja en él para que la gente le lea tal como él pretende que hay que leerle. Por mi parte, y en ese caso, siento decirle que yo NO le leo (ni a él ni a Kafka) como un hábil narrador de tramas entretenidas (ni es ese aspecto el que me importa de sus libros...ni tampoco de los de Kafka). 
Alegar, por otra parte, como prueba de su interpretación y condena el sentido de fracaso del autor (sea éste Kafka o quien fuera...) resulta algo tan fácil, tan a mano...

 Dicho todo esto, sigo manteniendo en el mismo estado saludable la admiración que dije sentir por el estilo y la prosa del autor de La verdad sobre el caso Savolta  y El Misterio de la Cripta Embrujada antes de conocer sus declaraciones  sobre Kafka.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Everibodi cabrones

Por favor, sólo estilo; sólo quiero estilo. «¿A qué te refieres?». A libros como el último de Mendoza, la Riña de gatos(1) que ando leyendo (por la mitad). A veces Azúa, cuando hila fino en lo oscuro y sólo entonces, es también el mejor, en artículos como ése de Ensor de hoy mismo. Cosas así.

Una perla, una viñeta cualquiera. ¿Que qué es delicia? Pues cosas como ésta:


-Soy inglés -dijo respondiendo a la pregunta del parroquiano-. Y he de apresurarme si no quiero perder el expreso de Madrid. Si no es molestia, dejaré aquí la maleta mientras voy al estanco para ir más ligero.

Dejó la copa sobre el mostrador y salió por una puerta lateral que comunicaba con el vestíbulo de la estación. Dio varias vueltas sin dar con el estanco hasta que un factor le señaló una ventanilla cerrada. Llamó con los nudillos y al cabo de un rato se abrió la ventanilla y asomó la cabeza un hombre calvo con expresión alelada. Al explicarle el inglés su propósito, cerró los ojos y movió los labios como si estuviera rezando. Luego se agachó y al volver a incorporarse puso en la repisa de la ventanilla un libro enorme. Lo estuvo hojeando con detenimiento, se fue y regresó con una pequeña balanza. El inglés le entregó la carta y el funcionario de correos la pesó cuidadosamente. Volvió a consultar el libro y calculó el monto del franqueo. El inglés pagó y regresó corriendo a la cantina. El mozo miraba el techo con un trapo sucio en la mano. A la pregunta del inglés respondió que su consumición había sido pagada por el otro cliente, conforme a lo convenido. La maleta seguía en el suelo. El inglés la recogió, dio las gracias y salió corriendo.  


Riña, págs. 12-13


-Yo no hablo inglés, ¿sabe usted? -prosiguió diciendo ante la aparente aquiescencia del inglés a su pregunta inicial-. No Inglis. Yo, espanis. Usted inglis, yo espanis. España muy diferente de Inglaterra. Different. España, sol, toros, guitarras, vino. Everibodi olé. Inglaterra, no sol, no toros, no alegría. Everibodi kaput.

Guardó silencio durante un rato para dar tiempo al inglés a asimilar su teoría sociológica y añadió:

-En Inglaterra, rey. En España, no rey. Antes, rey. Alfonso. Ahora no más rey. Se acabó. Ahora República. Presidente: Niceto Alcalá Zamora. Elecciones. Mandaba Lerroux, ahora Azaña. Partidos políticos, tantos como quiera, todos malos. Políticos sinvergüenzas. Everibodi cabrones.

 Riña, pág. 9

Me pregunto si habrá leído cosas como los relatos españoles del Wild Body [1909-1917] de Wyndham Lewis. Eso explicaría algunos detalles. Pero quizá no. No le hace falta. Agujas en cada ojo, bien clavadas sin faltar una.
Algún enterado decía por ahí en la red que la novela le sonaba a «lo de siempre». Si lo de siempre es como lo que llevo leído sobran todas las posibles novedades(2).



___________
(1). Eduardo Mendoza, Riña de gatos. Madrid 1936, Círculo de Lectores, Barcelona, 2010, págs. 9, 12-13.


(2) Pero tampoco creo que hiciera falta «decorar» la promoción de la novela con las declaraciones sobre Kafka. Ningunearle como mal escritor parece un tanto fuera de lugar si hemos de aceptarlo en serio. O al menos proyecta una idea tan «totalitaria» de la lectura y la escritura como para que la misma imagen entusiasta del «estilista del humor» que había pretendido sugerir en mi entrada se me resquebraje, y deba olvidarme de ella y tenga que verme obligado, según el autor, a aceptar que la suya es, ante todo, una profesión de mero novelista o «narrador entretenido» tal y como el propio responsable de los títulos de Mendoza (debo suponer) se empeña en hacerme asumir en correspondencia con lo que en otro lugar llamaba «lectura inocente» y, por supuesto, la única y verdadera. Pero la dificultad, en mi caso, está que a mí no me apetece seguir el dictado de ningún credo que me predisponga el tipo de lectura que debiera hacer del libro que tengo entre manos. Si Kafka es un mal narrador desde la particular perspectiva del «Stendhal» de Mendoza, pues muy bien, de acuerdo: así entiende Mendoza la literatura  y el oficio de escribir. Debo deducir que habla entonces desde su «taller». Y que trabaja en él para que la gente le lea tal como él pretende que hay que leerle. Por mi parte, y en ese  caso, siento decirle que yo NO le leo (ni a él ni a Kafka) como un hábil narrador de tramas entretenidas (n i es ese aspecto el que que me importa de sus libros...ni tampoco de los de Kafka). 
Alegar, por otra parte, como prueba de su interpretación y condena el sentido de fracaso del autor (sea éste Kafka o quien fuera...) resulta algo tan fácil, tan a mano...

 Dicho todo esto, sigo manteniendo en el mismo estado saludable la admiración que dije sentir por el estilo y la prosa del autor de La verdad sobre el caso Savolta y El Misterio de la Cripta Embrujada antes de conocer sus declaraciones sobre Kafka.