Esta mañana (y en medio de otras labores perentorias) leo ese verso citado en un blog. Entonces, y, como gatilladas casi al unísono, dos circunstancias, dos tiempos diversos, se me representan en el mismo repente: la una de anteayer, de cuando mi compañera Marile me está enseñando orgullosa su flamante adquisición en la local feria del libro: el tomo de la Obra en Verso de Quevedo, en la edición de Luis Astrana Marín, Aguilar, Madrid, 1932. Me lo deja manosear (la encuadernación gastada, pronta al derrumbe, pero las páginas finamente craquelantes y nítidas como corresponde al papel biblia de la colección Aguilar de obras completas. Algo caro, bastante; le han pegado un palo, vamos, pero tengo idea de que los aguilares se cotizan así o más alto). Envidia. Yo ya dispongo de la poesía de Quevedo en otras ediciones y casi completa o en la medida que cabe, pero la primera de Astrana es la primera de Astrana (¡Pobre hombre, cómo le pusieron a caldo o hecho un verdadero «tugurio de piropos» sus doctos sucesores los quevedistas modernos por ser tan sólo un pobre profe de colegio, un aficionado, sin la adecuada especialización filológica, cuando él, solito, y a su manera si quieres un tanto casera, sí, se desenterró más de medio Quevedo desconocido!). Me acuerdo de haber fotocopiado en Deusto la descripción bibliográfica de los impresos y manuscritos que figura como apéndice a su volumen para mis labores con el Caballero de la Tenaza. La segunda circunstancia es más remota, de hacia la primavera del 75: alguien nos llevaba enlatados en un 600 desde la Uni a casa, y ya no sé por qué, pues los alumnos automovilizados no eran tan corrientes por aquel entonces, y menos lo era que aquellos compañeros se ofrecieran a llevarte en el autito... ¡ah, pero, claro!, íbamos con la doña, con la novia de Quevedo a bordo («hay que saber bien quién es quién en nuestra profesión»), y eso ya era muy otra cosa: «¿Te quieres venir conmigo a Michigan?»...«Yo me voy a ir este verano». Encantadora mujer.
domingo, 31 de octubre de 2010
martes, 26 de octubre de 2010
Recuerdo de Agustín García Calvo
«...que hay algo por debajo de lo sabido» AGC
Porque quizá deba decirse todo. Porque si este blog presume de decir lo que hay, (y si al menos hace eso, y no es que diga, claro, toda la verdad, por favor, nunca tanto, sería casi una grosería pedirme eso, no, pero sí tan sólo dice algo de lo que hay, y, pues precisamente por eso), esta tarde noto que me faltaba algo por decir. Y porque ha sido esta tarde cuando me he acordado. Había salido ya indirectamente y hace un tiempo, Lucrecio mediante, porque fue precisamente Lucrecio la ocasión de aquella clase de lectura y comentario, -quizá alguno de los que asististeis al acto aquel todavía os acordéis, aunque haga de todo aquello ya un montón de años, pues fue a mediados, quizá primeros de los ochenta- digo que cuando por entonces viajábamos Tomás y Teresa Mingot y quien esto escribe a Soria para traernos al profesor Agustín García Calvo a Logroño para que nos diera aquella clase de comentario de texto en un ciclo del asunto. (y tras aquella balbuceante conversación telefónica: «¿Podría hacernos un comentario de texto sobre alguno de sus autores favoritos?». «Sí». «¿Y qué método de comentario seguiría?». Noté que, nada más formulada, era aquella precisamente la pregunta tonta, la pregunta académica; pues era un cursillo muy académico aquel del Colegio Universitario de Logroño y resulta que venía una cierta cantidad de gente, también muy académica, y cada uno, por tanto, con su escuela bien aprendida. «Eso corre de mi cuenta», replicó escueto. Me sentí ridículo. «Claro, don Agustín, por supuesto». «¿...Y cuándo vendrá?». «Si os viene bien podéis acercaros a recogerme a Soria. Doy un recital con Amancio Prada»). Y allí que me fui en el coche de Tomás y Teresa Mingot, con Tomás y con Teresa. Los tres fuimos a Soria y le recogimos. (y en aquel aparcamiento, cuando ya nos disponíamos a volver, le mencionaba una versión poundiana de las Traquinias de Sófocles: Women of Trachis, y creo que le hizo alguna gracia).
Sí. Aquella tarde memorable y aquella noche y un breve momento del día siguiente. Sólo eso.
La sesión de comentario del episodio del De Rerum Natura de Lucrecio sobre la cuestión del "clinamen" en la física de Epicuro, aquello de
Porque quizá deba decirse todo. Porque si este blog presume de decir lo que hay, (y si al menos hace eso, y no es que diga, claro, toda la verdad, por favor, nunca tanto, sería casi una grosería pedirme eso, no, pero sí tan sólo dice algo de lo que hay, y, pues precisamente por eso), esta tarde noto que me faltaba algo por decir. Y porque ha sido esta tarde cuando me he acordado. Había salido ya indirectamente y hace un tiempo, Lucrecio mediante, porque fue precisamente Lucrecio la ocasión de aquella clase de lectura y comentario, -quizá alguno de los que asististeis al acto aquel todavía os acordéis, aunque haga de todo aquello ya un montón de años, pues fue a mediados, quizá primeros de los ochenta- digo que cuando por entonces viajábamos Tomás y Teresa Mingot y quien esto escribe a Soria para traernos al profesor Agustín García Calvo a Logroño para que nos diera aquella clase de comentario de texto en un ciclo del asunto. (y tras aquella balbuceante conversación telefónica: «¿Podría hacernos un comentario de texto sobre alguno de sus autores favoritos?». «Sí». «¿Y qué método de comentario seguiría?». Noté que, nada más formulada, era aquella precisamente la pregunta tonta, la pregunta académica; pues era un cursillo muy académico aquel del Colegio Universitario de Logroño y resulta que venía una cierta cantidad de gente, también muy académica, y cada uno, por tanto, con su escuela bien aprendida. «Eso corre de mi cuenta», replicó escueto. Me sentí ridículo. «Claro, don Agustín, por supuesto». «¿...Y cuándo vendrá?». «Si os viene bien podéis acercaros a recogerme a Soria. Doy un recital con Amancio Prada»). Y allí que me fui en el coche de Tomás y Teresa Mingot, con Tomás y con Teresa. Los tres fuimos a Soria y le recogimos. (y en aquel aparcamiento, cuando ya nos disponíamos a volver, le mencionaba una versión poundiana de las Traquinias de Sófocles: Women of Trachis, y creo que le hizo alguna gracia).
Sí. Aquella tarde memorable y aquella noche y un breve momento del día siguiente. Sólo eso.
La sesión de comentario del episodio del De Rerum Natura de Lucrecio sobre la cuestión del "clinamen" en la física de Epicuro, aquello de
ILLVD IN HIS QVOQVE TE REBVS COGNOSCERE AVEMVS,
CORPORA, QVOM DEORSVM RECTVM PER INANE FERVNTVR...
Algo en esta cuestión también que entiendas anhelo,
que, cuando los átomos van al vacío abajo derechos,
del propio su peso llevados, en tiempo a veces incierto,
incierto lugar, se tuercen un poco del derrotero,
tanto no más que se pueda decir que mudó el movimiento (....)(1)
¿Por qué no podré olvidar jamás esa escena? Primero la lectura (¿Lectura? No. Canto (2). Cantó en latín el episodio y después leyó su traducción en verso: «...en un verso que me he inventado», precisó). Ambos momentos, inolvidables. Grabados. Sí. No en bronce. Me refiero a que alguien los grabó en una cinta que tuve, que copié, que regalé y que perdí.
Desde aquel momento, desde el momento en que escuché las dos lecturas (la del original: ¿habrá alguien capaz de leer latín como lee García Calvo? No lo sé. Lo dudo. Quizá haya algún latinista chino que se le acerque...No lo sé). Y la traducción.
...En fin, leedle.
___________________
(1) Lucrecio, De la Realidad, Edición crítica, versión rítmica de Agustín García Calvo, Lucina, Madrid, 1997, II, 216-250, págs. 146-149.
(2) Pound lee su versión del Seafarer. García Calvo lee un fragmento de coro de la tragicomedia Ismena.
domingo, 17 de octubre de 2010
Creeley, si os parece
Para mis amigos, los amigos del arte (ellos ya saben), una tentativa.
Clásico
Si te sientas en esta vaga desolación
contemplas el pálido invierno gris, la colina
con esa ajada y progresiva formalidad,
todo se hace un mismo aburrimiento clausurado
sobre la lisa laguna -oh, el joven,
oh, brindis acartonados del tiempo,
oh, inútil, desesperada fe, vacua confianza,
como apóstrofes de plúmbea virtud, mis hijos inocentes,
¿por qué no mejor rabia, un plan, disputas,
y todo cuanto fueras y lo que deseaste:
mero útil de casuales compañías; y los tuyos
fijos se ven, colgados, esparcidos
como tortura abstracta?
Un solo instante y todo cambia ya,
vida y muerte, tus dedos ayer ágiles
en un tiempo de carne se han perdido,
la cabeza cargada, los circuitos quemados,
lágrimas baratas, nostalgias, siempre
las mismas olvidadas concesiones.
____________________
Classical
One sits vague in this sullenness.
Faint, greying winter, hill
with its agéd, incremental institution,
all a seeming dullness of enclosure
above the flat lake –oh youth,
oh cardboard cheerios of time,
oh helpless, hopeless faith of empty trust,
apostrophes of leaden aptitude, my simple children,
why not anger, an argument, a proposal,
why the use simply of all you are or might be
by whatever comes along, your persons
fixed, hung, splayed carcasses, on abstract rack?
One instant everything must always change,
your life or death, your articulate fingers lost
in meat time, head overloaded, fused circuit,
all cheap tears, regrets, permissions forever utterly forgot.
Robert Creeley «Memory Gardens»[1986] en The Collected Poems of Robert Creeley, 1975-2005, University of California Press, Berkeley, 2006, p. 271.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
La afición pétrea (Litofilia teluriana)
![]() |
| «...The stone is alive in my hand...» E.P., Cantos, VI |
...por ejemplo, al pedernal de color gris oscuro y aceitoso o al negro, y no tanto al sílex, que es un pedernal de segunda. Ha habido veces en que, sospechando impropiedad o exceso subjetivista, les he preguntado a las geólogas amigas (Inés, maja, que ya no te veo), y no me aceptan la distinción que hago aquí entre pedernal y sílex, porque la consideran, supongo, «acientífica» y muy caprichosa: ellos y ellas los emplean como términos prácticamente sinónimos. Miro en el diccionario inglés y me encuentro con que dos de sus palabras, chert y flint, ostentan características respectivas de lo que, tan solo armado de intuición y tacto, yo siempre he llamado sílex y pedernal. Vaya usted a saber quién lleve razón. Pero así está la cosa. Bien, y se preguntará alguien, «¿pero esto a qué viene?» Pues no viene a nada. ¿O es que algo tiene que venir a algo? «Pues sí», se me dirá. «Pues aquí no», le contestaré y se acabará la discusión. Y ¿cómo aparece la cosa? Yo mismo, quizá el más interesado en el problema, no lo sé muy bien. Supongo que empezó hace ya mucho, en la infancia (donde suelen aparecer las cosas interesantes), y que una vez puestos a la faena, y en este blog, di cuenta de él en una entrada que aprovechaba cierto viejo relato-reportaje traspapelado (¿o que fue publicado antes? Ya no lo sé). Allí se hablaba del origen del interés por pedernales y otras piedras o «minerales», y que era algo que acababa por concretarse en el pedernal y sus circunstancias. Verdad es que el coleccionismo de minerales no dejaba de ser una inclinación habitual y perfectamente natural en una cierta época de la vida (los bellos cuarzos polares, las maclas de pirita, alguna blenda ferrífera sobre cuarzo formando cuevas de colores, las cuevas de las joyas, aquellas que aparecían en Viaje al centro de la tierra de Verne o Las Minas del Rey Salomón de Ridder Haggard, para citar los ejemplos sobresalientes y sus películas, claro), pero allí, en aquel relato, lo que se intentaba explicar era ese carácter monográfico del pedernal como la «piedra en sí». Su absolutismo. Y eso era y es ya lo inexplicable. Sólo recuerdo haber sugerido alguna de las sensaciones que me trasladaba (y eso sólo cuando era pedernal verdadero) como un algo intermedio entre lo animalescamente dormido y lo céreo, lo óseo y lo pétreo inerte. Esa cosa.
Otra distinta es que se haya utilizado como una imagen en este blog: en alguna rara entrada meditativa, y también que se me hubiera aparecido en algún poema americano que he traducido (juro que ni lo busqué: me salió el verso en aquel poema de Berrigan y entonces lo vi, y caí en la cuenta después de haberlo escogido).
Pero de qué sea realmente imagen la piedra es algo mucho más oscuro,y sobre lo cual disienten los filósofos, tal y como dice el dicho, más aún incluso que las olas de la mar.
_______________________
Nota a la foto. Los viejos trillos (como algunos, que ya inútiles, decoraban a manera de mesas rústicas, los tránsitos de cierto castillo o casa rural de que se habló en algún momento) usaban como ingrediente mascador pedacitos de pedernal iguales a los pequeños que se dejan ver en la foto (el grande es un pedazo de sílex, cariñoso regalo de mi gran amiga, compañera y geóloga, Inés Moreno).
sábado, 11 de septiembre de 2010
Un león en Venecia
Aquel año me senté en la escalinata de la Dogana,
pues las góndolas resultaban muy caras,
y no estaban “aquellas chicas” , sólo un rostro,
y el Buccentoro a veinte yardas, aullaban “Stretti”,
y aquel año los travesaños iluminados, en el Morosini,
y pavos reales en la casa de Koré, o que pudiera haberlos.
Dioses flotan en el aire azur,
dioses relucientes y toscanos, regresan antes de que cuaje el rocío.
Luz: y la primera luz, antes de que rocío alguno se formara.
Paniscos , y la del roble, dríade,
y la del manzano, mélide,
por todo el bosque, y las hojas están llenas de voces,
susurran, y se inclinan las nubes sobre el lago,
portan dioses,
y en el agua, nadadoras blancas como la almendra,
el agua de plata barniza sus erguidos pezones,
tal como Poggio dejó indicado.
Vetas verdes sobre turquesa:
o: ascienden las gradas grises a la sombra de los cedros.
Mío Cid cabalgó hasta Burgos,
hasta la puerta tachonada entre dos torres,
dio un golpe con el cabo de la lanza...
Ezra Pound Cantos, III
_________________________
I sat on the Dogana's steps
For the gondolas cost too much, that year,
And there were not "those girls", there was one face,
And the Buccentoro twenty yards off, howling "Stretti",
And the lit cross-beams, that year, in the Morosini,
And peacocks in Kore's house, or there may have been.
Gods float in the azure air,
Bright gods and Tuscan, back before dew was shed.
Light: and the first light, before ever dew was fallen.
Panisks, and from the oak, dryas,
And from the apple, maelid,
Through all the wood, and the leaves are full of voices,
A-whisper, and the clouds bowe over the lake,
And there are gods upon them,
And in the water, the almond-white swimmers,
The silvery water glazes the upturned nipple,
As Poggio has remarked.
Green veins in the turquoise,
Or, the gray steps lead up under the cedars.
My Cid rode up to Burgos,
Up to the studded gate between two towers,
Beat with his lance butt, (...)
Ezra Pound, The Cantos, III, Faber & Faber, 1975, p. 11
__________________________
León de plata y premio al guión.
Merecías el oro que cortésmente
has cedido a Sofía Coppola.
Ahora, Toronto y las verdaderas estrellas.
Fuerte abrazo y enhorabuena
Javi
pues las góndolas resultaban muy caras,
y no estaban “aquellas chicas” , sólo un rostro,
y el Buccentoro a veinte yardas, aullaban “Stretti”,
y aquel año los travesaños iluminados, en el Morosini,
y pavos reales en la casa de Koré, o que pudiera haberlos.
Dioses flotan en el aire azur,
dioses relucientes y toscanos, regresan antes de que cuaje el rocío.
Luz: y la primera luz, antes de que rocío alguno se formara.
Paniscos , y la del roble, dríade,
y la del manzano, mélide,
por todo el bosque, y las hojas están llenas de voces,
susurran, y se inclinan las nubes sobre el lago,
portan dioses,
y en el agua, nadadoras blancas como la almendra,
el agua de plata barniza sus erguidos pezones,
tal como Poggio dejó indicado.
Vetas verdes sobre turquesa:
o: ascienden las gradas grises a la sombra de los cedros.
Mío Cid cabalgó hasta Burgos,
hasta la puerta tachonada entre dos torres,
dio un golpe con el cabo de la lanza...
Ezra Pound Cantos, III
_________________________
I sat on the Dogana's steps
For the gondolas cost too much, that year,
And there were not "those girls", there was one face,
And the Buccentoro twenty yards off, howling "Stretti",
And the lit cross-beams, that year, in the Morosini,
And peacocks in Kore's house, or there may have been.
Gods float in the azure air,
Bright gods and Tuscan, back before dew was shed.
Light: and the first light, before ever dew was fallen.
Panisks, and from the oak, dryas,
And from the apple, maelid,
Through all the wood, and the leaves are full of voices,
A-whisper, and the clouds bowe over the lake,
And there are gods upon them,
And in the water, the almond-white swimmers,
The silvery water glazes the upturned nipple,
As Poggio has remarked.
Green veins in the turquoise,
Or, the gray steps lead up under the cedars.
My Cid rode up to Burgos,
Up to the studded gate between two towers,
Beat with his lance butt, (...)
Ezra Pound, The Cantos, III, Faber & Faber, 1975, p. 11
__________________________
León de plata y premio al guión.
Merecías el oro que cortésmente
has cedido a Sofía Coppola.
Ahora, Toronto y las verdaderas estrellas.
Fuerte abrazo y enhorabuena
Javi
miércoles, 8 de septiembre de 2010
una llamada telefónica
Reciente la publicación de Hojas de Madrid con la galerna, último libro y hasta ahora parcialmente desconocido, de Blas de Otero, encuentro, entre los 161 poemas «rigurosamente inéditos» de que se informa en p. 28, el siguiente
Elogio de la hipocresía
El envenenamiento de la verdad
nada hay más amargo que una verdad a medias
dije el cielo está vacío
dije mi perro es triste a la madrugada
dije la historia camina en zig-zag
dije dame un trozo de página para ocultar la nostalgia
una llamada telefónica
un vendaval en las olas también mentira las palabras
verdades a medias
quién soportaría el peso de un soneto de Quevedo
la maldición de una niña
una palabra en mitad de la cara
la verdad desnuda
su cadáver envenenado
salgamos de este mundo a la alta claridad de las estrellas.
[13.3.1974]
Blas de Otero, Hojas de Madrid con la galerna, edición de Sabina de la Cruz y prólogo de Mario Hernández, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2010, p. 377.
Lo relaciono por su tono y su vocabulario con un «diagnóstico» cultural y sociopolítico del que el poeta se sirve a menudo, a partir de un cierto momento de su obra, primero para distanciarse y pronto ya para enterrar definitivamente los restos de un pasado (por si aún quedara en 1974 alguna duda de su posición frente a la persona que pudo haber sido antes de 1949 ó 1952), los de un ambiente y unos amigos; un rechazo, digo, del que las descripciones que cito a continuación parecen cumplir la función de rastros fieles aunque quizá, para mi gusto, un tanto en exceso peraltados hacia la retórica «heroica»:
1.
«En pocos años, su entorno social -la burguesía del Bilbao de la posguerra, con sus claudicaciones, la moralidad gazmoña, la encubierta podredumbre- se convierte en una opresión insoportable para este buscador de la autenticidad. En varios de los poemas de Bilbao escritos entre 1949 y 1951 aparece la acusación de hipocresía como huella de este rechazo, pero también son la prueba de su rebelión (la del «ángel fieramente humano») contra una vida falseada que no responde ya al hombre nuevo nacido del dolor y del desarraigo. El joven Blas de Otero se abre a la realidad de un tiempo histórico marcado por las guerras y la muerte de millones de seres humanos en una hecatombe sin sentido. Para ellos será su canto, ya olvidado de las propias desdichas.»
Sabina de la Cruz en la introducción «Vida y Poesía», en Blas de Otero, Poemas Vascos, Fundación B. de O., Bilbao, 2003, p. 13.
y 2.
«Su entorno social, sin embargo, no ha variado, y es bien sabido que la burguesía fija sus estrictas normas y ampara solo a quien se doblega a ellas. Los deberes religiosos y los familiares, los amores, la profesión, constituyen un todo indisoluble que no permiten que la ruptura del inadaptado pueda ser parcial. No hay elección posible, o salvarse perdiendo cuanto había constituido su vida anterior, o perderse y aceptar la norma establecida.»
Sabina de la Cruz y Lucía Montejo en la introducción «La Vida de un Poeta» a Blas de Otero, Poesía Escogida, Vicens Vives, Clásicos Hispánicos, Barcelona, 1995, p. XIV [por razones de estilo atribuyo a la primera de las dos autoras el fragmento citado].
Pero es que, independientemente de cualquier explicación ideológica de la actitud -algo ya bastante obvio a estas alturas para el conocedor medio de la obra oteriana-, esta tarde, tras releer los versos me pregunto: «El poeta rechaza ese pasado; bien, sí, pero...¿por qué otra vez en 1974? ¿Tan tarde y todavía seguía haciendo falta?» (Lo de tarde, claro, es relativo al punto de vista temporal porque en 1974 nadie podría suponer su muerte repentina en 1979).
Leo el poema (1) en dos fases paralelas y, en la primera, entiendo que me dice que una verdad a medias es peor que una mentira porque es una verdad envenenada, es decir, que es lo más amargo; de manera que entonces también el cielo está amargo, lo está el perro triste a la madrugada, y es que la historia camina en zig-zag (quizá aluda a circunstancias que «vuelven», que parecieran olvidadas, pero que, en realidad, no es así, pues que inopinadamente regresan según su irregular, azarosa y dialéctica costumbre). Frente a todo ello se pide, se dice dame y quizá eso que se haya pedido se obtiene, pongamos por ejemplo, una pagina para ocultar la nostalgia, quizá eso sea lo que haya permitido la vuelta en zig-zag del pasado, su huella, esa página que es nostalgia o produce nostalgia o que ya llevaba ella en sí la nostalgia a cuestas, una página que era y que estaba hecha de nostalgia. Pero una página así también es distancia, sustituye una presencia inmediata, la persona misma que en su instantaneidad nos acerca el teléfono («el mar en teléfono» de su querido Juan Ramón) desde las distancias más remotas (incluidas las que separan Madrid de Bilbao), como diciendo: «si querías hablar conmigo, ¿por qué no me llamaste, para qué está el teléfono?», entre otras infinitas posibilidades.
El segundo embate parece querer añadirme que ni tan siquiera entonces hubiera habido ocasión de diálogo porque un vendaval en las olas, la galerna o la historia, la tuya y la mía, lo hubieran hecho imposible, y fueran cuales fuesen esas palabras, tanto las de la página como las del teléfono, tanto las distantes como las directas, todas ellas, en su esencia y por su naturaleza y en cualquier circunstancia verosímil, siempre hubieran dado en mentira como todo aquello que nace de una naturaleza corrompida es siempre mentira, o, en el mejor o «peor» de los casos, una verdad a medias, porque ¿qué puede hacer una verdad a medias frente a la pura verdad? Y aquí esa verdad, la verdad verdadera, digamos, se presenta en tres formas: la del arte, como el poema quevediano que soberanamente insulta y al tiempo es arte (contrapuesto como página él también, pero esta vez artística y de verdad, a la otra página, la de la mera nostalgia, y que en tanto la primera es alta verdad del arte, tritura y define porque al hacerlo, y haciéndolo ya como arte, y por eso mismo, se instala como verdad); en segundo lugar, surge la niña, la que siendo inocencia y desde esa misma inocencia maldice inexorable e inocentemente, y siendo esta verdad inocente es por ello también poderosamente maldiciente en cuanto más verdadera y tanto más verdad en su inocencia, como siempre lo será (inocente y verdadera) la palabra directa y en la cara, la hiriente verdad arrojada al rostro. Todo lo demás, el nostálgico resto, será mentira, operación artificial, subterfugio y más mentira: como la de desenterrar a un muerto, algo imposible y perturbadoramente enfermo, pese a todas las nostalgias, y más muerto en cuanto falso y también más muerto aún, y más cadáver aún ese cadáver que tan vanamente se quiere resucitar tan sólo con la nostalgia...Malsana y penosa la operación. Pues no hay otra verdad que la verdad limpia y palpable, la única que nos ofrece garantía de claridad, la de un mundo no falsificado como éste, aquel que nos acerque a las verdaderas y dantescas estrellas.
_______
(1) Quiero leerlo a modo de «carta personal» y, por tanto, y si así os parece, de una manera muy arbitraria y nada literaria.
sábado, 28 de agosto de 2010
Ted Berrigan
Providence (Rhode Island), 1934 - Nueva York, 1983. Formación católica en Providence. Guerra de Corea; se licencia como sargento y estudia en la universidad de Tulsa. Conoce a Ron Padgett y Frank O'Hara. Se traslada a Nueva York en 1961, donde inicia una intensa, frenética, carrera de animador poético y cultural, vínculo entre pintores (Brainard, Freilicher, Katz, Schneeman) y poetas de la generación neoyorquina de los 50 y la posterior de los 60-70, entre poetas de San Francisco y los de Nueva York, británicos como Raworth, poetas "beat", del grupo "Black Mountain" o los "Language poets"...; participa y codirige revistas como "C", Art News o Kulchur; organiza lecturas y encuentros de poesía que reúnen a Ginsberg, Blackburn etc.; escribe libros en colaboración con Ron Padgett, Anne Waldman, Peter Orlovsky... Fallece repentinamente en 1983.
Libros principales:
The Sonnets (New York: Lorenz & Ellen Gude, 1964). Living with Chris (New York: Boke Press, 1965). Many Happy Returns (New York: Corinth Books, 1969). In the Early Morning Rain (London: Cape Goliard, 1970). Memorial Day, con Anne Waldman (New York: Poetry Project, 1971). Train Ride (New York: Vehicle Editions, 1971). The Drunken Boat (New York: Adventures in Poetry, 1974). A Feeling for Leaving (New York: Frontward Books, 1975). Red Wagon (Chicago: Yellow Press, 1976). Clear the Range (New York: Adventures in Poetry/Coach House South, 1977). So Going Around Cities: New and Selected Poems 1958-1979 (Berkeley, Cal.: Blue Wind Press, 1980). In a Blue River (New York: Little Light, 1981). A Certain Slant of Sunlight (Oakland, Cal.: O Books, 1988). The Collected Poems of Ted Berrigan, edited by Alice Notley, University of California Press, Berkeley, 2005.
(Para David)
I
Manos señalan un pálido friso, en la noche oscura.
En el libro de su música las esquinas se han estrechado:
Qué deba su presencia a nuestras manos durmientes.
La boyuna sangre de las manos que pretenden
un fuego calor otras manos que crezcan
¿Hay lugar en el cuarto que te aloja?
Sobre su estructurada tumba:
Aún quieren decir algo. Para la danza
y la Arquitectura.
Teje entre incidentes
Séale portentoso
Somos los durmientes fragmentos de su cielo,
Viento les da presencia a los fragmentos.
II
Querida Margie, hola. Son las 5 y cuarto de la mañana
querido Berrigan. Murió
Vuelta a los libros. Leo
Son las 8 y media en de la noche en Nueva York todo el día por ahí sin parar
viejas del vayámonos juntos entre callejas. Sí, justo ahora,
Cuánto Tiempo Más Seré Capaz de Habitar el Divino
y hace un día gris claro que pasa a verde
femenino maravilloso duro
veo elevarse el sol por entre dársenas
para escribir cuerpo de cinta adhesiva en un cuaderno
tomé 17 miligramos y medio
Querida Margie, hola. Son las 5 y cuarto de la mañana
follando hasta las 7 ahora llegará tarde al trabajo y yo
con 18 y las manos temblorosas cómo me las arreglo
Que Ningún Destino Voluntario Malinterprete
Cuando veo Abedules pienso
en mi padre, y puedo verle.
Gastaba un par de zapatos negros y un par de zapatos marrones,
comprados cuando era joven y próspero.
«¡Y lustraba esos zapatos también, tío!»
«La Tierra es el auténtico lugar para el Amor»,
solía decir. «No sirve,
pero es mejor que nada».
Somos carne de nuestra carne,
Oh, sangre de mi sangre; y nosotros,
nosotros tenemos un Pijama exclusivo; y todo
el día y toda la noche es un sueño, ignorantes de
que pese a toda su sangre, El Tiempo es el Papel
de Lija; que la Piedra puede quebrar; que
La Distancia es como la Traición. Algo
Hay que no ama a una pared; Yo
soy ese Algo.
________________
I
His piercing pince-nez. Some dim frieze
Hands point to a dim frieze, in the dark night.
In the book of his music the corners have straightened:
Which owe their presence to our sleeping hands.
The ox-blood from the hands which play
For fire for warmth for hands for growth
Is there room in the room that you room in?
Upon his structured tomb:
Still they mean something. For the dance
And the architecture.
Weave among incidents
May be portentous to him
We are the sleeping fragments of his sky,
Wind giving presence to fragments.
II
Dear Margie, hello. It is 5:15 a.m.
dear Berrigan. He died
Back to books. I read
It's 8:30 p.m. in New York and I've been running around all day
old come-all-ye's streel into the streets. Yes, it is now,
How Much Longer Shall I Be Able To Inhabit The Divine
and the day is bright gray turning green
feminine marvelous and tough
watching the sun come up over the Navy Yard
to write scotch-tape body in a notebook
had 17 and 1/2 milligrams
Dear Margie, hello. It is 5:15 a.m.
fucked til 7 now she's late to work and I'm
18 so why are my hands shaking 1 should know better
Let No Willful Fate Misunderstand
When I see Birches, I think
of my father, and I can see him.
He had a pair of black shoes & a pair of brown shoes,
bought when he was young and prosperous.
"And he polished those shoes, too, Man!"
"Earth's the right place for Love,"
he used to say. "It's no help,
but it's better than nothing."
We are flesh of our flesh,
O, blood of my blood; and we,
We have a Night Tie all our own; & all
day & all night it is dreaming, unaware
that for all its blood, Time is the Sand-
paper; that The Rock can be broken; that
Distance is like Treason. Something
There is that doesn't love a wall: I
am that Something.
TB, [The Sonnets, 1963, A Certain Slant of Sunlight, 1988] The Collected Poems of Ted Berrigan, edited by Alice Notley, University of California Press, Berkeley, 2005, pp. 29 y 609.
lunes, 16 de agosto de 2010
Orfeo. Otra vez.Che puro ciel
Una referencia al Orfeo ed Euridice de Glück señalaba a un viejo vinilo del año 82. Ahora encuentro algunos fragmentos de esa grabación en el siempre socorrido y desbordante youtube. El coro de las furias y el Aria de Orfeo del acto II me siguen gustando. La representación que ilustra los vídeos (y que en la fotografía en blanco y negro que copié entonces quedaba aceptable) se me hace, en este momento que la veo con la música, bastante sosa: ¡esas larvas y esas furias reptantes!; ¡hasta la misma Janet Baker lleva la lira como si fuera una carpeta de apuntes...!
En ese caso, miren a otra parte y escuchen sólo la música...si no les distrae algún pectoral despierto en cierto quitón jonio de las chicas del coro y les mete de lleno en los Elíseos. Y si resulta que tampoco les gusta la música, pues...piensen entonces que esta entrada sólo pretende perfilar una información incompleta de cierta otra que en su momento contemplaba algunos caprichos personales de media tarde. Como ahora.
_________En ese caso, miren a otra parte y escuchen sólo la música...si no les distrae algún pectoral despierto en cierto quitón jonio de las chicas del coro y les mete de lleno en los Elíseos. Y si resulta que tampoco les gusta la música, pues...piensen entonces que esta entrada sólo pretende perfilar una información incompleta de cierta otra que en su momento contemplaba algunos caprichos personales de media tarde. Como ahora.
Si pretende escuchar el coro de furias, el curioso y melómano lector deberá ir al final de la primera grabación (minuto 9:50-10) y seguir con el principio de la segunda.
Me paso una temporada después de escrito lo anterior y han desaparecido los vídeos seleccionados en primera instancia. Me consuelo con el de "Che puro ciel". Esperemos que se mantenga.
Me paso una temporada después de escrito lo anterior y han desaparecido los vídeos seleccionados en primera instancia. Me consuelo con el de "Che puro ciel". Esperemos que se mantenga.
sábado, 17 de julio de 2010
...y el Metro, claro.
Sobre todo, por esa espectacular promiscuidad, esa cualidad que tiene de renovar el panorama humano cada dos o tres minutos y que parte del número precisamente consista en la aproximación inverosímil, o, como diría un teórico de las vanguardias, eso de que se junten en la misma mesa de operaciones un paraguas y la máquina de tricotar de tu tía Mª Luisa. Quiero decir que de repente se te aparece un nutrido colegio o excursión de negritos dirigidos por una larguísima, esbeltísima y lánguida walkiria de trenzas casi albinas y ojos azules claros (uno de los negritos, impecablemente vestido de uniforme de colegio alemán -o algo así, interpreto yo- y que es además el más guapo del grupo, se me sienta al lado y me sonríe y se mira los calcetines rojos y el zapato impecable y vuelve a sonreír). Se van y entra otro negro, de unos 25 años, bailarín cubano, poderosamente americanizado (¿vendrá de Miami?), que discute una coreografía con un nativo, de Alicante quizá, tal lo supongo por la conversación que entreoigo, y que además procura ilustrarle con mímicas aproximaciones sonorizadas los cuadros y sus dificultades: es una clase de prosodia de la danza, y el cuerpo esta vez es largo y elástico y culebrea rítmicamente para hacerle ver a su compañero español el punto exacto del logro y su intríngulis. El bailarín cubano es un experto o, si no, un aprendiz de alto nivel que ejerce papel de maestro ante su compañero peninsular, quizá un poco más joven.
Y así multitud de escenas, siempre dispares, únicas, inimitables y, a la vez, entremezcladas con la normalidad de los tipos soñolientos que van a la oficina inmersos en su gran tomazo de novelón histórico o tocho bestseller, manoseado y a veces forrado de papel de periódico. ...Y las piernas, ahora que es verano. Sí, digámoslo todo: las piernas femeninas aparecían mucho y constantemente, casi siempre a favor del espectáculo, quiero decir que eran piernas o pies bonitos y por eso se enseñaban; había también otras, no tan bonitas, y que por la cosa del calor también se enseñaban, pero eran las menos. Largas y estilizadas; llenitas y contundentes y a la vez proporcionadas (las mejores; al observador no le gustan esas piernas de modelo escuchimizada porque le dan dentera; antes que eso prefiere unas buenas piernazas contundentes). En general se agradecía el muestrario piernil de las 8,30 de la mañana. A veces venía un grupo adolescente de turistas americanas, cotorreando un gangoseo evidentemente USA, que trasladaba la sensación de que fueran mucho mayores, algo como si, en vez de adolescentes, fueran señoronas de edad hábilmente disfrazadas de jovencitas, gargarizando insaciables mientras laboran ganchillo, y no, eran unas chavalitas americanas de vacaciones, blancas, rubias, morenas e hispanas, todas juntas, en su invisible jaula propia y mezcladas con los demás. Esa mezcla, ese juntamiento, esa confusión aglutinante y diversificadora, esa humanidad sucesiva que se va ofreciendo a la vista cuando se viaja en el Metro.
Y así multitud de escenas, siempre dispares, únicas, inimitables y, a la vez, entremezcladas con la normalidad de los tipos soñolientos que van a la oficina inmersos en su gran tomazo de novelón histórico o tocho bestseller, manoseado y a veces forrado de papel de periódico. ...Y las piernas, ahora que es verano. Sí, digámoslo todo: las piernas femeninas aparecían mucho y constantemente, casi siempre a favor del espectáculo, quiero decir que eran piernas o pies bonitos y por eso se enseñaban; había también otras, no tan bonitas, y que por la cosa del calor también se enseñaban, pero eran las menos. Largas y estilizadas; llenitas y contundentes y a la vez proporcionadas (las mejores; al observador no le gustan esas piernas de modelo escuchimizada porque le dan dentera; antes que eso prefiere unas buenas piernazas contundentes). En general se agradecía el muestrario piernil de las 8,30 de la mañana. A veces venía un grupo adolescente de turistas americanas, cotorreando un gangoseo evidentemente USA, que trasladaba la sensación de que fueran mucho mayores, algo como si, en vez de adolescentes, fueran señoronas de edad hábilmente disfrazadas de jovencitas, gargarizando insaciables mientras laboran ganchillo, y no, eran unas chavalitas americanas de vacaciones, blancas, rubias, morenas e hispanas, todas juntas, en su invisible jaula propia y mezcladas con los demás. Esa mezcla, ese juntamiento, esa confusión aglutinante y diversificadora, esa humanidad sucesiva que se va ofreciendo a la vista cuando se viaja en el Metro.
jueves, 15 de julio de 2010
Calorímetro de Madrid
Bajo los toldillos romboidales y arábigos de las calles aledañas a Puerta del Sol, trapitos que te protegen algo, más bien poco, de ese horno brutal que presta nombre a plaza y barrio o de la socarrina de aquellas otras barriadas de más al norte (calles con nombres sonoros y castizos como Valderrodrigo y otras que recuerdan al jesuita expulso Juan Andrés). Y en todas partes siempre ese calor. Ese picor calenturiento, la sensación como de que se te fueran friendo los brazos si los sacas de la zona sombría, tan providencial y rarísima. Es imposible dar dos pasos sin caer derretido. Solarizado sobre el pavimento como en Hiroshima. A falta del tan ansiado y placentero granizado de limón (un placer del que ya se habló otro verano y en otra ciudad populosa, un placer, digo, tan breve pues que se produce por la misma instantaneidad del trago: el hielo limonero tiene que circular por el gaznate con la exacta densidad requerida para que se produzca el efecto: «no bebes, tragas; no comes, devoras», dicen lenguas afiladas; pero qué injustas que son: no conocen la necesidad perentoria, el grado de ansia que el calor asfáltico, ese cocimiento de las ciudades en el verano, genera en las gentes que venimos del frío). A falta del cotizadísimo granizado de limón auténtico (sólo he logrado catarlo en un local imprescindible de Madrid: La Buñolería modernista de San Ginés; sí, la de Luces de Valle, que ahora ya no es «un antro apestoso de aceite»; al contrario, es un frío templo piadoso consagrado a proteger del calor al viandante, donde, gracias a su magnífico sistema de aire acondicionado -o ¿de qué maravillosa magia fría se sirven?- y a sus mármoles que tapizan casi todo el interior, es posible liberarse por un momento al menos, como si te introdujeran en alguna cámara aislante, de la calentona hostilidad del aire callejero); pues, si es así, y no encuentro granizado, entonces ya, en la desesperación, me tengo que conformar con las cañas de Mahou, ésas que expenden en el todo Madrid, y prácticamente en cualquiera de sus establecimientos. En fin, que el granizado, en tales circunstancias, es natural que alcance valores de poción toodopoderosa, capaz, si la dependencia nos priva del sentido común, de avasallarnos a traición hasta hacernos pagar por ella horribles precios usurarios, de los reservados tan sólo para el guiri gangoso y que son tortura moral del nativo desprevenido y que ni tan siquiera se ha envuelto en el paño de La Roja.
viernes, 2 de julio de 2010
Enhorabuena, Álex
Pocholo,
Ya eres Premio Nacional de Cine. Todo pasa tan revuelto, ¿verdad? Lo malo y lo bueno, todo tan de repente y todo siempre mezclado. Estarás hecho polvo y sin dormir porque no llegas a tiempo para acabar el montaje y poderla presentar en la Mostra de Venecia. Con este empujón seguro que llegas. Algo tarde, pero todo acaba llegando. Llega sencillamente lo merecido.
Un infinito abrazo de tu orgulloso hermano
Javi
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Nota a la foto: No encuentro otra. No iba a poner una de las de internet; es verdad que están algo más actualizadas. Casi todas las fotos que tengo son diapositivas y no encuentro manera de trasladarlas al ordenador. Sólo encuentro esa foto de un día de Reyes. Valga la bici como metáfora del Premio.
In meine Heimat
Al discípulo en Sais, al bravío liróforo in partibus In Meine Heimat...
Brahms, Tercera simfonía, tercer movimiento "Poco Allegretto"
Filarmónica de Nueva York, dir. Leonard Bernstein.
Siempre ha habido una realidad secreta en el universo, más preciosa y más profunda, más rica en sabiduría y alegría que todo cuanto ha hecho ruido en la historia. Esa realidad está muy cerca del fondo mismo del hombre, de modo que los contemporáneos no pueden percibirla nítidamente; pero la historia, en su verdad suprema, da a la posteridad unas imágenes de ella que son claras y cargadas de advertencias...
Achim von Arnim
Ilustración: Cecilia Gallerani, "Dama del armiño", según Leonardo da Vinci.
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Esta entrada contiene un par de comentarios que no quieren dejarse ver. Donde dice "0 comments" debiera decir "2 comments". Hay que desenterrarlos. Misterios egipcios de la técnica.
jueves, 1 de julio de 2010
Los oboes de Vivaldi
Me acompañan desde hace mucho. En cuanto tengo una tarde más o menos solitaria, una de ésas en las que no debes preocuparte demasiado porque el volumen moleste o no moleste a la familia o a los vecinos, como ésta de hoy, los pongo. Seguramente habrá mucha gente a la que no le guste nada, que no les guste, en este caso, nada Vivaldi, o no le gusten sus oboes o, si les gustan sus oboes, que no le gusten estos dos oboes en concreto, me refiero a este oboe y, en especial, a este otro. Pero a mí, sí. Y me gustan especialmente en esas mismas versiones de la orquesta I Musici, que pongo porque las encuentro en youtube.
Como me sucede en general con toda la música que pongo por aquí en el blog muy de vez en cuando, pues la pongo porque forma parte de las cosas que me han ido pasando.
Como me sucede en general con toda la música que pongo por aquí en el blog muy de vez en cuando, pues la pongo porque forma parte de las cosas que me han ido pasando.
lunes, 14 de junio de 2010
José María Eguren. Tropical. Y otros.
En alguno de mis cuadernos encuentro anotado un fragmento de la siguiente prosa de José María Eguren que os paso completa.
TROPICAL
SOÑEMOS UNA NOCHE en el país de la maravilla, en la región de las quimeras, en el campo bruno, azul, de la naturaleza silvosa. La quinta de una hacienda perdida en el silencio infinito; una luz de parafina, un tapete verde sobre la mesa de rocambor. Una mariposa tardía del crepúsculo se ha quedado dormida. Es de oro puro, con las alas plegadas semeja una cruz de malta. Es fina y bella esta figulina de la penumbra dorada, esta condecoración imperial de los bosques. Es un primor inanimado; seguramente no piensa; porque es una joya. No de igual toque dos mariposas nocturnas grises, de felpa mate, que semejan enmascaradas. Estas marquesas antiguas de carnaval vienen quizá del árbol seco y venenoso. Un coleóptero verde se enciende como una lámpara; una cicindela bulle y se duerme. La guirnalda de alas azules chispea en su epifanía. Todos parecen dirigirse a la luz del rey insecto, ovoide y zarpón, enteramente grotesco. Sobre una pieza de dominó está la diosa del lago verde, azulina; la diosa palustre de dormidas antenas. Ha navegado a la luna, como Cleopatra en el Nilo. Oblicua en el ataque, se le atribuyen secretas pasiones. Estos seres pensierosos de la noche sienten intensamente. Yo vi una hormiga sobre un mármol iluminado, que corría presurosa con grandes rodeos y se detenía indagadora ante cualquier objeto mínimo. Súbitamente se paró en firme ante el cadáver de una compañera y en actitud que simulaba el espanto, levantó las antenas, permaneció un instante recta y huyó rápida al punto de venida. A poco llegaron otras hormigas, al parecer guiadas por ella y mostraron igual terror. Quien siente el espanto puede sentir tristeza; aunque ésta sea menos instintiva y más depurada. ¿Cómo será el pesar de los insectos nocturnos? ¿Será un sentir de colores? La noche tiene tintes de muerte, como el amanecer de melancolía. Pero el infortunio del insecto debe ser efímero como su vida, pasajero como su levedad. Es inasequible el conocimiento de la sabiduría oculta de estos hijos de la tiniebla. Viven en países de maravilla, en las oquedades del bosque. No es posible que la umbría les niegue parte de su secreto y que desconozcan la tierra donde ha transcurrido su existencia, para ellos seguramente prolongada e intensa. ¡Qué alegría la de sus danzas multicolores! En la hondura sobre los altos fresnos achaparrados, están sus pequeñas salas luminosas. Comienza su danza de perlas, a la luz de las luciolas bullen y giran los insectos claros; unos vestidos de ultramar y rojo como militares, otros de verde como hojas animadas. El efecto de conjunto es sorprendente. Lejos de los hombres dan sus fiestas de joyería, sus bailes babilónicos cerca del búho, emperador sombrío. Colgadas en las cimeras están las crisálidas, que titilan bajo sombra en la gesta plena de las reencarnaciones. La pequeña oruga ha muerto aparentemente para renacer en la nueva noche, con su traje de muselina. Es una niña de verde tenue con el talle delgado y ágil, verdaderamente elegante. Cuida de que no se le borre su tocado de finos polvos; pasan una vida de amor y mueren en belleza. El insecto penetra profundamente en la naturaleza de los vegetales, no solamente por la transmisión del polen sino también por su substancia misma. Las pequeñas arañas de la retama son amarillas como las flores de esta planta y tienen un polvillo igual. Parecen flores animadas, transformaciones mágicas. Estos leves arácnidos deben saber la esencia misteriosa de las retamas, de elegante sencillez. ¿Diréis que esto no nos llega, pues quedamos en el umbral, siempre en ignorancia de los fenómenos que nos rodean? Precisa un tercer agente revelador, un semidiós griego que nos dicte un nuevo mito. Pero este movimiento de orden, esta concordancia entre la vida animal y la vegetativa nos trae sugerencias, algunas de las cuales se avecinarán a la verdad o serán la verdad misma. El pensamiento se dilata cuando sentimos ese murmurio distante, la banda de los zancudos que llega desde los hontanares del bosque. Príncipes azulinos, jorobados de florete, han vivido toda suerte de aventuras. Personajes de leyenda medioeval, saben todas las consejas y han visto en sus rondas las beldades dormidas. Si los murciélagos rubios originaron el duende; así los zancudos seguramente fueron los paladines de la noche. Pero si a estos dípteros se les puede calificar de fantásticos y picarescos, el grillo es un tenor endomingado, paje de escala, toda la noche desvelado, llega a ser patético con su canto dulce como un caramelo. De análoga manera la luciola enamora con su luz esmeraldina. Sería hermoso que la mujer prototipo de belleza, en este tiempo pasional se aureolara con celeste luz. Cuando las luciérnagas son coloridas simulan incomparables gemas. Por los jardines encantados vuelan estas princesas de la noche. Bajo la hilera de los árboles profundamente obscuros, aparecen dispersas, con sus pequeñas lámparas; discurren ante los ojos de las fieras y encienden el pajonal y las aguas color de mercurio. Más que terrestres parecen selenitas, seres ardientes amigos de las ánimas y de la libélula fantasma. Se diría que con su lamparilla intermitente y sorpresiva habían descubierto las dríadas y las ninfas núbiles. Los insectos con las varias facetas de sus ojos son videntes y así como oyen a mucha mayor distancia que nosotros, indudablemente descubren beldades ignotas, con su mirada y con su luz. En las noches obscuras bajan el río, sobre troncos carcomidos, las lindas pirotécnicas; vienen con la repunta de la sierra, en ciertas noches fantasmales. Otras más bellas vermiculares permanecen en sus campos nativos y adornan las fiestas campesinas con sus primores aladinescos. Ahora que el grillo canta su trova a la rana azul y los cigarrones han penetrado a la biblioteca, sin duda para reírse del murciélago centenario que no sabe leer todavía, el tapete se ha cubierto de coleópteros anaranjados, topadores y lentos. El escarabajo sagrado de los egipcios, de esotérica influencia, se creería que hasta hoy descifra los jeroglíficos de la antigua ciencia; ellos mismos son un jeroglífico. En estas regiones cálidas de las noches galvánicas, de las selvas impenetrables, hierven innumerables organismos; se diría un mundo subterráneo, por lo denso de sus entradas sesámeas. En tales espesuras se descubren nuevas formas animadas. Hay una araña de las riberas del Pachitea que tiene tal semejanza con el gorila que parece una reducción de éste. Su color verde veronés plateado le da una apariencia fantasmal; mitad insecto y mitad cuadrúpedo. Los géneros zoológicos tienen un punto de unión. En casi todas las representaciones naturales prima el círculo, imagen del mundo. No he visto nada más singular que esta araña del Pachitea que aparece como un pequeño espanto; como una tejedora de quimeras incansable, en sus cuartos de follaje, como una aya antigua y cangilona. Pero es maligna y rara la tejedora implacable, que sabe los secretos mortales; como si la muerte, en las noches cerradas, le dictara su tenebrosa vida. Desde las sombras del anochecer, cuando la chotacabras arabesca se ha dormido, se oye el tintineo que sale de los musgos y brezales. Es un canto alegre comparable a los valores musicales de nuestros maestros. Es el acento más vivo y transparente del genio de la noche; un canto poético siempre igual y siempre nuevo; una tarantela de melodía y frescura. Hay insectos que viven y aman en la música; pues, cantan toda la noche. La elegancia de sus tules los gentiliza; siempre parecen exóticos, de parajes lontanos y harmoniosos. Ven y oyen a mayor distancia que la fauna entera; se elevan más que las águilas; cantan delicadamente sus campesinas tonadas; aman la luz más que Turner, el pintor de la luz. Van a la conquista de la lámpara y nadie sabe lo que contemplan en ella sus ojos. Poliédricos, multicolores. La mujer es una flor, el insecto una joya. Se aproximan generalmente por su inquietud y curiosidad y por el amor; aunque la mariposa ama en grado constante. Es amiga del hombre; cuando lo conoce lo acompaña hasta morir. Es difícil desprenderse de la esfinge cuando se posa en nuestras manos; arrojada del aposento ronda toda la noche, golpeando los cristales. Ha llegado otra banda de alas transparentes, los insectos del amor y del canto, los de la extraña ciencia. Llegan con instrumentos músicos a esta Escuela de Atenas, liliputiense y bella, a la velada de la casa remota. Amanecerán muertos o entumecidos estos viandantes de la noche, hijos del miedo y de las quimeras, flores vivientes, encajes sonoros, de la misma seda con que se tejen los sueños. Algunos de ellos, sin duda han visto a los elfos y el cochecito dorado de la Reina Mab. Enmudecen, porque no sabemos su idioma; pero nos hablan tácitamente, nos brindan las sugerencias ensoñadas. Campanilleros del musgo, tiranos de las flores, caballeros del lago y de la montaña, caleidoscopio de sutilezas, vienen en miríadas en la noche, iguales o distintos, arpejean sus sonidos mágicos. El bosque es inmensurable para ellos, su mundo es excesivo. ¿Qué pensarán del océano y de los astros blondos? Su senda es de colores y tonos suaves; su sueño de perfumes. Triunfan también los neurópteros sensibles. Después de la mujer y la flor no existe nada tan tenue y elegante como la libélula azul; es la garza palomera de los insectos y la que se remonta a mayor altura. Sobre la mesa verde forman un mundo de fantasmagoría, de pensamiento impenetrable. Son mínimos; lo pequeño se acerca a la esencia de la vida, al principio. Lo grande es siempre visible, lo pequeño es superior a nuestros sentidos.

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* Publicado en La Noche, Lima, 1º de enero de 1931, p. 5, bajo el título de “Apuntes tropicales”. En el Archivo José Carlos Mariátegui se conserva un recorte de este motivo aparecido en La Noche en el que el título, “Apuntes tropicales”, ha sido tachado y con el mismo lápiz se lo ha cambiado a “Tropical”.
José María Eguren, Obra Poética. Motivos, prólogo, cronología y bibliografía de Ricardo Silva-Santisteban, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 2005, págs. 295-299. (Hay un Pdf del libro accesible en internet). Leído primero en José María Eguren, Poesías completas y prosas selectas, Colección Autores Peruanos, Edit. Universo, Lima [s.a.], págs. 287-291, donde conserva el título de "Apuntes tropicales".
Breves notas biográficas de Eguren, aquí. o aquí.
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En realidad lo que me movió a buscar en el cuaderno esa (aquella, la de ahí arriba, quiero decir) prosa Tropical, allí copiada hará unos diez años, fue un pasaje del Doctor Faustus de Thomas Mann releído este viernes último y que traslado:
«Leverkühn padre era, sin duda, un especulador y un adivino, y ya he tenido ocasión de decir que su tendencia a la investigación -si tal palabra puede emplearse para designar lo que en realidad no era otra cosa que soñadora contemplación- se inclinaba siempre hacia una orientación intuitiva, semi-mística, inseparable por otra parte, me parece a mí, del pensamiento humano cuando éste se siente atraído por las cosas de la Naturaleza. Ya de por sí, la atrevida empresa de investigar lo natural, de suscitar sus fenómenos, de «tentar» la Naturaleza con experimentos que ponen al descubierto sus modos de hacer -todo esto era, en tiempos pretéritos, considerado como cosa de hechicería y obra misma del "Tentador". Creencia respetable, a mi entender. Quisiera saber, en efecto; con qué ojos hubiese sido visto en aquellos tiempos ese hombre de Wittenberg que, según nos contaba Jonathan, había imaginado, ciento y pico de años antes, el experimento de la música visual, experimento del que a menudo nos fue dado ser testigos. Entre los contados aparatos de física que poseía el padre de Adrián, figuraba una plancha redonda de vidrio, sostenida por una sola espiga en el centro, que permitía presentar esta maravilla. Sobre la plancha se esparcía una arenilla finísima y con un viejo arco de violoncelo pasado por su borde, de arriba a abajo, se producían en ella vibraciones que a su vez repercutían en la arenilla y formaban con ella una sorprendente sucesión de precisas figuras y rebuscados arabescos. Esa acústica facial en la que atractivamente se combinaban la claridad y el misterio, lo fatal y lo maravilloso, era grata a nuestra pueril sensibilidad y con frecuencia pedíamos una nueva demostración, sobre todo porque sabíamos el placer que con ello íbamos a causar al experimentador.
«Análogo placer encontraba Jonathan en la larga contemplación de las cristalinas floraciones que el hielo, llegado el invierno, formaba en los cristales de las exiguas ventanas de Buchelhof. Su estructura le preocupaba y, a ojo desnudo o con la lupa, no cesaba de interrogarla. La cosa no hubiese tenido para él mayor importancia si las cristalizaciones hubiesen sido siempre, como lo eran en muchos casos, figuras simétricas; regulares, rígidamente geométricas. Lo que provocaba en él prolongados movimientos de cabeza en los que se mezclaban la desaprobación y la admiración, lo que no se resignaba a admitir era el travieso descaro con que el hielo coqueteaba con lo orgánico, imitando las formas del mundo vegetal, representando, con peregrina hermosura, helechos, hierbas, cálices y estrellas florales. Su pregunta era: esas fantasmagorías, ¿son imitaciones o prefiguraciones del mundo vegetal? Y él mismo cuidaba de contestar que ni lo uno ni lo otro. Eran formaciones paralelas. Soñadora y creadora, la naturaleza tuvo idéntico sueño aquí y allá y si de imitación hablamos será únicamente para reconocer que se trata de una imitación recíproca. ¿Hay que presentar las flores como modelos porque poseen una orgánica profundidad real, mientras que las cristalizaciones no son más que apariencia? Su presencia, sin embargo, es el resultado de combinaciones materiales no menos complicadas que las que provocan la aparición de las plantas. Si no comprendía yo mal las palabras de nuestro huésped, lo que le preocupaba era la unidad de la naturaleza viva y de la que podríamos llamar naturaleza inerte, el pensamiento de que somos injustos con esta última cuando trazamos entre ambas una línea divisoria demasiado rígida. En realidad las fronteras son indecisas y no existe propiedad vital alguna exclusivamente reservada a los seres vivos que el biólogo no pueda también estudiar en los modelos inertes.
La "gota voraz", a la cual Jonathan Leverkühn dio más de una vez su pitanza ante nuestros ojos, nos reveló en forma desconcertante hasta qué punto los tres reinos de la naturaleza comunican unos con otros. Una gota, sea de lo que fuere, de parafina o de aceite etéreo -me parece recordar que la gota en cuestión era de cloroformo-, una gota, repito, no es un animal, ni siquiera en su forma más primitiva. No es ni siquiera una larva. Nadie le supone el apetito de alimentarse, la capacidad de absorber lo que conviene y de rechazar lo que podría serle dañino. Pero la gota en cuestión era capaz de todas estas cosas. Flotaba aislada en un vaso de agua, donde Jonathan la había depositado con una jeringuilla antes de entregarse al experimento siguiente. Tomaba una diminuta baqueta o más exactamente un hilo de vidrio, previamente cubierto de barniz y, sirviéndose de unas pinzas, lo colocaba a proximidad de la gota. No hacía nada más. De hacer lo restante se encargaba la gota. Empezaba por proyectar en su superficie una ligera protuberancia, una especie de tubo receptor a través del cual absorbía la varilla en sentido longitudinal. Al propio tiempo la gota también se alargaba, adquiría forma de pera, de modo que pudiera encerrar dentro de sí la varilla en su totalidad. Entonces empezaba la gota -doy de ello mi palabra- a engullir el barniz de que la varilla de cristal estaba pintada e iba, poco a poco, repartiéndolo en su cuerpo que, a la vez, adquiría primero una forma ovalada y finalmente su forma redonda original. Terminada la operación, la gota empujaba de lado la baqueta, ya completamente limpia, hacia su periferia y acababa depositándola de nuevo en el agua del vaso.
«No puedo pretender que todo ello me agradara con exceso, pero confieso que me impresionaba, y lo mismo le ocurría a Adrián, aun cuando fuera grande, como siempre en estos casos, su tentación a la risa, que refrenaba únicamente por respeto a la seriedad del padre. Pero si la «gota voraz» podía tener algo de burlesco, no era posible decir otro tanto de ciertos productos naturales que de modo extraño había conseguido cultivar Jonathan y que eran asimismo ofrecidos a nuestra contemplación. Nunca olvidaré aquel cuadro. El recipiente de cristalización que le servía de marco estaba lleno en sus tres cuartas partes de un líquido viscoso, obtenido con la disolución de salicilato de potasa, y de su fondo arenoso surgía un grotesco paisaje de excrecencias de diverso color, una confusa vegetación, azul, verde y parda, de brotaciones que hacían pensar en algas, hongos, pólipos inmóviles, y también en musgos, en moluscos, en mazorcas, en arbolillos y ramas de arbolillos, a veces en masas de miembros humanos. La cosa más curiosa que me hubiese sido dado hasta entonces contemplar. Curiosa no sólo por su extraño y desconcertante aspecto sino por su naturaleza profundamente melancólica. Y cuando papá Leverkühn nos preguntaba qué nos parecía que pudiera ser aquello y nosotros le contestábamos, tímidamente, que bien pudieran ser plantas, él replicaba: "No, no son. Hacen tan sólo como si lo fueran. Pero no por ello merecen menos consideración. Su esfuerzo de imitación es digno de ser admirado por todos conceptos."
«En verdad, esas excrecencias eran de origen absolutamente inorgánico, formadas con materias procedente de la botica "Al Mensajero Salvador". Con la arena colocada en el fondo del recipiente Jonathan, antes de echar en él la solución de salicilato de potasa, había mezclado diversos cristales, y de esa semilla, en virtud de un proceso físico al que se da el nombre de "presión osmótica", había surgido la lamentable creación hacia la cual su celoso guardián quería atraer nuestra simpatía. A este fin Jonathan nos mostraba cómo esos tristes imitadores de la vida estaban sedientos de luz. Eran, dicho en lenguaje científico, "heliotrópicos". Jonathan exponía el acuario a la luz del sol, por una sola de sus cuatro caras; dejando las otras tres en la sombra, y al poco tiempo todo aquel mundo inquietante de hongos; pólipos, algas, arbolillos y masas de miembros mal formados se inclinaba hacia la pared por donde entraba la luz, y ello con tal deseo de calor y de goce que acababan por quedar pegados al cristal.
-Y sin embargo carecen de vida --decía Jonathan con los ojos húmedos de emoción, mientras Adrián, sin podérmelo ocultar, se convulsionaba tratando de reprimir la risa.
Por mi parte dejo que cada cual decida si tales cosas son motivo de risa o de lágrimas. Una sola cosa digo: esas alucinaciones son cosa exclusiva de la naturaleza, y más especialmente de la naturaleza cuando el hombre trata de tentarla. En el sereno reino de las Humanidades no hay lugar para tales fantasmagorías».
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Thomas Mann, Doctor Faustus, trad. Eugenio Xammar, Edhasa, Barcelona, 1978, págs. 24-27. Ahora que veo citada, en la entrada del blog de Félix de Azúa, una versión distinta, dudo si volver a leerla en esa traducción de Mondadori (¿será mejor que la de Xammar en Edhasa?)
Y, claro, y para concluir con lo inconcluible (¿por qué no seguir con pasajes paralelos del Ofterdingen de Novalis?), el citado episodio hermanaba muy bien con otro fragmento asimismo copiado por entonces en algún lugar aledaño del tal cuaderno en cuestión y que ya fue aludido, hará un tiempo, en este blog:
«¿Será acaso que la blancura ensombrece con su vaguedad el vacío, las despiadadas inmensidades del universo, y nos apuñala por la espalda con el pensamiento de la nada, cuando contemplamos las albas profundidades de la vía láctea? ¿O acaso ocurre que en su esencia la blancura no es tanto un color cuanto la ausencia visible de color y, a la vez, la fusión de todos los colores, lo cual explica que exista tal vacuidad -muda y a la vez plena de significado- en un panorama nevado, y ateísmo de todos los colores tal que nos estremece? Y cuando consideramos esa otra teoría de los filósofos naturalistas, según la cual todos los demás colores terrenos, toda ornamentación majestuosa o encantadora -los dulces matices del cielo crepuscular y los bosques, el dorado terciopelo de las mariposas, esas otras mariposas que son las mejillas de las muchachas- serían tan sólo astutos embelecos no inherentes a las sustancias reales, mas superpuestos a ellas desde el exterior, de manera que la divina Naturaleza estaría pintada como una prostituta cuyos incentivos sólo cubren el sepulcro interior; y cuando vamos aun más lejos y pensamos que el cosmético místico que produce cada uno de sus matices, el gran principio de la luz, es blanco o incoloro y si no obrara sobre las cosas a través de un medio lo revestiría todo, hasta las rosas y los tulipanes, de su tinte neutro: cuando meditamos acerca de todo esto, el universo paralizado surge ante nosotros como un leproso; y a semejanza de esos resueltos exploradores en Laponia que se niegan a llevar anteojos coloreados, el desventurado incrédulo contempla hasta enceguecerse el monumental sudario blanco que envuelve la perspectiva tendida a su alrededor. La ballena albina era el símbolo de todas estas cosas. ¿Cómo puede asombrarte, lector, la ferocidad de la caza?»
Moby Dick o la ballena blanca, traducción de Enrique Pezzoni, Debate, Madrid, 2001, capítulo XLII: "La blancura de la ballena" 283-284.
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En realidad lo que me movió a buscar en el cuaderno esa (aquella, la de ahí arriba, quiero decir) prosa Tropical, allí copiada hará unos diez años, fue un pasaje del Doctor Faustus de Thomas Mann releído este viernes último y que traslado:
«Leverkühn padre era, sin duda, un especulador y un adivino, y ya he tenido ocasión de decir que su tendencia a la investigación -si tal palabra puede emplearse para designar lo que en realidad no era otra cosa que soñadora contemplación- se inclinaba siempre hacia una orientación intuitiva, semi-mística, inseparable por otra parte, me parece a mí, del pensamiento humano cuando éste se siente atraído por las cosas de la Naturaleza. Ya de por sí, la atrevida empresa de investigar lo natural, de suscitar sus fenómenos, de «tentar» la Naturaleza con experimentos que ponen al descubierto sus modos de hacer -todo esto era, en tiempos pretéritos, considerado como cosa de hechicería y obra misma del "Tentador". Creencia respetable, a mi entender. Quisiera saber, en efecto; con qué ojos hubiese sido visto en aquellos tiempos ese hombre de Wittenberg que, según nos contaba Jonathan, había imaginado, ciento y pico de años antes, el experimento de la música visual, experimento del que a menudo nos fue dado ser testigos. Entre los contados aparatos de física que poseía el padre de Adrián, figuraba una plancha redonda de vidrio, sostenida por una sola espiga en el centro, que permitía presentar esta maravilla. Sobre la plancha se esparcía una arenilla finísima y con un viejo arco de violoncelo pasado por su borde, de arriba a abajo, se producían en ella vibraciones que a su vez repercutían en la arenilla y formaban con ella una sorprendente sucesión de precisas figuras y rebuscados arabescos. Esa acústica facial en la que atractivamente se combinaban la claridad y el misterio, lo fatal y lo maravilloso, era grata a nuestra pueril sensibilidad y con frecuencia pedíamos una nueva demostración, sobre todo porque sabíamos el placer que con ello íbamos a causar al experimentador.
«Análogo placer encontraba Jonathan en la larga contemplación de las cristalinas floraciones que el hielo, llegado el invierno, formaba en los cristales de las exiguas ventanas de Buchelhof. Su estructura le preocupaba y, a ojo desnudo o con la lupa, no cesaba de interrogarla. La cosa no hubiese tenido para él mayor importancia si las cristalizaciones hubiesen sido siempre, como lo eran en muchos casos, figuras simétricas; regulares, rígidamente geométricas. Lo que provocaba en él prolongados movimientos de cabeza en los que se mezclaban la desaprobación y la admiración, lo que no se resignaba a admitir era el travieso descaro con que el hielo coqueteaba con lo orgánico, imitando las formas del mundo vegetal, representando, con peregrina hermosura, helechos, hierbas, cálices y estrellas florales. Su pregunta era: esas fantasmagorías, ¿son imitaciones o prefiguraciones del mundo vegetal? Y él mismo cuidaba de contestar que ni lo uno ni lo otro. Eran formaciones paralelas. Soñadora y creadora, la naturaleza tuvo idéntico sueño aquí y allá y si de imitación hablamos será únicamente para reconocer que se trata de una imitación recíproca. ¿Hay que presentar las flores como modelos porque poseen una orgánica profundidad real, mientras que las cristalizaciones no son más que apariencia? Su presencia, sin embargo, es el resultado de combinaciones materiales no menos complicadas que las que provocan la aparición de las plantas. Si no comprendía yo mal las palabras de nuestro huésped, lo que le preocupaba era la unidad de la naturaleza viva y de la que podríamos llamar naturaleza inerte, el pensamiento de que somos injustos con esta última cuando trazamos entre ambas una línea divisoria demasiado rígida. En realidad las fronteras son indecisas y no existe propiedad vital alguna exclusivamente reservada a los seres vivos que el biólogo no pueda también estudiar en los modelos inertes.
La "gota voraz", a la cual Jonathan Leverkühn dio más de una vez su pitanza ante nuestros ojos, nos reveló en forma desconcertante hasta qué punto los tres reinos de la naturaleza comunican unos con otros. Una gota, sea de lo que fuere, de parafina o de aceite etéreo -me parece recordar que la gota en cuestión era de cloroformo-, una gota, repito, no es un animal, ni siquiera en su forma más primitiva. No es ni siquiera una larva. Nadie le supone el apetito de alimentarse, la capacidad de absorber lo que conviene y de rechazar lo que podría serle dañino. Pero la gota en cuestión era capaz de todas estas cosas. Flotaba aislada en un vaso de agua, donde Jonathan la había depositado con una jeringuilla antes de entregarse al experimento siguiente. Tomaba una diminuta baqueta o más exactamente un hilo de vidrio, previamente cubierto de barniz y, sirviéndose de unas pinzas, lo colocaba a proximidad de la gota. No hacía nada más. De hacer lo restante se encargaba la gota. Empezaba por proyectar en su superficie una ligera protuberancia, una especie de tubo receptor a través del cual absorbía la varilla en sentido longitudinal. Al propio tiempo la gota también se alargaba, adquiría forma de pera, de modo que pudiera encerrar dentro de sí la varilla en su totalidad. Entonces empezaba la gota -doy de ello mi palabra- a engullir el barniz de que la varilla de cristal estaba pintada e iba, poco a poco, repartiéndolo en su cuerpo que, a la vez, adquiría primero una forma ovalada y finalmente su forma redonda original. Terminada la operación, la gota empujaba de lado la baqueta, ya completamente limpia, hacia su periferia y acababa depositándola de nuevo en el agua del vaso.
«No puedo pretender que todo ello me agradara con exceso, pero confieso que me impresionaba, y lo mismo le ocurría a Adrián, aun cuando fuera grande, como siempre en estos casos, su tentación a la risa, que refrenaba únicamente por respeto a la seriedad del padre. Pero si la «gota voraz» podía tener algo de burlesco, no era posible decir otro tanto de ciertos productos naturales que de modo extraño había conseguido cultivar Jonathan y que eran asimismo ofrecidos a nuestra contemplación. Nunca olvidaré aquel cuadro. El recipiente de cristalización que le servía de marco estaba lleno en sus tres cuartas partes de un líquido viscoso, obtenido con la disolución de salicilato de potasa, y de su fondo arenoso surgía un grotesco paisaje de excrecencias de diverso color, una confusa vegetación, azul, verde y parda, de brotaciones que hacían pensar en algas, hongos, pólipos inmóviles, y también en musgos, en moluscos, en mazorcas, en arbolillos y ramas de arbolillos, a veces en masas de miembros humanos. La cosa más curiosa que me hubiese sido dado hasta entonces contemplar. Curiosa no sólo por su extraño y desconcertante aspecto sino por su naturaleza profundamente melancólica. Y cuando papá Leverkühn nos preguntaba qué nos parecía que pudiera ser aquello y nosotros le contestábamos, tímidamente, que bien pudieran ser plantas, él replicaba: "No, no son. Hacen tan sólo como si lo fueran. Pero no por ello merecen menos consideración. Su esfuerzo de imitación es digno de ser admirado por todos conceptos."
«En verdad, esas excrecencias eran de origen absolutamente inorgánico, formadas con materias procedente de la botica "Al Mensajero Salvador". Con la arena colocada en el fondo del recipiente Jonathan, antes de echar en él la solución de salicilato de potasa, había mezclado diversos cristales, y de esa semilla, en virtud de un proceso físico al que se da el nombre de "presión osmótica", había surgido la lamentable creación hacia la cual su celoso guardián quería atraer nuestra simpatía. A este fin Jonathan nos mostraba cómo esos tristes imitadores de la vida estaban sedientos de luz. Eran, dicho en lenguaje científico, "heliotrópicos". Jonathan exponía el acuario a la luz del sol, por una sola de sus cuatro caras; dejando las otras tres en la sombra, y al poco tiempo todo aquel mundo inquietante de hongos; pólipos, algas, arbolillos y masas de miembros mal formados se inclinaba hacia la pared por donde entraba la luz, y ello con tal deseo de calor y de goce que acababan por quedar pegados al cristal.
-Y sin embargo carecen de vida --decía Jonathan con los ojos húmedos de emoción, mientras Adrián, sin podérmelo ocultar, se convulsionaba tratando de reprimir la risa.
Por mi parte dejo que cada cual decida si tales cosas son motivo de risa o de lágrimas. Una sola cosa digo: esas alucinaciones son cosa exclusiva de la naturaleza, y más especialmente de la naturaleza cuando el hombre trata de tentarla. En el sereno reino de las Humanidades no hay lugar para tales fantasmagorías».
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Thomas Mann, Doctor Faustus, trad. Eugenio Xammar, Edhasa, Barcelona, 1978, págs. 24-27. Ahora que veo citada, en la entrada del blog de Félix de Azúa, una versión distinta, dudo si volver a leerla en esa traducción de Mondadori (¿será mejor que la de Xammar en Edhasa?)
Y, claro, y para concluir con lo inconcluible (¿por qué no seguir con pasajes paralelos del Ofterdingen de Novalis?), el citado episodio hermanaba muy bien con otro fragmento asimismo copiado por entonces en algún lugar aledaño del tal cuaderno en cuestión y que ya fue aludido, hará un tiempo, en este blog:
«¿Será acaso que la blancura ensombrece con su vaguedad el vacío, las despiadadas inmensidades del universo, y nos apuñala por la espalda con el pensamiento de la nada, cuando contemplamos las albas profundidades de la vía láctea? ¿O acaso ocurre que en su esencia la blancura no es tanto un color cuanto la ausencia visible de color y, a la vez, la fusión de todos los colores, lo cual explica que exista tal vacuidad -muda y a la vez plena de significado- en un panorama nevado, y ateísmo de todos los colores tal que nos estremece? Y cuando consideramos esa otra teoría de los filósofos naturalistas, según la cual todos los demás colores terrenos, toda ornamentación majestuosa o encantadora -los dulces matices del cielo crepuscular y los bosques, el dorado terciopelo de las mariposas, esas otras mariposas que son las mejillas de las muchachas- serían tan sólo astutos embelecos no inherentes a las sustancias reales, mas superpuestos a ellas desde el exterior, de manera que la divina Naturaleza estaría pintada como una prostituta cuyos incentivos sólo cubren el sepulcro interior; y cuando vamos aun más lejos y pensamos que el cosmético místico que produce cada uno de sus matices, el gran principio de la luz, es blanco o incoloro y si no obrara sobre las cosas a través de un medio lo revestiría todo, hasta las rosas y los tulipanes, de su tinte neutro: cuando meditamos acerca de todo esto, el universo paralizado surge ante nosotros como un leproso; y a semejanza de esos resueltos exploradores en Laponia que se niegan a llevar anteojos coloreados, el desventurado incrédulo contempla hasta enceguecerse el monumental sudario blanco que envuelve la perspectiva tendida a su alrededor. La ballena albina era el símbolo de todas estas cosas. ¿Cómo puede asombrarte, lector, la ferocidad de la caza?»
Moby Dick o la ballena blanca, traducción de Enrique Pezzoni, Debate, Madrid, 2001, capítulo XLII: "La blancura de la ballena" 283-284.
jueves, 3 de junio de 2010
John Wieners
(Milton, Massachusetts,1934 -Boston, 2002). Estudios en el Boston College en 1954 y el Black Mountain College en 1954-56 (Charles Olson, Creeley y Robert Duncan son, en la famosa universidad experimental, sus maestros y compañeros). En Boston edita la revista Measure. Se traslada a San Francisco donde colabora con los grupos del renacimiento de San Francisco, de Berkeley y el naciente movimiento "beat". Tras dejar California, se traslada a diferentes ciudades del Este (Boston, Nueva York, Buffalo) y ocupa de un modo irregular diversos puestos de profesor en varias universidades que alterna con estancias en psiquiátricos y cíclicos períodos de desintoxicación.
Libros principales: The Hotel Wentley poems (1958), Ace of Pentacles (1964), Pressed Wafer (1967), Asylum Poems (1969), Nerves (1970), Behind the State Capitol, or Cincinnati Pike (1975), Selected Poems, (1986).
[La Nueva Vida]
Despedida en la noche fresca
con estrellas que brillan
delante de tus ojos.
Tan limpia está la mente
como un hueso en la playa
cuando se retira la marea.
Suaves objetos voladores
habitan el aire
y dondequiera que estés
allí estaría yo.
Dientes de león, pequeñas lilas
zumban en la yerba.
Capullos caídos de los árboles
y lluvia en el viento;
un blanco celastro, abejorros.
En mi mente estás hoy
como madera junto al río
que cruje cual si ardiera.
Un negro cuervo se posa en la alberca,
bebe, agita las alas,
y como viene se va.
Ace of Pentacles [1964] en JW, Selected Poems, 1958-1984, Black Sparrow, Santa Barbara, 1986, p.71 (aparece sin título en esta edición).
miércoles, 2 de junio de 2010
Comulgantes o no
«...la ilusión de que todo lo implícito se pueda explicitar»
José Luis Pardo, La regla del juego, Círculo, p. 471.
A veces en personas notables que por sus hábitos suelen adscribirse al ramo intelectual (escritores, artistas, poetas, profesores etc.) prospera una actitud tan parecida que se diría casi refleja, y consiste en algo así como la que de seguido se describe: Una vez y además de emitada la buena doctrina, la única, y que siempre resulta, y por ello mismo, por buena, naturalmente verdadera y de absoluta y palmaria evidencia para todos los aprendices, y, ya supuesta la aquiescencia general, se le suele adjuntar como de paso una coletilla de cumplimiento igualmente obligado y necesario para todos también y cualesquiera, y que conlleva aparejada la redistribución automática del personal doctrinable, o sea, la recategorización de las condiciones de persona humana saludablemente constituida, lo que, por naturales exigencias del bien público o de la ciudad, llevaría aparejada la obligación perentoria e indiscutible de que todos los óptimos comulgantes en la buena fe y doctrina, verdadera y racional, fueran sanitariamente separados de aquellos otros, pobres desgraciados, a quienes, dada su condición valetudinaria por minoridad mental, tan sólo se les admitiría una como hipotética existencia virtual de humanos seres autónomos por efecto de graciosa concesión derivable de la civilizada filantropía y el adelanto modernos, y todo ello pese a que, y por no compartir en su preciso enunciado y consecuencias la verdadera y más que evidente y adulta de las doctrinas, antes de tomar cualquiera otra medida, deberían ser caritativamente recogidos en los establecimientos públicos instituidos al efecto y ya previstos por el Estado, siempre con las debidas precauciones para que al público sano y bien conformado se le evitaran incómodos y generalizados sonrojos, o ese lamentable espectáculo al que las personas normales nos solemos ver forzadas a asistir cuando impávidos contemplamos en nuestras calles y plazas tales derelictos de la humana naturaleza.
del Reglamento para una buena policía de las costumbres modernas y también contemporáneas (circa 2010).
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